viernes, 14 de octubre de 2022

¡Tierra! ¡Tierra! [CCCXCVII]

 Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Allá, capitán. Ilustración de la Real Academia 

de la Historia de España


 

 

         A mí, lo que me atrajo de este grito, cuando lo leí en el libro de lectura de cuarto grado, fue que difería de lo que siempre oía yo en las películas, que era “¡Tierra a la vista...!”. Todavía me estoy preguntado por qué aquel cuento pretendía, en apariencia, sonar original, diferente, fuera de lo común. Si era para llamar la atención, conmigo lo logró al primer intento. Necesité años y años de reflexionar sobre esto para darme cuenta, hoy, de que gritando “¡Tierra! ¡Tierra!” en lugar de “¡Tierra a la vista...!”, al menos en la distancia del tiempo y el espacio en que yo lo veía, Rodrigo de Triana sí denunciaba la desesperación que ya se vivía en el barco, que ya ponía en peligro la vida del capitán, además de la sorpresa de encontrar, después de muchos días infructuosos, lo que buscaban. Y también se oye en su grito la alegría de ver que aquel viaje de locos estaba por terminar... aunque en realidad no fuera así.

         Otra cosa que podemos pensar de la particular repetición que lanzó De Triana aquella mañana de octubre es la expectativa de ser él quien se ganaría, no únicamente los 10.000 maravedíes que habían prometido los reyes que darían al primer marinero que avistara las Indias (o las Chinas o los Japones). Don Cristóbal había prometido igualmente, días antes, un jubón de seda, que por lo que parece, de vuelta a España, sería de mucho lucir.

         Sin embargo, quien ha leído el Diario de a bordo de don Cristóbal, sabe que la noche anterior al avistamiento, el capitán había visto en la distancia unas “candelillas” que le parecían a él, aunque menos a sus colaboradores, indicio de actividad humana en territorio seco. Y aun antes habían ido encontrando en la superficie del mar diversidad de hojas, palos y otras cosas, incluso un trozo de madera labrada y con una pieza metálica, que implicaban la cercanía de una costa. O sea, el descubrimiento de América fue, más que un acontecimiento, un tránsito, un recorrido que se tomó días, no fue repentino —y en realidad llevaba años en el horno, por lo que sabemos de las peripecias de don Cristóbal para lograr el dinero necesario—. Mas, aunque el diario del capitán dice claramente que fue De Triana quien vio por primera vez la isla salvadora, se sabe por documentos posteriores que el premio se lo llevó Colón.

         Además de esto, a aquel marinero que se subió al palo mayor para verificar que se acercaban a tierra se refieren en los documentos con varios nombres: Rodrigo de Triana (o más bien “un Rodrigo”, que quizá era “Rodríguez” debido a un error del escribiente y que decía ser de un lugar llamado Triana), Rodrigo Pérez de Acevedo, Juan Rodríguez Bermejo (el único de los hombres de Colón que, según varios autores, procedía del municipio de Lepe, de donde era De Triana), “el marinero de Lepe” o simplemente “el lepero”. Es decir, en esta historia existen tantas dudas e imprecisiones con respecto a tantos detalles que hasta existe la duda de que realmente haya existido el histórico muchacho —tan simpático que siempre me ha caído a mí— que lanzó el grito de “¡Tierra! ¡Tierra!”.

         Al final, decepcionado por la injusticia que se le había hecho, y harto del alboroto en que se había convertido aquel asunto de las Indias, según la narración de sus compañeros de expedición, De Triana se alejó de la marinería, se fue a África a perderse en ella, y llegó a “abjurar de la fe”, que no es poca cosa. En Lepe, sin embargo, hay estatuas en que se le representa señalando hacia Guanahaní. Y en el escudo del municipio aparece dentro de su cesta del mástil, dueño así de la memoria y el orgullo de su pueblo.

         También yo pienso en él y en la única palabra suya que quedó escrita, la misma dos veces. Cada vez que hago un descubrimiento, aunque sea, como en el caso de Rodrigo, la constatación de algo que ya otros —o yo mismo— habían observado, encontrado, descubierto, recurro al grito marinero que cerró la Edad Media y nos introdujo en la Edad Moderna: “¡Tierra! ¡Tierra!”. Era viernes.

