sábado, 31 de julio de 2021

IVLIVS [CCCLX]

Edgardo Malaver

 

 


Cleopatra y Cesarión, hijo suyo y de Julio César, 
en el templo de Dendera, Egipto
 

 

 

         Plinio el Viejo se fue a dormir deseando que los dioses introdujeran en su sueño la cadeneta de acontecimientos que habrían conducido a Sosígenes a la presencia del mismísimo Julio César en Roma. Y entonces soñó que Cleopatra le ofrecía a su amante una solución que había buscado desde tiempos remotos para acabar con el problema de que en Roma abundaran los calendarios y que, por tanto, hubiera tanto desacuerdo sobre las fechas importantes y tanta confusión acerca del tiempo en la vida cotidiana. En el sueño, Julio César entraba en los aposentos romanos de la faraona como conteniendo en la garganta una resolución que despertaría su furia femenil; cuando ella lo vio aparecer, curiosamente no recordó la escena de celos de la tarde anterior sino la oportunidad de jugar la carta que acababan de llegarle de Alejandría. Hizo una señal a uno de sus sirvientes, y este salió de la habitación.

         Mientras tanto, de pie junto a la columna del centro, Julio César no hacía más que observar a la mujer que le había alterado el camino y en cuyo camino, de haber sido ambos un hombre y una mujer comunes, habría caminado sin turbación alguna hasta el día de entregar la moneda a Caronte. Había decidido que no era justo seguir intentando arrancarla del trono para que fuera solo suya, compartirla con Egipto ni con aquella familia suya, en la que todos eran al mismo tiempo hijos y hermanos de todos o en igual medida tíos y primos de sus propios padres. Considerando el número y los pocos escrúpulos de sus enemigos, los de él y los de ella, Cleopatra debía partir de Roma, pero sería difícil calmarla una vez que...

         Ella, sentada junto a una ventana, interrumpió sus pensamientos diciendo con voz tierna:

         —Amo cuando tan solo me miras, como la primera vez, en silencio, como si no existirán la política, la guerra ni el poder.

         Él iba a acercarse cuando entró el sirviente y ella le hizo una señal de asentimiento para que hiciera como le había instruido. El muchacho salió e inmediatamente entró con él un anciano que bajó la cabeza al ver al hombre con traje de soldado de altísimo rango en mitad de la habitación. Este reconoció al instante que el anciano era griego. Cleopatra dijo, sin mirar a ninguno de los dos, para que cada uno de los dos pensaran que se dirigía a él:

         —¿No reconoces a este hombre?

         Ambos hombres iban a responder, pero se interrumpieron al ver que el otro comenzaba a hacerlo también.

         Julio César hizo uso de su prerrogativa de romano y de dictador para responder.

         —No. ¿Quién es?

         —¿Y tú? —preguntó ella mirando al anciano.

         —No, señora.

         —Julio César —dijo ella mirándolo, e inmediatamente miró al otro—, este es Sosígenes, un sabio de Alejandría.

         Ellos se miraron con expresión de sorpresa. Los dos habían oído hablar del otro y se sintieron honrados de estar, repentinamente, bajo el mismo techo.

         La mujer se levantó y se dirigió a la puerta. Les dijo: “Ustedes tienen mucho que conversar”.

         Y se fue.

         —La reina me ha llamado a Roma —dijo Sosígenes— para hablarte sobre el calendario que necesita la ciudad. Yo he hecho algunos cálculos.

         —Sentémonos —dijo Julio César—. Háblame de tus cálculos.

         —El calendario civil, señor, tiene un desajuste de unos tres meses con respecto al calendario astronómico. Desde hace muchos años, debido a que febrero tiene apenas 23 días, en cada año romano se cuentan en realidad casi noventa días menos de lo que sucede en la naturaleza.

         —¿Siguiendo el movimiento de la luna?

         —No, del sol.

         —¿Cuántos días tiene el calendario en la naturaleza?

         —En mis observaciones, 365 y cuarto.

         —¿Cómo puede solucionarse ese desajuste que dices?

         —A mi juicio, señor, lo más sencillo sería que el año tuviera doce meses definitivamente y que para atajar ese cuarto de día del ciclo natural, se agregara un día más cada cuatro años.

         —¿Tan sencillo sería?

         —Sí, señor.

         —¿En qué mes crees que habría que agregarlo?

         —En febrero, lógicamente, que siempre es el más breve.

