lunes, 31 de octubre de 2016

Mnemotecnia [CXXIX]

Edgardo Malaver



Guzmán (Carlos Mata) descubre el cuadro protagonista
de Desnudo con naranjas (1995), de Luis Alberto Lamata



         En el número 128, “Palabras forajidas”, terminamos diciendo que, según la profesora Liliane Machuca, de Lengua Española, la solución para las palabras forajidas era la mnemotecnia. Me propuse “adivinar” lo que pudieran ser las técnicas de la profesora para recordar algunas de esas palabras “delincuentes, que andan fuera de poblado, huyendo de la justicia”, y, en lugar de ello, apenas puedo ofrecerles algunas de las que yo he utilizado. Las expongo aquí sin promesa de éxito.
         La primera palabra forajida que mencionábamos la semana antepasada era escasez. ¿Cómo podemos recordar si la última sílaba se escribe con ese o con ce, con ce o con zeta, si lleva tilde o no? Es sencillísimo. Intente escribir escaso con ce, y verá cómo se convierte en escaco. No es con ce. Con respecto a la zeta, podemos pensar que pertenece al mismo grupo que vejez, solidez, madurez.
         Luego hablábamos de sobre todo y su compañero de fuga, sobretodo. Ni siquiera hace falta tener una mnemotecnia para esto, pero puede ser útil pensar que, en el primer caso, sobre equivale a por encima de, es decir, cuando decimos Me gustan las frutas, sobre todo las naranjas, estamos diciendo que las naranjas están de primeras, por encima de todas las demás, entre mis frutas favoritas. Recordando esto, queda claro cómo se escribe la otra, así que no escapará ninguna de las dos.
         En la trilogía formada por a sí mismo, así mismo y asimismo, conviene recordar que el pronombre personal de tercera persona singular vale lo mismo que él. En la oración Se miró a sí mismo en el espejo, el sujeto está frente a un espejo y es su propia imagen lo que mira, es decir, se mira a él mismo. Por otro lado, como así significa ‘de este modo’, entonces así mismo significa ‘de este mismo modo’. Al quedar aislado, asimismo es muy fácil de aprehender: es sinónimo de también. Es una trilogía ambigua, sí, porque casos abundan en que podrían funcionar las tres opciones, pero, como se sabe, el contexto es capaz de aclarar todos los misterios.
         Y llegamos al que parece ser el trío más divertido de los mencionados: ay, ahí y hay: interjección, adverbio y verbo, respectivamente. Y la mnemotecnia puede ser la más graciosa: “¡Ay, ahí hay!”. Sorpresa, en ese lugar tenemos algo.
         Respecto a basta y vasta, ¿le sirve relacionar el primero con bastante (es decir, ‘que basta’... y quizá sobre)? ¿Se ha dado cuenta de que tiene algo de abasto, de abastecimiento? Vista la diferencia desde adentro, el segundo tiene que ser con ve, con la que se escribe también devastación, por algo será.
         Sólo nos queda o sea. Todo lo que hay que decir en este caso se resume en que aquí el verbo sea está, aunque no lo notemos, en imperativo. O sea, el hablante que lo usa ordena que lo que acaba de decir sea comprendido como va a decir a continuación. (Esa, por cierto, quizá sea una buena razón para no repetir o sea cada tres palabras.)
         Sobre a su vez ya ha tratado en Ritos XXIV. El cuarteto de porque, porqué, por que y por qué ameritaría un artículo aparte, si es que puede encontrarse una forma que no sea la lógica de identificar cuándo usar cada uno. El cambio de veníamos por veníanos, que señalábamos como el más forajido de la lengua, será objeto de estudio más tarde.
         No estoy seguro de haber sido muy mnemotécnico. En todos los casos, la clave, más que mnemotécnica, debe ser de conciencia. Lo que debe uno hacer siempre es pensar, aplicar el conocimiento que ya posee para abrir caminos hacia el conocimiento nuevo. La profesora Luisa Teresa Arenas, de Lingüística, diría con toda contundencia que es un asunto de la imagen que tiene la palabra en nuestra mente. Ergo, en la próxima oportunidad que tengamos, hablaremos de ella.

