lunes, 28 de agosto de 2017

Viaje a la RAE (II) [CLXVII]

Luis Roberts



Lo que queda de la ciclópea sede del Partido
Comunista Búlgaro en la era postsoviética



         Iniciamos esta segunda etapa del viaje a la RAE, tocando un tema que debe estar de capa caída en estos atormentados momentos: la libido. Libido es deseo sexual y es llana, y lívido es amoratado, muy pálido y esdrújula; aunque uno puede acabar lívido de tanta libido.
         En un listado de cuarenta fobias o aversiones, parca cifra, elijo unas pocas realmente curiosas: la afenfosfobia, aversión a ser tocado; la aliguinefobia, aversión a las mujeres guapas; la belenofobia, aversión a las agujas, especialmente las de inyectar; la cacofobia, aversión a la fealdad; la cainofobia, aversión a la novedad; la chamainofobia, aversión al Halloween; la courofobia, aversión a los payasos; y, por último, dos lamentablemente muy usuales entre nosotros: la fronemofobia, aversión a pensar, y la ergasiofobia, aversión al trabajo.
         Una expresión aceptada por la RAE y de gran actualidad es a la búlgara para aludir decisiones tomadas por disciplinada unanimidad, a veces con más votos que votantes, como solía suceder en las reuniones del Partido Comunista Búlgaro.
         Es conveniente de vez en cuando repasar la lista de palabras con alternancias acentuales, las que admiten dos acentuaciones prosódicas, como afrodisiaco, alveolo, amoniaco o cardiaco, sobre todo los que nos dedicamos a la corrección, que, por cierto, es una de las palabras que presenta dos de las posibles duplicaciones de letras en español.
         Los medios se arman un lío tremendo con ciertos gentilicios. El árabe es una raza y una lengua; el islamista, musulmán y mahometano, profesa una religión. Un bosnio no es árabe, no habla árabe y generalmente es musulmán. El judío, hebreo o israelita es un pueblo en el sentido histórico y religioso. Hoy el hebreo es un idioma, el judío una religión y el israelí una ciudadanía y unas instituciones del estado de Israel. Así mismo, el finés es un idioma y el finlandés el gentilicio de Finlandia.
         Un bloguero bloguea, chatea, guglea, tuitea y retuitea en Twitter, evita a los piratas informáticos, crea boletines digitales, usa su tableta, marca tendencias o temas del momento, y todo esto en la red, usando su internet: esa es la maravilla de Internet. Y todos estos términos están aceptados con esta grafía para evitar los anglicismos.
         ¿Saben la regla del nueve para evitar el queísmo?  Convertir el enunciado en interrogativo: ¿de qué me alegro? (me alegro DE que...); ¿en qué confío? (confío EN que...); ¿de qué está seguro? (está seguro DE que...). Si la interrogativa lleva preposición, la enunciativa también. Y lo mismo para evitar el dequeísmo.
         ¿Lo implícito y lo tácito es lo mismo? Para muchos sí, para la RAE, no: lo implícito es lo no explicado y lo tácito lo no dicho.
         Si queremos jugar al calambur, o simplemente poner en aprietos a más de uno, no hay más que enredarles, aunque generalmente se enredan solos —pronunciando o escribiendo— con los famosos parónimos, las palabras que se diferencian en una letra, que quieren decir cosas distintas, a veces opuestas, y que muchos confunden para hilaridad de unos y sorpresa de otros. Veamos solo algunos: esotérico y exotérico; espiar y expiar; espirar y expirar; estirpe y extirpe; laso y laxo; seso y sexo; aprehender y aprender; adición y adicción; accesible y asequible; adoptar y adaptar; alimenticio y alimentario; amoral e inmoral; apertura y abertura; apóstrofo y apóstrofe; aptitud y actitud. Y hablando de lo alimentario: comible  y comestible no son lo mismo, como no es lo mismo querer que poder. Y eso puede pasar tanto con una seta como con una persona.
         Y ya para terminar esta segunda etapa, señalar que la palabra electroencefalografista: “persona especializada en electroencefalografía”, es, con 23 letras, la palabra más larga que aparece en el DRAE.

luisroberts@gmail.com



Año V / N° CLXVII / 28 de agosto del 2017



Otros artículos de Luis Roberts

lunes, 21 de agosto de 2017

Viaje a la RAE (I) [CLXVI]

Luis Roberts



Actinidia deliciosa, nombre científico de una...
¿marca comercial?