         —¿Y los meses, o años, de retraso?

         —Pueden agregarse al principio del nuevo calendario, si se adopta, para que el primero de los años nuevos sea el último de la era confusa.

         —Ese primer año tendría unos cuatrocientos días, entonces, ¿no?

         —Cuatrocientos cuarenta y cinco, para ser exactos, señor. He calculado que con esta medida se ajustaría con bastante precisión el desfase... si se pone en marcha ahora.

         Julio César se levantó sin decir palabra. Se paró frente a la ventana mirando hacia afuera. Sosígenes lo miraba a él. Los dos callaban y pensaban.

         Cleopatra entró en la estancia como segura de haber dado un paso ingenioso, y preguntó, simulando hacerlo con descuido, si había avanzado la conversación, pero antes de que los hombres respondieran, un rayo de luna se detuvo en los párpados de Plinio. Aún entreoyó algunas palabras más de la reina egipcia, pero de buena gana abrió los ojos. Se convenció de que despertaba cuando el sueño lo conducía a lo que ya sabía y que no deseaba ver con sus propios ojos, ni siquiera en medio de una pesadilla: que viéndose acorralado entre las armas y el amor, el poderoso Julio César, otra vez, se equivocaba de camino.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLX / 31 de julio del 2021

 

 

 

Nota de la editora:

    El calendario conocido a lo largo de la historia como juliano debido a que lo introdujo Julio César, entró en vigor en el año 45 antes de Cristo. Al año siguiente, cuando César fue asesinado, para homenajearlo, se le puso su nombre al mes QVINTILIS.

 



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jueves, 24 de junio de 2021

La Segunda Batalla de Carabobo [CCCLIX]

Edgardo Malaver


  

Inauguración del Arco del Triunfo de Carabobo (1921)

 

         Han pasado, con el de hoy, 73.049 días desde que se libró la Segunda Batalla de Carabobo, en 1821. ¿La segunda? Sí, la segunda, porque la primera fue el 28 de mayo de 1814, es decir, hace 75.633 días.

         Cuando yo estaba en primaria, todos mis maestros recitaban de memoria lo que parecía la única descripción concebible de la Batalla de Carabobo: “la acción militar que selló la independencia de Venezuela”. Sin embargo, la Guerra de Independencia fue un tira y encoge tan prolongado, un subibaja tan acelerado de triunfos y derrotas que incluso la batalla que habría de “sellarla” fue superada por el enemigo, y resultó no ser cierto —descubrí después, como en sexto grado— que aquella guerra hubiera terminado en Carabobo.

         Siempre cuando tocaba hablar de la Batalla Naval del Lago de Maracaibo, que ocurrió el 24 de julio de 1823 (hace 72.289 días, para no romper la uniformidad), los maestros decían que había sido “consolidación definitiva de la independencia”, y yo parecía ser el único niño que se preguntaba: “Pero bueno, ¿y entonces la Batalla de Carabobo, dos años antes, no fue la última de la guerra?”. Pues no, porque en 1822, los realistas habían logrado tomar Maracaibo y la disputa continuó. Lo que es más, después de la Batalla del Lago, a pesar de terminar con victoria para la causa republicana (que ya estaba establecida desde 1819 y se llamaba Colombia), no iba a ser tampoco el final de la guerra porque todavía faltaba liberar Puerto Cabello. No sería la Guerra de los Cien Años, pero sí fue la guerra del nunca acabar.

         Simón Bolívar estuvo al frente de ambas batallas de Carabobo. En la primera, el Libertador, líder ahora de la Segunda República, se enfrentó al mariscal de campo Juan Manuel de Cajigal, que no sólo debió huir a Apure sino que perdió más de 500 soldados y 700 quedaron heridos. Bolívar, por su lado, reportó inicialmente una pérdida de apenas 12 hombres, con 40 heridos, pero después se calculó que habría sido diez veces mayor.

         La Segunda Batalla de Carabobo parece haber sido la última en que participó como soldado además de como comandante en jefe. Soldados fueron también en aquella ocasión multitud ciudadanos comunes, campesinos, esclavos, manumisos, artesanos, pequeños comerciantes y, entre los casi 7.500 hombres que lograron reunir Páez y Bolívar, 14 mujeres que nadie en el Ejército Libertador pudo disuadir de armarse y combatir.