 

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Año X / N° CCCXCVII / 14 de octubre del 2022

 

lunes, 10 de octubre de 2022

¡Stop! [CCCXCVI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Quién tuviera lápiz y papel para jugar stop, ¿verdad?
Los hijos de los barrios (1967), de César Rengifo

 

 

         Hoy, viernes, llega mi niña de la escuela, entusiasmada con un juego nuevo que ha conocido en el recreo. Dice que se llama tutti frutti, pero, apenas comienza a explicarme cómo se juega, adivino que se trata de nuestro recordado stop de los viejos tiempos. Y, después de almorzar, jugamos varias partidas. Es entonces cuando comienza la verdadera diversión, gracias a las trampas que hacemos los dos: ella preguntándonos a su mamá y a mí en voz baja algunas respuestas y yo saboteándoles el juego a las dos... porque no hay mejor modo de jugar stop que saboteándolo.

         ¡¿Qué?! ¡¿Cómo se atreven a decir que no hay que sabotear el juego?! ¿Cuántas partidas son capaces de jugar ustedes respondiendo solamente, guiados por el impoluto rigor alfabético y ortográfico, nombre con A, Andrés; apellido con F, Fernández; ciudad con M, Maturín, etc.? Eso puede funcionar e inyectarle a uno algo de adrenalina durante tres o cuatro partidas, pero a partir de entonces se acaba el combustible.

         El stop no es divertido si uno no hace trampa, y hay que entender trampa como picardía, como buen humor, como imaginación para tratar de demostrar que una respuesta es correcta, a pesar de que tengan todos claro que no lo es. También requiere que los demás se den cuenta de que lo que uno quiere es bromear, jugar por encima del juego. Por ejemplo, después de cantar ¡Stop!, el que está de turno pregunta: “¿Fruta con E?” (acaso lo más difícil de encontrar en la historia mundial del stop), y primos, tías y amigos responderán: “Ay, no se me ocurrió ninguna”, y usted, que se ha guardado para responder de último, lanza: “¡El tamarindo! ¡Gané!”. La persona más seria del mundo se va a reír, y ganamos todos. Preguntan: “¿Lugar con E?”, y su hermana mayor dice: “Ecuador”, y su tío: “Escocia”, y su amigo José: “¡El Tigre, estado Anzoátegui!”, y usted: “En un lugar de la Mancha...”, y eso ya termina de romper la bicicleta. Es decir, los que se quieran molestar se van a ir y los que quieran sumarse a la risa, van a comenzar a modificar sus respuestas para causar carcajadas. Y si alguno decide permanecer en el juego, sus protestas van a divertir a todos... y a él mismo.

         En la partida de hoy cuando tocó poner un país con H, yo puse Olanda, y mi niña no me la quería aceptar argumentando que ese nombre comenzaba con H. Yo, honestamente, no había oído nombrar esa letra antes en toda mi vida. Tampoco quería aceptar “Gordo” como animal con P. Yo le conté que una vez había conocido a alguien que tenía una mascota que se llamaba Gordo, y la mascota era un perro, y perro comienza con P. ¿No vale?, ¡¿por qué?!

         Haciéndome el loco con respecto a vuestra respuesta, voy a comentarles que fuera de Colombia, Venezuela, Puerto Rico, República Dominicana, Nicaragua y Costa Rica (o sea, la mitad del Caribe), no se utiliza el término stop para este juego que, por lo que leo, nació en Alemania en el siglo XIX. Un poco más allá, en México y Guatemala, por la información que me susurran, se popularizó como ya basta. Más acá, en Chile —a menos que alguno de mis conciudadanos venezolanos me corrija—, lo llaman pare el carrito, autopéncil, cancelado y... ¡bachillerato!, ¡como en francés! Los ecuatorianos pueden llamarlo chantón o párame la mano. En Perú, como ya oyeron, lo llaman tutti frutti, pero también lo hacen en Uruguay, Paraguay y Argentina. Es el único caso en que no logro comprender el porqué del nombre. Ah, en España le dicen alto el lápiz...

         ...Que es lo que voy a hacer ahora mismo, detener el lápiz, porque así es el stop, de un instante a otro, alguien grita: “¡Stop…!”, y se acabó.


