lunes, 8 de mayo de 2017

Galimatías [CLI]

Andrea Villada


María Expropiación Petronila Lascuráin y Torquemada 
de Botija, alias Chimoltrufia, interpretada por Florinda Meza 

 

         Entonces, mientras leía un libro muy interesante sobre ciencia, aunque era un libro en realidad muy interesante pues pretende hablar de la historia de casi todo lo que existe en el mundo y fuera de él como el universo, el mar, el oxígeno, etcétera y demás cosas que no vienen al caso, aunque igual se los recomiendo ampliamente porque es sumamente inteligente y fácil de entender, aunque habla de cosas muy enredadas, lo cual es por lo que me encuentro aquí hablando sobre este asunto, vi una palabra muy extraña por larga y poco conocida, lo cual despertó mi más profunda curiosidad, esa que se despierta tan a menudo cuando nos gustan las palabras mucho pero que a veces no tenemos la oportunidad de saciar, sobre todo cuando trabaja y está ocupado, aunque con Internet ahora todo es posible, ¿no les parece?, ya no debe uno andar por ahí quedándose con curiosidades y que, por supuesto, me hizo preguntarme por qué si el libro habla de casi todo no hablaba también sobre el origen de esa palabra tan larga e interesante. Al parecer, es que no se entiende mucho de dónde salió la palabra esa, galimatías, por cierto, es decir, el origen es confuso, lo cual representa un verdadero galimatías en sí mismo entonces, ¿qué significa?
         Pues, la definición de la Real Academia Española y hasta la de Wikipedia se parecen mucho, pues concuerdan en que se trata de algo enredado, confuso, difícil de entender, un lío, un embrollo, un peo pues, para ser más exactos y adaptarnos más a nuestras propias expresiones coloquiales, que se da en los discursos o en la lengua escrita, (aunque, bueno, en el sentido metafórico de la palabra podemos encontrar muchos ejemplos de galimatías, solo falta ver cómo está nuestro adorado país y entonces me entenderán). Total que la cosa es tan confusa que no se entiende muy bien, si es que usted puede entenderme. Al parecer todo viene de algunos enredos bíblicos, lo cual no debería extrañarnos porque de por sí la Biblia ya es bastante complicada, es decir, por eso se habla de misterios y esas cosas, simplemente porque nuestra comprensión a veces no llega tan lejos, pero, al parecer, a alguien le pareció que había complicaciones en su escritura que merecían más la pena ocasionar una huella indeleble en nuestra lengua ya llenita de un montón de palabras que casi no usamos jamás como impío, que también se usa mucho en la Biblia, iniquidad, execrable, sempiterno, dadivoso, entre otras que casi siempre tienen que ver con cosas malas o buenas, entonces, cuando esta persona leyó las palabras de apertura del apóstol Mateo en su evangelio, que no son más que la explicación de la línea genealógica de Jesús, que quién era hijo de quién y de quién y de quién y así sucesivamente en lo que se va casi todo el primer capítulo del evangelio, entonces pensó que eso era muy enredado y le puso la palabra que nos trae hoy a rompernos la cabeza. Pero hay muchas teorías, algunas tienen que ver hasta con el gallo y un juicio y una bulla y algo así, total que el cuento es medio galimatioso (si es que se puede hacer un adjetivo con esta palabra lo que no se sabe muy bien porque ya no la usamos casi nunca, excepto algunos escritores como el de mi libro de ciencias) y total que nadie puede dar una respuesta certera al asunto del origen. Aunque, por respeto a nuestra academia, y como esta prefiere atribuirle el origen a un escritor bíblico, tal vez porque se trata de literatura seria o quién sabe por qué, el hecho es que yo creo que mejor nos quedamos con la primera versión y le echamos toda la culpa a Mateo y a su compleja explicación de cómo fue que Jesús vino de la línea genealógica de Abrahán, simplemente para no discutir mucho y poder llegar a un consenso que es así como se logran las cosas realmente.
         Bueno, explicado ya el asunto y esperando que me hayan entendido lo suficiente acerca del significado y el origen de esta palabrita que supuestamente está cayendo en desuso, y digo supuestamente porque entonces uno escucha a algunos presidentes y dice: “¡¿Qué c*#o está diciendo?!”, lo cual deja muy claro que la palabra está en desuso pero que realmente es algo que no se dice pero que sí que se hace porque casi todo el mundo lo hace, lo cual le da vigencia, pues, ustedes comprenderán. Como decía, pues eso, espero que hayan entendido porque, así como decía la famosa Chimoltrufia, “como digo una cosa digo otra, pues si es que es como todo, hay cosas que ni qué, ¿tengo o no tengo razón?”.

andrealvilladac@gmail.com






Año V / N° CLI / 8 de mayo del 2017

lunes, 1 de mayo de 2017

Hablemos como el pueblo [CL]

Luis Roberts


 
Rafael Cadenas, gran profesor y el mejor poeta
venezolano 
vivo (foto: EFE)