         Bolívar fue el único de los cuatro oficiales de alto rango que resultó ileso en la refriega. Páez fue herido, Ambrosio Plaza quedó muerto en la explanada y Manuel Cedeño murió al día siguiente a causa de las heridas de la batalla. Y si es de hablar de muertos, hubo menos de 300 bajas patriotas, mientras que las fuerzas españolas perdieron diez veces más hombres.

         Curiosamente, en la Segunda Batalla de Carabobo muchos españoles nacidos en España lucharon del lado patriota, y la mayoría de los soldados del bando realista eran venezolanos de nacimiento. También había soldados británicos, franceses, holandeses, antillanos y de otros países de América. Y si es por curiosidades, se puede agregar que el ejército de Páez contaba con 3.000 reses, casi mil más que caballos, porque los llaneros viajaban todo el tiempo bien preparados para que no les faltara de comer.

         La Segunda Batalla de Carabobo —he comprendido a pesar de mis maestros de primaria— no fue la última batalla de aquella larga guerra, pero tampoco fue simplemente la reedición, siete años después, de un baño de sangre en una sabana suficientemente amplia para una revancha. Esta batalla permitió liberar la capital de Venezuela, nada menos, donde había comenzado todo once años antes.

         Cien años más tarde, hace 36.525 días, Juan Vicente Gómez un caudillo que se llamaba a sí mismo general, pero ni siquiera era militar y que había nacido, como Bolívar un 24 de julio y que moriría, como Bolívar, un 17 de diciembre—, inauguró lo que pronto se convertiría en uno de los símbolos de Venezuela y de la cultura venezolana: el Arco del Triunfo de Carabobo.

         Y otros cien años más tarde, hemos llegado tan desnudos, tan desnutridos, tan desanimados a esta fecha, que, como si la historia nos hubiera elegido para construir una metáfora despiadada, la situación, proporcionalmente, no dista mucho de la que dejó la guerra.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCXLIX / 24 de junio del 2021

 



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lunes, 7 de junio de 2021

IVNIVS [CCCLVIII]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

Tarquinio y Lucrecia (1571), de Tiziano

 

 

         Juno era la diosa de la fertilidad —todas eran la diosa de la fertilidad, cada mes era la época del arrebato sexual, todas las fiestas eran la fiesta de la sensualidad—. Era hermana y esposa de Júpiter, o sea, Hera, mujer del lujurioso Zeus, aunque no era mortal. Y cualquiera que en Roma fuera dios del desenfreno erótico, luego tenía que ser protector del embarazo y del parto, incluso del noviazgo y el matrimonio. Y algunos dicen que Juno protegía también a las mujeres y al Estado, vaya usted a saber por qué. Pues junio es su mes, qué simple esta historia.

         Atractiva y telenovelera es la historia de otro posible origen, puesto siempre en duda, del nombre del sexto mes del año. Existen quienes afirman que IVNIVS era más bien el mes con que los romanos rendían honraban la memoria de Lucio Junio Bruto (545-509 antes de Cristo), el primer “presidente” de la República romana. Sí, sí, ya lo sé, el cargo no se llamaba presidente sino cónsul (y eran dos), pero en este caso Junio Bruto era el más... perezjimenista. Tanto que, como el otro, Lucio Tarquino Colatino, era pariente de Tarquinio el Soberbio, el rey que acababan de defenestrar juntos, Junio, que también lo era, hizo que el Senado lo sustituyera para gobernar más a sus anchas.

         Muchos episodios conocidos (o al menos imaginados, reconstruidos, supuestos) de la vida de Junio tienen un intenso sabor a telenovela de José Ignacio Cabrujas o de Salvador Garmendia. En una imprecisa fecha de su infancia, por ejemplo, fue testigo de cómo soldados del rey Tarquinio, que era hermano de su madre, mataron a su padre y a sus hermanos para apoderarse de sus bienes. Junio se salvó de la matanza simulando que había perdido la cordura; viendo que le daba tan buenos resultados, siguió fingiéndose loco (o más bien haciéndose el tonto, que es lo que significa brutus en latín). Fingiendo ser menos inteligente de lo que era, logró más tarde infiltrarse en la familia de Tarquinio y hacerse amigo de sus hijos.

         Años más tarde, dos de los hijos del rey, Tito y Aruncio, no aguantaban la curiosidad y viajaron a Delfos para consultar el oráculo acerca de quién sucedería a su padre. El oráculo les respondió que el primero que, al salir del templo, besara a su madre, sería el siguiente rey; de modo que Junio, fingiendo tropezar en la puerta, cayó al suelo y le dio un beso a la tierra, madre de todos los hombres. Se inició entonces una persecución de la que, en muchas ocasiones, Junio se salvó gracias a su habilidad para fingirse loco.