         Esta semana emprendí un viaje a la RAE; sí, a la Real Academia Española —único viaje que me permite la acongojante situación— para combatir la canícula, la lluvia y el semiocio, de la mano de dos utilísimos libritos —por su tamaño— de FUNDEU y con el rimbombante título de Compendio ilustrado y azaroso de todo lo que siempre quiso saber sobre la lengua castellana, el Primero y el Segundo, que compré hace meses, tal vez atraído por el título que me recordaba una divertida película de Woody Allen, y que, leídos, los sumo a mis libros de consulta. Como este viaje no es largo no es de la Alcarria, ni el Camino de Santiago, pero sí lleno de anécdotas, lo haremos en varias etapas y esta es la primera. Se trata de normas del castellano, conocidas las más, pero sorprendentes otras que nos ayudan a agachar la cabeza humildemente entonando algún que otro mea culpa; curiosidades, cambios, desusos y obsolescencias, etc. Empecemos pues el viaje.
         Hablando de desusos, recordemos la lista de las preposiciones e inmediatamente borremos dos: so, convertida en adverbio, y cabe, desaparecida en inacción. Pero tendremos que añadir tres pseudopreposiciones: mediante, durante y vía. Entre un listado de 55 solecismos por el mal uso de la preposición, señalaré los que más me suenan, en la calle, en la casa, o en los medios: a excepción de, a grosso modo, a la mayor brevedad, a reacción, a resultas, bajo el supuesto, con motivo a, da la casualidad que, de acuerdo a, de motu propio, en base a, en el corto plazo, tan es así. Los latinismos adaptados al español llevan su tilde: réquiem; pero no así las locuciones latinas: sui generis. Lapso y lapsus son cosas distintas, y siendo el lapso un intervalo de tiempo, se comete, no un lapsus sino una grave redundancia diciendo “lapso de tiempo”. Calcando del inglés (perdón por el gerundio), dicen hallar culpable, en vez del correcto declarar culpable; y presunto en lugar de supuesto; presunto se utiliza para designar a quien se considera posible autor de un delito cuando se han abierto diligencias procesales pero aún no hay fallo de la sentencia, antes de eso es solo supuesto. Por culpa del cine y la TV —perdón, por las malas traducciones—confundimos evidencia con prueba y crimen con delito y decimos querella criminal, redundancia al canto, pues toda querella es penal. Que módem es un acrónimo inglés y menstrual es la palabra más larga con dos sílabas son dos curiosidades refrescantes, pero que kiwi, como aspirina o clínex, sea una marca convertida en nombre, casi se me atraganta.
         Y ya que salieron a relucir las redundancias, algunos ejemplos paradigmáticos: accidente fortuito (¿existen accidentes no casuales?); en vigor actualmente (si no, ya no está en vigor); apología a favor (la apología es una alabanza, no puede ser en contra); divisas extranjeras, nexo de unión, cita previa, prever con antelación y tantas otras. Sin olvidar la ya famosa “extranjeros de otros países”.
         ¿Actualmente, he dicho? Pues con los falsos amigos hemos topado, esos que son falsos porque nos mienten, porque dicen ser españoles y son ingleses o franceses, los actual, adoptar, asumir, billones, bizarro, eventualmente, obsceno, sensitivo, etc. Los que en nuestro idioma quieren decir otra cosa y los usamos mal por culpa de esos falsos amigos.
         La enantiosemia, también llamada antonimia o antífrasis: palabras que tienen un sentido opuesto al otro, nos deja perlas como: perla, sancionar, en absoluto, gracioso, o el “quijotesco” huésped. Y hablando del castellano del Quijote, “parlar” en español es hablar mucho y sin sustancia, por lo que uno prefiere ser “hispanohablante” al afrancesado “hispanoparlante”. Por cierto, la palabra en español que tiene todas las tildes es “pedigüeñería” y es más valleinclanesca que “mendicidad”. Sendos no es equivalente a ambos y su uso como “enorme” no es propio de la lengua culta, por lo que sendos senos, se referiría únicamente a los senos de todas las personas mencionadas.
         En una granada y hasta divertida lista de arcaísmos, me quedo con dos con los que dirigirme a ciertos personajes sin el riego inmediato de la tortura: albuznaque (bruto, bestia) que ornea (rebuzna).
         Todos los días oímos, vemos y padecemos lo que se califica como catástrofe humanitaria, pero si supiéramos que humanitaria es sinónimo de “bondadoso y caritativo”, hablaríamos más bien de catástrofe humana. Y hablando de oír, oía es la única palabra no monosilábica que tiene tantas letras como sílabas.
         Este viaje, obviamente, no es por avión; si lo fuera, el comandante nos daría la altitud a la que volamos cuando lo hacemos sobre el mar y la altura cuando lo hacemos sobre la tierra. Pero, en cualquier caso, culminamos esta primera etapa para dar descanso, más a los lectores que a nuestro aún no fatigado cuerpo.

luisroberts@gmail.com




Año V / N° CLXVI / 21 de agosto del 2017


Otros artículos de Luis Roberts:


lunes, 14 de agosto de 2017

Que me coma el tigre [CLXV]

Edgardo Malaver



El escritor venezolano Antonio Arraiz llevó la tradición oral 
de Tío Tigre y Tío Conejo a la literatura escrita



         El cantante popular colombiano Nelson Díaz Sánchez murió en septiembre del 2010 a los 86 años. En 1968 había grabado una canción que le dio visibilidad duradera y un lugar en el repertorio musical de su país. De este lado de la frontera, los versos y sonidos de Díaz Sánchez desbordaron la música y se instalaron también en el habla popular.
         Cada Carnaval por lo menos, se oye en Venezuela alguna vez aquella famosa canción, en la cual un personaje es perseguido por un animal feroz que quiere comer su “carne morena”. Intentando evitarlo, se sube a un árbol, se sube a una loma, se tira en el río y finalmente se mete en una casa, “pa que no lo vea”. A todos estos lugares lo sigue la fiera, y él termina diciendo: “La cosa está fea”. El coro después repite y repite: “Tú lo que quieres es que me coma el tigre, / que me coma el tigre, / que me coma el tigre”.
         Naturalmente, cuando en Venezuela uno siente que alguien le impone condiciones particularmente difíciles, que no le deja escapatoria, que, por más que la busque, no hay válvula que alivie la tensión de una situación, termina diciendo: “Tú lo que quieres es que me coma el tigre”. Estas situaciones pueden salir de la esfera personal y abarcar la social, política, religiosa, artística, etc., porque donde haya seres humanos habrá siempre unos pocos que querrán imponer a los más su voluntad y sus reglas. Unos seres humanos lucen más feroces que otros. El mundo ha sido siempre así, el problema aparece cuando el que se cree con derecho a dictar las pautas elimina también las válvulas.
         La figura intimidante del tigre, bañado por la naturaleza de colores impresionantes, protagoniza otras expresiones que involucran siempre el poder, el conflicto, la pelea. “Tigre no come tigre”, diría cualquiera que desea indicar que, por más fuerte o furioso que se muestre un enemigo, no la va a tener fácil si desea enfrentarlo. Si algún interlocutor está de acuerdo, dirá: “Y si lo come, lo vomita”.
         También puede representar la deshonestidad y la fragilidad ética. En una conversación referida a la frecuencia de conductas no muy decentes, uno dice: “¿Qué es una raya más pa un tigre?”. La tradición oral, por otro lado, nos ofrece el símbolo del tigre como encarnación de la fuerza bruta opuesta a la inteligencia y la picardía. El ejemplo inmejorable son los cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo.
         Hay quienes matan a un tigre y luego le tienen miedo al cuero. Así, en realidad, no se logra gran cosa. Los sagaces suelen arrebatar nuevos territorios a los cobardes. La evidencia puede ser que a veces hay tríos de tigres que van por la vida sintiendo una honda tristeza. La esperanza para el futuro, siempre, es que las nuevas generaciones suelen heredar los rasgos de sus padres y abuelos. Indiscutiblemente, hijo de tigre nace pintao.

