lunes, 25 de noviembre de 2024

Síndromes literarios venezolanos (II): Panchito Mandefuá [CDLXXXVIII]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

Panchito Mandefuá y los que tienen su síndrome
están en toda Venezuela (Foto: BBC)



 

         Me toca Panchito Mandefuá. Qué alegría, y al mismo tiempo, qué ganas de abrazar a ese niño que nunca tuvo el cariño de sus padres, que eran “cualquiera con cualquiera”, como dice el autor. De todo lo que escribió José Rafael Pocaterra (1889-1955), tan sustancioso, el cuento protagonizado por este personaje, “De cómo Panchito Mandefuá cenó con el Niño Jesús”, de 1922, acaso sea el más conocido, acaso el más duro, pero quizá también el más conmovedor.

         En una hipotética psicología venezolana, es decir, una ciencia de la mente que se dedicara en exclusiva a estudiar la psique y la conducta de los venezolanos (estudiada al estilo de Ritos de Ilación), este personaje literario podría dar nombre a un síndrome que, aunque muy frecuente en Venezuela, no falta en países vecinos y de ultramar. Sería, primero, el síndrome que afecta a los miles de niños que viven en la calle, cuyos padres han muerto o los han abandonado y nadie se ha ocupado de ellos, que han huido de sus hogares o que han logrado escapar de redes de explotación infantil; muchos de ellos, si no perecen en el intento, parecen desarrollar un sentido de la supervivencia que viene con una buena dosis de sentido del humor, alegría, solidaridad, unos ojos despiertos y una impresionante capacidad aritmética nacida al mismo tiempo de la nada y de la necesidad. Humor, alegría, solidaridad y aritmética para la supervivencia.

         No hablo de los que sucumben a los vicios, que en la época de Panchito no debía haber muchos. Panchito mismo, a pesar de su escasa edad, era ya fumador, pero tanto como —no más que— cualquier hombre adulto. Hablo de los que terminan creciendo para enderezar el camino o van aprendiendo a enderezarlo en lugar de torcerlo más que el árbol del refrán. Son como aquel Lázaro que nació en el río Tormes, hijo de padres tan desafortunados como él, que llevó más palos que una gata ladrona y que, a pesar de esto, terminó siendo un hombre de bien. A los Lazarillos del siglo XX Pocaterra los llamó Panchito Mandefuá. Sin embargo, a Panchito nadie lo engaña, nadie lo utiliza, a nadie le debe un centavo, nadie puede llamarse su amo. Su picardía es suficiente para mitigar su orfandad y su dolor.

         En otros lados, se llamaría Kimball O’Hara, el de Rudyard Kipling, que desde antes de encontrarse con el monje, su maestro espiritual, ya era libre en el mundo material. Ya era un hombre sin haber terminado la niñez. Lo único que tenía de su madre era la memoria de los golpes y de su padre, una carta y una foto, nada más. Lo que valía oro en él era su corazón... como el de Panchito.

         Y me viene a la mente que estos niños que más parecen semillas del cielo caídas en el huerto oscuro de un labrador maligno, que en Pocaterra pueden responder con bondad a la tragedia de sus congéneres, podrían ser, y de hecho son, metáforas de gente adulta que, aun llevando una vida tan dura como la de Panchito, son capaces de reponerse —o van aprendiendo en el camino—, y compartir las mínimas monedas que su buen trabajo les cuesta ganar, dejarse conquistar por la sensibilidad y la belleza, levantar sus fuerzas para defender la justicia, ennoblecer su espíritu con el arte y la amistad, convencerse de la dignidad del trabajo, sacrificar algo de su bienestar por los demás, brindarse al bien que pueden sembrar en el mundo. Y serían estos los “pacientes” del venezolano síndrome de Panchito Mandefuá.

         Son, como dije al principio, miles y más de miles. Son tan sutiles en su vida que terminan siendo descartados por sus propios atropelladores, testigos y autoridades apenas dejan de existir, pero, sin que nadie se percate, habiendo dejado huellas.

         Diría Machado:

 

Son buenas gentes que viven,

laboran, pasan y sueñan

y en un día como tantos,

descansan bajo la tierra.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXXXVIII / 25 de noviembre del 2024

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

Jugar un quintico

Tres diminutivos más bien singulares

Tener sexo todos los días

Ochocientas Nochebuenas

¡Ja, ja, ja...!