         El gran escritor Javier Marías publicó un artículo hace pocos días cuyo tema era “la puerilidad sonrojante de Podemos (el partido político español) de instalarse en el léxico grueso con pretextos ideológicos”. Profesor también de Teoría de la Traducción, recurre al ilustre filósofo y traductor George Steiner y su concepto de la ”intratraducción”, la traducción que sin cesar llevamos a cabo dentro de la propia lengua, para recordarnos las variaciones de registro y de léxico que todos, o los más avisados o educados, hacemos constantemente según nuestros interlocutores o las circunstancias.
         Esto viene a cuento de la propuesta que este partido ha hecho en el Congreso en España de incorporar un léxico “de la calle”, algo que no sorprende a Javier Marías, quien afirma que “los dirigentes de este partido simpatizan con todas las vilezas del mundo y se apuntan a casi todas las imbecilidades vetustas.” Nos adaptamos al habla de los otros, recurrimos a diferentes vocablos y registros, para ser mejor entendidos, para protegernos, conseguir nuestros propósitos, caer bien, resultar simpáticos, llamar la atención o no llamarla, o para decir a alguien: “No eres de los míos”.
         Que el lenguaje, el uso del léxico, no es ideológicamente neutral, es tan obvio que no merece detenerse en ello, y, ¡ojo!, no me refiero sólo al uso sexista del léxico, ni a la reacción contraria a esta vetustez que ha producido payasadas gramaticales que atentan, no sólo a la gramática sino a la economía del lenguaje, del tipo: “Venezolanos y venezolanas, profesores y profesoras, alumnos y alumnas, idiotas e idiotos.” El uso del léxico anuncia nuestra cosmovisión, nuestra ideología, el uso de un registro u otro, nuestra educación, nuestra inteligencia.
         “Todos somos capaces de instalarnos en lo grueso, nada más fácil, está al alcance de cualquiera, lo mismo que mostrarse cortés y respetuoso. Ninguna de las dos opciones tiene mérito alguno. Ahora bien, elegir la primera con pretextos ideológicos, con ánimo de provocar, es, en el mejor de los casos, de una puerilidad sonrojante, en el peor, de una estupidez supina y, además clasista”, dice Marías. Eso de utilizar un lenguaje que entienda la gente, demuestra un enorme desprecio por lo que ellos llaman “la gente” y otros “el pueblo”.
         Steiner, en un ejemplo de humildad, dice que no se puede ser a la vez “cartero”, profesor, como él, y creador. Tenemos la suerte de tener muy cerca la excepción a la regla: Rafael Cadenas, gran profesor y el mejor poeta venezolano vivo. Cadenas resalta las palabras de Erich Heller sobre nuestro común admirado Kraus: “Él descubrió los vínculos entre un falso imperfecto de subjuntivo y una mentalidad abyecta, entre una falsa sintaxis y la estructura deficiente de una sociedad, entre la gran frase hueca y el asesinato organizado”.
         ¿Que a qué viene todo esto? Pues que en un mundo globalizado las imbecilidades vetustas son una franquicia internacional, que miremos a nuestro alrededor y veamos que franquiciadores y franquiciados comparten las mismas vetusteces y el mismo registro impostado, falso y huero. Y que cada palo aguante su vela. Y perdonen por el cambio de registro final.

luisroberts@gmail.com





Año IV / N° CL / 1° de mayo del 2017

lunes, 24 de abril de 2017

Expectativa y realidad ante las palabras (parte II) [CXLIX]



 
Morrocoy no sube palo o “los poetas antes de la poesía”,
como lo diría Úslar Pietri


Una lengua carece de existencia propia (…) existe el idioma singularísimo de cada artista del verbo.

José Antonio Ramos Sucre, Granizada

         En la primera parte de este Rito comenzaba diciendo que a veces somos ignorantes del rumbo que nos imponen las palabras, y terminaba señalando que el lenguaje poético puede mitigar dicha arbitrariedad. Se supone que en esta oportunidad ofrezco algunas razones al respecto.
         El lenguaje poético ayuda en semejante labor gracias a la enunciación figurativa o a los recursos retóricos, a la embestida de imágenes sensoriales, y, casi paradójicamente, barajando nuevos significantes, nuevas representaciones.
         Si, como lo asegura María Fernanda Palacios, se ha perdido imaginación etimológica; si cuesta relacionar palabras con la fantasía[1], es porque, en gran medida, la sensibilidad poética es precaria. Creo que la “erótica de las palabras” sobre la cual nos habla la autora, hace de la conducta poética frente a las palabras (lo que implica aproximarse a poetas) una nueva etimología. Ante el aparentemente injusto resultado del cotejo entre expectativa y realidad de las palabras, las imágenes poéticas contribuyen, no sin cierta fantasía, con el estímulo de la imaginación, a la asimilación de significados. Veamos un ejemplo:

(…) recordaré cómo fecunda
tu influencia el amor de la ensalada
y parece que el cielo contribuye
dándote fina forma de granizo
a celebrar tu calidad picada
sobre los hemisferios de un tomate.

(P. Neruda, “Oda a la cebolla”)

         Indudablemente, la experiencia que incluye una hermandad con la poesía robustece nuestra actuación como decodificadores de significados, ya sea como lectores o como hablantes.
         Por otra parte, además de las imágenes que ofrece el lenguaje poético, está lo que Arturo Úslar Pietri llamaba los poetas antes de la poesía, esto no es más que el habla ornamentado de refranes (adagios o proverbios): “Morrocoy no sube palo ni cachicamo se afeita”, “Vuela con todo y jaula…”, “Como caimán en boca de caño”, “Loro viejo no aprende a hablar”[2].
         Esta manera poética de denotar constituye un imaginario del habla popular muy característico de nuestro lenguaje. ¿No es por ello que para Guillermo Sucre (entre otras cosas) la literatura no es sino un intento por trascender la “fatalidad verbal” en la que las palabras “congelan” una realidad?[3]. En esa fatalidad se da (o puede darse) la transición hacia una realidad que anteriormente fue una expectativa inquietante, a veces lanzada al espasmo o al terror que generan las palabras.
         En todo caso las palabras, más que revelar, encubren la realidad. Diremos además que si la recurrente imaginación de los hablantes-lectores fraternaliza con el lenguaje poético, las fantasías que entren en contacto con la realidad pasarán a revelarla, para el bien y la riqueza de la lengua. Pero no solo a revelarla, pasarán además a convertirse en el modo de concebir el lenguaje, de asirse a las palabras, porque a eso habrá conducido la experiencia.