emalaver@gmail.com



Año V / N° CLXV / 14 de agosto del 2017



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Números impresionantes (I) [LXXIX], 19 oct. 2015
Pekín y Bombay [LXXVIII], 12 oct. 2015
Ilación [I], 25 feb. 2013

lunes, 7 de agosto de 2017

Reporteros [CLXIV]

Luis Roberts


Los Tontons Macoutes, los paramilitares de los Duvalier, 
aterrorizaron Haití a partir de 1958



         Hace unos días un amigo tuiteó, o retuiteó, no recuerdo, un tuit a la vez divertido y revelador, que decía: “Twitter es un sitio donde alguien dice que es un asesino ‘multiple’ e inmediatamente alguien le contesta que múltiple lleva tilde”. Con esta introducción quiero decir que las líneas que siguen no son una frivolización académica del sangriento y doloroso parto histórico que vive Venezuela, nada más lejos de mi intención, la de alguien que vive con tembloroso temor, pero con emocionada esperanza, el brusco golpe de timón que un pueblo está dando a la Historia. Pero trabajador de la lengua al fin, y enamorado de su herramienta, no puedo por menos que aprovechar para, con una sonrisa, hacer ciertas observaciones, utilizando estos hechos más como excusa que otra cosa.
         Como tantos otros, supongo, sigo la situación de la calle a través de Internet con la información que los medios alternativos nos ofrecen. Jóvenes y valientes reporteros y reporteras, jugándose hasta la vida en muchos casos, entre gases, tiros, carreras, etc., nos informan puntualmente de las tropelías y saña de unos personajes a los que no les falta más que la cruz gamada en su uniforme para encontrar un símil histórico de un ejército de ocupación y unos “tontons macoutes” que no necesitan mayor identificación. Supongo también que estos reporteros son comunicadores sociales, o están en vías de serlo, y aquí entro en materia, por lo que es más preocupante, si cabe, el estado del uso del idioma en nuestro país, como ya denunció hace años el maestro Rafael Cadenas.
         Para mi entender existen al menos tres factores concomitantes que nos permitan poder entender las causas de este pobre estado: la falta de maestros acuciosos que corrijan los errores desde la primera enseñanza y las aberraciones de los idiolectos populares, la falta de lectura que enriquezca el léxico, y un prurito propio de las clases menos favorecidas, social o culturalmente, de intentar elevar el registro por la falta de confianza en sus propios recursos.
         Aquí aprovecho para recordar a mi admirada amiga, la profesora Yajaira Arcas, y su explicación del paso del pelo al cabello en los barrios populares. Tal vez habría que añadir un cuarto factor, a caballo entre el primero, los maestros, y el tercero, el registro, y son los cuentos de camino, esos que siguen afirmando que las mayúsculas no llevan tilde o que el quisiese es de un registro inferior al quisiera. Vemos con asombro, y no sólo en este colectivo, pues políticos y profesionales varios no se libran de este estigma, la desaparición de verbos como mirar (¿por qué me ves?; porque no soy ciego), oír (puse el despertador a las 3 para escuchar unos tiros con gran deleite) poner (¿cuándo empezarán las gallinas a colocar huevos?), abrir (apertura la boca que no te escucho); sustantivos como pelo (¿cuándo iremos a la “cabellería”?), todo es un evento, ya no hay actos, hechos, accidentes, elecciones, todo son eventos, las famosas palabras muletas, el daño irreparable que el complejo de inferioridad ante el inglés, el papanatismo, nos está produciendo, no sólo a nivel léxico, sino sintáctico, con un uso no idiomático, por ejemplo, de la voz pasiva: “...unos guardias fueron quemados...”.
         Y volviendo a nuestros reporteros, y pasando de las muletas a las muletillas, produce una mezcla de hastío y risa la repetición como un mantra de “lo que es” o “lo que sería”: “lo que es la calle tal...”, “lo que sería la manifestación de hoy...”; el “a nivel”: “estamos a nivel de la calle tal...”; el “como tal”: “los resultados de la represión como tal...”.
         Y como colofón y para terminar, pues este es el objetivo de este escrito, transcribo algunas, unas pocas, de las expresiones que tengo apuntadas para ilustrar este mensaje, o reflexión con más sencillez: “Hicieron barricadas con troncos de árboles y otros utensilios”; “nos activaron bombas...”; “le propinó una herida...”; “la resistencia y los funcionarios enfrentan sus diferencias...”; “realizaron palabras...”; “nos detonaron perdigones...”; “realizaron detonaciones...”; “accionaron con sus armas...”; “algunas personas se realizan fotografías” (oído justo mientras escribo); “están aperturando un canal...”; “pueden colocar detenidos en cualquier momento”, y así hasta el aburrimiento. ¿Qué les parecería a estos jóvenes reporteros si alguien, yo por ejemplo, dijera: “nos lanzaron bombas”, “nos están disparando perdigones”, “le produjo una herida”, “dijeron palabras”, “resistencia y policías se enfrentan”, “dispararon”, “se hacen fotos”, etc.
         Muchachos, seguiremos oyendo sus crónicas con el corazón en un puño, pero parafraseando a un santo que no viene a cuento, podremos decir: “¡Oh, Dios, qué buenos reporteros si tuviesen un mejor lenguaje!”.

luisroberts@gmail.com





Año V / N° CLXIV / 7 de agosto del 2017


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Titivillus [CXLV], 27 mar. 2017
Hablemos como el pueblo [CL], 1° may. 2017


lunes, 31 de julio de 2017

Tramposería sale [CLXIII]

Edgardo Malaver



Richard Nixon en 1974, asumiendo las consecuencias
de su tramposería. Foto: O.F. Atkins



