Edgardo Malaver Lárez

San José Gregorio
con una
de sus hermanas,
presumiblemente en 1870
La codificación literaria
del sentir de José Gregorio Hernández no se detenía en lo artístico: también se
sumergían en lo filosófico. De hecho, su libro más conocido se titula Elementos
de filosofía (1912). En este texto habla, sí, de filosofía, pero también de
ciencia, psicología, lógica, siempre siguiendo la estrella de la espiritualidad
y la relación del hombre con Dios. Son en realidad los mismos fines que persigue
con sus cuentos, aparecidos el mismo año.
En el relato “En un vagón”,
el protagonista, la voz que escuchamos contar, es un verdadero narrador testigo:
entra en el tren, se sienta y apenas nos dice que le emocionaba viajar sin
compañía, entran tres personas en su vagón. De ahí en adelante, nos lo
imaginamos, cual público de un partido de tenis, moviendo la cabeza según hablara
el muchacho que se le sentó al lado con un libro en la mano, su madre, que lo tenía
al frente o su tío, que estaba frente al protagonista. Estos otros tres personajes
adultos despliegan durante todo el cuento sus equilibrados y respetuosos argumentos
para que el joven estudiante abandone la lectura de esos “autores tan raros”
que lo alejan del catecismo. Y el muchacho, sin despegar los ojos del libro,
responde quizá con menos energía, pero igualmente convencido de su empeño de
aprender todo lo que los libros le permitan aprender.
El protagonista-narrador siente
que se inclina hacia los argumentos de los mayores, pero siente también
curiosidad por el libro que lee el muchacho. En cierto momento logra leer un breve
pero significativo fragmento: “El hombre naturalmente desea saber: la presencia
de lo desconocido le molesta; todo lo que es misterio le inquieta y estimula,
y, en tanto que le dura su ignorancia, experimenta él un tormento que cede su
sitio al placer cuando aquélla llega a ilustrarse”.
Llegados aquí,
comprendemos que es esta la idea (casi diríamos la emoción) que ha empujado a
José Gregorio a escribir este texto, a un mismo tiempo tan argumentativo y tan emotivo,
tan científico y tan filosófico. Al autor le interesan ambas esferas, si es que
de veras son dos: la verdad que nos ofrece la ciencia objetiva, que a sus ojos
no es más ni menos que la manifestación tangible de la verdad que nos susurra
el espíritu. Y si habla de filosofía, es igualmente la verdad lo que le
interesa: la filosofía es para él el estudio racional de la naturaleza de Dios e,
innegablemente, de la naturaleza del hombre.
El joven lector siente una
desaceleración del tren y se asoma por la ventana, notoriamente para detener la
conversación. Dice: “Ya llegamos” y se aleja de los mayores buscando la salida
del vagón. El tío consuela a su hermana explicándole que todos en la edad del
muchacho pasamos por esa etapa en que nos separamos de la fe, pero, gracias a
madres como ella, muchos volvemos “a la siembra primera”.
José Gregorio Hernández
sabe que la sabiduría se adquiere gracias al recorrido que hacemos hacia ella,
que no es un camino de rosas casi nunca, pero lleva en sí ese germen de la luz
que espera para brillar. Y nada como la familia para sembrar la sabiduría en el
espíritu como quien planta flores en un jardín.
[En la próxima edición comentaremos
el tercer cuento:
“Los maitines”.]
emalaver@gmail.com
Año XIII / N° DCXX / 27 de octubre del 2025
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