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Año IV / N° CXXIX / 31 de octubre del 2016



lunes, 17 de octubre de 2016

Palabras forajidas [CXXVIII]

Edgardo Malaver



Goethe y Schiller en el Teatro de Weimar.
No salían sin sobretodo, sobre todo en invierno



         Nancy Echezuría, profesora de Política y Economía de la Escuela de Idiomas, me hace el honor en cada reunión de departamento de afirmar que en algún momento yo le he hablado de un grupo de palabras que alguna vez llamé “forajidas”. Menciona siempre el ejemplo de escasez, que es quizá la más frecuente en los labios de los venezolanos en estos días y la más impresa en los periódicos de toda Venezuela, pero nadie sabe nunca cómo escribirla. La verdad es que sólo recuerdo ese episodio remotamente, pero creo que estas palabras merecen algo de nuestra atención, sobre todo si tenemos que influir en los estudiantes para que las conozcan por dentro y por fuera.
         Por mi cuenta (es decir, sin acordar con la profesora Echezuría, pero la entero ahora por medio de Ritos), he incluido en ese grupo palabras y expresiones que encuentro mal escritas todo el tiempo en todas partes. Una que incluso parece graciosa es la locución adverbial sobre todo (equivalente a ‘mayormente’, ‘principalmente’), que muchos estudiantes se empeñan en juntar sin darse cuenta de que la convierten en el sustantivo sobretodo (‘abrigo’, ‘impermeable’), que ridiculiza cualquier cosa que pretenda destacar.
         También suelo compadecerme de la construcción a su vez, sobre la que ya he escrito en Ritos y a la que muchísimos hablantes atribuyen el significado de ‘también’, ‘incluso’ o ‘al mismo tiempo’. Existen hasta familias de palabras que se entremezclan en la imaginación de muchos y resultan en frases con sentidos a veces retorcidos, a veces muy divertidos. Pienso, por ejemplo, en asimismo, así mismo y a sí mismo; porque, porqué, por que y por qué; ay, hay y ahí; abra y habrá. Nada es, sin embargo, más forajido en la lengua que el cambio de veníamos por veníanos.
         Ya vasta. Lo digo a propósito, porque este terreno es amplísimo, y es una bastedad escribir las palabras de ciertas formas. Osea, seamos serios. ¿Por qué son forajidas estas palabras? ¿Porque se nos escapan? Sí, se nos escapa su ortografía, se nos esconde su origen, se nos escurre su sentido. Es, por lo que dicen los especialistas, un asunto de atención, de vista, de detenerse a mirar para recordar.
         ¿Cómo haremos para recordar cómo escribir bien escasez y todas las otras palabras forajidas sin que nos quede rastro de duda?, le preguntan los estudiantes a Echezuría de vez en cuando. La profesora Liliane Machuca dijo en la última reunión de departamento que la solución es la mnemotecnia (palabra curiosa también). La semana que viene le toca a Machuca, entonces.

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Año IV / N° CXXIV / 19 de septiembre del 2016



lunes, 10 de octubre de 2016

La gente cree que no sabe nada de lingüística [CXXVII]

Edgardo Malaver



García Lorca (1898-1936), hombre fino
que escribe con la lengua del pueblo



         Mucha gente parece creer que la lingüística es cosa del otro mundo. Sin embargo, todos incluimos en nuestra habla cotidiana mil conceptos que provienen de los estudios científicos de la lengua. Es como con la matemática —en realidad con cualquier ciencia—. Cada día oye uno a muchísimas personas decir que los números, las relaciones aritméticas, las operaciones más sencillas, son imposibles de entender, pero todo el tiempo lanzamos afirmaciones como “La línea recta es el camino más corto entre dos puntos”, “La luz viaja a mayor velocidad que el sonido”, “Los signos contrarios se anulan”. No sé nada de medicina, pero sé que los glóbulos blancos combaten los gérmenes. No sé nada de física, pero sé que la luz viaja en línea recta. Al final es más o menos lo mismo con la lingüística. No hace falta saber leer ni escribir para detener una discusión con un “¡Y punto!”.
         Veamos algunas cosas que decimos todos y el área de la lingüística en que, sin proponérnosle, incursionamos:

¡Pronuncia bien, modula! (fonética)
A buen entendedor, pocas palabras bastan (pragmática)
Esa palabra no está en el diccionario (lexicografía)
Lo demás es cuestión de semántica (sintaxis)
Me lo contó todo con puntos, comas y acentos (puntuación)
No es lo que lo dices sino cómo lo dices (pragmática)
No hay palabra mal dicha sino mal interpretada (semántica)
No me gusta su acento (fonética)
No sabe ni la o por lo redondo (ortografía)
Tiene un verbo incendiario (morfosintaxis)
Vamos a poner los puntos sobre las íes (ortografía)

         Acento, adjetivo, apóstrofe, arcaísmo, artículo, aumentativo, barbarismo, carácter, coma, concordancia, conjugación, dialecto, diminutivo, discurso, esdrújula, frase, gerundio, gramática, guion, habla, idioma, lengua, lenguaje, letra, léxico, mayúscula, minúscula, oración, ortografía, palabra, participio, plural, pluscuamperfecto, predicado, preposición, pronunciación, redundancia, significado, sílaba, singular, sujeto, sustantivo, verbo, todos estos son conceptos científicos que la gente usa todos los días. Los lingüistas no han inventado nada, entonces. Todo proviene de los hablantes, que según García Lorca son los grandes poetas de las lenguas.