          Cuando uno ha jugado metras en la infancia, sabe con certeza que hacer un mínimo truco, cualquier insignificante abuso que nadie percibe al principio del juego, traerá el amargo resultado de perder buena parte de las metras que haya logrado a lo largo de él. Por más que a uno le vaya bien, por más que el azar compita de su lado y le llene la bolsa, llegará un momento en que un pequeñísimo error desencadene la avalancha y ya no habrá nada de nada que pueda hacerse para detener la ruina. Y entonces latirá en la mente del tramposo el momento fatal en que cometió el primer error, el error de engañar a sus competidores.
         Éstos, por su lado, cuando llegan a sentir que hubo algo fuera de regla, murmuran para sus adentros: “Tramposería sale”. ¿Tramposería? La expresión tramposería sale, cuyo enrevesamiento morfológico delata una dulce resonancia infantil, es quizá el último recurso al que se aferra aquel al que le queda latente una tenue sospecha, o incluso quien tiene la certeza pero no tiene pruebas, de que le han hecho trampa, que lo han estafado, que le han jugado sucio, y no puede hacer nada al respecto, al menos en el momento.
         Es tan sabia la expresión, como  suele suceder en el habla popular, que no hay por qué circunscribirla a los juegos infantiles. Uno puede recurrir a ella, por ejemplo, ante una decisión judicial injusta, que no le favorece, pero ante la cual no tiene recursos con que actuar.
         El enrevesamiento morfológico de tramposería consiste, como es evidente, en que se forma sobre el adjetivo tramposo y no sobre el sustantivo trampa, que por sí solo sería apropiado para indicar lo que se desea. El diccionario de la Academia, sin embargo, nos dirige a trampería, y dice que es frecuente en Ecuador, Perú y Puerto Rico. De todos modos, la definición que da es la que conocemos en Venezuela: “Acción propia del tramposo”. Cualquiera que oye decir tramposería se imagina a un niño (o a un extranjero que comienza a aprender español) que no encuentra cómo llamar la tienda donde se venden sillas y dice sillería, o el lugar donde se fabrican botellas y dice botellería.
         Tiene mucho sentido que la palabra se forme a partir de tramposo y no de trampa, puesto que se concentra en el cuestionamiento en contra del que urde el engaño o protagoniza su ejecución. La lengua —o más bien el hablante— logra este fino señalamiento gracias al sufijo -ería, que tiene cuatro funciones posibles en su tarea de construir nuevos sustantivos: destacar la pluralidad (de balcón proviene balconería), resaltar la condición moral (de bravucón nace bravuconería), indicar el oficio o lugar (de albañil surge albañilería) y señalar la acción o expresión (de coqueto obtenemos coquetería). Observemos que entre las cuatro posibilidades, la única que, al menos mayormente, trasforma adjetivos en sustantivos es la segunda. Y es también la única que involucra tintes peyorativos en la torcida “condición moral” de la que habla. Una tramposería es, ya sabemos, un acto reprochable.
         También nos interesa aquí la cuarta función, que implica, aunque no para cuestionarlos, el acto o dicho del sujeto. Una acción o expresión de alguien bien puede ser tramposa, es decir, puede ser una tramposería... y en la sabiduría popular, importa también que, sea cual sea, el fraude, al final, se va a descubrir.
         En la infancia, tratándose de metras, nada hay más doloroso que perderlas, y mucho más si es uno mismo el culpable. En las relaciones amorosas, los problemas que sobrevienen por causa del engaño son incalculables, algunas veces se sufren de por vida, otras hasta se pierde la propia vida. En la política, como la verdad siempre sale a flote, los tramposos sólo se ganan la mala voluntad de la gente. Puede ser que al principio no se percaten muchos votantes, pero siempre, siempre, tramposería sale.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLXIII / 31 de julio del 2017

lunes, 24 de julio de 2017

Un tiro al gobierno y otro a la revolución [CLXII]

Edgardo Malaver


 
Revolucionario y gobernante, Bolívar estaría hoy
de cumpleaños. Grabado de M.N. Bate (1819)



Al niño don Simón, en su patio de granados
que siempre estaban en flor.

         ¿Cuándo se habrá puesto de moda la expresión un tiro para el gobierno y otro para la revolución? ¿Y dónde la habrán pensado por primera vez? Tendría que haber aparecido en una situación en que un gobierno estaba a punto de caer porque un grupo sedicioso se había levantado contra él y hubo un enfrentamiento armado, en que, aun así, había algunos indecisos... o más humano todavía, algunos que deseaban aprovechar lo mejor, o lo peor, de los dos mundos.
         Si se me hubiera ocurrido escribir esto hace cinco años, habría pensado en los enemigos de Bonaparte, en los de Bolívar, en los de Betancourt. Hoy, por más que la fuerce, mi mente no puede pensar en otro gobierno ni en otra “revolución” que los que componen la paradoja que vive en este instante Venezuela. ¿Quién es el gobierno y quién es la revolución? ¿Cómo se reconoce dónde está cada quién? ¿Nos ofrece la lengua alguna señal?
         ¿Qué pone el diccionario sobre estas palabras? La segunda de las 11 acepciones de gobierno dice: “Órgano superior del poder ejecutivo de un Estado o de una comunidad política, constituido por el presidente y los ministros o consejeros”. La segunda de las siete acepciones de revolución es: “Cambio profundo, generalmente violento, en las estructuras políticas y socioeconómicas de una comunidad nacional”.
         Es difícil imaginarse que un gobierno desee, permita o promueva alteraciones, alborotos o desórdenes. Son conceptos opuestos, adversos, antónimos. Es decir, la oposición que existe entre gobierno y revolución es la misma que hay entre autoridad y rebeldía, entre poder y desobediencia, entre paz y violencia. Lo curioso de nuestra circunstancia es que el gobierno se llama a sí mismo ‘revolución’. Cuando una revolución llega al poder, ¿no deja de ser revolución y se convierte en gobierno? He ahí la paradoja que desvirtúa la expresión popular.
         La vida, la realidad, las situaciones políticas no pueden ser nada más ni ir más allá ni tener mayor corporeidad que las metáforas bélicas. Ni siquiera la lógica puede dejar de quebrantarse ante las imágenes visuales del habla popular; pero algo intrincadamente extraño tiene que estar pasando para que tranquilidad y zozobra se hayan mudado al mismo campo semántico. Alguna anomalía tiene que estar ocurriendo para que los antónimos, siempre en inevitable disputa, se hayan ido convirtiendo en sinónimos, que antes eran tan cordialmente similares entre sí. Alguien tiene que estar lanzando una piedra a los aqueos y otra a los troyanos.
         Lo que no podemos dudar es que, al final de este laberinto —el político y el lingüístico—, la lengua de Venezuela también se verá un nuevo rostro, sentirá una nueva palpitación. Quizá sea menester para ello suprimir la vibrante múltiple del sustantivo revolución. O que revolución vuelva a ser, como insinúa el diccionario, un sustantivo que se opone a gobierno, particularmente durante alguna confrontación con él. O que el gobierno no le dispare a nadie para que nadie sienta el justo instinto de dispararle al gobierno, ni siquiera por los labios.
         Verdaderamente, está en plena revolución un enredo lingüístico. Algo tendrá que pasar para que no nos salga a todos el tiro por la culata.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLXII / 24 de julio del 2017

lunes, 17 de julio de 2017

Asesino [CLXI]

