lunes, 5 de octubre de 2015

Somos venezolanos, ¿y qué? [LXXVI]

Laura Jaramillo





Parafraseando al “Mono” Sánchez,

humorista colombiano

 

         Nuestro modo de hablar, además de nuestras actitudes, costumbres y pensamientos, es la característica más resaltante para hacernos diferenciar de otros latinoamericanos. Los venezolanos, solo para hacernos entender, tenemos una peculiar capacidad para inventar expresiones (y para mantener las de vieja data), a través de figuras como la comparación y la metáfora, no faltaba más.

         Bueno, veamos algunas de esas expresiones tan nuestras:

 

·       Los amigos son compinches o panas; y la amistad verdadera es una panadería.

·       Cuando nos sentimos mal, nos da un beriberi o un patatús.

·       Las peleas son atajaperros, berenjenales o zaperocos.

·       Cuando no nos importa nada, somos viva la pepa o antiparabólicos.

·       El borracho está zarataco.

·       No somos despistados, somos despalomaos.

·       Si tenemos cosas pendientes por hacer, estamos hasta los tequeteques.

·       Al consentido o más querido de la casa, le decimos toñeco.

·       Nosotros no nos morimos, nos petateamos o colgamos los guantes/guayos.

·       Algo no se rompió, se esguañingó.

·       No tomamos cervezas, tomamos birras o nos echamos unos palitos.

·       Si vamos al cine, no vamos en grupo, vamos en cambote o en patota.

·       Nuestras arepas son pelúas o catiras.

·       No bailamos, pulimos hebilla.

·       El doble seis es una cochina.

·       La droga se convierte, no sé cómo, en perico; y el drogadicto está periquiao.

·       No nos comemos un perro caliente, sino un asquerosito o bala fría.

·       El despecho es un guayabo.

·       La resaca es un ratón, a veces un canguro.

·       No es frío, es Pacheco.

·       Cuando se nos olvida el nombre de alguna cosa, entre varias opciones, lo podemos resolver con el bicho ese que se bichea (sigue así, Rayuela).

·       No nos ponemos bravos, nos convertimos en anacondas o macaureles (¿verdad, Yelitza?).

·       El raspao de la olla es el cucayo (Blanca, ¡qué falta hace mamá!).

·       No tenemos sueño, sino un sueñero (ay, Genaibis, qué sabroso cuando llega el sábado).

·       No se habla mucho, se habla hasta por los codos.

·       Cuando se llega a los 60 años, no somos de la tercera edad, sino que mascamos el agua.

·       No decimos muchos, sino sopotocientos.

·       Algo no es chévere, es mollejúo.

·       Los celulares no son androides o de última generación, sino que cantan el himno nacional y hasta te peinan.

·       No tenemos información importante, tenemos una cabilla.

·       Nosotros no caminamos, pateamos la calle.

·       Las mentiras son muelas.

·       La garganta es el gañote; y si gritamos, nos esgañotamos.

·       Si nos equivocamos, pelamos gajo o meamos fuera del perolito.

·       No es hola, es épale, qué hubo, qué más.

·       Nacimos en el año de la pera o en los tiempos de María Castaña.

·       No somos inteligentes, sabemos más que pescao frito.

·       La sandalias son chancletas o babuchas.

·       No estamos en peligro, estamos en pico e zamuro.

·       Y pa más ñapa, ahora no vamos al supermercado, vamos a bachaquear.

 

        Por eso, somos venezolanos, ¿y qué?

 

laurajaramilloreal@yahoo.com

 

 

 

Año III / Nº LXXVI / 5 de octubre del 2015

 

 

 

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lunes, 28 de septiembre de 2015

De la lucidez lingüística y otros monstruos [LXXV]