gavidesjimenez@gmail.com




Año V / N° CXLIX / 24 de abril del 2017





[1] Palacios, M.F. “Etimológica”, Sabor y saber de la lengua. Caracas: Otero Ediciones, 2004, p. 12.
[2] Arismendi, S.E. Refranes que se oyen y dicen en Venezuela. 2da. Ed. Caracas: Cadena Capriles, 2006.
[3] Sucre, G. “La palabra (las palabras)”, La máscara, la transparencia. México: Fondo de Cultura Económica, 1985, p. 223.

lunes, 17 de abril de 2017

Y [CXLVIII]

Edgardo Malaver Lárez




Carátula de Jugando conmigo, de 1986



         ¿Qué hace que en los cuentos que uno cuenta cada día a familiares y amigos, aunque no sepamos conscientemente que lo estamos haciendo, se cosan tan bien unas partes con otras? Uno dice, por ejemplo: “Y entonces viene Romeo y se le declara a Julieta y Julieta se enamora de él y después él mata al primo de ella y tiene que huir y ella le pide un veneno al cura y el cura le da una pócima que la duerme y cuando él regresa la ve como muerta y... y... y...”. ¿Será suficiente una simple y para que, sin utilizar otro nexo, contemos una historia que quede bien armada en la mente del oyente? Los griegos conocían tan bien la respuesta, que le tenían un nombre a esta fantástica herramienta.
         El polisíndeton, como lo llamaron —porque a esta palabra, por encima, se le nota  que significa algo como ‘multitud de ataduras’— consiste en la utilización de conjunciones en puntos de la oración en que, en la lógica regular, no harían falta o sobrarían. Sin embargo, esta figura literaria cobra un sentido inmenso cuando deseamos conectar ideas, hechos, datos que sentimos que forman una sola unidad. El uso de la conjunción, aunque parezca a primera vista un error sintáctico, suma mucha fuerza a la expresión... y a sus partes. Don Quijote sintió, al crear el nombre de Dulcinea del Toboso, que aquel era un nombre “músico y peregrino y significativo”. Juan Ramón Jiménez dice en Jardines lejanos: “Hay un palacio y un río / y un lago y un puente viejo / y fuentes con musgo y hierba / alta y silencio... un silencio”.
         La Biblia, que comenzó a escribirse mucho antes del contacto de los hebreos con la civilización griega, de principio a fin está anegada de oraciones que se sostienen sobre el polisíndeton. En el primer capítulo del Génesis proliferan las oraciones que incluso comienzan con la conjunción y. Ya en el tercer versículo dice: “Y entonces dijo Dios: ‘Hágase la luz’. Y la luz se hizo”. Y el cuarto agrega: “Y vio Dios que la luz era buena y la separó de las tinieblas”. Y el quinto: “Y llamó Dios a la luz día y a las tinieblas noche. El Apocalipsis, escrito unos mil años después, recurre a la misma estrategia para lograr una expresión contundente y atraer la atención del lector: en el quinto capítulo dice: “...y por medio de tu sangre, has rescatado para Dios a hombres de todas las familias y lenguas y pueblos y naciones”. Y más allá, en diferentes órdenes, lo pone seis veces más, uniéndolos siempre mediante una sencilla y.
         Hay quienes por esto lo llaman “y bíblico” —debería ser en femenino, ¿no?—. Puede entenderse que, siendo la fórmula narrativa más sencilla que pueda haber, apareciera de primera —y de última— en la literatura oral. Y así, todos los cuentos de hadas terminan diciendo: “Y fueron felices para siempre”. La canción popular también tiene su manantial de polisíndeton. Intento recordar alguna canción que lo ilustre y la única que se me ocurre es toda tristeza y oscuridad y desesperanza, como muchas de Yordano: “Y lloró y lloró y lloro, lloró, lloró”. Que sea apenas retórica.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CXLVIII / 17 de abril del 2017

lunes, 10 de abril de 2017

E pur si muove [CXLVII]

Edgardo Malaver


 
En 1623, Galileo se comprometió con el papa a escribir
un libro que terminó enfureciendo al pontífice