Edgardo Malaver



En los siglos XI a XIII los cruzados intentaron reconquistar
los territorios en que se había escenificado la vida de Jesús




         La policía de Londres nunca encontró a Jack el Destripador. Nunca supo su nombre verdadero ni tuvo asomo de intuición de su apariencia. En 1888 el célebre asesino descuartizó a cinco mujeres al abrigo de la oscuridad de la noche y logró escapar sin ser visto ni despertar sospecha. Tenía una preferencia malévola por las prostitutas, por lo que muchos han insinuado que su perturbación espiritual debía ser aún mayor que su desvío psicológico.
         En realidad, la conducta de un asesino no deja, por lo regular, mucho espacio para las líneas rectas. Y normalmente las curvas y los quiebres van en diversas direcciones. Es como la propia palabra asesino, que ha serpeado por los siglos y ha pisado el territorio de varios idiomas, aunque siempre dentro de la atmósfera del crimen.
         En los tiempos de las Cruzadas —la primera se inició en el 1096 y la última, la novena, terminó en 1272—, apareció en el reino nazarí un grupo que, para resumir lo que se dice de él, estaba formado por fanáticos musulmanes que consumían hachís y, en nombre de Alá, emboscaban a sus adversarios políticos y militares, casi siempre cristianos, para inmolarlos. Aunque algunos autores dicen que no eran adictos, la secta terminó recibiendo el nombre de ‘los fumadores de hachís’, que en la lengua árabe de la época se decía, aproximadamente, hash shashin. A pesar de ser una pequeña minoría, la severidad de sus actos llamaba mucho la atención. Por algo nos dejaron en herencia una palabra.
         A pesar de que la palabra asesino tiene sinónimos claros como homicida, criminal, sicario, verdugo, matón, matarife, suicida, kamikaze, genocida, en derecho se reconocen marcadas diferencias entre un simple homicida, por ejemplo, y un asesino. Un homicidio no implica la preparación alevosa y torcida que requiere un asesinato. Y aunque suene duro a nuestros oídos, no todos los homicidas son delincuentes, porque un homicidio puede ser accidental, involuntario e incluso inadvertido. Todas estas “modalidades” de ejecutar el acto de matar (y las que, gracias a Dios, no se me ocurren) desembocan en el final común de la muerte de la víctima, pero cada una de ellas contiene algún rasgo que las distingue de las demás.
         No parece haber grandes diferencias entre los crímenes que cometían los miembros de la secta de los consumidores de cáñamo y muchísimos que se cometen ahora. Elementos como la elucubración, la ventaja física, la emboscada, las motivaciones ideológicas, la ambigüedad moral y ética, e incluso el uso de sustancias estimulantes son comunes a una y otra época, pero hay factores nuevos: armas más “sofisticadas”, sueldos más jugosos, perpetración en público y, a veces, hasta cámaras de televisión.
         Caín, Bruto, Barba Azul, Charlotte Corday, el asesino de John Lennon comparten con muchos reyes, tiranos y jefes militares ese nombre que recrudece la oscuridad de su significado con la inocencia de sus víctimas. Asesino, como sucede con cada palabra puesta en su ambiente natural, no será nunca una simple palabra. Dicha con la fuerza que da el dolor, traída a la voz por la injusticia, pronunciada por los labios rabiosos de los dolientes, puede convertirse en la piedra más dura lanzada a la frente de los opresores.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLXI / 17 de julio del 2017

lunes, 10 de julio de 2017

Plebiscito [CLX]

Edgardo Malaver



En el 287 antes de Cristo, el pueblo romano se fue
de Roma hasta que se le reconocieron sus derechos


 