Camila Guette


         “El despertar de la lucidez puede no suceder nunca, pero cuando llega, si llega, no hay modo de evitarlo; y cuando llega se queda para siempre”, nos decía el profesor en la película Lugares comunes, del director argentino Adolfo Aristarain. Así es el despertar de la lucidez lingüística, una vez que esta llega, lo hace para quedarse. Y con lucidez lingüística no me refiero a erudición, sino más bien a todo lo contrario: puesto que somos conscientes de la lengua (cosa que no le pasa a un hablante común, que no se pregunta a cada instante si la preposición que utiliza es la correcta) estamos condenados a la eterna duda cartesiana; de lo único que no dudamos es de que estamos dudando. Así, vamos descendiendo más y más del primero al noveno círculo del L’inferno di Dante en la medida en que nuestro arsenal de lenguas es mayor.
         Mi gusto por el cine reflexivo y melancólico me condujo hace tiempo hacia los senderos del cine nórdico, primero al cine sueco con Bergman y luego al finlandés, donde conocí a Aki Kaurismäki, un realizador independiente hoy en día muy popular en Europa gracias a su última película grabada en Francia: Le Havre. Al ver sus películas anteriores grabadas en finés, quedé fascinada por los soundtracks y empecé a interesarme tanto por la música finesa, como por su contenido. Me llamó mucho la atención lo fácil que se pronunciaba el finés, así que comencé a investigar en Internet sobre esa lengua (ya que cada vez que escucho una lengua que suene bonito, quiero aprenderla) y no pude evitar caerme de la silla cuando leí que el finés tenía alrededor de 15 casos: nominativo, partitivo, genitivo, acusativo, inesivo, elativo, ilativo, adesivo, ablativo, alativo, esivo, translativo, comitativo, instructivo, abesivo. Y yo que pensé que el latín era difícil. Aún lucho con el alemán y lo poco que aprendí de griego porque tienen cuatro casos. Es verdad que lo difícil no debe desmotivarnos, pero es que el genio de esa lengua o se pasó de listo o fue forjado por los mismísimos vikingos. Y es que las quince desinencias no solo afectan verbos, sustantivos y adjetivos, sino que además se declinan los adverbios y algunas preposiciones.
         Antes de estudiar idiomas modernos, en la era de mi inocencia lingüística, hubiese gritado: ¡pero esta gente está demente! Mejor dicho, no hubiese entendido ni qué es un caso, ni qué es una declinación. Hoy en día, no diré que están dementes, creo más bien que hay que cambiar el método de aprendizaje: aprendamos las lenguas como niños, de manera inconsciente, luego estudiemos la gramática. Recuerden: fabulor ergo cogito, ergo sum (hablo, luego pienso, luego existo). Ahora, volviendo al tema de la lucidez, la duda y todos esos monstruos, creo que, de todas maneras, siempre será mejor dudar cuatro veces que quince.

camila.guette@gmail.com





Año III / Nº LXXV / 28 de septiembre del 2015

lunes, 21 de septiembre de 2015

Entre perlas, citas y plagios [LXXIV]

Azury Mendoza


         A modo de introducción, hago un mea culpa bien vergonzoso, so pena de someterme a las sanciones sociales que explicaban Grice y su combo: también yo me engrincho, me espeluco y me persigno a la hora de hacer citas. No, no esas citas (las médicas, aunque aplica), ni las otras (las de placer, aunque esas también), sino las otras aquellas: las de todo trabajo de investigación.
         Dicho de otra forma, se me mueve el tucungo aunque no sea de gozo, como muy bien explican Mahuampy Ruiz e Isabel Matos en la entrada número LIII de este mismo blog. Es que las normas APA-UPEL (FALTA FECHA) con sus actualizaciones, revisiones y demás misiones (como expone Edgardo Malaver en su entrada “Tu misión, Jim, si decides aceptarla...”, publicado en el número VII, ibíd.), resultan ser un instrumento del demonio para hacer la Tesis: imposible.
         También yo me he abstenido de colocar citas que vendrían como anillo al dedo al punto que intento demostrar con tanta tinta y tanta paja (otra vez, ibídem, ejusdem, Ob. Cit. y demás; esta vez por Laura Jaramillo, entrada número L). Ah, sí, y todo por culpa de la veracidad de la fuente, y la forma de expresar en papel tal veracidad. Y tal fuente.
         Esto me ocurrió recientemente, cuando, por observaciones hechas por mi querido Edgardo Malaver (¿ameritará una cita esta referencia?), hacía las correcciones a lo que después fue mi debut en este blog: “La diabetes es grave (o la esdrujulización a la venezolana)” (¿también tendré que citarme a mí misma?). En su versión más primigenia, existía esta cita a modo de epígrafe:

“—Profesor, ¿la diábetes es grave?”, a lo cual le respondió “Sí, la diabetes es siempre grave, nunca esdrújula”.