(30 de septiembre del 2022)

 

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Año X / N° CCCXCVI / 10 de octubre del 2022


 

 

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martes, 4 de octubre de 2022

El octubre más breve de la historia [CCCXCV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

La ventaja de guardar papeles viejos. Calendario oficial
del año del Señor de 1582

 

 

 

A la memoria de mi amigo Gustavo Lanz

 

         Yo tenía en Margarita un amigo guayanés llamado Gustavo, que, excepto por su confianza extrema en la Virgen del Valle, no tenía casi nada de religioso. Cada 4 de octubre, sin embargo, manifestaba su felicidad por haber nacido el mismo día que san Francisco de Asís, “el santo de los animales”. Le encantaba ese título, porque, como san Francisco, Gustavo amaba a los animales. Cómo me hubiera gustado verlo asombrarse al leer que hubo un año en que la historia se abrevió precisamente... el 4 de octubre.

         Mucho después de la época en que vivió san Francisco, bastante después de terminada la Edad Media, llegó un día en que, después mucho cálculo, la humanidad se despidió de un mes tan normal como septiembre, y se introdujo, por primera vez, en un octubre que tendría apenas 21 días. ¡Veintiuno! En el año 1582, por bula del papa Gregorio XIII, para recuperar los 10 días que se habían ido quedando en el camino debido a los cálculos imprecisos que se habían hecho en Roma para instaurar el calendario juliano, a la medianoche del día de san Francisco de Asís, los calendarios debían saltar al día 15.

         En realidad no fue toda la humanidad: fueron solamente Italia, España, Portugal y Francia, los países que inmediatamente adoptaron el cambio, porque, después de todo, se trataba de un asunto que, como en la antigua Roma, atañía a la administración del Estado y luego, también, a la vida cotidiana.

         Como recordarán —porque aquí en Ritos de Ilación lo hemos dicho antes—, el calendario juliano, llamado así para honrar al gobernante romano que lo propuso, el célebre Julio César (100-44 antes de Cristo), entró en vigencia en el año 46 después de Cristo. Los matemáticos de César habían llegado a la conclusión de que el año duraba 365,25 días. ¿Veinticinco centésimas de día? Sí, seis horas, y pensaron que con agregar un día a febrero cada cuatro años sería suficiente para normalizarlo todo; pero resulta que ese cuarto de día no era exactamente de seis horas sino, como calcularon los matemáticos de Gregorio XIII, 11,25 minutos menos. Para el año 1582, cuando ya los españoles habían penetrado tanto en América como para fundar Buenos Aires dos veces, se habían acumulado 10 días de atraso.

         El error era conocido ya en el siglo IV, e incluso en el siglo XIII los expertos de Alfonso X el Sabio (1221-84) calcularon que hasta entonces el calendario juliano se desfasaba a un ritmo de 10 horas y 44 segundos cada año. Durante casi 1.540 años no pareció una diferencia demasiado significativa, hasta que en el calendario litúrgico, que era el importante para el mundo cristiano centrado en Europa, el error acumulado terminó alterando la fecha en que se celebraba la Pascua, que estaba fijado en el domingo siguiente a la primera luna llena de primavera. El papa entonces creó una comisión que debía hacer los cálculos para ajustar el calendario y, a partir de sus recomendaciones, emitió en febrero una bula que anunciaba el cambio para octubre de 1582.

         ¿Y qué pasó? Pues no pasó gran cosa, o pasaron cosas curiosas. Si las fiestas de cumpleaños hubieran sido tan populares como ahora (que no lo eran), los niños nacidos, por ejemplo, el 6 de octubre del año anterior, no habrían podido celebrar su primer cumpleaños sino en 1583. National Geographic cuenta que santa Teresa de Ávila (1515-82), que murió a las nueve de la noche del último día del calendario juliano, por causa de este cambio tuvo que “esperar” diez días para ser enterrada. Algunos países se resistieron tanto a adoptar el nuevo calendario que aún hoy, en la biografía de un escritor tan reciente como Fédor Dostoievski (1821-81) se tropieza uno con la nota en que se indican sus dos fechas de nacimiento y las dos de su muerte. Son 240 horas que sencillamente no existieron en nuestra historia.

         Cómo me hubiera gustado contarle esta historia a mi amigo Gustavo, que siempre me preguntaba si yo no tenía “entre mis curiosidades” algún dato suculento sobre el cual conversar o leer. Los ojos se le hubieran salido de las órbitas, incluso de las monturas de los lentes, cuando le dijera que con el calendario gregoriano la próxima vez que el actual e ínfimo desajuste exija un nuevo cambio de calendario será, según National Geographic, dentro de más de 3.000 años.