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Año IV / N° CXXVII / 10 de octubre del 2016

lunes, 3 de octubre de 2016

Doble acentuación, ¿doble dolor de cabeza? [CXXVI]

Andrea Villada


 
Agentes alérgenos, o alergenos, que enferman a las personas.
El violinista enfermo (1886), de Cristóbal Rojas


 
         Las normas de acentuación son bastante claras en nuestro idioma español y todos las conocemos bien, o al menos, a estas alturas de nuestras vidas, deberíamos conocerlas. Así, sabemos que existen cuatro tipos de palabras según la ubicación de la sílaba tónica: agudas (acentuación en la última sílaba), graves (acentuación en la penúltima sílaba), esdrújulas (acentuación en la antepenúltima sílaba) y sobresdrújulas (acentuación en cualquier sílaba que esté antes de la antepenúltima) y que cada una viene con su propio reglamento en cuanto a la inclusión de la tilde.
         Hasta allí todo está bien, ¿no es cierto? Pero, dado que la primera área de estudios en la que me especialicé es una ciencia de la salud, me di cuenta de que nadie se termina de poner de acuerdo en cuanto a la pronunciación de ciertas palabras. De esta forma, tan solo en medicina, pude conseguir al menos tres que parecieran graves o esdrújulas dependiendo de la preferencia de quien las pronuncia. Estas son omoplato/omóplato, alveolo/alvéolo, cardiaco/cardíaco y diabetes/diábetes.
         Así que me di a la tarea de buscar en la sagrada biblia de cualquiera que estudie Idiomas Modernos, el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, para ver, de una vez por todas, cómo es que se pronuncian dichas palabras. Es así como llegué a notar que, aunque al parecer sea el que lleve la batuta, el ámbito de la salud no es, ni de cerca, el único afectado por estas ambivalencias idiomáticas en las que el acento de la palabra puede recaer en diferentes sílabas. Encontramos entonces palabras como vídeo/video, austríaco/austriaco, olimpíada/olimpiada, período/periodo, policíaco/policiaco, zodíaco/zodiaco, kárate/karate o amoníaco/amoniaco, y todas son aceptadas como válidas para nuestra famosa academia idiomática.
         De este modo me di cuenta de que hay estructuras como los alveolos o alvéolos pulmonares y también el omoplato u omóplato, que puede decirse de cualquiera de las dos formas aunque la gente prefiera llamarlo simplemente “paleta”. Así mismo, existen agentes alérgenos o alergenos que enferman a las personas. También me enteré de que a muchos de nosotros nos llegó a dar rubeola o rubéola cuando estábamos chicos y de que los hombres son más propensos a sufrir de enfermedades del corazón tales como la isquemia cardíaca o cardiaca, así como de que hay pacientes con hemiplejia o hemiplejía, o con reuma o reúma, sin contar con que, si alguien piensa que sufre de todas estas cosas, entonces probablemente se trate de un hipocondríaco o hipocondriaco.
         Aparentemente, la RAE respeta la preferencia de quienes utilicen tales palabras (a excepción del propio diccionario de la computadora que me ha llenado de líneas rojas todo este artículo) permitiéndoles poner el acento en dos sílabas distintas, pero no duda en darle una acotación a la diábetes indicando que se trata de un venezolanismo pues, para el resto del mundo y como hace poco le escuché decir a un profesor, la diabetes es una enfermedad grave… jamás esdrújula.

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Año IV / N° CXXVI / 3 de octubre del 2016

lunes, 26 de septiembre de 2016

De Cervantes y aquel no acordarse [CXXV]

Edgardo Malaver




En un lugar de Caracas... Busto de Cervantes (1920), de Cruz Álvarez
García, en el Paseo de El Calvario