         Cuando me disponía a compilar las referencias, terminé metiéndome en camisas de once varas: en mi caso particular, leí esas líneas por vez primera en la compilación que Monte Ávila Editores, en su serie Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, hizo de la obra de Ángel Rosenblat: Buenas y malas palabras. Una selección (2004).
         Pero luego, al googlear un poco, me topé con que esas mismas líneas también se le atribuyen al sabio Dr. Santiago Ramón y Cajal (Premio Nobel de Medicina en 1906). Esto de acuerdo a Valera-Cárdenas et al. (2011). Inmunoglobulina y enfermedad hemolítica en neonatos. MedULA 20: 87-91, corregido por Salinas, P. (2010). Entonces, como se diría en cada episodio del Chapulín Colorado: Y ahora, ¿quién podrá defenderme? Me queda bien claro que no vendrán en mi auxilio ni la APA-UPEL, ni la Chicago, ni la Vancouver...
         Decidí omitir el muy pertinente epígrafe y aprovecharlo para esta entrada. En todo caso, mientras sigo buscando al verdadero padre del muchacho, me apego al último guiño-comentario hecho por el mismísimo Rosenblat en “¿Diábetes o diabetes?”: E se non è vero è ben trovato.
         En conclusión, los nunca bien ponderados y malqueridos plagios resultan ser, muchas de las veces, casos en los que faltó pericia o atención para citar una perla, o incluir un par de comillas o cursivas que habrían bastado para evitarse malos ratos, y mala fama... Y que lo digan Javier Vidal... o Ricardo Azolar (Los platos del diablo, 1985).


azurybrian@gmail.com



Año III / Nº LXXIV / 21 de septiembre del 2015

lunes, 14 de septiembre de 2015

¿Ah?, ¿apóstrofo? [LXXIII]

Edgardo Malaver


         Ciertamente, tal como ha estado usted pensando desde la semana pasada, ese signo que usa de vez en cuando para señalar que está omitiendo algún sonido en una palabra se llama apóstrofo, no apóstrofe. En mi caso, lo conocí cuando comencé a estudiar inglés. Luis Manuel Rojas y yo, un día a mitad de primer año de bachillerato, le preguntamos al profesor cómo se llamaba esa “comita” que él ponía en el don’t, en el wasn’t y en el won’t, y él, con toda la apariencia de saber lo que decía, nos respondió: “Apóstrofe”. Por aparentar, aplausos; por lo otro...
         El problema es casi nulo —para los tiquismiquis serios de la lengua, que, a pesar de las apariencias, no abundan—, porque a nadie se le ocurre pensar, si le dictan: “Doble ve, o, ene, apóstrofe, te”, que tiene que citar a Homero, a Dante o a Bello en medio de una negación del auxiliar de futuro. El contexto y el sentido común, sin que uno se esfuerce, conducen rápidamente a la solución. El verdadero problema son los tiquismiquis superficiales, los que creen que el conocimiento de la lengua sólo es útil para restregarles a los demás en la cara la ignorancia de la que ellos mismos padecen. Por eso son... tiquismiquis.
         Intentando infiltrarme en el primer grupo, llevo unos 20 años deteniéndome fielmente en cada apóstrofo que me tropiezo en español y hoy siento que ya puede ser el momento propio para expresar la conclusión que más me seduce desde hace miles de días: que el apóstrofo no hace ninguna falta en español. ¿Para qué hace falta escribir pesca’o, si escribiendo pescao está perfectamente dicho lo que se desea decir? ¿Está mejor escrito Mira, m’hijo que Mira, mijo? Si es cierto que se desea indicar dónde falta un sonido, ¿por qué nadie escribe fó’foro, e’cepción, contr’ataque? En la oralidad, decimos todo el tiempo frases como Vamos a venos mañana pa contanos to los chismes y luego en la escritura algunos intentan “adecentarlas” con apóstrofos. ¿De veras necesitamos indicar en la escritura dónde estamos omitiendo sonidos?
         Por otro lado, en multitud de casos, la simple sustitución de un fragmento de palabra por el apóstrofo no es suficiente para representar por escrito lo que se desea transcribir. Por ejemplo, el infinitivo  corre’ no dice que lo que se desea decir. La aplicación de las sencillas reglas de acentuación, por lo menos en estos casos, sería lo ideal para transcribir, por ejemplo, Ayer salí temprano a corré por la playa.
         No voy a revisar aquí lo que dicen las reglas sobre el uso del apóstrofo porque casi no dicen nada, ni lo que dicen los sabios (los respetables y los impresentables), las discusiones sin destino en que se embullen, porque la señal más clara de que el apóstrofo no hace falta en español (en el formal, como mínimo) es la existencia de nuestras contracciones: al y del. En inglés y en francés, que son las lenguas extranjeras de las que puedo hablar con propiedad, las contracciones se hacen con apóstrofo, sí. En español se hacen sin él y la cosa ha funcionado de lo lindo desde que el mundo es mundo. Todos decimos, por ejemplo, “La muchacha del mercado” y si lo escribimos, lo escribimos sin apóstrofo, y todo el mundo está de acuerdo en no reaccionar en contra. Usamos la construcción al fin y al cabo, y así la escribimos y todos la reconocemos como lo más apropiado. Es, simplemente, la forma de construir contracciones en español. Pero luego aparecen otros casos, en los que uno siente que necesita crear una “contracción”. ¿Por qué utilizar el mecanismo de otras lenguas, si la española tiene el suyo, que es tan sencillo y eficiente? Una idea como “Voy para el Zulia” puede escribirse (no porque lo diga yo, sino porque se puede): “Voy pa el Zulia”, pero también puede escribirse: “Voy pal Zulia”. En ninguno de los dos casos hace falta el apóstrofo, como haría en francés o en inglés.
         Habrá —ojalá— quienes digan que el apóstrofo sí hace falta para mostrar nuestro esfuerzo por ser exhaustivos en la escritura. Loable objetivo, pero entonces me pregunto por qué tanta gente le da tan poca importancia a la necesidad de señalar el inicio de las preguntas, el final de las oraciones, la sílaba acentuada, las mayúsculas, las incisas, las sangrías, las abreviaturas, etc., etc., etc.