         Hoy, a mitad de la duodécima semana del año, he descubierto que 15 de cada 22 alumnos de mis cursos se quedan en blanco cuando, para enfrentarme a su incredulidad, les digo, les exclamo, golpeando el piso con el zapato: “¡E pur si muove!”. Si mi pequeñito salón fuera un país, la equivalencia sería que en todo grupo de 100 personas de menos de 18 años de edad, ¡68 no habrían oído hablar de Galileo en toda su vida! Habrán estado mirando para otro lado cuando alguien lo ha mencionado, que es más probable y muchísimo más grave.
         ¿Qué tendría que decir aquí para que los muchachos de menos de 18 años no dejen de leer Ritos? ¿Tendría que contarles la historia que está detrás de esta frase, cómo se traduce, quién se la dijo a quién en qué circunstancias? Creo que voy a pensar más bien en lo que no quiero decir: lo que significa “E pur si muove!”, con un solo signo de exclamación ahora, para crear intriga. El que ya fue a Google a buscarlo sabe que se ha ganado mis aplausos, pero como el conocimiento no nos hace falta para que nos aplaudan, ¿qué ganamos, en esta situación, levantando la mano para decir: “Yo sí sé, yo sí lo busqué, yo sí lo encontré”?
         Lo que quiero no es contar el cuento de Galileo porque no es cuestión aquí de saber o no saber—algunos me están recordando decir que lo más importante es saber dónde buscar. El problema no es tampoco la edad, muchachos. Ni que más tarde otros profesores van a horadar la bóveda celeste, tan escrupulosamente observada por Galileo, con un auténtico alarido de horror y desesperanza. El problema no es siquiera que el año que viene ese 68,18 por ciento crecerá probablemente a 81,73 o a 90,29. No, no, ese no es el problema.
         A mí me suena a que el problema va a ser que muchísimos están sospechando que esa frase como que está en italiano, en gallego, en uno de esos idiomas raros, y que como ellos no estudian eso, entonces no hay necesidad de ocuparse de ella. ¿Será entonces nuestra actitud acerca del saber? El problema puede ser también creer que estamos desconectados de los demás. ¿Usted de veras piensa que lo que pasa en otro pueblo no le afecta porque usted no habla la lengua de ahí? ¿Será cierto que como no estudio alemán tengo permiso para ignorar lo que significa weltanschauung y por qué los alemanes lo escriben siempre con mayúscula? Por ese camino se llega rapidísimo a no tener idea de lo que es el mundo.
         Y en esas condiciones, esforzándonos cada día más en aprender lo menos que podamos, será facilísimo caer en los redes de prestidigitadores que pretenden deslumbrarnos con pequeños datos de los que acaban de enterarse. Y luego, aunque a usted le pese el conocimiento, comenzará a repetir, porque uno de esos iluminados lo ha dicho, que la información es poder. Qué sabios.
         Es como el asunto del sol y la tierra. Hay quienes dicen que la tierra gira en torno al sol. Yo veo que el que va desplazándose todo el día en el cielo es el sol. La tierra esta quieta. Pero, terco y loco, Galileo insiste, con zapatazo y todo: “E pur si muove!”.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CXLVII / 10 de abril del 2017

lunes, 3 de abril de 2017

¿Sombrilla o paraguas? [CXLVI]



 
La magia de este objeto es tan habitual, que ya nos parece 
natural. Escenas de Mary Poppins (1964)


         Recuerdo que ya hace varios meses le había mencionado al administrador de estos queridos Ritos que pensaba escribir sobre una de las manifestaciones mágicas del lenguaje en uso que me parecen más admirables.
         Para ilustrar dicha manifestación casi fantástica recurriré a un mismo objeto que son dos a la vez: la sombrilla o el paraguas. No es que se trate de uno especial que haga volar a su portador como el de Mary Poppins, pero es tan mágica su naturaleza, que de lo habitual ya nos parece natural, que cambia su estado (sin cambiar) así como cambia el clima.
         Es preciso que haga mención de algunos conceptos que nos ayudarán a comprender el fenómeno. Dentro de la semántica, que es la disciplina lingüística que estudia el sentido, y al lado de la sinonimia, la antonimia, entre otros, están la polisemia y la homonimia. El primero explica que un mismo significante pueda tener distintos significados (por supuesto relacionados con su origen etimológico); éstas se pueden identificar en el diccionario, por ejemplo, porque tienen una entrada (significante) y varias acepciones (significados), por ejemplo: cresta. El segundo explica que existen palabras que se escriben igual (por supuesto con orígenes etimológicos separados) que tienen significados distintos (por lo tanto, son palabras diferentes); su presencia en el diccionario se evidencia porque cada homónimo tiene una entrada independiente; podemos ver el ejemplo de banco (de parque) y banco (de sangre, que también puede ser de arena, de valores…).
         Ahora bien, estos fenómenos nos ayudan a entender un aspecto, pero no explican la fascinante magia que hay en la dupla paraguas-sombrilla. Porque no hay, hasta donde yo sé, concepto alguno en lingüística que explique que un mismo objeto pueda ser otro y que sus significantes respectivos no tengan que ver entre sí (etimológicamente); lo mismo con sus significados.
         Para ser más ilustrativo, les cuento que hace unas semanas, antes de salir de mi casa, me preguntaba si sería conveniente llevarme el paraguas que ya tenía en mis manos. Al ver el sol radiante me dije: “Mejor me llevo la sombrilla”, y no tuve que cambiar el objeto; ya lo tenía.
         Si existe algo que lo explique, por favor, no me informen; quiero seguir pensando que el lenguaje cambia el mundo mágicamente.

daniel.avilan@gmail.com





Año V / N° CXLVI / 3 de abril del 2017

lunes, 27 de marzo de 2017

Titivillus [CXLV]

Luis Roberts


 
Virgen de la Misericordia con los Reyes Católicos
y su familia (1486), de Diego de la Cruz.
Arriba, a la derecha, Titivilus