         Yo conocí la palabra plebiscito de labios de mi abuela Juanita, que me contaba a menudo su relato particular del final de las dictaduras de Juan Vicente Gómez y de Marcos Pérez Jiménez. Días o semanas después, oí a alguien más hablar del mismo tema, pero decía más bien plesbiscito. La confianza que le tenía a mi abuela era tal, que no se me ocurría de ninguna manera que ella se hubiera equivocado, así que, para estar preparado si se presentaba la ocasión, corrí a mi diccionario, y descubrí, primero, esa extraña ese antes de la ce y, luego, que la otra, la de la primera sílaba, como yo pensaba, era un error.
         En noviembre de 1957, Pérez Jiménez, sabiendo que, como 1952, no iba a poder ganar lícitamente las elecciones, decretó la realización de un plebiscito (no previsto en la Constitución de 1953) para que los ciudadanos decidieran si debía o no seguir en el gobierno hasta 1962. Durante la votación, que ocurrió en mitad de un período de protestas populares fuertemente combatidas por los cuerpos de seguridad, los votantes recibían un sobre con dos tarjetas: una circular y azul que expresaba el voto afirmativo y la otra cuadrada y roja para votar en contra del gobierno. Había que introducir una sola en la urna.
         Como suele suceder en las dictaduras, los empleados públicos fueron amenazados con perder sus trabajos si votaban por el no. En mi familia, mi tío Miguel, cuñado de mi abuela, trabajaba en el Instituto Nacional de Obras Sanitarias (INOS) y el día siguiente del plebiscito debía llevar a la oficina cinco tarjetas rojas para demostrar que su familia había apoyado a Pérez Jiménez. De modo que la mía y muchísimas familias venezolanos debían encontrar una forma de votar en contra y, a la vez, conservar el empleo. La solución para mi abuela fue convertirse en una de los 186.015 votantes (6,35 por ciento) que entregaron el sobre vacío y se llevaron las dos tarjetas en un bolsillo.
         Los plebiscitos tienen una larga historia y un origen honroso. La lucha por la igualdad de derechos entre patricios y plebeyos en Roma comenzó unos 600 años antes de Cristo. Los plebeyos habían ido conquistando posiciones y objetivos hasta que, en el 287 antes de Cristo, a raíz de una victoria militar importante en los Apeninos, los patricios derogaron arbitrariamente los derechos de la plebs, del pueblo. La respuesta de éste fue abandonar en masa la ciudad, con lo cual paralizaron, de la noche a la mañana, casi todas las actividades cotidianas en toda Roma, acontecimiento que terminó llamándose Secessio plebis (separación plebeya).
         Congregados en lo que hoy se llama Trastevere, redactaron un proyecto de ley en la que las decisiones de los plebeyos, tomadas por medio de plebis scita, adquirían rango de ley para todos los ciudadanos romanos sin necesidad de aprobación del Senado. No volverían a Roma a menos que se aceptara y pusiera en práctica esta norma. Los nobles, temiendo la ruina económica de la ciudad a causa de la ausencia de la mano de obra, la aprobaron inmediatamente.
         La palabra plebiscito, entonces, se forma del genitivo plebis y el sustantivo scitum (resolución, decreto). Scitum está relacionado también con debate, dilucidación, consenso, y está presente en la raíz de nuestro sustantivo ciencia. En suma, puede traducirse plebis scitum como ‘decisión de la gente’. Y como se transparenta, no hay razón para pronunciar esa ese en la primera sílaba, porque la palabra plebe, que también tenemos en español desde siempre, no la incluye.
         En este momento de la historia de Venezuela, sin embargo, junto con el conocimiento de la palabra, de su pronunciación y su significado, lo que más valdría la pena sería hacer honor a su origen: la lucha por la igualdad de todos ante la ley, sin ventajas para los poderosos. En diciembre de 1957, Pérez Jiménez volteó las cifras del voto para permanecer en Miraflores. Logró salirse con la suya porque, en apariencia, tenía todos los poderes de su lado... y el miedo de mucha gente. Un mes después, fue él quien tuvo miedo cuando se le volteó todo el mundo.
         Hoy en Venezuela, miedo tienen muy pocos. Y como en Roma, los que están acorralados son los que están en el poder. Que decida la gente, diría un romano descalzo. Yo pienso en mi abuela, y oigo dentro de mí su voz que me dice y me repite: “Vivir en dictadura es lo peor, lo peor”.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLX / 10 de julio del 2017

lunes, 3 de julio de 2017

Yo, Cara e Bostezo [CLIX]

Laura Jaramillo



En 1928, antes de la desaparición de su hijo mayor,
Charles Lindbergh aterrizó en Venezuela




A propósito de la Copa Confederaciones
Rusia 2017

         Como venezolanos, y creo que hasta como latinoamericanos, llevamos en nuestro ADN un magnífico sentido del humor. Una muestra es la capacidad que tenemos para ponerle un apodo a alguien. Cuando observamos las características de una cosa, inmediatamente las asociamos con la persona que conocemos. Y se vuelve tan importante el apodo, que este llega a abstraer el nombre y el apellido, tanto que nadie los recuerda, solo sobrevive el apodo. ¿O es que ustedes se acuerdan, sin guglear, cómo se llamaba el ‘Picure’?
         El apodo viene de la actitud de la persona, quizás de alguna habilidad, de su forma de hablar o de caminar. A mi papá le decían ‘Caribe’, y si mi mamá no se avispa, hoy en día me estarían llamando en los bajos fondos la ‘Caribita’, porque obviamente la ‘Cariba’ era mi mamá. No sé por qué el apodo, pero imagino que era por el carácter fuerte, porque cuando se molestaba casi se comía al mundo (creo que al final del cuento sí soy ‘Caribita’). A mi primo le dicen el ‘Mudo’ porque cuando era pequeño no hablaba, ahora habla hasta por los codos; y así se quedó, en el pueblo no lo conocen por Antonio, sino por el ‘Mudo’.
         Me encanta ver fútbol; y es curioso escuchar que durante estos juegos los comentaristas no siempre nombran a los jugadores por sus nombres, sino por sus sobrenombres o apodos (o motes como dirían los cuates). En 90 minutos es posible escuchar cosas como el ‘Cebolla’ Rodríguez, el ‘Loco’ Abreu, el ‘Apache’ Tévez, ‘Chicharito’ Hernández, hijo del ‘Chícharo’, el ‘Pipita’ Higuaín, hijo del ‘Pipa’, el ‘Mago’ Valdivia, el ‘Káiser’ Márquez, la ‘Pulga’ Messi, el ‘Pájaro’ Vera, el ‘Tigre’ Falcao, el ‘Rey’ Arturo y hasta un ‘Pelusa’ jugó fútbol.
         El beisbol tampoco se escapa de esta maña ‘apodística’ (soy tiburona y pitiyanqui, por cierto). Aquí podemos escuchar, no en 90 minutos sino hasta que el cuerpo aguante, cosas como el ‘Panda’ Sandoval, el ‘Gato’ Galarraga, ‘Big Papi’ Ortiz, el ‘Matatán’ Alfonso (expresión dominicana), el ‘Buitre’ Regan, el ‘Comedulce’ Abreu, la ‘Pared Negra’ Pérez, el ‘Hacha’ Castillo, el ‘Rey’ Hernández y hasta un ‘Bambino’ estuvo por el diamante.
         En el común, en el día a día, hay gente que parece piña bajo el brazo, hay gente pata e loro, hay gente vampira o sanguijuela, hay hijos de Lindbergh, hay caimanes y caimanas, hay radio bemba o radio pasillo, y hasta el infinito.
         Mi vecina, la que ustedes ya conocen, es la ‘Cuchona’ o a veces ‘Fufurufa’, mi mamá ya saben que es la ‘Cucha’, pero ahora es ‘Cara e Molleja’ (cortesía de una novela) y yo ahora soy ‘Cara e Bostezo’ (cortesía de la misma novela). De todos los sobrenombres que me han puesto en mi vida, este es el más acertado, porque como buena pisciana me encanta dormir; yo escribo y hablo dormida, y lo mejor es que no se me nota, la mejor habilidad que tengo.
         Y a ti, ¿cómo te llaman?