emalaver@gmail.com



Año III / Nº LXXIII / 14 de septiembre del 2015

lunes, 7 de septiembre de 2015

¡Oh, apóstrofe! [LXXII]

Edgardo Malaver



         Homero, en el siglo VIII antes de Cristo, comienza la Odisea exclamando: “Canta, ¡oh, musa!, la historia de aquel hombre que por mil senderos anduvo errante mucho después de vencer en la sagrada Troya”. Dante, comenzando el siglo XIV, termina su Divina comedia cantándole a María: “Oh, Virgen madre, hija de tu hijo, / la más humilde y alta criatura, / del santo plan de Dios término fijo, / tú ennobleciste la humana natura / hasta tal grado, que su autor / no desdeñó el hacerse de esa hechura”. Bello, en el siglo XIX, canta también en su Alocución: “Divina poesía, / tú, de la soledad habitadora, / a consultar tus cantos enseñada, [...] tiempo es que dejes ya la culta Europa”.
         Esta forma de comunicarse, de decir, de conmover, ha sido útil durante casi tres mil años, y no sólo a los poetas: todos los hablantes de todas las lenguas hacemos uso constante del apóstrofe, siempre con el mismo fin, el mismo que ya antes de Cristo le daban los griegos. El apóstrofe, aunque muchos crean otra cosa, es un recurso estilístico —o figura retórica— que consiste en dirigirse, en medio de un discurso y con expresiones por lo general vehementes y enfáticas, a algún ente humano o espiritual, concreto o imaginario, que puede estar presente o ausente en el auditorio. Va, pues, expresado en segunda persona, aunque se refiera, como puede suceder, al propio emisor del discurso.
         En una clasificación sencilla (si tal cosa es posible en retórica), los recursos estilísticos pueden dividirse según su intención: los que apelan al logos, es decir, a la razón del hombre, que están ligados al tema y contenido del discurso; los que recurren al ethos, a la moral, y atañen al emisor, y los que explotan el pathos, las emociones, y se relacionan con el receptor. El apóstrofe pertenece a este último grupo y, como puede deducirse, intenta “persuadir” (mover, excitar, llamar) apuntando a las pasiones del que escucha (o el que lee), siempre con palabras.
         No es extraño, considerando el origen de la retórica. Aunque suele hablarse también de figuras literarias, la retórica tuvo su origen en la actividad política, en la necesidad de convencer a los opositores en la naciente democracia ateniense en el siglo V antes de Cristo. En principio, una causa noble: intentar ganar batallas verbales en lugar de lanzar cuchilladas a los enemigos y recibirlas de ellos. Sin embargo, el uso del apóstrofe y, en general, del pathos, no sólo en el siglo V antes de Cristo sino incluso hoy, nos ha llevado en muchas ocasiones, y por el camino corto, a la guerra.
         Demóstenes se metió en buen número de líos por causa de sus apóstrofes en contra del rey Filipo, padre de Alejandro Magno. Los revolucionarios franceses, aun predicando la fraternidad, cantaba desde 1792 un apóstrofe que luego se convirtió en su himno nacional (y que no puedo citar si no es en francés): “Allons, enfants de la Patrie, / le jour de gloire est arrivé!”, estimulándose para “inundar los surcos” con la “sangre impura” de sus enemigos. El recuerdo más claro que tenemos de la Batalla de Las Queseras del Medio es el apóstrofe del general Páez: “¡Vuelvan caras, carajo!”.