  
         Les voy a contar una historia poco conocida en nuestro gremio, la historia de Titivillus. En la Edad Media, en Europa, había tres clases sociales: los nobles, protectores; los siervos, agricultores y artesanos, y el clero que rezaba.
         Estos últimos, además de sus rezos, también eran agricultores, artesanos y copistas de libros. A veces también traductores. Con la aparición de las ciudades no episcopales en el siglo XII, surge la figura del philosophus, lo que hoy llamaríamos “intelectual”, que generalmente también pertenecía al clero. Sólo una ínfima minoría de clérigos y nobles era alfabeta, la generalidad de la población era analfabeta. El libro era más bien un patrimonio, un enser valioso del palacio o del monasterio, cuyo destino era adornar más que ser leído. El propio Carlomagno, tan pío él, vendía sus libros para hacer caridades. Todavía hoy en día muchos nuevos ricos compran libros para rellenar sus bibliotecas, fijándose en el color de las tapas, lujo de la encuadernación, tamaño, etc. Pues algo así era entonces.
         La imprenta aún no se había inventado y los monjes copistas pasaban la mayor parte de su tiempo, entre rezo y rezo, en el scriptorium del monasterio o la abadía, trabajando afanosamente en malas condiciones, con calor y frío y a la luz de mortecinas velas, algo que tan bien conocen hoy en gran parte de Venezuela. Lo importante no era el contenido de los libros sino la forma, la belleza del trazo, la perfección de la copia, la exacta medida del blanco para que el miniaturista incrustase su ilustración. Lo importante del contenido del libro que se copiaba era que se trataba de libros religiosos, evangelios, antiguos testamentos, libros de horas, ensayos de santo Tomás, Alberto Magno, san Anselmo, etc., que por el hecho de laborar para difundir, muy poco, eso sí, la palabra de Dios, merecían la exención de días, semanas, o años de purgatorio para estos piadosos monjes escribas. Algo parecido a lo que hoy sería una acumulación de millas en una línea aérea. Pero tal vez porque rezaban incluso mientras escribían, cometían errores; errores ortográficos, disléxicos, palabras saltadas, lo que hoy llamaríamos errores de “tipeo” o de “atención desenfocada”. Esos errores eran considerados pecados y no sólo se perdían los años de purgatorio redimidos, sino que aumentaban espectacularmente los años de condena purgatoria haciendo que los pobres monjes se estremeciesen de espanto pensando en el negro porvenir que les esperaba en la eternidad de corto plazo.
         Ni Newton ni Murphy habían aparecido todavía, pero las manzanas ya se caían de los manzanos y siempre aparecía un corrector listillo que detectaba el error y anatemizaba al tembloroso curilla. Puestos a buscar una explicación a la causa de esos errores que los condenaban a purgatorios sine die, como algunos retornos modernos, no tardaron en encontrarla: sólo un demonio podía darse a la labor de hacer purgar sus errores a tan piadosos monjes. Dicho y hecho. Se inventaron un nuevo demonio y lo llamaron Titivillus. A partir de entonces lucharían para que Titivillus no les arrastrase al purgatorio y quién sabe si incluso al infierno.
         Apareció la imprenta y con ella los errores tipográficos que Titivillus seguía propiciando. El mundo se ha ido haciendo cada vez más descreído y ya sólo aparecen los demonios en las películas de terror, pero no cabe duda de que Titivillus sigue haciendo de las suyas, no ya entre copistas y tipógrafos, sino incluso entre escritores, correctores y traductores. Hace ya algunos años, quien tiene potestad e infalibilidad para el caso, anunció que el Purgatorio no existía, que era, eso también, una metáfora, como si el sufrimiento de un trocito de eternidad fuese una figura retórica, o una figura de estilo. Reconozco que mi alma descarriada conoció un gran alivio, pues ni ella ni el cuerpo que la contiene están para muchas purgas.
         Pobres monjes medievales, la de soponcios que se habrían ahorrado. Curiosamente, y de forma casi simultánea ¡ojo!, no insinúo que lo uno tenga relación con lo otro, ¡Dios me libre! el Word de Microsoft incorpora su corrector y años después el Todopoderoso Gates firma un acuerdo con la Real Academia Española para, entre otras cosas, supervisar ortográfica y sintácticamente el corrector que corresponde al español internacional. Piensen, pues, que Titivillus les va a seguir acechando, tentando y llevando al error y que si ya no tienen un purgatorio para expiar sus culpas, los correctores seguirán pasando por un purgatorio al corregir sus trabajos y que, no es una amenaza del más allá sino de aquí mismo, la furia de un corrector frustrado puede ser infinitamente más incontrolable que la de un dios tonante.

luisroberts@gmail.com



Año V / N° CXLV / 27 de marzo del 2017

lunes, 20 de marzo de 2017

Tú sí eres jalamecate [CXLIV]