         Más tarde, en el año 510, el tercer hijo de Tarquinio, Sexto, secuestró, violó y humilló a una distinguida dama romana llamada Lucrecia. La mujer, como única opción para restablecer su honra, organizó y protagonizó una ceremonia para suicidarse en público. El historiador Tito Livio (64 antes de Cristo-17 después de Cristo) nos echa el cuento, sin comerciales, en Ab Urbe condita, y dice que Junio, que estaba entre los presentes, poniendo una mano sobre el cuerpo aún caliente de Lucrecia, dijo:

 

Por esta sangre tan casta antes del ultraje del hijo del rey, juro, y os pongo a vosotros, dioses, por testigos, que yo perseguiré a Lucio Tarquinio el Soberbio, a su criminal esposa y a toda su descendencia a sangre y fuego y con todos los medios que en adelante estén en mi mano, y no consentiré que ellos ni ningún otro reinen en Roma.

 

Ese día, dejando caer sobre el cadáver de Lucrecia la máscara de la idiotez, inició una revolución y convenció al Senado de deponer al soberano. Cuando los senadores lo nombraron cónsul junto con Lucio Tarquino, viudo de Lucrecia, se extinguió la monarquía romana y nació la república.

         Los leales de Tarquinio, sine mora, arremetieron contra él. Entre ellos estaban los hijos del propio Junio Bruto, que fueron atrapados, juzgados y ejecutados en presencia de él y con su autorización expresa. En vista de esto, el antiguo rey reunió un ejército y envió a su hijo Aruncio contra Roma. Junio salió a su encuentro y ambos murieron al enfrentarse en batalla. Fue el último capítulo de la telenovela.

         Al final el ejército republicano volvió triunfante a la ciudad pero cargando el cuerpo inerte de Junio. Él recibió honores de Estado y manifestaciones de respeto de toda la población; las mujeres guardaron luto por él durante un año. No es para dudar que con el tiempo le pusieran su nombre a un nuevo mes antes de entrar en verano.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com




Año IX / N° CCCLVIII / 7 de junio del 2021




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Este mayo de oro

APRILIS

MARTIVS

FEBRVAS

IANVS

lunes, 24 de mayo de 2021

Un minuto de silencio [CCCLVII]

Edgardo Malaver

 

 

Cleusa de Williams (1936-2021)

 

 

 

         El 23 de abril tuvimos en la Escuela de Idiomas Modernos de la Universidad Central de Venezuela un encuentro virtual, como son ahora, para celebrar el Día del Idioma y homenajear a la amadísima profesora Cleusa de Williams, que había dejado este mundo el mes anterior. Y como el coronavirus nos ha puesto a todos los seres humanos a innovar las formas de hacer lo que siempre hemos hecho, nosotros ese día también hicimos de una forma nueva algo que hemos hecho toda la vida. Al principio de la reunión, guardamos un minuto de silencio por nuestra hermana Cleusa y por la enorme herencia que nos ha dejado en la escuela.

         Curioso minuto de silencio en que cada quien en su casa, en 16 países, se levantó de la silla y permaneció 60 segundos de pie frente a su computadora sin decir palabra. Tal como lo haría en un auditorio o en una plaza, pero en casa, solo, frente a una pantalla donde 43 cuadros mostraban a sendas personas haciendo lo mismo: estar callados frente a la pantalla. Hace menos de un año, ya nos parecía bien curioso —¿irregular?, trastornado?, ¿triste?— que alguien se pasara una hora o dos hablándole a una pantalla, pero nosotros ese día sólo nos quedamos parados frente ella, en silencio, un minuto.

         ¿Quién inventó que pasar 60 segundos de pie con la boca cerrada era forma de homenajear a la gente ya no vive? En 1919, después del fin de la Primera Guerra Mundial, un soldado australiano llamado Edward Honey (1885-1922), que había servido en el ejército británico, propuso en el diario Evening News que se conmemorara el primer aniversario del cese del fuego con cinco minutos de silencio en todo el país. Nadie le prestó atención, pero, meses después, la idea llegó a oídos del rey Jorge V (1865-1936), que la acogió, y el 11 de noviembre de 1919, un año después de la primera firma del Tratado de Versalles, celebró el aniversario recordando de esta forma a todos los que perdieron la vida en la guerra. Durante los ensayos de la ceremonia, presididos por Jorge, secundado por Honey, ambos acordaron reducir el tiempo a dos minutos al percatarse de que cinco eran demasiados.