 

lunes, 18 de noviembre de 2024

Síndromes literarios venezolanos (I): Doña Bárbara [CDLXXXVII]

Edgardo Malaver


Marina Baura y Rafael Briceño personificaron
a doña Bárbara y a Lorenzo Barquero en 1974





Emocionados por haber completado los cuatro artículos anteriores, Ariadna Voulgaris y yo comenzamos a jugar a repetir la experiencia, pero buscando “síndromes literarios” en la literatura venezolana. No nos propusimos encontrar “síndromes” que afecten particularmente a los venezolanos, sino “añadir” a los existentes los que quizá pudiéramos deducir a partir de algunos textos conocidos de la literatura venezolana.
Animados, entonces, por esta lúdica osadía nos pusimos a echar un vistazo a un pequeño grupo de obras y autores muy destacados en busca de “síntomas” de trastornos que típicamente (o mayormente) afecten a los venezolanos o que nuestros autores pudieran haber identificado en los seres humanos en general. No hace falta decir que hicimos esta “tarea” casi sin ningún rigor pero sí dejándonos dirigir, de principio a fin, por el amor y admiración a nuestras obras más excepcionales.
El primero que se nos aclaró fue el síndrome de doña Bárbara, que definimos reflexionando un poco sobre la que tiene la reputación de ser la “novela nacional”. En Doña Bárbara (1929), de Rómulo Gallegos (1884-1969), la protagonista sufre en su primera juventud una agresión sexual que crea en ella un resentimiento incurable en contra de los varones y la lleva, más tarde, a vengarse de ellos de todas las maneras posibles. Comienza casándose con el hacendado Lorenzo Barquero, a quien destruye anímica y económicamente para quedarse con su hacienda. La Doña, con el tiempo, se reviste de un aura de mujer indestructible, poseedora de poderes sobrenaturales, señora de todo y de todos; sus sirvientes le temen porque se sabe que tiene a los espíritus de su lado y le obedecen; las autoridades, representadas por Ño Pernalete, el jefe civil, se pliegan a sus deseos y le consienten impunemente cualquier fechoría en contra de sus vecinos. Todo el llano tiene que llegar a pertenecerle, todas las voluntades tienen que sometérsele, todo lo que existe en el llano tiene que conducir a satisfacer su enfermiza sed de posesión.
Los sentimientos de doña Bárbara han sido anulados por ella misma para lograr sus objetivos. La evidencia más clara de este hecho es el abandono en que crece su única hija, Marisela, que vive en el monte, casi como un animal salvaje. Sin embargo, con la llegada de Santos Luzardo, a la vez protagonista y antagonista de la novela, que viene a imponer el derecho en el llano, comienza a tambalear la dureza emocional de la “Cacica”. Doña Bárbara es apodada “la devoradora de hombres”, pero no a causa de un insaciable apetito sexual, como podría pensarse en primer momento, sino porque era capaz de seducir a cualquier hombre, manipularlo a placer, inducirlo a servirle, incluso a delinquir por ella, y luego humillarlo, postrarlo a sus pies, destruirlo y desecharlo sin remordimiento alguno.
No es difícil observar la manifestación del síndrome de doña Bárbara en algunas personas. No parece ser exclusivo de mujeres ni de hombres, pero carecemos de datos estadísticos. Todo individuo que se crea altamente eficiente, productivo, organizado, infalible para identificar oportunidades de negocios o de beneficio personal, capaz de alcanzar lo que se propone a toda costa, enemigo que perder el tiempo en nimiedades, libre de sentimentalismos, más inclinado a sacrificar el amor por la familia que las metas corporativas, orgulloso de no tomar vacaciones durante años y años, pero que al mismo tiempo muestran sus más elevadas cualidades humanas tratando a sus empleados a gritos, humillando a sus familiares y amigos que le presentan obstáculos emocionales para su carrera, que crea con fe ciega en el poder del dinero, de las influencias y los manejos oscuros, todo aquel que da por sentada la obligación que tienen los representantes de la ley de acomodarse a sus necesidades y caprichos, sufre del síndrome de doña Bárbara. Es obvio que no tiene la libertad de vivir la vida sanamente y, a fin de cuentas, no posee nada.
Puede entenderse en los últimos capítulos de la obra que sólo el amor tiene la fortaleza suficiente para vencer este mal, sólo el amor tiene los anticuerpos necesarios para combatir el miedo, que es lo que al fin y al cabo siente Barbarita, miedo al dolor, miedo a la soledad, miedo a no ser nada, a ser menos que nada. Y por eso se convierte en doña Bárbara, y por eso llama a su hacienda El Miedo y con ese miedo atropella y domina a los demás, se lo contagia y se lo alimenta, y por ese miedo finalmente se deja tragar por el llano, derrotada por el amor.