Andrea Villada


Donde hay pesca, hay jalamecates. Pampatar, 1970



         Hace ya unos cuatro años, estando en un hermoso hotel de Mochima, en el maravilloso estado Sucre, se me ocurrió levantarme temprano para poder observar el amanecer desde su mismísimo principio. No quería perderme ni un minuto, así que salí al balcón a las 5:00 de la mañana y noté con gran admiración y curiosidad que había ya tres hombres en el agua, tres lugareños practicando esnórquel con linternas en mano en busca de un buen banco de peces. Al lado del hotel, aquel incrustado en la montaña, había una pequeña casa rebelde que rompía la armonía del ambiente apareciendo malcriadamente en el único espacio arenoso que había en los alrededores.
         Al haber crecido en la caótica ciudad de Caracas y saber de pesca lo que sé de aeronáutica, no imaginaba el propósito de aquella tempranera búsqueda, pero, unas tres horas después, todo ocurrió de sopetón. Los gritos comenzaron desde el agua: “¡Ahora sí! ¡Rápido, rápido, rápido!”, y de la nada salieron seis hombres más en una pequeña lancha con una red tan grande que ellos apenas cabían en la corroída embarcación. ¡Yo estaba maravillada! De cuando en cuando, los hombres se sumergían para asegurarse de que los peces estuvieran dentro de aquella prisión de mecate que iban lanzando hasta formar un extenso óvalo que empezaba en la orilla de la pequeña playa y terminaba allí mismo. Sin embargo, lo que sin duda llamó más mi atención fue el hecho de ver cómo de aquella ínfima playa contigua salían unas tres docenas de personas para ayudar a recoger la red, jalando y jalando aquel pesado mecate para que, así, el patriarca del lugar les repartiera uno que otro pez. Entonces, de repente se me ocurrió: ¿será de esto que sale aquella famosa expresión que sirve para identificar a los aduladores?
         Cuando le comenté aquella idea a mi querido profesor Edgardo Malaver, él me hizo el favor de iluminarme con un poco de conocimiento sobre el origen náutico de algunas palabras, como verga, por ejemplo, y otras más que ahorita no logro recordar. De cualquier manera, para ayudarme a aclarar mi mente, el mismo profesor me envió un archivo con lo que el filólogo venezolano Ángel Rosenblat había investigado sobre este tema. Al parecer, la expresión no es para nada nueva y ya se usaba desde el siglo XIX, pero su origen dista mucho de estar claro. Lo que sí está claro es que los términos que la componen vienen del ámbito marítimo, pues los marineros tenían muchas sogas que jalar y todas eran de mecate. Sin embargo, la creencia popular es que jalamecate como sinónimo de adulador viene de la época de Bolívar, cuando los que deseaban congraciarse con él mecían su chinchorro, cuyos extremos son de mecate, mientras el Libertador tomaba su siesta. Lo curioso es, y a eso apunta Rosenblat, que nadie en los llanos llama a eso jalar mecate, más bien lo llaman echar una mecidita. Es por eso que esta teoría se ha ganado unos cuantos detractores y otras se barajan como candidatas, como el hecho de jalar el mecate de los baldes para sacar agua de los pozos, o el famoso juego de la cuerda en el que hay que jalar mecate para arrastrar a los que están del lado opuesto, o incluso jalar la cuerda de la campana para atraerla hacia sí.
         A mi parecer, y respetando la opinión de los expertos, ninguna de esas teorías son mutuamente excluyentes y, además, especialmente las que no incluyen al chinchorro de Bolívar, no me parecen del todo satisfactorias.
         De cualquier manera, al ver saltar desesperadamente al agua a uno de mis compañeros de viaje, llegar a nado hasta el único rincón arenoso que nos rodeaba, jalar aquella red repleta de peces y regresar con cuatro peces en mano entregados por el mandamás de aquel recóndito lugar, uno para cada uno de los que disfrutábamos de aquellas vacaciones juntos, no pude evitar decirle: “¡Hay que ver que tú sí eres jalamecate!”.

andrealvilladac@gmail.com






Año V / N° CXLIV / 20 de marzo del 2017

lunes, 13 de marzo de 2017

Buenas noches [CXLIII]

Edgardo Malaver



“Eres la virgen impoluta del silencio", pero... buenas noches.
Talgat Koshabaev y Alevtina Lapshina como Romeo y Julieta




         Nuestra compañera Ariadna Voulgaris escribió la semana pasada que buenas noches es la despedida formal que se emplea cuando, de noche, nos separamos de alguien. Y dice más. Dice que es lo que utiliza uno cotidianamente cuando decide irse a dormir y deja a la familia en la sala.
         Me siento muy incómodo con esa idea, que no es de Voulgaris sino de muchísimos hablantes. Y no es por que no esté de acuerdo, yo también lo habría dicho, sé que es cierto. Me siento incómodo con el hecho de que buenas noches pueda ser una despedida adecuada que decirles a las personas con quienes lo compartimos todo en la intimidad del hogar. Si es lo más formal que pueda utilizarse para despedirse, si es lo más propio para despedirse en el trabajo, en la escuela o en nuestro contacto con las autoridades, entonces, ¿cómo puedo sentirme a gusto diciéndoselo también a mi madre, a mis hermanos, a los que viven conmigo, a quienes me une el cariño? Y, más allá —o más adentro, según se vea—, ¡¿cómo puedo despedirme cada noche con semejante prosopopeya de la persona que duerme a mi lado en la misma cama?!
         Una vez que se acaba la noche, me pasa lo mismo. También me cuesta mucho —tanto que ya no me esfuerzo— saludar a los que comparten techo conmigo diciéndoles ese seco y distante saludo institucional, oficinesco, corporativo de buenos días. Gracias al cielo existe en Venezuela ese saludo a la vez social y espiritual que marca la relación que tenemos con nuestros mayores. Es como una falta ver a nuestra madre por primera vez en el día y decirle cualquier cosa que no sea “La bendición, mamá”. A mis hermanas las puedo pellizcar, gruñirles, alabar su incurable escasez de belleza, pero jamás y nunca voy a insultarlas diciéndoles: “Buenos días, vírgenes impolutas del silencio”.
         Sin embargo, a esa misma hora, un vecino me toca la puerta y no respondo ni acepto como respuesta nada que no sea buenos días. No comienzo una clase sin decir buenos días, aunque ya lleve un cuarto de hora conversando con los estudiantes, pero es precisamente en ese contexto, en ese escenario, donde cabe decir buenos días, más que Hola, más que ¿Qué tal, mi pana?, más que ¿Cómo amaneciste, mi corazón? A una clase en la universidad no va uno a hablar de sus intimidades (por más que la experiencia personal que tenga el profesor en todos los campos es material válido y pertinente para la situación didáctica), como si estuviera fregando los platos del día anterior aún en piyama y sin haberse peinado. No va uno a la alcaldía de su ciudad con la misma actitud con que entra en el baño de su casa. No se presenta nadie en un templo vestido como quien va a comprar frutas en el mercado. Las fórmulas lingüísticas de saludar y despedirse, ergo, también tienen que variar. Y me parece a mí (y, a diferencia de Voulgaris, no temo no tener la razón, porque hablo puramente de mi sensación) que buenos días, buenas tardes y buenas noches, que quedan tan bordadas en situaciones formales, en situaciones íntimas marean toda la música que oímos alrededor.
         La lengua no está extraditada de los sentimientos ni a la inversa. Otros hablantes sentirán como yo y darán señales similares a las mías. Y si no, siempre nos queda un último recurso a los lingüísticamente deformes: explicar (y explicarnos) el fenómeno como parte de nuestro idiolecto, el modo particular de hablar de cada quien, que, por más particular que sea, nunca lo será tanto como para no sumarse a la corriente de formas particulares de hablar que tejen un idioma.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CXLIII / 13 de marzo del 2017

lunes, 6 de marzo de 2017

Adiós [CXLII]

