lunes, 20 de julio de 2026

El terremoto que expulsó a la Virgen del Valle de Cubagua [DXLI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Por estas calles, “lo que más seguro parecía /
peligro, mal y muerte prometía”

 

 

 

         Los terremotos han sido tan frecuentes y tan devastadores en la historia de Venezuela que hasta la Virgen del Valle ha sido víctima de ellos. O sea, terminó siendo expulsada del hogar que había elegido de este lado del mar océano. Sabemos de buena fuente —las investigaciones del Hermano Nectario María y otros autores— que la imagen que hoy atrae multitudes a Margarita cada septiembre fue traída de España a Cubagua antes de 1530. Para la Navidad de 1541, cuando ocurrió el terremoto que dejó en ruinas a la pequeña isla venezolana, se le llamaba sencillamente la Purísima, que equivalía a la Inmaculada Concepción. Después del terremoto, que se produjo junto con huracán y avalancha de altísimas olas marinas, los sobrevivientes no tuvieron otra opción que trasladarse a Margarita, donde ubicaron la imagen en la villa de El Valle del Espíritu Santo.

         De esa época data este culto, que en 1911 cristalizó en la coronación canónica de la imagen, es decir, una veneración reconocida por la Santa Sede. Y lo que esto deja en evidencia es que, desde el principio de la historia de Venezuela, todo, incluso los asuntos de la fe, ha sido tocado y trastocado por los movimientos y las fuerzas de las profundidades de la Tierra. Ese maremoto, que es el término con que se le nombra en Margarita hasta hoy, figura también entre los de mayor intensidad que se han conocido.

         En este caso le toca al célebre cronista Juan de Castellanos (1522-1607) relatarnos, de primera mano, los hechos que presenció en sus años mozos en Nueva Cádiz y que, naturalmente, también modificaron su carrera como religioso y como escritor. Sobre el terremoto de 1541 dice, entonces, Castellanos en Elegías de varones ilustres de Indias (1589), obra tan extensa —más de 100.000 versos— que sólo un cuarto de ella pudo ser publicado en vida del autor:

 

ELEGÍA XIII

 

CANTO TERCERO

Donde se cuenta a cuánta disminución vino la granjería de las perlas

de Cubagua, el asolamiento de aquella ciudad, con otras cosas

allí sucedidas

 

[...] Sería por el año de cuarenta

y tres con el millar y los quinientos,

cuando cierta señal nos representa

bravos y furiosos movimientos:

siguiose después desto tal tormenta

que hizo despertar los soñolientos,

de todos vientos rigurosa guerra,

y el mar mucho más alto que la tierra.

 

El agua de los cielos era tanta,

y con tan grandes ímpetus venía,

que el más entero brío se quebranta,

y el ánimo más fuerte más temía:

ruïdo temeroso se levanta

que de la mar y tierra procedía,

sobrevino la noche muy escura,

y con ella grandísima tristura.

 

No se hallaba ya cosa viviente

que tuviese seguro de su vida,

porque la calle va como creciente

de ríos con furor de la venida;

en las casas no puede parar gente

por los amenazar con su caída,

y lo que más seguro parecía

peligro, mal y muerte prometía.

 

[...]

 

Salíannos ansí desta manera

aquí y allí peligros al encuentro,

pues era grande riesgo salir fuera,

peligro de la vida quedar dentro:

tiembla la isla toda donde quiera

por aire conmovida desde el centro,

aquel que poseía mejor suerte

estaba ya gustando de la muerte.

 

[...]

 

Yo solía posar en una casa

que bien cercana fue de la marina,

do vivía Pero Ruiz Barrasa

y su mujer Beatriz de Medina:

tenía por delante plaza rasa,

e viendo yo henderse cierta esquina,

a grandes voces dije: «Fuera, fuera,

que ya caen las rejas y madera».

 

[...]

 

Y es por acontecer en tal instante

caerse la pared más delantera,

antes de poder ir más adelante

por impedir la puerta su carrera [...].

 

Yo poco antes de caer había

salido con deseo de escaparme,

y en medio de la plaza no sabía

cómo mejor poder acomodarme;

porque de todas partes no tenía

falta de agua para bien mojarme;

pero luego con otras gentes buenas

tuvimos compañeros en las penas.

 

Oíamos murmurios y bullicios,

no con falaces cantos de serenas;

aquí y allí caían edificios,

las altas azoteas, las almenas,

la casa de los santos sacrificios,

moradas que yo vi ricas y buenas:

aquí sonaban voces y allí gritos,

aquellos con temor, estos aflitos.

 

Lo mejor y lo más fortalecido

con la gran tempestad viene cayendo,

la trabazón del techo más asido

con fuerza del temblor se va rompiendo:

causaba gran temor aquel ruïdo,

asombraba la furia del estruendo

de aquellas derrumbadas canterías

y quiebras de las vigas y alfajías[...].

 

[...] el cielo se mostró de nubes lleno,

y el fuego celestial viene rasgando

la nube por el más espeso seno;

y aquella furia con que va pasando

es la causa de dar horrible trueno,

poniendo gran temor a los mortales

sin uso de razón y racionales;

 

tal y tan grande estruendo se hacía

cuando con tantas lluvias y temblores

la más gruesa pared de cantería

caía con los altos corredores,

cuyo grave ruïdo nos ponía

grandísimos espantos y temores:

viérades las doncellas desmayadas,

dueñas amortecidas de asombradas.

 

Aquí sonaba doloroso llanto

del niño de su madre divertido,

allí las madres hacen otro tanto

lamentando su hijo por perdido;

otras por acullá con gran espanto

colgadas de los hombros del marido.

Hacen mayores ser los terremotos

confusísimas voces y alborotos.

 

Fueron durables estos detrimentos,

mas no con una misma destemplanza;

al fin cesó la fuerza de los vientos

y llegaron las horas de bonanza:

ningunos muertos, pero descontentos

determinados a hacer mudanza

por no tener recurso de vivienda,

eso me da soltero que con prenda.

 

Otros de nuevas leyes ignorantes

permanecían en sus desvaríos, [...]

angosta vida, seca, miserable,

y tal que no podía ser durable.

 

[...] y ansí barcos de Niebla y Juan Cabello

nos traspasaron a la Margarita

en tanto que llegaban ocasiones

para ir a buscar nuevas regiones.

 

Y al tiempo de salir desta frontera,

no sin dolor de damas y varones,

acuérdome que Jorje de Herrera

compuso ciertos versos y canciones,

y en un alto pilar en la ribera

también mandó poner ciertos renglones,

que si memoria tengo de aquel día

entre ellos hubo letra que decía:

 

[...Aquí fue pueblo plantado,

cuyo próspero partido

voló por lo más subido;

mas apenas levantado

cuando del todo caído.

 

Quien examinar procura

varios casos de ventura

puestos en humana casta,

aquesto solo le basta

si tiene seso y cordura.


         Quizá no sea yo el único que siente, con cada verso de este poema, que hemos oído otra vez apenas hace días la narración de Castellanos en los labios de los miles de venezolanos que perdieron a sus madres, a sus hermanos, a sus hijos en la más reciente reedición del terremoto de Nueva Cádiz, que hoy vale llamar La Guaira, Macuto, Catia La Mar...

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLI / 20 de julio del 2026

 

 

 

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