emalaver@gmail.com


Año XII / N° CDLXXXVII / 18 de noviembre del 2024

lunes, 11 de noviembre de 2024

Cada quien con su síndrome (IV) [CDLXXXVI]

Ariadna Voulgaris



Mia Wasikowska fue la Alicia
de Tim Burton del 2009


[Ahora continuamos la lectura de la semana pasada 
con el síndrome de Alicia en el país de las maravillas. Adelante.]

Alicia
A pesar de que el propio Lewis Carroll (1832-98), de vez en cuando, parece que tenía su propio trastorno (¿estaba enamorado de una niña pequeña, la Alicia real?), su personaje ficticio bien podría interpretarse como una niña normal que se imagina (o que se aburre, se duerme y sueña) cosas sencillamente fantásticas, como hacemos todos los niños. Aun así, su libro Alicia en el país de las maravillas (1865) le da nombre a un síndrome que afecta a personas que constantemente perciben alteraciones en la forma, tamaño y ubicación espacial de los objetos y de sí mismos.
La alteración, que en ocasiones tiene componentes psicodélicos, fue descubierta por Caro W. Lippman en 1952, al estudiar la migraña. Entre 1955 y el 2015, se registraron apenas 169 casos, la mayoría pacientes de menos de 18 años.
Lewis posiblemente sufría en carne propia muchas de las alteraciones de percepción que aparecen en la novela y que en el siglo XIX (y más tarde) parecían simple y pura fantasía para entretener a los niños. ¡Con razón en las ilustraciones de las primeras ediciones Alicia nunca sonreía!


Pollyanna
El nombre de este síndrome proviene de una novela de 1913, escrita y protagonizada por mujeres: Eleanor H. Porter (1868-1920) y Pollyanna. En Pollyanna, una joven mantiene una constante y excesiva amabilidad hacia los demás, jugando siempre a ver solamente el “lado positivo” de las personas, situaciones y experiencias e ignorando las negativas.
El optimismo exagerado de estos pacientes no guarda relación alguna con los hechos de la realidad tangible, que indican lo contrario. Al igual que Pollyanna, idealizan los recuerdos placenteros y anulan los desagradables.
En la novela y en la vida real, estas personas creen ciegamente que a pesar de las dificultades la alegría y el buen humor, la cordialidad y las palabras suaves pueden transformar las cosas y a las personas para bien.
Dios bendiga a Pollyanna, pero también hace falta un poco de sabiduría para reconocer lo que puede cambiarse de lo que no. ¿O no?


Anna Karenina
La protagonista de la novela Anna Karenina (1877), de León Tolstói (1828-1910), que es una mujer casada, se enamora de otro hombre con una intensidad tal que para ella no existe nadie más que él, ni siquiera se acuerda de sí misma ni de su mundo.
El término síndrome de Anna Karenina fue acuñado por el psicoanalista Stephen Mitchell en los años 1980. Mitchell identificó entre sus características la idealización del amor y del ser amado, la dependencia emocional respecto al objeto del amor y el sacrificio personal; es decir, el sentimiento amoroso y sus expectativas sobre él se distorsionan totalmente, ignoran los defectos de la persona deseada, pierden toda autonomía en busca de atención y validación y se creen capaces de los mayores sacrificios y la negación de sí, a riesgo de la propia salud y la vida.
Es una descripción tan fiel de Anna que más suena a una hipotética consigna que se hubiera impuesto Tolstói para escribir su obra.
Va a sonar muy mal, pero estos personajes son todos unos loquitos. Bien dijo Malaver la semana pasada que haríamos bien en armarnos de alguna forma para defendernos de toda la locura que nos vamos a encontrar al salir a la calle, y ya que es tan hermosa y fiel la fabulosa “herramienta” de la literatura, sería sabio dejarnos invadir de ella, ponernos sus ojos, escuchar las insinuaciones que por nuestro bien nos hace.


ariadnavoulgaris@gmail.com



Año XII / N° CDLXXXVI / 11 de noviembre del 2024


lunes, 4 de noviembre de 2024

Cada quien con su síndrome (III) [CDLXXXV]