         Los apóstrofes suelen hacer alusión a situaciones dolorosas o patéticas (de pathos).  Salomón apostrofa a Yavé diciéndole: “Desde los abismos invoco tu nombre, ¡oh, Dios! ¡Señor, escucha mi voz!”. En el Evangelio de san Mateo, Jesús se lamenta: “¡Ah, Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te envío! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina que bajo sus alas reúne a sus polluelos, y tú te resistes!”. Cervantes (o Ricardo, el protagonista de El amante liberal) se queja así de su fortuna: “¡Oh, lamentables ruinas de la desdichada Nicosia [...]! Si como carecéis de sentido, le tuviérades ahora, en esta soledad donde estamos, pudiéramos lamentar juntas nuestras desgracias”.
         Otros traen un poco de esperanza a quien escucha, como el de Gardel en su tango más afamado: “Mi Buenos Aires querido, / cuando yo te vuelva a ver, / no habrá más pena ni olvido”. No lo olvide: un apóstrofe no es lo mismo que un apóstrofo (sí, señor, con o), y para conocer esa diferencia, ¡oh, desocupado lector!, tendrá usted que guardarnos fidelidad, por lo menos, hasta  la semana que viene.


emalaver@gmail.com



Año III / Nº LXXII / 7 de septiembre del 2015

lunes, 24 de agosto de 2015

Los eufemismos en los diarios venezolanos [LXXI]

Azury Mendoza


El hombre es fuego, la mujer, estopa... Viene el diablo, y sopla...
Dicho popular



         —Oye, mi amor, ¿y qué es un griego?
         Cualquiera habría preferido correrle a ese toro, olvidarse del asunto del sano cortejo con heladitos en Sabana Grande y agarraditas de mano inofensivas de las primeras salidas —aunque ya no tuviesen ni de cerca 14 añitos— y sencillamente, dar por terminada la pretensión amorosa antes de responder semejante pregunta. Pero es que ella le gustaba tanto...
         Y no podía responder sin hundirse en un torbellino de aguas profundísimas... pero la embestida vino de lleno, sin aviso ni protesto, mientras se tomaba un café que casi sirve de óleo para pintar un fresco, tipo aspersor, en la cara de quien preguntaba.  No quedaba más que aventurarse a agarrar al animal por los cuernos y ver cómo salía la cosa. Y luego de quemarse con el grueso tarugo, así más o menos fue la respuesta:
         —Bueno, mi vida, los diarios venezolanos siempre se han caracterizado por emplear colosales cantidades de chispa criolla para maquillar realidades, y obedeciendo al genio de nuestra lengua, nos da por bautizar proyectos de envergadura con rimbombantes nombres que rememoran un pasado bien glorioso, de sables, charreteras, polainas y grandes batallas que nos obsequian la sensación de que somos protagonistas de algo apoteós...
         —Ajá, ¿y eso qué tiene que ver con este caballero de ambiente que me ofrece duchas doradas, o  con las gemelas traviesillas de dieciocho añitos que se mueren por complacerme, y la chorrera de nacionalidades que acompañan a los masajes ofertados a tres por mil en los clasificados?
         La interrupción al más puro estilo de Barbarita, la de Baldomero, el Terror del Llano[1], sonó como un scratch[2] de disco... Pero cuando cesó el característico ruido, el enamorado pudo notar que en realidad estaba sonando la canción de Marlene[3], quien por allá en los 80, coreaba con ligero contoneo gatuno ¿no notas que estoy temblando...?
         La pregunta inicial terminó por ser respondida ilustrativamente en un tour mundial que recreó en suelo criollo las sorpresas del hindú —¡quién lo diría!—, la afabilidad del tailandés, las excentricidades del ruso y un didáctico paseo por el griego, todo con su muy conveniente sombrerito que evitaba todo mal francés, napolitano o español, y siga usted enumerando que yo le voy diciendo para qué otras cosas sirven los eufemismos en situaciones tan peliagudas que involucran a un hombre, una mujer y un periódico en una cita luego de la adolescencia...

