Ariadna Voulgaris
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| Un ángel detuvo la mano
de Abraham. El sacrificio de Isaac (1659), de Giovanni Battista Gaulli |
En la escritura hebrea, explica
Rodrigo Peñaloza en su artículo “La historia de la letra G” (2009), la forma de
la letra ghimel es una especie de dibujo de un camello. Y la letra con que
comienza el equivalente a camello en hebreo comienza con esta letra. Y
el nombre del animal es gamol, palabra de la cual viene el nombre de la
letra. El camello tiene ese nombre porque gamol, antes de todo esto, también
significo ‘criar a un niño hasta que crezca’. Es el signo que se utiliza cuando
en el Génesis (21, 8) se narra el crecimiento de Isaac: “El niño creció y lo
destetaron”. “El camello recibió este nombre porque es como un niño destetado
que puede viajar largas distancias sin mamar”.
[La historia de la ge
parece ser la más seria que les he contado, ¿verdad? Casi no me atrevo escribir
sino como si estuviera exponiendo un trabajo de grado.]
Los griegos, por su parte,
se supone que recibieron la letra ghimel de los fenicios, en cuyo idioma era
muy similar al signo hebreo. [Me imagino que, siendo vecinos, no sería raro que
fuera el mismo signo.] La escribieron a su manera y la llamaron gamma.
Después vino la época
romana. Y lo complicado viene con los romanos. En latín, hasta el siglo III antes
de Cristo, la letra ce se utilizaba para representar los fonemas /k/ y /g/.
Peñaloza es ultrapreciso al decir que fue en el año 312 antes de Cristo cuando “se
introdujo una ligera modificación en la forma de la letra C para diferenciar,
en la escritura, los fonemas /k/ y /g/, que ya se diferenciaban en el lenguaje
hablado”.
Luego está el asunto del
valor numérico (vale entender cabalístico) de las letras. En el alfabeto hebreo
la ghimel tenía el valor de 3, y en esa posición quedó la gamma en el griego. En
el latino, también terminó la ce en el tercer lugar y cuando apareció la ge se
le ubicó en la séptima posición debido, sobre todo, a que la zeta griega, que ocupaba
esa ubicación, era considerada más bien inútil porque no representaba ningún sonido
real de la lengua hablada del idioma del Lacio.
[Esta zeta, humillada por
semejante decisión, tuvo que resignarse a ser desplazada al último lugar del
abecedario de Roma. Sin embargo, con el tiempo fue reivindicada por el español,
que desarrolló un sonido que calzó armoniosamente con ella.]
La evidencia más cierta de
que el nacimiento de la ge representó una solución para la claridad de la
escritura latina —y de las lenguas romances posteriores— está en el hecho de
que hoy son caracteres totalmente diferenciados. Existen, sin embargo —o quizá
más bien como consecuencia— palabras españolas, aun nombres propios, que incluyen
una ce pero que en latín se escribían con ge... o viceversa. El nombre Gaius
derivó en Cayo, Gades se transformó en Cádiz, secundus
nos dio segundo.
[También podemos ver ahí un
rasgo evolutivo: el español nació, siendo la generación siguiente del latín, nació
con la capacidad de diferenciar más claramente dos sonidos que siglos antes
eran difusos, y, por tanto, necesitaban un signo nuevo. Hoy, por lo menos en la
producción hablada, ya no queda rastro de esa confusión, ni siquiera en los
casos de derivación en que un sonido se transforma en el otro. Salimos ganando.]
[Sí, este tema debe ser el
más serio de todos: no me fue posible a todo lo largo del texto sacarle una
mínima sonrisa ni a un solo lector. Ni siquiera con la imagen del camello
destetado. ¡Exijo una satisfacción!]
ariadnavoulgaris@gmail.com
Año XIII / N° DXVII / 7
de julio del 2025

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