Ariadna Voulgaris



La actriz alemana Luisa Wietzorek
en su papel de Rapunzel en el 2009




El artículo de hoy, más que una respuesta a los de Edgardo Malaver de las dos semanas anteriores, es un añadido. Me gustó tanto el primero que me puse a investigar. Al hallar que eran tantos y tan interesantes, y enterarme de que él pensaba describir aquí solamente cinco, vi mi oportunidad para montarme en la carreta de los síndromes literarios (no para lucirme —que también—, sino para compartir con ustedes este recién descubierto rostro de la lectura). Así que, aunque con menos poesía, aquí están los míos:

Peter Pan
Es el archiconocido niño que se rehúsa a crecer. Peter Pan (1911), aunque pueda parecer una historia de Disney tomada de los cuentistas clásicos, ¡es una obra de teatro! ¡Y del siglo XX!
Recordarán que el inquieto personaje de James Matthew Barrie (1860-1937) proviene del País del Nunca Jamás, metáfora de evasión que refuerza la actitud de este personaje tan peculiar. Peter Pan se resiste a la madurez, la responsabilidad y el cuidado que debemos a otros.
Según el psicólogo Dan Kiley, el primero que, en 1983, describió el complejo, afecta principalmente a varones que, con la excusa de “vivir a plenitud cada día”, evaden el compromiso, las decisiones serias, la planificación de sus actividades y el trabajo fructífero. Normalmente huyen, fantasean y mienten.
Creo que no se podía haber encontrado un modelo mejor que el risueño Peter Pan, que solo desea vivir y jugar.

Rapunzel
Ya saben, es un personaje de Jacob (1785-1863) y Wilhelm Grimm (1786-1859), y el síndrome es tan raro ¡que se conocen menos de 30 casos en el mundo!
Al igual que nuestra rubia heroína, las chicas que padecen este trastorno no la tienen fácil para controlar su cabellera, aunque no sean demasiado largas, y terminan comiéndoselo. Eso ya se conocía como tricofagia, pero en estas pacientes tal conducta puede generar otro trastorno, esta vez intestinal, que genera una nueva y larga cola de caballo dentro del abdomen.
Fue descrito por primera vez por el doctor Edwin D. Vaughan en 1968 al estudiar casos de adelgazamiento repentino, acelerado y excesivo en adolescentes. La obstrucción en el estómago causa vómitos y dolores intestinales fuertes. El tratamiento inmediato es exclusivamente quirúrgico, pero la prevención tiene que ser psicológica.
Es fácil imaginarse que, encerrada larguísimas horas y días en aquella siniestra torre y teniendo que verlo crecer y crecer, la pobre Rapunzel tenía que hacer algo con tanto cabello.

[La semana próxima seguimos la lectura con el síndrome 
de Alicia en país de las maravillas. Hasta entonces.]

ariadnavoulgaris@gmail.com



Año XII / N° CDLXXXV / 4 de noviembre del 2024


lunes, 28 de octubre de 2024

Cada quien con su síndrome (II) [CDLXXXIV]

Edgardo Malaver



Otelo y Desdémona, demasiado tarde ya
para descubrir la verdad




[Sigamos la lectura de la semana pasada con el síndrome
de Otelo. Les hago silencio.]