Ariadna Voulgaris


“Hasta la vista, baby”, parece expresar la mano de Terminator
al despedirse de John Connor antes de autodestruirse



         ¿Ustedes cómo se despiden? ¿Dicen adiós o hasta luego? ¿Dicen hasta luego o chao?
         Miles de personas en todo el mundo de habla española temen despedirse diciendo adiós porque creen que eso hará que sea la última vez que vean a su interlocutor. Yo me pregunto si esta palabra será así de mágica o si es superstición o prurito de la gente.
         Cierto que uno siente que puede faltar menos tiempo para volver a verse cuando utiliza hasta luego, hasta la vista y otras. Adiós, de verdad, tiene un halo más definitivo, pero, por su origen, puede ser lo mejor que nos lleguemos a decir cuando nos despedimos. Mi diccionario de etimología dice que adiós proviene de la expresión a Dios te encomiendo, a Dios encomiendo tu alma (o tu vida, tu destino).
         No es extraño que se hiciera toda aquella prosopopeya en la antigüedad, cuando las comunicaciones de larga distancia eran casi inexistentes y al irse uno de viaje, no había manera, que no fuera la fe, de imaginar siquiera cuándo volveríamos a ver a la familia y a los amigos. Ni ellos a uno.
         También solía usarse, como lo ha hecho hace poquito Joaquín Sabina, con Dios, que es algo así como apócope de con Dios te dejo, con Dios vayas, con Dios quedes. Tiene que haber sido, digo yo sin pretensiones de tener la razón, la mayor posibilidad (o a lo menos la expectativa) de volverse a ver, que debe haber venido con la Revolución Industrial, o paulatinamente después de ella, que se empezó a sentir que era mejor usar esas otras variantes, como el curioso chao o el refinado buenas tardes.
         Veamos algunas de las despedidas más frecuentes:

Hasta luego. Es como informal, cercano, amistoso. No hace falta ser muy adulto ni muy joven para usarlo
Buenos días, tardes, noches. Es quizá lo más formal que pueda emplearse para despedirse en el trabajo, en oficinas del Estado, en el lugar donde uno estudia. Sin embargo, es tan común que uno suele utilizarlo cuando, en la noche, se va a dormir y deja a la familia, o parte de ella, instalada frente al televisor.
Chao. Todo el mundo les va a decir que nos lo han regalado los italianos. Sin embargo, como en italiano se utiliza también para saludarse al encontrarse, yo que ustedes investigaría más esta etimología.
Nos vemos. Quizá sea el que indica la mayor expectativa de reencontrarse pronto. Nos vemos más tarde, pronto, después.
Hasta la vista. Igual que el anterior, pero en este caso se siente que, por más que se crea que será pronto, no se sabe cuándo volveremos a vernos. ¿Se acuerdan del robot personificado por Arnold Schwarzenegger en Terminator, a quien John Connor enseña a decir: “Hasta la vista, baby”?
OK. Aunque no siempre se escribe así porque es una imitación del inglés, es la despedida más informal que puede pensarse, porque, como ya saben, es equivalente a ‘estamos de acuerdo’.
Dale. No lo usen. Es que no tiene mucho sentido. Parece provenir del vocabulario hamponil.

         Ya está bien. Aunque despedirse a veces es difícil y aunque entre nos no sea verdad, como dice Sabina, “para decir con Dios, a [nosotros] nos sobran los motivos”.

ariadnavoulgaris@gmail.com




Año V / N° CXLII / 6 de marzo del 2017

lunes, 27 de febrero de 2017

Picnic [CXLI]

Edgardo Malaver


 
El picnic (1846), obra de Thomas Cole,
albergada en el Museo de Brooklin



         Uno escucha un día que la palabra picnic, por lo menos en Estados Unidos, es delicada para algunas comunidades y uno pregunta por qué, y le responden: “Porque significa ‘capturar negros’, pick niggers, es mejor no usarla”. Y, aunque siempre pareció extraño que no se escribiera pick nick, parece razonable, se ve creíble. Y sigue sonando la idea, y entonces uno estudia inglés y ya no hace falta que le traduzcan la dichosa palabra, ni hacia el español ni hacia el inglés. Pero un día se le ocurre a uno, como Ritos nació en un picnic en el 2013, que sería magnífico celebrar el cuarto aniversario escudriñando en la biografía de esta palabra. Y descubre así que el razonamiento aquel era pura falacia, nacida quizá del fanatismo de algún grupo o del remordimiento de otro.
         El primer descubrimiento es que picnic, incluso en inglés, proviene del francés —no del inglés mismo—, pero no de cualquier época: del siglo XIII, según el Diccionario histórico de la lengua francesa de Robert. (Es importante la fecha porque en ese siglo no existía lo que en este momento se llama Estados Unidos.) En francés, el nombre está compuesto por el verbo piquer (‘picar’, ‘pinchar’) en tercera persona singular del indicativo (pique) y el sustantivo nique, que equivale a ‘cosa de muy poco valor’. Es bien sabido que en un picnic cada quien trae alguna comida sencilla que suele consumirse en su totalidad durante la reunión.
         Por alguna razón, que habrá que investigar más adelante, la palabra adoptó en inglés una ortografía que parece más típica del español, y parece que siempre se ha escrito así en inglés. Dice también en el Robert histórico que existen documentos escritos en Inglaterra en el siglo XVIII que ya traen la palabra picnic, aunque el Merrian-Webster dice que apareció en 1826.
         No deja de ser cierto que miles de esclavos americanos murieron linchados, colgados e incluso quemados vivos mientras grupos de hacendados blancos (hombres y mujeres, niños y ancianos, civiles y militares, autoridades y aristócratas de a pie) disfrutaban de sandwiches, tocino, galletas, frutas, quesos y vino. No deja de ser cierto, triste y vergonzoso, pero no es ese el origen del nombre.
         En español, por su lado, existe una palabra que pareciera ser la traducción perfecta de picnic: jira. (Sí, con jota; sí, como jirón, ¿el pedazo de tela en que uno se sienta?) El diccionario de la Academia define jira como ‘banquete o merienda, especialmente campestres, entre amigos, con regocijo y bulla’. La Academia y Fundéu recomiendan escribir pícnic. En Venezuela no le ponemos ni le pronunciamos la tilde.
         En febrero del 2013, un grupo de amigos de la Escuela de Idiomas fuimos a un picnic en el Parque del Este de Caracas y llevábamos todo lo pertinente para cantar cumpleaños. Perseguimos lo que siempre perseguimos: palabras, pero ese día sólo cazamos a Ritos. Y aquí lo tienen.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CXLI / 27 de febrero del 2017
EDICIÓN DEL CUARTO ANIVERSARIO