 

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Año X / N° CCCXCV / 4 de octubre del 2022

 



Otros artículos de Edgardo Malaver


viernes, 30 de septiembre de 2022

Quiero ser Anónimo [CCCXCIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

  

 

Los traductores ven en la penumbra. La gruta azul (1873),
de Ramón Bolet Peraza


 

         Seguramente habrá oído usted ese chiste simple que hacen algunos cuando hablan de manera superficial de literatura: “Qué autor más prolífico era este señor Anónimo, ¿no?”. La verdad es que Anónimo pareciera ser más bien el nombre de un grupo que, puesto a decidir el destino de sus obras, optó por un borgiano trueque de fama por renuncia.

         Lo que quizá no haya oído antes es que existen en ese pariente de la literatura que es la traducción ciertos ideales que la persiguen adondequiera que aquella la conduce. Uno de ellos es la necesidad inevitable o, más bien, la obligación generosamente aceptada (aunque en el fondo es un deseo antinaturalmente autoinducido) de ser invisible. La invisibilidad en traducción significa que el traductor debe crear en el texto que entrega a sus lectores una atmósfera que les produzca las mismas sensaciones e ideas, los mismos placeres y angustias que el original ha de haber provocado en el mundo interior del lector de su primera lengua. Se supone, entonces, que el traductor debe brillar por su aparente ausencia.

         El problema es que, así como no desaparece un autor cuyo nombre se ignora, invisibilidad (y aun “aparente ausencia”) no significa en absoluto negación, mucho menos inexistencia. Y es un problema porque quien escribe una novela o un artículo para The Economist no trabaja más que quien los traduce, y sin embargo, el mundo actual, que se ufana de haber perfeccionado a tal punto sus formas de comunicación que estas han salido ya de la atmósfera, parece unánimemente decidido a ignorar por completo la ineludible necesidad de la traducción para lograr una comunicación de tal calibre.

         Si usted ha comprado alguna vez un horno de microondas surcoreano, un teléfono celular noruego, una plancha francesa, lo más probable es que durante su fabricación algún traductor brasileño haya traducido algún contrato al italiano o un manual de instrucciones al inglés para un fabricante que opera, por ejemplo, en Tokio.

         Aunque siempre hay quien cuida los pequeños y grandes detalles, en miles de casos es perceptible (porque es incomprensible) esa gruesa cortina que se despliegan sobre el trabajo de los traductores. Muchos miembros de las industrias editorial, televisiva, cinematográfica, farmacéutica, etc., en contra de la ley, suelen omitir sin razón la sencilla mención de que lo que están publicando ha sido escrito en otro idioma, como si fuera una debilidad haber acudido a un traductor o como si la palabra traducción fuera para un informe científico o una película una mácula imborrable y vergonzosa. No pasa en todas partes, pero en Venezuela pasa todos los días.

         Se dirá que el mundo entero tiende hoy a hablar inglés, lo cual reduce mucho la necesidad de la traducción. Sin embargo, en todas las épocas ha habido lenguas dominantes que todos han tendido a aprender para trabajar, hacer negocios e incluso ir a la guerra, y está claro que eso no ha eliminado la necesidad de traducir.

         Yo soy traductor y traduje Las mil y una noches al alemán, traduje Lazarillo de Tormes al chino, traduje Beowulf al ruso. Si no hubiera sido por mí, habría tenido que ser por otro traductor que Ionesco, Fellini y Botero se nutrieran como artistas de ese maná literario que son los cuentos de Sherezade o las penas del pobre Lázaro. Si no fuera por mí, en este instante, el Nóbel de Literatura del 2047 no estaría leyendo Elogio de la locura, que posiblemente será esencial para el trabajo que le granjeará tan codiciada distinción.

         También soy el traductor de muchas de las noticias que usted lee u oye todos los días mientras va al trabajo. Y me dedico a cuidar que sus hijos no pierdan el hilo de las aventuras de Barney, Harry Potter y Los Increíbles.

         Por estas y otras razones, por lo menos hoy que es San Jerónimo, yo también quiero tener nombre. Quiero que me llamen, al menos, Anónimo.