Por otro lado, gracias a William Shakespeare (1564-1616), es fácil comprender la naturaleza de un síndrome que lleva el nombre de uno de sus personajes más destacados: Otelo, que presta oídos a las perversas palabras de su envidioso consejero, Yago, quien constantemente le siembra sospechas sobre la infidelidad de Desdémona, mujer de Otelo. Estas personas normalmente atormentan a sus parejas imponiéndoles límites para impedir el contacto con personas del otro sexo y exigiéndoles conductas “honradas” que mantengan en reposo sus celos, reproches injustificados y sed de venganza. El síndrome de Otelo casi siempre conduce a la violencia y, en ocasiones, también, como en la tragedia de Shakespeare, al homicidio.
En el mundo del arte, igualmente existe un síndrome muy peculiar cuyo nombre no proviene de una obra ni de un personaje sino del nombre de un autor: el síndrome de Stendhal (1783-1842), que es un trastorno psicosomático que se manifiesta en aumento del ritmo cardíaco, temblores, mareos, confusión mental e incluso desmayos en presencia de ambientes, obras de arte y objetos extremadamente bellos o estéticamente dignos de admiración. El escritor francés experimentó estas sensaciones en un viaje a Florencia y fue quizá el primero que las describió en sus obras. El síndrome se presenta normalmente en artistas y personas muy sensibles. Es presumible que existiera antes de Stendhal, pero fue él quien puso de moda al menos el término en el siglo XIX.
Y, francesa también, como Stendhal, es Madame Bovary, personaje de la novela homónima de Gustave Flaubert (1821-80). En este caso, la protagonista vive crónicamente insatisfecha por causa del aburrimiento que le causa su vida matrimonial en un ambiente rural. Las personas (no exclusivamente mujeres) que padecen este estado se crean expectativas románticas y, en general, emocionales desproporcionadas con respecto a su realidad social, económica y psicológica. Semejante actitud les acarrea enormes problemas que no dejan escapar a la familia y a los amigos. Tales fantasías y deseos, tales sueños de sentirse libres de ataduras, les producen una constante insatisfacción que puede ser insoportable y conducir, muchas veces, a la decepción y la depresión.
Estos y muchos otros “síndromes” —que no me he ocupado aquí de usar el término en su estricto sentido científico— pueden observarse, deducirse, estudiarse a partir de las montañas de los libros que leemos. El ser humano que se toma a pecho su humanidad desea sacudirse esa perversa idea de que es aburrido, de que es complicado, de que es pretencioso andar con un libro entre manos, y sale a la calle llevando ya en la mente alguna idea de los rostros de la locura que va a encontrar aun en su propia calle; y también regresa a casa dispuesto a clasificar las imágenes humanas que ha recolectado
En suma, uno anda por ahí sin saber los complejos que tiene. Pero la literatura es tan buena y está inmiscuida de tal manera en nuestra vida que no hace más que lanzarnos esas insinuaciones, esas advertencias, esos avisos de amor que, de escucharlos, nos ahorrarían bastantes tropiezos. Y aquí sé que suena a que lo que leemos nos puede llegar a “proteger” de gente “peligrosa”. Sí, así es, también, pero esto va mucho más allá —o más acá, según se vea.
He dicho antes que todo libro es un espejo. Y dije antes aquí que lo que me impresiona más profundamente es que siempre es posible encontrar todos esos personajes, todos esos rasgos humanos, incluso todas esas condiciones psicológicas en lo que leemos en los libros, pero en realidad lo más impresionante, lo más aterrador es que al encontrarlos a ellos nos estamos encontrando a nosotros mismos.

emalaver@gmail.com



Año XII / N° CDLXXXIV / 28 de octubre del 2024




Otros artículos de Edgardo Malaver

Palabras que viven dentro de otras palabras

Milpáginas

Eufemismos de eufemismos

El mexicano nuestro de cada día

¡Suerte y Gaceta Hípica!

 

lunes, 21 de octubre de 2024

Cada quien con su síndrome (I) [CDLXXXIII]

