lunes, 2 de junio de 2025

La efe, la uña de las letras [DXVI]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

¿Cómo se habría llamado esta ciudad argentina
en la Edad Media?

 

 

         A veces la historia del alfabeto se torna un “quítate tú pa ponerme yo”. Como toda creación humana, las letras van cambiando con el tiempo: de función, de significados, de escritura, de posición en el alfabeto, incluso de preferencias en el corazoncito de los hablantes... o escribientes, más bien, ¿no?

         La efe también ha tenido esos vaivenes, o quizá sea ella la principal que ha ido cambiando según cambian los vientos humanos. Fíjese usted, cuando los romanos comenzaron a chupar todo lo que podían de la cultura de los griegos, que fue muchísimo, adoptaron la letra Φ (y su minúscula φ), que se pronunciaba, aproximadamente, fi... (Eh, no, no, en realidad lo que hicieron fue adoptar, entre tantísimas palabras, las que en su escritura incluían esa letra.) A partir de entonces, no sé cómo ni por qué, pero se las arreglaron para escribir con ph las palabras que habían traído de Grecia y las que de ellas derivaron después, y así se siguieron escribiendo, incluso después de desaparecer el latín, hasta el comienzo del siglo XIX, en español, por lo menos. Para que se asombren, aquí les voy a dejar, apenas 40 de ellas:

 

asphalto, diáphano, diaphragma, elephante, emphasis, epitaphio, esphera, esphinge, esóphago, estropha, geographía, geroglyphico, hermaphrodita, huérphano, lympha, nympha, orphandad, orthographía, metáphora, metamorphosis, pámphilo, párrapho, peripheria, phalange, phantasma, phase, phenómeno, philosophía, pharmacia, phantasía, phrase, physico, phoca, phósphoro, propheta, sarcóphago, symphonía, triumpho tropheo, zaphiro.

 

Ay, se me escapó, precisamente, la palabra alphabeto. No podía ser otra. Pues en 1803, la Academia les eliminó a todas esas palabras el dígrafo ph y lo cambió por f.

         Curiosamente, sin aparente razón, siglos después, cuando el latín hablado en Castilla comenzó a metamorfosearse en algo nuevo, las palabras latinas comenzaron a perder el sonido de la efe. Los hablantes comenzaron a aspirar este sonido, siempre en posición inicial de palabra, en lugar de pronunciarlo entre el labio inferior y los dientes superiores. De modo que fijo, que provenía de filium, se convirtió en hijo; farina, que era descendiente de farina, se transformó en harina; formoso, que el vulgo había derivado de formosus, también el vulgo lo cambio por hermoso. Y sucedió igual con el industrioso verbo facer (de facere), con el duro sustantivo hierro (de ferrum), el delicioso fico (de ficus). Y hay muchas más. Hay hasta excepciones, como fama, fiel, factor.

         Cuando irrumpió don Juan en la historia, esta especie de alergia que le tenían a la pobre efe cesó y tal como se había impuesto la de la hache, la moda de la efe se hizo espacio. Entonces los Hernandos quisieron llamarse Fernando, y ocurrió que algunas palabras recuperaron la efe, pero mantuvieron lo que habían ganado cuando se escribían con hache, como fundere, fundir, hundir y como filum, hilo, filo. (Perdón, ¿quién?, ¿don Juan? No, claro que no, no es el picaflor de doña Inés, me refiero al que inventó la imprenta.)

         Ay, pero no les he dicho que antes de los griegos, la efe ya tenía su recorrido. Los fenicios conservan el certificado de originalidad en cuanto a su creación. Parece que la llamaban vaw, que significaba algo como ‘uña’ y que pronunciaban ese nombre como lo haría hoy un alemán. Fueron los latinos quienes voltearon el signo, como si hubieran intentado dibujar una escuadra debajo de otra, para que nadie dijera que simplemente otra vez se estaban plagiando algo de los griegos. Yo me los imagino mirando y mirando la letra gamma (la Γ, la han visto, ¿verdad?), cambiándola de posición, escribiéndola al revés, juntándola con otras letras, probando cuál podía verse más romana, y de repente, después de mucho jugar, viene uno de ellos y traza una encima de la otra y dice: “Listo, esta va a ser la efe, vamos a almorzar”.

         Oye, qué buena idea. Nos vemos después de la siesta.

 

Atenas, 11 de mayo del 2025

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

 

Año XIII / N° DXVI / 2 de junio del 2025

 

 

 

 

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