 

Originalmente publicado en El Universal, Caracas, 3 de octubre del 2005, pág. 4-8

 

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Año X / N° CCCXCIV / 30 de septiembre del 2022




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Jerónimo, o por qué celebramos el Día del Traductor el Día de la Secretaria

De cómo la traducción engendró la literatura latina

Paradójica e imposible naturaleza de la traducción

El traductor polémico 


lunes, 19 de septiembre de 2022

¿Cuántas naranjas son varias naranjas? [CCCXCIII]

Edgardo Malaver

 

 

 

Ahí te dejé varias frutas. Naturaleza muerta
con flores y frutas, de Marcos Castillo

 

 

         Hace ya un tiempo se me ocurrió hacer una “encuesta” para explorar qué idea tienen los hablantes del español de la cantidad de objetos a la que se refieren cuando dicen “varias nubes”, “varios niños”, “varias naranjas”. No he llegado a hacerla seriamente, es decir, más allá de hacerles la pregunta a dos o tres personas que se encuentren conmigo en el momento en que lo pienso... y si el contexto lo permite; pero ahora he comenzado a escuchar con demasiada frecuencia, por ejemplo en las noticias, expresiones como “En el mundo viven varios habitantes”, “Son superproyectos de varios dólares”. ¿De veras viven en el mundo “varios habitantes”? ¿Cuántos millones de dólares son “varios dólares”?

         En primer lugar, la palabra varios es —aunque a mí me gusta más decir que puede actuar como— un determinante indefinido del sustantivo. (Hay quienes lo llamarían “adjetivo determinante”, pero siempre sería indefinido.) Uno puede decir, por ejemplo, Allá hay varios juguetes, pero ni el hablante declara cuántos hay ni, a partir de estas palabras, el oyente logra adivinarlo. Hay que ir a contarlos. Lo único que está claro, a pesar de la indefinición, es que no son muchos. Varios, entonces, es sinónimo de pocos... incluso muy pocos.

         Además, varios puede actuar también como pronombre indefinido, o sea, que como cualquier pronombre, es capaz de sustituir un sustantivo. En la oración Tengo en casa varias ediciones de este libro, varias es determinante indefinido, pero se convertirá en pronombre indefinido si la oración cambia a Tengo varias. Aquí, igualmente, no tenemos idea del número preciso de ediciones de las que se habla, pero sí sabemos que no son cientos... ni siquiera decenas.

         Existe otra forma de usar varios: Mi hermano ha comprado verduras varias. Está claro que aquí se trata de un adjetivo en toda regla que significa ‘variadas’, ‘diferentes entre sí’. Aparecer postpuesto crea en este caso una buena diferencia con el determinante, aunque no sepamos, que no lo sabemos, si son muchas o pocas.

         ¿Qué significa, entonces, varios? ¿Cuántas papas son varias papas? En mi mundo, dos son demasiado pocas para que uno necesite recurrir a la vaguedad de varias. Me pasa lo mismo con tres. Quizá con cuatro comience uno a necesitar más tiempo para contar con cuidado, para calcular, para dar un aproximado más o menos justo. ¿Cinco, entonces? ¿Seis? ¿Hasta dónde llega la falta de certeza? ¿Hasta diez? ¿Hasta doce? Bien podría ser que, sin darnos cuenta, pensemos que al llegar a doce ya podemos cambiar a docena y a partir de ahí vuelve la vaguedad hasta... ¿15? ¿Hasta 20? ¿Y cuándo pasamos de eso a mucho? ¿Y a bastante? ¿Y cuándo se derrama el vaso y llegamos a demasiado?

         Inyectándole la mayor precisión que puedo a este asunto, que llega hasta el punto en que se tropieza con el infinito matemático que existe entre un número entero y el siguiente, creo que varios podría quizá referirse a una cantidad que más o menos se inicia en tres (con seria tendencia a cuatro más bien) y, con cierta duda, comienza a agotarse lentamente cuando, a las tientas y a las locas, se aproxima un poco a 10, quizá a 11, no sé, algunas veces, no tantas. No reparen en todas las señales de indefinición que hay en la oración anterior, porque terminarán pensando que no tengo certeza sobre este asunto.

         ¿Alguien la tiene? Para eso exactamente ha sido creado el lenguaje vago, para no dejar marcas muy ciertas de aquello que decimos, para esconder nuestra falta de conocimiento exacto de algún hecho, cantidad o concepto, o para crear confusión en la mente del oyente, para no darle ventaja, para desorientarlo a nuestro favor. La vaguedad de muchísimas palabras que nos encontramos a diario no es, por tanto, fruto únicamente del desconocimiento, de la falta de comprensión o de la ingenuidad. Puede ser, y a menudo lo es, un producto de nuestra imaginación, de nuestro interés personal por lograr algún objetivo o, también, de nuestra perversidad. O puede ser un instante de desatención de lo que se dice.

