Edgardo Malaver Lárez

Imágenes de máscaras de
diferentes culturas
tomadas de El Cojo Ilustrado
Estoy pasando por una racha
de fascinación por los periódicos viejos. Comencé intentando leer El
Nacional, El Universal o Últimas Noticias, o cualquier
periódico venezolano que encontrara, del día de mi nacimiento, y me encontré
hipnotizado con El Cojo Ilustrado. No hace falta que les hable de la
importancia de El Cojo para la actividad cultural venezolana entre 1892
y 1915, pero sí puede ser necesario declarar que es tal su atracción sobre mí
que varias veces en los últimos años me he propuesto revisarlo, leerlo, recorrerlo
página por página en sus 24 ediciones por año.
Y ahora viene el azar y me
conduce a la edición 124, del 15 de febrero de 1897, donde me tropiezo con este
artículo “suelto” sobre las máscaras, su origen, su fabricación, y me convenzo
de que ese periódico es, ni más ni menos, un tesoro. Si hubiera nacido cien
años antes, esta semana de Carnaval, me habría gustado ser yo quien escribiera esto, en una columna de El
Cojo que quizá se habría llamado “Ritos de Ilación”:
Origen de las máscaras
Para buscar el origen de las máscaras, es preciso
remontarse a las fiestas sorprendentes de la ciudad de Venecia, en aquellos
buenos tiempos en que nadie podía salir sin máscara o sin velo durante el
Carnaval, a menos de exponerse a la burla y a bromas pesadas.
Parece como si el rostro humano quisiera ocultarse en
esos días de locuras, para tener más libertad, o tal vez para olvidarse de sí
mismo por un instante, y así, teniendo como disimulada su persona, echar a un
lado las penas de cada día, que van dejando surcos en la frente. Además, la
curiosidad se presta para la intriga, el incógnito para los quid prо quos.
El origen de la máscara, que es antiquísimo, se
remonta hasta los egipcios, los cuales tapaban con ella la cara de las momias
en las ceremonias fúnebres.
Las hacían de cedro, de vidrio, de cera, de palo
pintado, de bronce, de hojillas de oro.
Esquilo, entre los griegos, cambió su lúgubre destino,
y las introdujo en la tragedia: máscaras de ancianos, de esclavos, de mujeres y
de jóvenes, hechas a veces con dos caras, y otras representando divinidades
suaves o terribles. Practicaban la abertura de la boca de manera de dejar más
amplitud a la voz, lo que era muy necesario en las representaciones del teatro
antiguo, que se hacían a cielo descubierto.
Los galo-romanos se valieron de máscaras para las
saturnales de las calendas de enero; las máscaras eran grotescas en la
procesión del zorro en la Edad Media: llegaron a ser después horribles y
monstruosas, hasta que las prohibió el Concilio de Tours.
Fueron reemplazadas por las máscaras de seda y
terciopelo que todavía se usan. En el siglo diez y seis se generalizaron tanto
y con tan diversos fines que tuvo el Parlamento de París que prohibir su
fabricación. Llamábanlas “lobos” porque metían miedo a los niños.
Prohibidos los lobos, los reemplazaron las mujeres con
velos de crespón negro sobre el rostro “para[184] hacer sus picardías a través
de ellos y para lucir más blancas”, como dice una crónica del siglo diez y
siete. Más tarde fue autorizado el lobo “para los ballets”, aumentado ya con
barbas de encaje, por debajo de las cuales podía lanzar dardos a voluntad.
Hasta el siglo diez y ocho tuvo Italia el monopolio en
la fabricación de máscaras; el que estableció en París la primera fábrica fue
un italiano.
Hoy las hacen de cartón, de cera, de gutapercha.
Después de modeladas las máscaras de cartón, se les aplican dos capas de
pintura de un color claro, у luego se disponen los adornos. Las cejas, los
labios, la nariz, los cabellos y las mejillas se pintan con colores desleídos
en goma arábiga; después se abren los ojos, la boca, las ventanas de la nariz;
se les da barniz, se cortan los contornos y queda hecha la máscara.
Las máscaras de cera, que son más livianas, tienen un
trabajo más minucioso: es preciso bañar la tela en cera derretida; y presentan
el inconveniente práctico de costar un poco más que la simple máscara de
cartón.
Fabricación de caretas
Una careta, una nariz postiza, un antifaz, he aquí lo
que todo el mundo busca en estos es días de bulliciosa alegría y carnavalescas
fiestas. Pero nadie recuerda, al tirar la rota careta o la acartonada nariz,
que hay una industria que emplea numerosos obreros y obreras en la confección
de aquellos objetos, tan necesarios para todo el que se disfraza.
Empieza el trabajo el escultor sui generis, que
hace múltiples modelos para la fabricación de los moldes: escultor original,
sin modelos de visu, que apela a su fantasía para representar las más
caricaturescas expresiones de dolor, de sorpresa, de alegría y de cuantas
manifestaciones exageradas pueden aparecer en el rostro humano; y alarga la
lengua, estira la nariz, redondea los ojos, o alargando orejas y desarrollando
músculos, varía hasta el infinito la expresión.
Terminados los modelos, la fabricación de moldes
apropiados es la operación siguiente, los que, una vez terminados, van a parar
a manos de los obreros, que preparan una gran pila de hojas de cartón de vario
espesor, que, introducidas en el agua, se han ablandado suficientemente para
tomar las formas del molde a que se ajustan.
Y esta tarea, que parece de extrema sencillez,
requiere cuidado exquisito para evitar roturas, y recomponer con cola y cartón,
de producirse estas, de tal manera que no se rote la recomposición.
Puestas las caretas de cartón en ordenadas filas para
su secado al aire libre, si no se ha hecho esta operación en secadores
artificiales apropiados, pasan a otras obreras, las más artistas, que proceden
a dar barniz y colores. Ya está la operación terminada en general. Aún queda el
colocar cintas o gomas, algunos ralos cabellos en la frente o una peluca
artísticamente confeccionada; pero esto último, así como la fabricación de
caretas especiales y encargos determinados, constituye la élite de esta
original industria, que fabrica, si así lo exigiese el cliente, caretas
sobre medida, como quien pide un jaquet a la moda o un frac
elegantemente cortado.
Como decíamos arriba, los modelos para el escultor y
para las pintoras no se encuentran a la mano; la fantasía, la observación
callejera y la memoria, suplen las deficiencias que produce la falta de un
trabajo d’après nature. ¿Quién se prestaría a la grotesca expresión de
una careta de carnaval? ¿Y dónde hallar la variedad originalísima de tan
ridículas y múltiples transformaciones de esta estética de la fealdad humana?
El Cojo Ilustrado, núm. 124, 15 de febrero de
1897, p. 184-185.
¡Feliz Carnaval del 2026!
emalaver@gmail.com
Año XIII / N° DXVI / 16
de febrero del 2026
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