lunes, 27 de octubre de 2025

José Gregorio escritor (II)

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

San José Gregorio
con una de sus hermanas,
presumiblemente en 1870

 

 

         La codificación literaria del sentir de José Gregorio Hernández no se detenía en lo artístico: también se sumergían en lo filosófico. De hecho, su libro más conocido se titula Elementos de filosofía (1912). En este texto habla, sí, de filosofía, pero también de ciencia, psicología, lógica, siempre siguiendo la estrella de la espiritualidad y la relación del hombre con Dios. Son en realidad los mismos fines que persigue con sus cuentos, aparecidos el mismo año.

         En el relato “En un vagón”, el protagonista, la voz que escuchamos contar, es un verdadero narrador testigo: entra en el tren, se sienta y apenas nos dice que le emocionaba viajar sin compañía, entran tres personas en su vagón. De ahí en adelante, nos lo imaginamos, cual público de un partido de tenis, moviendo la cabeza según hablara el muchacho que se le sentó al lado con un libro en la mano, su madre, que lo tenía al frente o su tío, que estaba frente al protagonista. Estos otros tres personajes adultos despliegan durante todo el cuento sus equilibrados y respetuosos argumentos para que el joven estudiante abandone la lectura de esos “autores tan raros” que lo alejan del catecismo. Y el muchacho, sin despegar los ojos del libro, responde quizá con menos energía, pero igualmente convencido de su empeño de aprender todo lo que los libros le permitan aprender.

         El protagonista-narrador siente que se inclina hacia los argumentos de los mayores, pero siente también curiosidad por el libro que lee el muchacho. En cierto momento logra leer un breve pero significativo fragmento: “El hombre naturalmente desea saber: la presencia de lo desconocido le molesta; todo lo que es misterio le inquieta y estimula, y, en tanto que le dura su ignorancia, experimenta él un tormento que cede su sitio al placer cuando aquélla llega a ilustrarse”.

         Llegados aquí, comprendemos que es esta la idea (casi diríamos la emoción) que ha empujado a José Gregorio a escribir este texto, a un mismo tiempo tan argumentativo y tan emotivo, tan científico y tan filosófico. Al autor le interesan ambas esferas, si es que de veras son dos: la verdad que nos ofrece la ciencia objetiva, que a sus ojos no es más ni menos que la manifestación tangible de la verdad que nos susurra el espíritu. Y si habla de filosofía, es igualmente la verdad lo que le interesa: la filosofía es para él el estudio racional de la naturaleza de Dios e, innegablemente, de la naturaleza del hombre.

         El joven lector siente una desaceleración del tren y se asoma por la ventana, notoriamente para detener la conversación. Dice: “Ya llegamos” y se aleja de los mayores buscando la salida del vagón. El tío consuela a su hermana explicándole que todos en la edad del muchacho pasamos por esa etapa en que nos separamos de la fe, pero, gracias a madres como ella, muchos volvemos “a la siembra primera”.

         José Gregorio Hernández sabe que la sabiduría se adquiere gracias al recorrido que hacemos hacia ella, que no es un camino de rosas casi nunca, pero lleva en sí ese germen de la luz que espera para brillar. Y nada como la familia para sembrar la sabiduría en el espíritu como quien planta flores en un jardín.

 

[En la próxima edición comentaremos el tercer cuento:

“Los maitines”.]

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DCXX / 27 de octubre del 2025

 

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