Edgardo Malaver Lárez

La multiplicación de los panes
y peces
(1897), de Arturo Michelena
Muchas veces pensé en las
últimas dos décadas, o más, que nunca lo vería, es más, que nunca llegaría a
suceder. Ha pasado más tiempo en otros casos, con más obstáculos, menos fe quizá
—aunque parece que nunca menos esperanza—,tanta gente ha muerto sin ver cumplido
tamaño anhelo, que alguna vez me dije: “Si va a suceder, será cuando mis nietos
sean ya ancianos, quién sabe”. Pero el día finalmente llegó y fue ayer. Ayer,
en la Plaza de San Pedro de Roma, el médico venezolano José Gregorio Hernández
Cisneros (1864-1919) fue declarado santo de la Iglesia Católica.
No es que los venezolanos
hayan esperado hasta ayer para amar y respetar a este conciudadano hasta el
extremo, pero ahora puede, con apego a las normas, tener la vida del doctor Hernández
como ejemplo de conducta virtuosamente cristiana e incluso de heroísmo en la vivencia
del amor a Dios y a los semejantes. Ahora está permitido hacer con él lo que
desde hace siglos y siglos se hace con personajes que, en algunos casos, debido
a la falta de información precisa y confiable, incluso se duda de que hayan
existido: venerarlo en los templos católicos. Ya comenzarán a aparecer parroquias
que lleven su nombre, quién sabe si esta misma semana.
Lo que no se duda en absoluto
—ni siquiera lo dudan los que no dan ni un centavo por los asuntos de la fe— es
que José Gregorio Hernández haya sido una mente brillante y disciplinada, un científico
respetadísimo en su época y un intelectual que no se dejaba engañar por los
artificiales límites que el hombre moderno quiere ver entre las ciencias y las
humanidades. Y su amor e interés por todo lo humano era de tal dimensión que,
además de todo, también era escritor. Sí, escritor, como Gallegos.
En el año 1912, José
Gregorio —perdón, es que en Venezuela casi nadie lo llama de otra forma, ni
siquiera en ambientes formales o académicos—llegó a publicar por lo menos tres
cuentos en la prestigiosa revista cultural El Cojo Ilustrado, de Caracas:
“Visión de arte”, “En un vagón” y “Los maitines”. De una vez les manifiesto que
los tres exudan poesía, los tres se ciñen a la estructura esencial del cuento, los
tres se adentran en el espíritu humano buscando diferentes rasgos y encontrando
siempre al final... a sí mismo.
El narrador de José
Gregorio está, como él mismo, buscando a Dios, naturalmente. En “Visión de arte”,
de los tres cuentos el primero en ser publicado, en junio de 1912, el
protagonista (y narrador en primera persona) parece al principio estar
escribiendo un libro. “Tomé la pluma”, dice al iniciar el relato, “y escribí
con desencanto: ‘Capitulo segundo. El arte’”. A partir de esta imagen, el
lector no acertaría a identificar en qué momento se funde la realidad del
personaje con la ilusión de unas escenas que el narrador llama “fantásticas” y
que inicialmente pueden traernos a la mente el comienzo de “El cuervo” de Edgar Allan Poe. Más
adelante por las escenas majestuosas y gloriosas desfilan personajes que recitan
la Ilíada en voz alta, inscripciones que podría haber escrito Virgilio, coros
celestiales que parecen tomados del Apocalipsis, voces que le indican al
personaje qué hacer a cada paso en una especie de región etérea y onírica.
La “visión del arte” que presenta
José Gregorio en este cuento no se limita a la elevación de la musa clásica de
griegos y románticos, pues incluso hay una escena que parece típicamente
caraqueña en que un “granuja” vocea números de billetes de lotería. No hace
falta esforzarse para ver en este pasaje a Panchito Mandefuá y la humildad de
su vida, recompensada con la cena celestial.
No tarda en aparecer la
imagen de Jesucristo en la escena de la multiplicación de los panes y los peces.
Jesús levanta los brazos al cielo en actitud de dar gracias al Padre, mientras
en la mente del lector se dibuja el cuadro de Arturo Michelena que retrata
aquel episodio. El protagonista es arrebatado a sitios para mostrarle todo el
poder que posee como creador de belleza, y más tarde se le dice: “No tienes
tiempo que perder”.
El cuento, de forma
metafórica, presenta a un José Gregorio Hernández que se siente artista e
igualmente escucha la llamada de la fe, que parece desear que arte y fe converjan
en una vida provechosa para él mismo y para los demás y, además, sea digna de los
dones que ha recibido. Aunque el narrador termina describiendo todo aquello
como una “simple visión imaginaria producida por el cansancio”, ni el texto ni la
vida del autor se queda en el arrebato, sino que aterriza en la única realidad de
que dispone: la vida asociada a un trabajo, a un camino, a un servicio que le
permite realizar una obra y ofrecer sus frutos a todos.
[La semana que viene
comentaremos el segundo cuento:
“En un vagón”.]
emalaver@gmail.com
Año XIII / N° DXIX / 20 de octubre del 2025
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