         Dentro de tres días cumple años el escritor más celebrado de la lengua española, el autor de la novela más fascinante de la historia. Miguel de Cervantes cumple 469 años, y entre más tiempo pasa, más presente lo tenemos en la memoria. La última noticia que tuvimos es que, después de muchas pruebas, se logró identificar sus restos con alto grado de certeza. Hasta apareció hace dos años un documento notariado, fechado en 1593, en el que el escritor otorga un poder a una mujer desconocida de Sevilla para que cobrara sus honorarios. ¡Qué de revelaciones!
         Un detalle que probablemente nunca se revele es dónde vivía su personaje más conocido. El texto dice: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Hay quienes, desde el siglo XIX, han argumentado que Cervantes “no quiere acordarse” porque ahí estuvo en la cárcel, ambiente que el autor frecuentó más de lo deseable.
         La razón, sin embargo, puede ser más sencilla. Primero, habría que pensar que quien dice esto en la novela es el narrador, no el autor. Y el narrador, que en Don Quijote cambia cada cierto número de páginas, es, como todo narrador, un ser de ficción. No hace falta buscarle acomodo a este detalle en la vida real de Cervantes, pero si quisiéramos hacerlo, bien podría tratarse de un recurso expresivo, más que se un dato biográfico.
         ¿Qué estaba pensando, entonces, el narrador de Don Quijote, quienquiera que sea, al decir que “no quiere acordarse” del lugar donde vivía el protagonista? ¿Y si no fuera que no desea recordar sino que no lo logra? No es extraño encontrarse en la situación de insistir mucho en hacer algo, abrir un frasco, una puerta, por ejemplo, y, al desistir, lanzar la queja: “¡No se quiere abrir!”. Con esto no queremos decir que el frasco o la puerta hayan adquirido voluntad de seres animados y, de repente, libremente, se han negado a abrirse o a permitir que se les abra. Se trata de una hipérbole en que expresamos la inmensa dificultad de hacer algo o, por lo menos, nuestro momentáneo fracaso en el intento. Es tan difícil, que pareciera que estos objetos se hubieran despertado y se opusieran conscientemente a nuestras fuerzas, como si “no quisieran” abrirse.
         Todos hemos dicho: “El carro no quiere prender”, “La fiebre no quiere bajar”, “La impresora no quiere imprimir”. A veces incluso decimos: “Quiere llover”, cuando la atmósfera da señales de ello. Jesús Ávila dice en la canción “Rauda, rauda” que el viento “se negó a soplar”, como si el viento pudiera decidir cuándo soplar y cuándo no.
         Entonces, así como atribuimos ese poder, esa libertad, esa capacidad de decisión a objetos inanimados, así como les atribuimos esa autonomía más bien humana, es posible entender que Cervantes —o el narrador o quien nos cuente la historia en la novela— más bien quiera indicar que, a pesar de los esfuerzos que hace por recordar dónde fue que sucedieron aquellos hechos, hechos de ficción, no lo consigue, no le es posible obligar a su memoria a recordarlo: es como si él mismo no quisiera recordar.
         Unas frases más adelante, en el mismo primer párrafo, el narrador explica que algunos “quieren decir” que el hidalgo se llamaba Quijada o Quesada, “pero eso importa poco a nuestro cuento”. La función principal de la memoria es olvidar, y ese parece ser el fenómeno que nos ofrece las primeras palabras de una novela que, por los vientos que soplan, no ha de ser olvidada.

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Año IV / N° CXXV / 26 de septiembre del 2016

lunes, 19 de septiembre de 2016

Septiembre en Venezuela [CXXIV]

Edgardo Malaver Lárez




En la antiescuela se aprende viviendo, dice Úslar Pietri.
Los hijos de los barrios (1967), de César Rengifo



Y hoy, al volver la excursión
de niños a la mañana,
yo he vuelto a oír tu campana
cantando en mi corazón.

Glosa para volver a la escuela”, Aquiles Nazoa


         El artículo de Ritos de esta semana fue escrito en el 2008. En junio de ese año, me dejé convencer de participar en una serie de talleres sobre herramientas metacognitivas para el análisis textual que ofrecía la Universidad Simón Bolívar para profesores de secundaria. Entre los textos incluidos en el programa estaba aquel magnífico artículo de Arturo Úslar Pietri titulado “Escuela y antiescuela”, publicado en 1974 en “Pizarrón”, la célebre columna del autor en El Nacional. La discusión que nació durante la sesión dedicada a este artículo fue hermosa y enriquecedora, porque todos los presentes en algún momento habíamos sentido la frustración de que la escuela, para decirlo con brevedad, suele conseguir resultados menos inmediatos que la calle, es decir, la antiescuela, y casi siempre menos deslumbrantes para los muchachos.
         Esa noche, al llegar a casa, les escribí a las participantes —sí, todas eran mujeres—:

Hola, muchachas.
Esta mañana, una de las miles de cosas que me faltó mencionar en el taller fue la etimología de la palabra escuela. En La fascinante historia de las palabras (2004), de Ricardo Soca, encuentro esto:

En la Grecia antigua, el vocablo skolastikós no guardaba ninguna relación con la enseñanza ni con el estudio, sino que se refería al individuo alegre y feliz, que vivía como le gustaba. Probablemente debido al amor de los griegos por el estudio y el conocimiento, la palabra skolé, que inicialmente significaba ‘recreación’, ‘distracción’, ‘ocio’ o, simplemente, ‘tiempo libre’, pasó a ser usada más tarde para denominar el lugar donde los niños aprendían, significado que fue tomado por los latinos en la palabra schola con el mismo sentido que nuestra escuela.