azurybrian@gmail.com



Año III / Nº LXXI / 24 de agosto del 2015 




[1] Personajes protagonizados por Betty Haas y Jorge Tuero (QEPD), del programa humorístico Cheverísimo, transmitido por el canal 4 de la televisión venezolana durante los años 90.
[2] Sonido de disco rayado.
[3] Marlene (nombre artístico de Marlene Arias), cantante venezolana, exvocalista del grupo Los Tigres tras la disolución de Los Tres Tristes Tigres. Lanzó su carrera como solista en 1982, y logró posicionar los temas ¿No notas que estoy temblando?, Ámame y ¿Qué nos pasa esta mañana?

lunes, 17 de agosto de 2015

Corte y cohorte [LXX]

Ariadna Voulgaris


         Varios de mis alumnos de la clase de Español II me envían un mensaje sobre una palabra que con el profesor de Español I no habían conocido: cohorte. Me preguntan si es un simple sinónimo de corte o si se trata de un error. Ya casi se han inclinado a pensar que es un error, guiados por lo que dice un malísimo diccionario de español que circula en el instituto y que, ergo, no vale la pena citar, cuando uno de ellos propone consultar a la profesora de habla nativa.
         Les respondo en primer lugar para estimularlos a persistir en la práctica de no quedarse con una sola respuesta. Les digo que mucha gente que acaba de conocer la palabra cohorte se confunde porque, aunque esta no es una palabra que usemos todos los días, se parece mucho a corte, y así cualquiera cae en la trampa de la duda —como seguramente caían en latín con cors y cohors—. Una vez definida la una, agrego, queda clara la otra, creo yo. Hay que comenzar por la conocida, la familiar, la cierta: corte. ¿Qué dice el diccionario? El de la Academia, por ejemplo, que está en la biblioteca y en Internet, tiene 15 acepciones. Quedémonos, para comenzar, con la que dice: “Acción y efecto de cortar”. Sencillo.
         Luego sigo con cohorte, que es la palabra nueva, la extraña, la dudosa. El diccionario, que en estos casos suele dar definiciones intrincadas o concretas, hoy se inclina hacia los sinónimos: “Conjunto, número, serie”. Nada impresionantemente claro, pero nos da una orientación, les concluyo a los chicos —casi todos varones... no sé por qué es importante ese detalle, pero siento que debo anotarlo aquí—. Una cohorte es un grupo de cosas, pero sobre todo de personas que hacen lo mismo en cierta actividad, o que se parecen por alguna razón. En el Imperio Romano —contaba mi guía de la Legión de María— una cohorte era una unidad de soldados organizados según un criterio dado, un grupo que trabajaba siguiendo una orden precisa, especial, no cotidiana. En la actualidad —y en las instituciones educativas sobre todo—, una cohorte es el grupo de nuevos estudiantes que ingresa a la institución en un nuevo año académico. Se llama así también al grupo que egresa, no porque sea el mismo, sino, simplemente, porque también es un grupo que tiene los mismos rasgos.
         Por tanto, las cohortes no tienen mucho que ver con los cortes, aunque sí con las cortes, que no las judiciales, sino las de los reyes —al final, tienen su origen en las mismas dos palabras latinas—. El semestre en la universidad se “corta” en períodos más breves, sobre todo para fines de evaluación; todo aquello que se prolonga se puede, al menos metafóricamente, cortar en pedazos más reducidos para captarlo mejor. Piensen, les digo además a los chicos del María Callas, en una longaniza (aprovecho para enseñarles nuestra palabra chorizo). Si el semestre fuera así de tangible, podría dividírsele con un cuchillo y al final cada fragmento sería llamado “corte”.
         El lunes siguiente, los encuentro a todos junto a la puerta del aula, fielmente a la hora de la clase. Dos o tres de ellos están aún muertos de sueño, la mayoría entusiasmados con una lengua del otro extremo de Europa que ahora comienza a sonreírles, pero casi todos —¡oh, qué novedad!— han comprado un nuevo diccionario.