sábado, 25 de febrero de 2017

Lágrimas de cocodrilo [CXL]

Edgardo Malaver



Hoy cumple Ritos de Ilación cuatro años. 
Para celebrarlo, regresamos de nuestro involuntario receso de cinco lunes, esperando 
que aún se acuerden de nosotros los amigos 
que nos han acompañado hasta ahora. 
Gracias por la fidelidad.



Esta especie de cocodrilo habita sólo en el Orinoco, entre 
Colombia y Venezuela (foto: Colombia Magia Salvaje)



         Cualquiera diría que exageramos cuando decimos que alguien se ríe como una hiena; pero cuando uno es fanático de los documentales sobre el reino animal, termina tropezándose con alguno en que las hienas, realmente, a pesar de que parezca una metáfora, en lugar de ladrar, maullar o rugir... se ríen.
         Bueno, eso es lo que parece. Si los loros parecen hablar, las hienas parecen reírse. Ha de ser su manera de comunicarse. Pasan la vida mordiéndose entre sí, pero siempre en medio de risas. Pasa algo similar en otras especies. Los gallos y los canarios, para nuestro bien, cantan y las serpientes silban. Los diccionarios dicen incluso que las liebres zapatean. Las ballenas, tan poéticas, también cantan. ¿Los animales de veras se comportan de manera tan típicamente humana? Pues más bien no. Somos nosotros —o más precisamente la lengua— quienes les atribuimos semejante conducta. Sus sonidos nos recuerdan los nuestros y los nombramos con palabras que ya hemos creado antes. La metonimia es como la línea recta.
         ¿Hay otros sonidos familiares que emitan los animales? Quizá no sean muchos; lo que hacen los leones y los tigres es rugir, lo que hacen los búhos es ulular; las abejas zumban y las cabras balan. No parecen cosas de gente humana. Sin embargo, cuando un ser humano grita mucho y muy alto, en la lengua también se invierte el sentido del acto de nombrar y se dice que chilla, como los monos. Los osos gruñen —algunos conductores de autobús también—, las cigarras chirrían —como algunas cantantes de ópera— y los becerros berrean —cosa que es común decir de nuestros bebés.
         Hay también animales cuyos sonidos conocemos bien, pero pueden expresarse con unos verbos bastante curiosos. Las ranas, por ejemplo, croan, sí, pero también groan y charlean. Hemos oído que los caballos relinchan, pero también bufan y aun rebufan, y que los burros roznan y ornean, además de su conocido rebuznar. Las vacas y los bueyes mugen y a veces remudian e incluso braman. ¿Y los elefantes, que sí que no son frecuentes en nuestros espacios? Los monótonos elefantes simplemente barritan —a veces berrean—, pero los polifónicos jabalíes arrúan, rebudian y guarrean. Y nada como los cuervos, que graznan, crascitan, urajean, croajan y voznan. ¡Uy, uy, uy...!
         Así llegamos a los cocodrilos, que, como seguramente ayer los dinosaurios y hoy las iguanas, no cierran los ojos ni para dormir, de vez en cuando segregan un líquido que les lubrica la membrana ocular. Los restos de esa sustancia al caer son lo que llamamos “lágrimas de cocodrilo”, que como no son lágrimas de tristeza ni dolor, desde antiguo han sido consideradas falsas o interesadas. Y quizá por ese detalle fisiológico del Crocodylidae, el sonido que produce es el llamado llanto. Sí, así como las panteras himplan y las perdices titean, castañetean y ajean, los cocodrilos lloran.
         Los sonidos de la naturaleza nos llevan de la risa al llanto con una facilidad sólo explicable mediante las metáforas que nuestra mente concibe para entender el mundo y sus cosas. Si pudieran tomarse la hiena y el cocodrilo como extremos plausibles, todo lo que está en medio, más que representar la identidad de cada especie, nos daría resonancias de la visión que tiene cada pueblo de cómo es el mundo y de cómo es su mundo. Si un animal ríe o llora, e incluso si hace algo tan intrigante como gluglutear o marramizar, depende siempre de cómo somos nosotros y, más que eso, de cómo es nuestra lengua.

emalaver@gmail.com






Año V / N° CXL / 25 de febrero del 2017