Otra vez los griegos tenían razón: si tenía que existir la escuela, que fuera un lugar para la recreación, para el tiempo libre. Y si había que aprender algo en ella, que fuera con placer. No hay mejor manera de aprender lo que sea... el método que usa ahora la “antiescuela”. ¡Con razón tiene tanto éxito! [...]
Bueno, las dejo en paz para que lo disfruten.
Hasta luego.

         Hoy regresamos a clases en la Escuela de Idiomas Modernos. Es inevitable para mí pensar en aquel dulce poema de Aquiles Nazoa en que se acuerda de su niñez y dice: “Comienza el año escolar / y septiembre en Venezuela / vuelve a ser como una escuela / que se abre de par en par”. La experiencia de la escuela tiene que ser feliz porque ella tiene algo que todos queremos. Sea con alegría que lo busquemos.
         Nos vemos en clase.

emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXXIV / 19 de septiembre del 2016

lunes, 12 de septiembre de 2016

Allende [CXXIII]

Edgardo Malaver


Allá, más allá, allende. Monumento a Colón
en Barcelona, España (foto: R. Villalobos)



         Nada como el luminoso momento en que uno logra ver —ver, sí, porque es una percepción visual— el parentesco entre algunas palabras que antes pensábamos lejanísimas. Darse cuenta de que la simple apariencia de una palabra nos da señales de su significado porque, aunque lo creamos descabellado, se parecen muchísimo a otras que conocemos bien... ese momento es un tesoro.
         Pienso, por ejemplo, en el momento en que uno se percata —habitualmente es por accidente— de que allá, aunque parezca que no, tiene desde antiguo su relación consanguínea con allende. Lo mejor de todo es poder entender una a partir de la otra. Y después, poder entender otras a partir de estas dos... porque una vez que se entiende esto, uno se pregunta: ¿y cuál corresponde a acá? Pues aquende. Aquí, donde está uno; allá, un lugar lejano donde uno no está. Aquende, más acá. Allende, más allá.
         Y por ese camino, llego al punto de que acá y aquí, que parecen tan diferenciados, en realidad se forman casi con los mismos sonidos. La diferencia es la caprichosa escritura que les da el castellano. ¿Y allá y allí? Dos formas literalmente gemelas, que crecieron y se volvieron mínimamente distintas. ¿Y la leve, levísima, diferencia que uno siente —siente, sí, porque es dificilísimo verla— entre allí y ahí? También hay esa ínfima diferencia, quizá más ínfima, entre aquí y acá. “Yo vivo aquí” no puede ser exactamente equivalente a “Yo vivo acá”, y, aunque muchísimo menos visible, puede sentirse una diferencia entre “Ven acá” y “Ven aquí”. Si a uno le preguntan “¿Dónde está la silla azul?”, para muchos —digo muchos para no sentirme tan solo— resulta casi imposible responder “Acá”. Digan lo que digan los autores de crucigramas, no son uno solo y el mismo.
         Acá, allá y acullá, que en conjunto parecen, a primera vista, una gradación de distancia, mirándolas mejor revelan una creatividad harto sencilla que, por tanto, es harto efectiva. La curiosa palabra acullá está formada, como se ve ahora que la reexaminamos, por acá y allá. Digamos que la suma de la una y la otra da una distancia mayor a lo cercano y a lo remoto, un más allá.
         Quién sabe, seguramente se me escapan ideas. Ver aquende nuestras narices puede ser tan fatigoso como ver allende los mares, ya lo confirmará el Almirante. Sin embargo, es cierto que después de descubrir una isla por aquí y una bahía más allá, comienza uno a colegir que allende esas playas puede haber territorios más generosos, más fértiles, más lujuriosos para la vista... y allende la vista.

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Año IV / N° CXXIII / 12 de septiembre del 2016

lunes, 5 de septiembre de 2016

De pseudónimos [CXXII]

Ariadna Voulgaris



Busto de Teresa de la Parra (M. de la Fujite, 1989)
en la sede de la OEA, en Washington