         Unos días antes del aniversario, el rey había firmado una proclama en la que pedía a sus súbditos en el mundo entero “que a la hora en que entró en vigencia el armisticio, la undécima hora del undécimo día del undécimo mes, se observara durante el breve espacio de dos minutos una total suspensión de todas sus actividades cotidianas [...] de manera que, en perfecta tranquilidad, los pensamientos de todos se concentraran en la reverente remembranza de los gloriosos difuntos”.

         Desde entonces, durante más de 100 años ya, ante la inmensidad de la pérdida, ante la intimidad del dolor, ante la infinidad de méritos del fallecido, es el silencio reverente el que logra expresar lo que las palabras no podrían. Las palabras en semejantes momentos parecieran ausentarse, camuflarse, recogerse ellas mismas para sufrir su propio luto. Y como nunca hay palabras que puedan, ni mínimamente, restañar la mutilación que nos deja la muerte, el silencio es mejor.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLVII / 24 de mayo del 2021


 

 

 

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lunes, 10 de mayo de 2021

¿Tener quebranto? ¿Qué es eso? [CCCLVI]

Andrea Villada

 

 

 

Miguel Otero Silva escribió sobre un quebranto
venezolano en 1939

 

 

         Me sentí engañada. Déjenme explicarles por qué.

         Hace un par de semanas estaba diseñando una publicación en redes sociales sobre cómo explicar diferentes síntomas de enfermedad en español; dicha publicación era para estudiantes de español como segunda lengua. Afortunadamente, no trabajo sola. Mi socia nació en Colombia, igual que yo, pero, a diferencia de mí, ha vivido en nuestro país natal toda la vida. Yo, en cambio, tuve la dicha de vivir en Venezuela por veinte años.

         Como les decía, mientras diseñaba la publicación, Merly —así se llama mi amiga— y yo decidíamos qué frases incluir y una de mis sugerencias más obvias fue: “tener quebranto”. La profe me miró con extrañeza y me dijo:

         —¿Qué es eso?

         —¿Cómo que qué es eso? Tener quebranto es tener un poquito de fiebre... ¿Sabes? Cuando tienes un poquito de fiebre, pero no es demasiada... Como entre 37 y 38, más o menos...

         Me quedé callada porque me di cuenta de que lo que estaba diciendo no tenía mucho sentido y que no tenía una definición exacta. Mi amiga no quitaba la cara de no entender lo que yo estaba diciendo. Entonces, frustrada, le pregunté:

         —¿Qué dices tú si una persona tiene un poquito de fiebre pero no muy alta?

         —¡Pues tener fiebre, Andrea! —fue su respuesta.

         Inmediatamente hice lo que cualquier profe de español haría, busqué en el diccionario de la RAE la palabra quebranto: ‘descaecimiento, desaliento, falta de fuerza’.

         Está bien, la fiebre no está incluida en la definición de quebranto de la RAE, pero yo no me iba a dar por vencida. Estaba convencida de que esto era algo científico, todos los médicos debían saber exactamente a qué me estaba refiriendo.

         Busqué en Google. Los primeros resultados se relacionaban con fiebre, ¡bingo! Abrí varias pestañas, todas describían la sensación de quebranto que ocasiona la fiebre, pero ninguna definía un grado de alta temperatura corporal como “tener quebranto”. Empecé a perder la confianza en mi escueta definición. Busqué y busqué y al final puse en el rectangulito del famoso buscador “tener quebranto Venezuela”. Ahí lo encontré:

 

1. QUEBRANTO: Misteriosa elevación de la temperatura corporal, no lo suficientemente alta para ser considerada fiebre, pero sí lo bastante seria como para faltar al trabajo o al colegio.

 

         Obviamente, todo en broma, porque la realidad es que se trata de una expresión venezolana, así como también lo son darle a uno un yeyo, darse una matada, coger un aire o agarrar sereno.

         Regreso a la primera frase de esta entrada: me sentí engañada. Hasta le escribí a mi mamá y le pregunté por qué había usado esa frase con mi hermana y conmigo si ella es colombiana. “No sé, mi amor. Yo la escuché por primera vez en Venezuela y me gustó”, fue su respuesta.