Edgardo Malaver



Sherezade, la narradora, con el sultán



Todos miramos el mundo y sus cosas, o más precisamente el mundo y sus gentes, con los ojos que nos moldea el oficio al que nos dedicamos. Antes de llegar a la adultez uno se da cuenta de que, entre más estudian, los abogados ven más el mundo a través del cristal de la ley, los científicos ven en el mundo las fuerzas con que la naturaleza sostiene la vida, los fotógrafos no ven el mundo sino imágenes encuadrables. A todos nos pasa, y así, cada quien termina diciendo que los números están en todo, que las palabras son las que construyen la realidad, que todo es termodinámica. O que la vida entera es un milagro. O un sueño. O un síndrome.
Es tan cierto que cada uno de nosotros encuentra en su exterior lo que lleva por dentro que hasta existen síndromes que llevan nombres de personajes literarios u obras artísticas. No es nuevo: ya Sigmund Freud describió hace mucho tiempo un inmenso conjunto de “complejos” psicológicos basándose en conductas características de personajes de la antigua mitología griega, pero a mí no deja de asombrarme que este “sistema” sea tan coherente que por instantes me convenzo de que todo aquel mar de obras literarias, de personajes tan claramente dibujados, tan complejos y deliciosos, tan sobrenaturales y humanos a la vez, fueron concebidos desde el principio para calzar sin obstáculo, siglos y más siglos después, en la ciencia de Freud. Pasa también con la Biblia, con Las mil y una noches y con otros libros antiguos, pero Freud estaba enamorado con los griegos, es todo.
Existe, digo, gran cantidad de síndromes que se han definido en los términos de conocidísimos personajes literarios. Nada más nuestras madres comienzan a leernos cuentos antes de dormir, nuestra infancia comienza a penetrar en las complejidades de personajes que después, cuando uno sale a la calle, va y los observa hablar con fantasmas, salir de un baile con una sola zapatilla, hacerse pintar un cuadro que envejezca por ellos. Son cualquier niña que vende fósforos en la puerta de un teatro, cualquier rey que sospecha de la infidelidad de su reina, cualquier muñeco mentiroso al que le crece la nariz, pero lo que me impresiona más profundamente es que siempre es posible encontrarlos en un libro.
Uno de los primeros que se mezclan con nuestras horas de sueño en la infancia es el de aquella muchacha cuyo padre muere y la deja al cuidado de una madrastra malvada que la esclaviza y, después de mucho sufrir, es “rescatada” y desposada por un “príncipe azul”. El síndrome de Cenicienta, como se titula el cuento de Charles Perrault (1628-1703), afecta mayormente a mujeres que sienten una enorme necesidad de ser cuidadas, que conservan una imagen tan idealizada del padre que sólo puede llenar un hombre “perfecto” que viene a “salvarla” de un destino inferior a sus expectativas o a las de su entorno familiar o social. Este rasgo da como consecuencia, también, la recurrente evaluación de los méritos intelectuales, morales, estéticos de sus enamorados. Estas mujeres, de cierta forma, temen a la independencia, por lo que se involucran en relaciones que no siempre las satisfacen pero las “protegen”.
También existe el síndrome de Dorian Gray, que afecta a sujetos masculinos que, al igual que el personaje de Oscar Wilde (1854-1900), dan una inmensa importancia a la juventud como única fuente de satisfacción anímica y psicológica. La apariencia física es igualmente un fin en sí misma, y para mantenerla es lícito y preciso recurrir a las prácticas más inverosímiles (que recuerda el retrato que se hace pintar Gray en la novela para que envejezca mientras él permanece joven y atractivo). Lógicamente, los afectados por este síndrome sufren excesivamente el paulatino avance de la edad y la llegada de la vejez y pocas veces logran adaptarse a este proceso y disfrutar de sus bondades.


[Aquí sigue el síndrome de Otelo, pero lo leeremos el lunes que viene. Hasta entonces.]


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXXIII / 21 de octubre del 2024

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

Gerbasi cuentista

Andrés Eloy novelista (I)

Esteban de Jesús y Estelita del Llano

¡Ay, foj...!

Algún grave mal se oculta en Dinamarca

 

lunes, 14 de octubre de 2024

¡Vade retro! [CDLXXXII]

Edgardo Malaver



Quo Vadis? (1913), de Enrico Guazzoni




Es muy posible que haya oído la expresión vade retro, y varias veces, antes de aquel domingo en que escuché por primera vez el episodio del Evangelio en que Jesús le espeta a Pedro: “Aléjate de mí, Satanás”. Sin embargo, en mi mente infantil, inocente aún de la omnipresente herencia del latín, había entendido que la frase era va de retro. La imaginé así también entonces. Y cada vez que la oía, me preguntaba qué tendrían que ver en tales contextos los carros que rodaban hacia atrás.

El sacerdote debe haber explicado en la homilía que, dada la importancia de la escena, aquella frase había sido conservada por la historia con el significado de “no importa cuán importante seas para mí, vete bien lejos porque entorpeces mi avance, me alejas de mi objetivo”, que era lo que, sin proponérselo, estaba haciendo Pedro cuando Jesús reveló que se acercaba el momento en que iba a terminar siendo ejecutado y él, Pedro, le aseguraba que jamás lo permitiría. No entendía aún —pero ya estaba mucho más cerca— por qué la frase estaba en latín, si el Evangelio fue escrito en griego. Lo entendí cuando la universidad me introdujo a san Jerónimo en esta historia, con su traducción de la Biblia y el hecho de que esta traducción fue la única que todo Occidente citó durante los siguientes mil años e incluso subsistió hasta el siglo XX —fue renovada apenas en el pontificado de Juan Pablo II.

Es curioso que haya cierta discrepancia entre la expresión que usa Jerónimo para traducir a los evangelistas Mateo y Marcos en sus casi idénticos textos. Al primero lo traduce como “Vade post me, Satana!” (¡Pasa detrás de mí, Satanás!). O sea, delante de mí eres un obstáculo. En el segundo caso pone “Vade retro me, Satana” (Aléjate de mí, Satanás). Retrocede, apártate de mí. En ambos casos es notoria la exigencia de un movimiento hacia atrás: hacia atrás de ti o hacia atrás de mí. Es decir, la discrepancia en realidad es mínima, digamos que sinonímica. Confiando en san Jerónimo traductor, habría que pensar que en el griego original sucede lo mismo... o algo similar.