ariadnavoulgaris@gmail.com

(Agradezco efusivamente al profesor Edgardo Malaver, de mi amada Universidad Central de Venezuela, por la orientación lingüística para dar una apropiada respuesta a mis alumnos griegos… Y lo delato, además, por no haber aceptado que lo pusiera aquí como coautor.)



Año III / Nº LXX / 17 de agosto del 2015

lunes, 10 de agosto de 2015

El bicho, las cholas y la polisemia [LXIX]

Azury Mendoza


         —Pásame el bicho, porfa.
         La frase generó un murmullo de risitas mal contenidas, y hasta un “¡upa, papá!” de lo más baboso y confianzudo que se regó, viscoso, por todo el salón de clases.  Hasta la monja perdió hábito, velo y unos 20 años, y por dos segundos se unió al rumor de risas de lo más antinatural en ella. Todo el cuadro hizo que me diera cuenta de algo: al venir de mí, era imposible saber a qué me refería cuando dejé caer esa frase así, con un candor que seguramente en otra de mis compañeras habría pasado sin pena ni gloria.
         A una tierna edad de camisa azul, ya me caracterizaban un desparpajo y una atorrancia que todavía me salen al paso sin mucho esfuerzo. Pero contrariamente a lo que pudiesen imaginar la hermana y mis compañeros, no había el mínimo atisbo de picardía en mi selección de palabras para referirme al abrehuecos. O sacabocados. (Sí, el bicho sigue picando y extendiéndose tantos años después).
         Lo que todos ignoraban era que en mi familia, aquel vocablo era una palabra genérica con la que se señalaba al objeto o persona de turno cuyo nombre se nos olvidaba: el televisor, un mosquito de guarapo, Rudy La Scala, cualquier rastrero temerario que se atreviera a ponerle sus patas al piso recién encerado, el vecino malasangre que nunca saludaba, y hasta la palita de los huevos ante la premura de una ñema chamuscada, todos podían ser bichos... No así las partes pudendas masculinas.
         Esto, por la simple razón de que mi familia materna viene de Barquisimeto, estado Lara; y allá a ese bicho le dicen las cholas (en plural y femenino, aunque sólo se estén refiriendo o a las esféricas, o al bicho, o a todo el perolero junto...). Por extensión, en mi muy capitalino hogar de los 90, a nuestras muy cómodas cholas petroleras (sandalias de plástico), le decíamos chanclas —truncatura de chancletas—, a modo de aclaratoria familiar y para confusión de mis vecinitas, quienes al final nunca entendieron por qué me privaba de risa cuando ellas decían que se iban a poner las cholas...
         En fin, retomando el asunto del bicho en mi camisa de bachillerato, aprendí vía troleo (o chalequeo, que resulta lo mismo pero más viejo) que, en español de Venezuela, el bicho tiene más acepciones —y connotaciones— que padrenuestros un rosario. Y que lo diga la hermana.
         Ya en la universidad, tuve la grata oportunidad de contrapuntear con mi siempre recordada Yajaira Arcas, en términos muy circunspectos, académicos y pertinentes a los propósitos de la carrera, el amplísimo campo semántico del bicho que a lo largo de los años fui compilando... Y ella, siempre sabia, sumaba connotaciones y saberes en una oportuna clase magistral sobre la polisemia del bicho que dejó bizcos a muchos de mis compañeros de entonces, porque muchos entendieron a qué me refería cuando decía que zutano o fulano era un rolo e mamachola...