laurajaramilloreal@gmail.com





Año V / N° CLIX / 3 de julio del 2017


Otros artículos de Laura Jaramillo:
PNL: más vida [CLV], 5 jun. 2017


lunes, 26 de junio de 2017

Obsoletely fabulous [CLVIII]

Sérvulo Uzcátegui Gómez



Jean Carlo Simancas y María Alejandra Martín como Gabriel 
y María Eugenia en Ifigenia (1986)de Iván Feo



         No, este breve artículo no trata sobre la, en otros lares famosa, aquí apenas conocida serie de la BBC. Tampoco sobre la serie de dibujos animados Futurama, de donde quien escribe extrajo el título, una paráfrasis del título de la sitcom británica, para este artículo. Es verdad que el tema es una socialite, pero hasta allí llega la comparación, por la que quien escribe casi que pide sinceras disculpas. Se trata de una socialite de hace mucho, mucho tiempo, y de una tierra muy, muy lejana, pero que paradójicamente es nuestra ahorita tan convulsionada Venezuela.
         Teresa de la Parra (siendo éste sólo su nom de plume, Ana Teresa Parra Sanojo era su nombre real) fue una dama de abolengo, y efectivamente, aunque fuera por un período relativamente fugaz, una socialite de su época, que vivió gran parte de su corta vida (segada, como la de Franz Kafka, por la tuberculosis) fuera del país, lejos del cual murió. Teresa, presa del incontenible prurito que la llevó a escribir, se vio y se sintió invadida por un germen que, en su tiempo, comienzos del siglo XX, afectó tal vez a más gente de entre nosotros que ahora, comienzos de este siglo XXI: el germen de la venezolanidad.
         Quien escribe estudió Letras e Idiomas Modernos en la Universidad Central de Venezuela desde comienzos de los años 80 hasta comienzos de los 90, vivió más arribita del Panteón Nacional (el de toda la vida, sin esa curiosa carpa de concreto y acero que acampa tras él hoy en día), en lo que ya puede llamarse la vieja Caracas, depauperada y deteriorada como ya estaba por aquellos días, en circunstancias que se asemejan, si bien no del todo, a las actuales. Era habitual para este servidor caminar a través del Parque Los Caobos rumbo a Plaza Venezuela y a la Ciudad Universitaria. La caminata empieza pasando la Plaza de los Museos. Y justo allí, al comienzo, está la estatua en mármol blanco de Teresa de la Parra, obra de la escultora Carmen Cecilia Caballero de Blanch. Allí fue dejada hace ya algunas décadas, ornando el comienzo del paseo del parque, y hasta la actualidad, Anno 2017 (datando la última visita personal de noviembre del año pasado) sigue allí, tan blanca, etérea y hermosa como en la primera (fenomenal) impresión que causó en el autor de estas líneas.
         No existen testimonios sonoros —hasta donde se sabe— de su voz, de la cual se ha escrito que era dulce y melodiosa, con acento de España a raíz de su larga estadía en la península ibérica, y, por su desenvoltura en la cultura y la sociedad galas, encantadoramente salpicada de expresiones coloquiales del francés. La soltura, el irónico humor y el desenfado en el switching del español al francés saltan a la vista y deleitan, sobre todo en sus cartas y en Ifigenia, su primera novela; teniéndolas ante sí en la memoria, puede afirmarse que ellas son lo más cercano a la vivencia de escuchar a Teresa como la amena conversadora cosmopolita que a uno (obviando las diferencias de clase de entonces) le hubiera encantado conocer. Pero a la hora de la escritura que desplegó, sobre todo en su pequeña obra maestra de madurez, Las memorias de Mamá Blanca, y en sus conferencias sobre La influencia de las mujeres en la formación del alma americana, el lenguaje se vuelve castizo y, más que nada, venezolano. No hay en su español ni una falla en todo cuanto el redactor de este artículo ha alcanzado a leer —a lo largo de su vida y más recientemente— de la obra de Teresa, limitada por la brevedad de su vida, que se pudiera detectar o considerar como falla; en su vocabulario, ortografía, gramática y sintaxis (¡la de los dos idiomas!), todo sitzt, paßt und hat Luft, como dirían en alemán; es immaculé, como habrían dicho por aquel entonces, y flawless, como dirían hoy en día. No en vano quien escribe considera a Teresa de la Parra (al menos en el idioma español) una maestra que le animó a escribir y le enseñó cómo hacerlo.
         Y aunque esa belleza, esa perfección de la escritura de Teresa, en su suma de sensibilidad, indulgencia, introspección, costumbrismo y nacionalismo, ni se astille ni se oxide con el paso del tiempo, es de temer que al cabo de los ya casi cien años desde su publicación también caiga presa, como muchas otras cosas bellas más, de la obsolescencia. Podrá caer en desuso, pero no perderá nada de su perfección ni de su belleza.
         Será anticuada y obsoleta, pero siempre será obsoletamente fabulosa. Obsoletely Fabulous.
servuzcg@yahoo.es





Año V / N° CLVIII / 26 de junio del 2017

lunes, 19 de junio de 2017

Celebrando el español (III): a propósito de “El idioma castellano” [CLVII]