La palabra retro, que en latín es un adverbio, ha dado lugar, en español y otras lenguas, a sustantivos y adjetivos que revelan fácilmente su significado: retroceso, retrovisor, retrospección, retroalimentación, retroactivo, retrospectivo, retrógrado, algunos de los cuales producen también verbos. También sucede que, como prefijo, puede significar ‘situado atrás’, no ya ‘que se mueve hacia atrás’, como en el adjetivo retroperitoneal.

Uno siempre se imagina que la frase ¡Vade retro, Satanás! era de las primeras que se le gritaba al demonio en los exorcismos. Pongo la oración en pretérito, no porque crea que ya no se practica este rito, sino más bien porque el ‘manual del exorcismo’ para “sacerdotes autorizados” publicado por la Asociación Internacional de Exorcismo en 1999 pone otra: “Recede ergo, Satan, in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti” (Ahora vete, Satanás, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo). No que se aparte, que retroceda, que se ponga a un lado o detrás de quien lo increpa, sino que abandone a aquel a quien atormenta.

El pobre san Pedro, joven aún y ciego aún a los fines que perseguía su maestro, pretende alejarlo de la persecución, el dolor y la muerte que Jesús anuncia que le esperan al llegar a Jerusalén en los días siguientes. No imaginaba, él que tan oscilante fue al principio, que ya viejo, con otras palabras, salidas ahora de sus propios labios, habría de devolverse, caminar hacia atrás, para compartir con su maestro la dolorosa forma de morir que una vez había querido evitarle.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXXII / 14 de octubre del 2024

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

Una de gramática

Veintiuna casas

Cuando a Roma fueres...

Una palabra de un quilo

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (I)

 

lunes, 7 de octubre de 2024

¡Vuela, pajarito grande! [CDLXXXI]

Ariadna Voulgaris



La frase por la cual Ryoichi Sasakawa
se ganó el respeto de Costa Rica




Ahora resulta que no, que en contra de la evidencia lingüística frontal que muestra la palabra, un avión no es un ave grande. ¿Habrase visto?, como dice la Sole.

Hace unos días me llegó al correo una especie de infografía —¿de dónde sacan tantas horas de ocio?— en que se pretende demostrar que la palabra avión, en español proviene del francés y no del latín. Es decir, dizque no proviene del sustantivo avis que hemos conocido desde siempre, y que usamos cuando queremos decir que algo o alguien es como peculiar: “Costa Rica es una rara avis en América Latina”.

El autor de la susodicha, que no declara el origen de su información, dice que avión es en realidad un acrónimo (¿no serán más bien siglas?) de appareil volant imitant l’oiseau naturel, que traduce como “aparato volador que imita al ave natural”.

¿El “ave natural”? Entonces, ¿el fulano “aparato volador” es un “ave artificial”? Claro que lo es. Y bien grande. Pues, mira, ya está dicho todo: es un avión, un ‘pájaro grande’, ¡y más grande que un pterodáctilo! Y el dibujo que ponen se parece más a un pajarraco de aquellos que a un avión.

Es lo que nuestra recordada señorita Jimena llamaba un aumentativo. Existiendo ese camino tan corto para llegar a la metáfora, al significado, al significante y a la imagen en la mente de todos los hablantes, ¿por qué íbamos los hablantes del español a irnos por aquella ruta tan larga que se supone que tomaron los franceses para llamar aquel nuevo vehículo? Que en francés el animal al que se parece el dichoso vehículo se llame oiseau podría ser evidencia de que el camino por el que los hablantes del francés llegaron a su avion fue más largo... Pero no... ¡Ellos también tenían el latín a mano!

O sea, no es razonable pensar que nuestro avión provenga del francés.