azurybrian@gmail.com




Año III / Nº LXIX / 10 de agosto del 2015

lunes, 3 de agosto de 2015

Caso extremo: 'Las Vegas' [LXVIII]

Edgardo Malaver



         Hace unos meses un canal de televisión venezolano presentó una telenovela chilena que bien podía describirse como una reescritura de la brillante novela El difunto Matías Pascal, del escritor italiano Luigi Pirandello. La telenovela trataba de las transformaciones que sufre una familia de clase media cuyo padre, Carlos Vega, muere en el primer capítulo y no deja a su esposa y sus tres hijas más que deudas y un rosario de sorpresas sobre la vida oculta que llevaba. El que en vida era conocido y alabado como un hombre trabajador, responsable y devoto resulta ser un sinvergüenza que todo lo ha conseguido por vías ilegales y moralmente condenables. La única propiedad que no se ha perdido es un negocio que queda en el centro de Santiago. Cuando van a visitarlo, creyendo que se trata de un restaurant, descubren que era un prostíbulo y esa misma noche llega un juez a embargarlo. Las cuatro mujeres emprenden entonces la recuperación del negocio, que convierten en una discoteca. Y no por la ciudad, sino por el apellido de las tres muchachas, le cambian el nombre a Club Las Vegas.
         Lo que convierte Las Vegas en un caso extremo no es nada de lo dicho en el párrafo anterior, sino el hecho de que, a pesar de haber sido filmada originalmente en español, es decir, con actores que hablaban español como lengua materna, en un país de habla española y, a pesar de que en Venezuela, desde que el mundo es mundo, hablamos también español, el audio con que fue emitida aquí la telenovela no era el original sino un doblaje.
         Viene a mi mente el caso de El Chavo del 8. En los años 70, oíamos a la Chilindrina decirle a Quico, por ejemplo: “Pareces un zopilote mojado”, y no hacíamos más que reírnos. ¿A alguien le importaba lo que pudiera significar zopilote modado en México? Estaba claro que lo estaba insultando. Si alguien quería imaginarse a un zopilote mojado —para lo cual no había tiempo: había que seguir viendo y riéndose—, sólo tenía que ver a Quico. Cuando don Ramón tomaba la decisión de irse de la vecindad y pedía al Chavo que le cargara las petacas o doña Clotilde invocaba a los espíritus chocarreros o doña Florinda describía cariñosamente a don Ramón diciendo que tenía patas de chichicuilote, a nadie se le ocurrió decirse: “Caramba, chico, vamos a traducirles esta serie a los venezolanos para que no se pierdan en medio de tanto mexicanismo”. Todos entendimos siempre todo. Y lo disfrutamos. Y los niños de la segunda década del siglo XXI también lo entienden y lo disfrutan todo en El Chavo... ¡sin doblaje!
         Cuando, por ejemplo, Julio Cortázar escribe: “Los puchos caían sobre la rayuela y Oliveira calculaba para que cada ojo brillante ardiera un momento sobre diferentes casillas”, ¿se pone a pensar que en español de Cuba o de Costa Rica quizá no se llame así lo que él llama rayuela o que los colombianos o los españoles quizá no conozcan la palabra pucho? No hace falta pensarlo porque está escribiendo en la lengua materna de esos lectores. Y si los autores propios no tienen ese detalle con los lectores que hablan tantas variedades de la misma lengua, ¿tienen que tenerlo los traductores que nos descifran obras extranjeras? Y si es así en la traducción, ¿tendría que ser diferente en el doblaje?
         ¿Había que doblar Las Vegas? ¿Acaso el español de Chile anda por el mundo, como Matías Pascal y Carlos Vega, de incógnito? ¿Es tan lejano al de Venezuela como para que los venezolanos necesiten que se les “traduzca” un material que ha sido elaborado en su propia lengua? De ser así, ¿por qué no se dobló Aquí no hay quien viva o Yo soy Betty, la fea? La “industria” del doblaje parece haber dado un paso más en su evolución, más allá de la manía de ponerle nombres “neutros” a todo; pero ¿no estará, en su afán de borrar las “fronteras lingüísticas”, llegando al extremo de crearlas donde nunca han existido?

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Año III / Nº LXVIII / 3 de agosto del 2015