Luisa Teresa Arenas Salas


Terentius Neo el panadero y su... marida.
Pompeya, 50-75 después de Cristo



         Más vale tarde que nunca, un refrán que siempre utilizo cuando olvido una fecha de cumpleaños y, luego, remiendo el capote felicitando en fecha posterior. Y, como a buen entendedor pocas palabras bastan, ya sabrán que estoy dando disculpas por mi tardanza en publicar este tercer y último rito referido al poema “El idioma castellano” de Pablo Parellada y Molas (1855-1944), sobre el cual hablamos el 11 de abril (Ritos CIII), y después el 2 de mayo de 2016 (Ritos CVI), los cuales les sugiero releer para hacer más digerible lo prometido.
         La intención de este tercer “apretado” rito es hacer un comentario lingüístico de ese quijotesco poema distinguido por su jocosidad, su lógica, su ostensión. Reflexionemos, pues, desde la ciencia lingüística, los planteamientos lógicos del autor que le hacen exclamar “que es preciso meter mano / al idioma castellano, donde hay mucho que arreglar” (v. 4 a 6, e. 2). ¡Claro! La reflexión obliga a destacar la intención chistosa, festiva del autor, así como la función lúdica y poética del lenguaje que emplea, engranada con la función metalingüística. Este es el quid del asunto, usa el código (lengua) para referirse en juego al mismo código (“idioma castellano”), al que califica de “irracional”. No obstante, como con su juego poético particular quiere dejar “convencido el más profano” (v. 2, e. 28), es decir, al “que carece de conocimientos y autoridad en una materia” (DLE), yo, como menos profana y conocedora del tema que soy, me dispongo a deconstruir su ingenioso juego lingüístico, un tipo de tarea que propongo a mis estudiantes a partir de textos humorísticos.
         ¡Activemos, pues, nuestra competencia lingüístico-pragmática para entender la estructura conceptual con la que juega nuestro ingenioso autor, sustentada en los distintos niveles lingüísticos para lograr su fin pragmático: hacer reír al lector! ¿Cómo lo hace? Con uno y “otro cuento” poéticamente urdidos.
         “¿Por el acento?” (v. 1, e. 4). Y añade: “por esa insignificancia” (v. 2, e. 4) más una retahíla de ejemplos cuya “distancia” no concibe, a pesar de reconocer que “hay esa gran diferencia” (v. 3, e. 3) entre buqué y buqué, entre tomas y Tomás”, entre topo y topó, entre presidio y presidió, entre ingles e inglés. Es la diferencia semántica esencial que produce el acento (fonema suprasegmental) hecha juego a través de la paronimia: una relación semántica en la que dos (o más) palabras se asemejan en su sonido, pero se escriben de forma diferente y tienen significados distintos, usualmente no relacionados.
         “Mas dejemos el acento” (v. 1, e. 5) “y vamos con otro cuento” (v. 4, e. 5): “el sexo a hablar nos obliga” (v. 1, e. 9), dice, después de haber construido esta idea loca, pero lógica, en su pensar: “¿Y la frase tan oída / del marido y la mujer, / por qué no tiene que ser / el marido y la marida?” (v. 1 a 4, e. 7). Y el cuento aquí es la relación entre los términos sexo y género: dos conceptos diferentes en el sistema español que no debemos confundir. Sexo, concepto biológico, y género, concepto gramatical. Esto sin incorporar la nueva acepción de género adoptada por la teoría feminista.
         La RAE y la ASALE en el Diccionario panhispánico de dudas (2005) nos lo aclaran: “Género. En gramática significa ‘propiedad de los sustantivos y algunos pronombres por la cual se clasifican en masculinos, femeninos y, en algunas lenguas, también en neutros... Para designar la condición orgánica, biológica, por la cual los seres vivos son masculinos o femeninos, debe emplearse el término sexo... Por tanto, las palabras tienen género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo (y no género)” (p. 310). Con esto juega en la estrofa 26, donde califica de “irracional” un hecho lingüístico en el nivel gramatical de los nombres sustantivos que no siempre varían en género (respuesta que adelanto a la siguiente interrogante): “¿Puede darse, en general / al pasar de masculino / a su nombre femenino / nada más irracional?” (v. 1 a 4, e. 26). La “hembra” (sexo) “...del velo es una vela; / la del pelo es una pela; / y la del plazo es una plaza” (v. 1 a 4, e. 27). ¿Es que acaso los referentes nombrados tienen sexo? Son palabras, no seres vivos; son sustantivos invariables en género que, de paso, al conmutarlos también resultan voces parónimas.
         En la pregunta donde introduce la oposición “marido / mujer”, el juego es con la denominada heteronimia, fenómeno por el cual sustantivos de gran proximidad semántica tienen etimologías y formas diferentes para masculino y femenino: hombre-mujer, caballo-yegua, padre-madre, yerno-nuera, toro-vaca, etc.
         También, el ingenio del poeta crea trabalenguas con voces homónimas, otra relación semántica en la que dos (o más) palabras se pronuncian de manera idéntica (homófonas), pero tienen etimologías y significados diferentes: “¿hay en el cielo cometa / que cometa algún delito?” (v. 3 y 4, e. 14); “De igual manera me quejo / al ver que un libro es un tomo; / será un tomo si lo tomo, / y si no lo tomo, un dejo” (v. 1 a 4, e. 21). Tomo y dejo son verbos antónimos (tomar y dejar); pero el sustantivo tomo (libro) no puede oponerse semánticamente a dejo, por ser un verbo y en su categorización de sustantivo no denota un objeto opuesto a “una parte de una obra impresa extensa” (DLE). En la actualidad, este ejemplo lúdico se parece al juego que la gente hace al criticar el uso de la voz “aperturar” (¡urticaria!) en los bancos, diciendo: si existe aperturar una cuenta, también debería existir cerradurar esa cuenta.
         Dejo entonces este comentario lingüístico hasta aquí porque Ritos de Ilación tiene limitación de palabras (y, aquí entre nos, ya lo excedí). Tomo prestada la expresión “arbitrariedad del signo” del llamado padre de la lingüística, Ferdinand de Saussure, a principios del siglo XX, para concluir que con ese concepto de arbitrariedad juega el poeta Parellada y Molas, quien seguramente conoció las ideas del lingüista: la ciencia lingüística no es lógica, los signos lingüísticos realizados en palabras asumen esa condición arbitraria producto de las convenciones creadas por la tradición y el uso.

ue.eim.ucv@gmail.com



Referencias
Arenas Salas, Luisa T. (2016). “Celebrando el español”. Ritos de Ilación CIII (11 abr.), 1. Disponible en http://ritosdeilacion.blogspot.com/2016/04/celebrando-el-espanol-ciii.html.
Arenas Salas, Luisa T. (2016). “Celebrando el español (II)”. Ritos de Ilación CVI (2 may.), 1. Disponible en ritosdeilacion.blogspot.com/2016/05/celebrando-el-espanol-ii-cvi.html.
Parellada y Molas, Pablo (1990). “El idioma castellano”, en Escandón, Rafael. Curiosidades del idioma. Caracas: Panapo.
Real Academia Española (2006). Diccionario esencial de la lengua española. Madrid: Espasa Calpe.
Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Bogotá: Santillana.




Año V / N° CLVII / 19 de junio del 2017