         Al principio refunfuñé, pero ya lo entendí. A los que en la infancia hemos deseado ser tan inteligentes como Mafalda, nos sorprende descubrir que el autor de tanta risa del pensamiento no se llamaba Quino. A mí, en realidad, casi me molestó. Que ese señor no se llamara como decía en la portada de los libros equivalía a que se pusiera una máscara para hablar conmigo. Pero ya lo entendí.
         Los pseudónimos —perdone el respetable que insista en escribirlo a la antigua, pero aquí hace falta— me han llevado por un camino espinoso desde aquellos días de mi temprana juventud. Cuando me enteré del de Quino, quise saber si mi amiga Alejandra (en cuyo apellido no pensaba yo nunca) no me había engañado al decirme su nombre, si mi profesor de Castellano verdaderamente se llamaba como decía llamarse, si mi abuelo, si las amigas de mi mamá, si el electricista, si Pulgarcito, si Franco De Vita, si Rafael Caldera, ¡el presidente de la república!, también usaban pseudónimos.
         Ellos no, pero resultó que Cantinflas sí, y Madonna y Kiara y Juan Gabriel y Shakira y Yordano y Lucero y Bono y Chayanne. Y Doris Wells, Rocío Durcal, Alfredo Sadel, Ilan Chester, Oscar D’León, Ricky Martin. Y más allá del mundo del espectáculo, Tirso de Molina, Georges Sand, Mark Twain, George Orwell, Pablo Neruda, Teresa de la Parra, Samuel Robinson. Y más allá, Rembrandt, Molière, Voltaire, Novalis, Stendhal, Clarín, Lenin, Saki, Azorín, Colette, Stalin. Y más allá y más allá...
         Me llaman la atención de manera especial los que son un solo nombre. Son tan poderosos, son tan atractivos, que logran (sin duda en la actualidad con un conveniente empujón de la publicidad) entrar y sentarse cómodamente en la mente de las mayorías. El truco parece que fuera el hecho de que uno sólo conoce por un solo nombre a la gente más cercana, a los que pertenecen al mismo mundo que uno. Los que incluyen nombre y apellido, sobre todo cuando son dos apellidos, son para gente que está muy lejos, que es muy importante o que uno concibe como inalcanzable.
         Esta tiene que ser una costumbre de la modernidad. En la época en que no existían los apellidos no tenía sentido ponerse otro nombre, o cambiarse el nombre tiene que haber sido como cambiarse cualquier otra característica de uno. O más bien, era un cambio de vida, no un escondite de la vida verdadera. O sea, el nombre del apóstol Pedro no es considerado un pseudónimo de Simón, su nombre original. Su nombre fue cambiado cuando cambió su vida. Y Cassius Clay se convirtió en Muhammad Alí cuando cambió su actitud política ante la situación de los negros en Estados Unidos. En las dictaduras, los opositores suelen utilizar pseudónimos para salvarse de los riesgos y para seguir la lucha.
         Algunos tienen razones algo vanidosas para usar pseudónimos. Isaac Asimov, por ejemplo, pretendía mantener su verdadero nombre alejado del mundo de la televisión cuando escribió las aventuras de Lucky Starr. J.K. Rowling deseaba escribir sin la presión de tener que superar los vuelos de Harry Potter. Un récord personal es el que sedujo a Stephen King, que deseaba poder escribir dos libros al año.
         También supe hace algún tiempo que casi todos, cuando somos muy, muy jóvenes soñamos con ser famosos y secretamente nos ponemos pseudónimos y hasta escribimos poemas, canciones, nos ilusionamos haciendo películas inventadas por nosotros mismos, que olvidamos una vez que llegamos a la adultez. Pero es en la adultez cuando nuestra propensión a ocultarnos detrás de una palabra tiene mayor potencial de permitirnos crecer e, idealmente, influir en los demás.

ariadnavoulgaris@gmail.com






Año IV / N° CXXII / 5 de septiembre del 2016

lunes, 29 de agosto de 2016

Me voy pa las Italias [CXXI]

Edgardo Malaver



Plaza Miranda de la atractiva ciudad de Barquisimeto
en 1954. Arriba a la derecha, el obelisco