         Al final tuve que reírme de mi ingenuidad de pensar que algo que no tenía ni siquiera una explicación clara fuera una realidad científica. Lo compartí con mis amigos venezolanos y la mayoría tuvo la misma reacción que yo tuve (¡¿No existe?! ¿Pero la gente en otros países no lo entienden? ¡No puede ser!), excepto mis amigos médicos que aparentemente ya estaban enterados de la realidad detrás de la frase.

         A pesar de mi decepción que me duró como dos días y de haber tenido que sacar la frase de mi publicación, estoy segura de que cuando tenga un poquito de temperatura voy a seguir diciendo que tengo quebranto. Creo que hay cierta sabiduría y sentido común en la expresión, después de todo, la fiebre sí que provoca esa sensación de desaliento y malestar. Pero si son venezolanos y están en otros países, ya saben, fiebre es fiebre y punto.

 

andrealvilladac@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLVI / 10 de mayo del 2021

 

 

 

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lunes, 3 de mayo de 2021

Este mayo de oro [CCCLV]

Ariadna Voulgaris

 

 

La casa de Juana de Ibarbourou en Melo, Uruguay

 

 

 

         Mi madre tenía en Valencia una hermana que recitaba poemas de Juana de Ibarbourou en los cumpleaños, en los de los mayores, que siempre terminaban a medianoche, y en los de los niños, que terminaban más tarde. Un día mi hermano mayor, que era su ahijado, hizo en su taller de pintura un dibujo de la poeta uruguaya y se lo regaló a mi tía en su cumpleaños. Ella quedó tan impresionada de la belleza de aquella mujer (cuyos versos hasta entonces apenas decía de memoria), que después de eso se convirtió en su biógrafa, y un día incluso viajó a Melo, Uruguay, para conocer los lugares de su infancia.

         Juana de Ibarbourou escribió un poema breve y sencillísimo, que quizá no llame la atención de muchos, pero que yo conservo en mi memoria también porque cierro los ojos y oigo a mi tía Andrea recitarlo en su casa de Valencia. Se titula “Mayo”, y es de 1930:

 

No sé qué fragancia a azahares

hoy tiene el agua del mar.

¿Será este mayo de oro,

esta cimera solar,

o este viento de palomas,

que anda sin sentirse andar?

 

Si él estuviera a mi lado,

oh Dios, ¡qué felicidad!

 

         No sé qué duda tengo de si es un poema de amor o de nostalgia. O de las dos cosas. O si es un poema escrito después de una batalla en que la poeta ha perdido a su héroe amado. Y yo siento ese “viento de palomas / que anda sin sentirse andar” como la sensación clara, la sensación de que todo está quieto debido a la separación. Habrá quienes compartan con Juana esa visión del mes de mayo, que para otros es un mes de flores, de alegría y de romance. Es al menos el mes de las nuevas generaciones, dado que, en el hemisferio norte, en mayo nacen los que han sido engendrados durante el verano del año anterior.

         El poema de Juana —¿quién me dio esa confianza de llamarla Juana?— está lleno de luz. El “agua del mar”, el “mayo de oro”, la “cimera solar” y las palomas, que no son aves nocturnas, pintan una escena bella que, de repente, se oscurece con la ausencia del amado en el penúltimo verso. Si lo concebimos como un mes propicio para el amor erótico, la sensación del poema es comprensible porque la poeta se siente sola. Cumple entonces, aunque por contraste, con el estándar del idilio primaveral y las notas de violín. Esta vez las flechas de Cupido han ido a parar todas al mar.

         En Roma el mes de mayo era llamado MAIVS, es decir, el mes dedicado a Maya, diosa promotora de la fertilidad y la maternidad. Hasta el siglo III antes de Cristo, se le distinguía de la Maya griega, hija de Atlas. El dato interesante sobre la Maya latina es más bien terrenal: que las mujeres romanas la honraban en un rito tercamente secreto cada año en mayo. Los hombres estaban tan prohibidos que ni siquiera se les permitía hacer preguntas sobre la ceremonia.

         No se sabe nada más. Por eso, acordándome de mi tía, que tanto la quería, me animé a escribir sobre Juana y el más sencillo de sus poemas para comenzar el mes con belleza, que es como comenzarlo con bien.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLV / 3 de mayo del 2021

 

 

 

 

 

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