         Esta última será la explicación que prefiramos las más de las veces, en especial en la lengua hablada y en particular cuando somos nosotros mismos quienes hablamos. Sin embargo, siempre es posible apelar a la calculadora: un numero grande de cosas (la población de un país, por ejemplo) no es compatible con la escasez explícita en la expresión varias cosas... Son muchas las cosas que admiten varios ceros a la derecha.

 

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Año X / N° CCCXCIII / 19 de septiembre del 2022

 



Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 12 de septiembre de 2022

Annus mirabilis [CCCXCII]

Edgardo Malaver

 

 

El horror y la maravilla suelen vivir juntos.
La miseria (1886), de Cristóbal Rojas

 

 

 

         La muy contemporánea expresión annus horribilis —que apareció, a pesar de su apariencia de antigüedad romana, en 1891, pero la acaba de popularizar, en 1992, la recién fallecida Isabel II— tiene, como era de esperar, una contraparte positiva. Es agradable comprobar que esta, la positiva, es más antigua y que tuvo un origen literario.

         Aunque construida en latín, las dos expresiones nacieron en la lengua inglesa, y annus mirabilis, en un poema de John Dryden (1631-1700), poeta, dramaturgo y traductor. Dryden, que siendo aún joven se convirtió en el modelo de escritor del período de la Restauración, publicó en 1667 un poema que enriqueció su reputación hasta el punto de obtener un cargo en la corte real. El poema se titulaba justamente así: “Annus mirabilis”, que al español habría que traducir como ‘año milagroso’ o ‘de los milagros’, ‘año maravilloso’ o ‘de las maravillas’. Curiosamente el texto trataba acontecimientos terribles que habían sucedido en el año anterior: la Gran Peste y el Gran Incendio de Londres. El poeta incluso comenzó a escribir el poema en el campo, donde se había confinado para huir de la epidemia de peste bubónica. Varios autores reflexionan que quizá el “milagro”, la “maravilla” a los que Dryden se refiere sean el hecho de que muchos lograron salvarse de tantas tragedias.

         Sin embargo, hubo también sucesos favorables para Inglaterra en aquel momento, como la victoria militar británica en la Batalla de los Cuatro Días, en junio, y la del Día de Santiago, en julio. Otros autores mencionan que el Incendio de Londres, que dejó a 70.000 personas sin hogar, trajo una renovación de la ciudad, emprendida por el rey Carlos II (¡oh, sí, el Carlos anterior al que acaba de heredar el trono de Isabel!), y aquello había que celebrarlo. Otro que, gracias al confinamiento, tuvo tiempo de estudiar y reflexionar mucho fue Isaac Newton, quien durante aquel período desarrolló la teoría de la gravitación universal y otras cuantas.

         Más esotéricamente, muchos relacionaron el año 1666 con el número 666 del Apocalipsis o con la atractiva escritura de aquel número en caracteres romanos, MDCLXVI, en que se utilizan todas las cifras posibles y en orden descendente. Creyendo que estas coincidencias confirmaban ineludiblemente el fin del mundo, mucha gente dejó atrás vicios y conductas reprochables, lo cual, sin ser seguramente el propósito del poeta, puede decirse que cantaba como milagro.

         Después de aquella fecha, diversas otras han sido “bautizadas” como annus mirabilis. El año 1905 es uno de ellos, a partir del hecho de que el físico Albert Einstein publicó ese año una serie de artículos que terminaron generando una nueva visión de la ciencia en general.

         Y aun hoy en día sigue haciendo maravillas la herencia de Dryden. Quizá se sorprenderán de saber que el nombre Mirabel, que este año ha sido tan popular, proviene también de la palabra latina mirabilis. No es descabellado pensar que haya sido intencional que en la película Encanto, de Byron Howard y Jared Bush, la protagonista haya recibido ese nombre, precisamente, porque ella, que no tiene ningún poder mágico especial, es en quien reside la magia; es decir, Mirabel es, en esa historia, la magia misma, el milagro hecho niña.

         No es extraño que de forma a veces imperceptible el pasado de la lengua salte al presente o que el pasado de una de ellas termine salpicando al presente de las demás. Ni extraña tampoco que por momentos parezca que todas las piezas de una situación, de un momento, vuelvan a encajar unas con otras, como si estuviéramos repitiendo el mismo cuento, pero en otro orden. Y resulta que la lengua despliega todas esas historias delante de nosotros todo el tiempo.

 

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Año X / N° CCCXCII / 12 de septiembre del 2022




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