         Había planeado dejar que los lectores descansaran esta semana del tema del plural, pero acabo de toparme con una vieja lista de posibles temas para cuando no se me ocurriera qué escribir, y como era esa la circunstancia en que me encontraba, tuve que cerrar los ojos y ceder ante la tentación. Las notas que encuentro dicen simplemente: “Plural de topónimo distante: las Europas, las Américas”.
         ¿Por qué algunos hablantes (si es que verdaderamente son algunos) tienden a pluralizar algunos nombres de lugar? Mi hipótesis inicial, hace años, era que debía tratarse de una forma de aumentar en el discurso la importancia que revestía hacer un largo viaje o, aunque no fuera largo, a un lugar muy lejano. Podía ser impresionante para el hablante que alguien cercano lograra ir, por ejemplo de vacaciones, a las Méridas, a los Maracaibos, a los Barquisimetos. Y lo era mucho más, incluso para el que hacía el viaje, ir a los Méxicos, a los Mayamis, a las Europas.
         Aunque esta idea no queda descartada (más bien queda confirmada), las breves lecturas que he hecho antes de comenzar a escribir, me indican que esta forma de aumentativo, más que de plural, más popular que culto, podría provenir de los mismísimos orígenes de la expansión del castellano en la España de la Edad Media. En los siglos anteriores a los Reyes Católicos, España era un reguero de pequeños reinos que apenas se comunicaban para entrar en guerra y para celebrar matrimonios entre los hijos de los reyes. Isabel y Fernando, que se habían casado precisamente para unir las posesiones que sus antepasados habían ido acumulando, figuran como los que comenzaron a unir “todas las Españas”, como le escribió el humanista Diego de Valera (1412-88) al joven príncipe antes del casamiento. “Todas las Españas” bien pueden entenderse como la suma de Castilla y Aragón, la suma de todos los territorios que poseían los dos herederos, todos los que estaban bajo su influencia y todos los que, con su nuevo y agrandado poderío, no tardarían en sometérseles.
         En 1492, Isabel la Católica tomó posesión de los territorios antes dominados por los árabes, con lo cual terminaban reuniéndose también dos Españas, la cristiana y la musulmana. Inmediatamente llegó Colón a un nuevo territorio, que comenzaron a llamar, primero, las Indias, porque era donde creía el Almirante haber llegado, y, más tarde, las Antillas; partir a estas tierras a buscar fortuna comenzó a llamarse “ir a hacer las Américas”. En esa misma sintonía, regresar a la capital del reino —¡hombre, qué viaje más largo!— era recalar por los Madriles. En épocas tan cercanas como 1837, la Constitución española se refería a Isabel II como “reina de las Españas”, y eso que no poseía ya la americana.
         Sea a causa de la noción de distancia, de tamaño (más bien de grandeza) o de herencia, lo cierto es que el pueblo se apodera de esas formas expresivas, sobre todo porque son expresivas, y las mantiene, las perpetúa. Nunca he estado en las Australias, pero veo en el mapa que es lejísimos. Nunca he pisado las Arabias, pero me dicen los que han ido que la gente tiene otras costumbres. Nunca la he visto los Niuyores, pero leo en “La ciudad de nadie” que pasan cosas asombrosas. Deben ser lugares magníficos y misteriosos. Cada quien tiene su idea de ellos, son muy diversos. Será por eso que algunos, muchos, andan diciendo ahora: “Me voy pa las Inglaterras, pa los Portugales, pa las Italias”.

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Año IV / N° CXXI / 29 de agosto del 2016

lunes, 22 de agosto de 2016

El nuevo plural [CXX]

Edgardo Malaver


Últimamente, en Venezuela escasea
también el plural



         Los primeros días que asistí a la universidad, me pareció que era una broma de los estudiantes de Caracas. Poco tiempo después, lo oí en vivo: “Deme dos pan gallego, por favor”. En algún momento, pensé que podía ser cuestión de no saber qué pluralizar: pan o gallego. Durante todo este tiempo, la broma, la constatación y la hipótesis se habían circunscrito al territorio de las panaderías y los cafetines. Y, si no fuera porque nunca hice las comprobaciones pertinentes, afirmaría que era un fenómeno caraqueño.
         Sin embargo, como no hay acontecimiento histórico que no deje su huella en la lengua, la actual situación sociopolítica que vive Venezuela está construyendo su aporte en la forma de decir algunas cosas. En Caracas —en toda Caracas—, los ciudadanos comentan ahora en las largas colas que hacen todos los días para comprar todo lo que se necesita: “Ayer por mi casa vendieron dos harina, dos azúcar, dos frijol”. Tengo unos meses identificando ese nuevo plural que hasta ahora yo había llamado “el plural caraqueño de panadería”.
         El fenómeno, como he observado en días recientes, ya no se limita a la capital. Hace una semana vi en la televisión una noticia de Táchira en que una mujer que regresaba de Cúcuta le decía al reportero: “¿Quién puede vivir con una bolsa de comida donde vienen apenas tres harina y dos arroz?”. (Obsérvese que el verbo, vienen, está en plural, es decir, esta persona tiene la intención de hacer concordancia.) Ahora llego a Margarita y oigo a mi hermana relatar sus peripecias para conseguir que, en la repartición que hace el gobierno cada imprecisa cantidad de tiempo, le asignen “dos pollo, dos pasta, dos aceite”.
         ¿Será verdaderamente nueva esta forma de pluralizar? ¿Cesará cuando cese la situación de escasez de alimentos que sufre Venezuela o se quedará largamente en el español que hablamos aquí? ¿Llegará a tener esta “curiosidad” alguna incidencia en nuestros vecinos, que ya han comenzado a verse afectados, al menos económicamente (no sé si para bien o para mal) por el problema? ¿Dejará indiferentes a otros sectores del habla venezolana? Lo único cierto parece ser que tenemos un nuevo plural.
         “¿Por qué será eso?”, me pregunta mi hermana cuando le comento lo que estoy escribiendo, porque se da cuenta de que en otros contextos pluraliza con normalidad. No tengo respuesta. ¿Será ésta una señal del rigor de la escasez? ¿Será, quizá, que la mente de los venezolanos, colectiva y unánimemente, intenta expresar el alto grado de calamidad singularizando lo que de manera natural es incluso tan abundante que no puede contabilizarse con facilidad? Por más que hoy consigamos dos kilos de harina, esa cantidad siempre va a ser insuficiente, es como si fuera uno solo, porque pronto no habrá más. Quizá la explicación sea que la opción más cercana al cero es el singular. En otras palabras, en español de Venezuela el nuevo plural es el cero.