Ah, otra cosa (ojalá que el director no me censure porque digo esto sin investigar lo suficiente): me pregunto (no es que niegue, ¡me pregunto!) cómo es que un francés se puso a crear esta palabra unos seis años antes de que los hermanos Wright crearan por fin un artefacto que verdaderamente pudo volar llevando a una persona adentro. No me hace clic.


ariadnavoulgaris@gmail.com






Año XI / N° CDLXXXI / 7 de octubre del 2024


lunes, 30 de septiembre de 2024

La madre de las literaturas [CDLXXX]

Edgardo Malaver

 

 

“Esos genios de la lámpara maravillosa...”.
Barbara Eden en 1966

 

 

 

         Uno tarda en darse cuenta, pero el mundo rebosa de evidencias de que la literatura nace de la traducción. No habrá sido siempre ni en todas las civilizaciones, pero donde una estirpe humana, en su desarrollo, en su expansión, ha tenido dificultades en el parto, siempre ha venido en su auxilio la traducción para traer al mundo un nuevo vástago que la haga grande y la eternice; pero a veces le ha tocado a la traducción sentir los dolores y parir la literatura y después velar el embellecimiento progresivo de la criatura poética que el pueblo venera y multiplica sin darse mucha cuenta de su valor.

         Miren cómo los romanos llegaron a Grecia —nada menos—, la vencieron, la dominaron, y Grecia, que era la que ya poseía una literatura madura y florecida, contagió la literatura al pueblo latino. Qué caso tan curioso de pueblo conquistador que adopta la cultura del pueblo conquistado en lugar de imponerle al otro sus dioses, su forma de alimentarse, sus letras. Los romanos se llevaron a la ciudad de Roma toda la poesía y todo el teatro de los griegos y se lo entregaron a los esclavos traductores y, en un primer tiempo, lo que hicieron fue leer traducciones y escribir imitando lo que habían escrito los griegos. Fue bastante rato después cuando los poetas latinos se emanciparon de los modelos de Homero y Aristófanes, y sólo así comenzaron a germinar los Virgilios y los Horacios.

         La pieza literaria árabe más conocidas de todas, Las mil y una noches, es también un parto de la traducción. Esta obra no nos llegó ya formada del Medio Oriente. Fueron los traductores europeos, especialmente los ingleses y franceses, los que la fueron moldeando, podando, ajustando a la moral y al carácter de su época, hasta fijarla en la forma que exhibe hoy y que nos habla, como debe una obra de arte de buena ley, del espíritu humano, de lo mejor y lo peor que habita en el hombre. Es decir, la fórmula mágica de Alí Babá, el arrojo de Simbad, la picardía de la propia Sherezade, al final, han llenado nuestras noches y han visto aparecer el sol en Occidente gracias al talento de mil y un traductores, esos genios de la lámpara maravillosa que son también como vivas imágenes del misterioso poder que contienen las palabras.

         La propia Biblia, el texto literario escrito en Oriente que por más que se le evada ha terminado permeando las fibras de todo lo que se ha escrito en Occidente durante los últimos dos mil años, es resultado de una traducción constante durante todo su lento itinerario de escritura. Mil años estuvo creciendo en ese útero nutricio que es la cultura hebrea, escribiéndose a sí misma en la pluma de autores que citaban a lejanos antepasados que habían escrito en otros idiomas, hasta llegar a la era cristiana, protagonizada por gentes que se comprendían aunque se hablaban en lenguas extranjeras. Y en el presente, ninguno de nosotros tiene en casa una Biblia que no sea una multitraducción literaria —¿o una traducción multiliteraria?— de todas sus narraciones y poemas a la lengua de cada quien.

         Y Don Quijote... Usted que ya tuvo, como diría Unamuno, la dicha de leer Don Quijote por primera vez, se habrá quedado con la boca abierta al oír al narrador, a pocos capítulos de principio, que aquel libro que tenía entre manos era, ni más ni menos, una traducción. Se habrá reído con las risas del muchacho que el narrador contrata para que traduzca la “verdadera historia del ingenioso hidalgo”, que con tanta inocencia se mete en cada pleito que existe, que se embarca en cada locura que se le atraviesa, que dice cada palabra sabia que se le adhiere a los labios. Y es la obra más grande que se haya escrito jamás y al mismo tiempo es una traducción, al menos dentro de la ficción, donde el protagonista diserta con tanto acierto sobre la traducción como actividad intelectual y como producto literario.

         El camino por el cual hemos llegado a la concepción de la cultura en todos los países discurre de vez en cuando por trechos y parajes circundados de traducción, cubiertos de poesía traída de otras tierras y enamorada de la lengua del nuevo lugar que habita, olorosos sus campos y ciudades del saber de otros pueblos, tapizados sus muros de palabras traducidas, que es casi lo mismo que decir, como Zorrilla, que “están respirando amor”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXXX / 30 de septiembre del 2024

 

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (II)

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (III)

Una de semántica

Una del alfabeto

¡Vade retro!