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Año IV / N° CXX / 22 de agosto del 2016

lunes, 15 de agosto de 2016

Los Juegos Olímpicos como 'pluralia tantum' [CXIX]

Edgardo Malaver



No hay información definitiva al respecto, pero se cree
que los atletas de la antigüedad competían desnudos



         Los Juegos Olímpicos han comenzado oportunamente. No sólo han llegado para aprovechar el verano, como cada cuatro años, y para descansar un poco de las controversiales noticias políticas de Brasil, sino además para sumarse a esta seguidilla de artículos sobre el plural que tenemos en este momento en Ritos de Ilación. Lo oportuno es que, aunque nadie necesita que se lo diga, el nombre Juegos Olímpicos es plural. Siempre es plural, como Olimpíadas. Estos y otros son plurales tan curiosos que la gramática les ha asignado una habitación aparte, en cuya la puerta dice: “Pluralia tantum”... en latín, ¡madre mía!
         Pluralia tantum equivale a ‘todos plurales’, ‘solamente plurales’ o, como dicen algunos autores, ‘plurales inherentes’, sustantivos que se usan únicamente en plural. Esta particularidad se debe a que no se presentan nunca en la realidad en forma de un solo individuo, objeto o acontecimiento. Siempre existen sólo como grupo numeroso, al menos doble. Uno nunca dice, por ejemplo, “Yo vivía en la afuera de la ciudad” ni “La finanza del Estado funciona mal”. Aunque nos parezca, en la lengua hablada, que no es verdad porque es muy común decirlos y oírlos en singular, los sustantivos tijeras, pantalones y bigotes pertenecen al grupo de los pluralia tántum. También nos pasa con calzones, pinzas y tenazas, pero no con lentes (y sus sinónimos), esposas y riendas.
         Hay quienes se han puesto en la minuciosa tarea de explorar el reino de los pluralia tántum y han descubierto regiones que han bautizado ‘de alimentación’ (que incluye comestibles, víveres, espaguetis, etc.), ‘de dinero’ (fondos, emolumentos, ingresos, etc.), ‘de actitud’ (arrumacos, modales, ínfulas, etc.), ‘de objetos menudos’ (añicos, residuos, trizas, etc.), ‘de matrimonio’ (arras, nupcias, esponsales, etc.), ‘de anatomía’ (sesos, entrañas, facciones, etc.), ‘de lugares’ (andurriales, adentros, lares, etc.). También aparecen en términos especializados como artes marciales, cuidados intensivos y juegos olímpicos. El reino es tan extenso, que cada autor anota un nuevo territorio que el anterior no había cartografiado.
         También son fácilmente observables en expresiones como volver a las andadas, estar de malas pulgas, hacer buenas migas y mil otras. No vamos a ganar indulgencias con esta información, pero para cubrir las apariencias, escondiendo los cabos sueltos y para no dar largas al asunto, será mejor soltar las amarras y despedirnos.
         Concentrémonos en los juegos, que ya ha entrado en los anales de la historia por el número de delegaciones que asisten, 207, ¡qué pluralidad!, y por ser los primeros que prepara un país de América del Sur y de habla portuguesa. Salve, atletas, que ganen los mejores. ¡Citius, altius, fortius!

7 de agosto del 2016


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Año IV / N° CXIX / 15 de agosto del 2016



lunes, 1 de agosto de 2016

Los plurales de los plurales [CXVIII]

Edgardo Malaver


Doña Bárbara (personificada por Marina Baura) y Juan Primito
(Arturo Calderón) en la versión de RCTV (1975)



         Existe un poema de Aquiles Nazoa titulado “Marilyn en la morgue”, en que la voz del poeta dice: “Visto harapos de vagabundo, / mi equipaje es mi corazón, / viajo en los trenes de la noche, / no tengo un diez para un hot dog”. No sé si antes o después de conocer yo este texto, una muchacha española que pagaba su entrada en el cine antes que yo le ofrecía al taquillero, para facilitar la entrega del vuelto, “dos dieces”. ¿Qué es un diez? En el caso de Nazoa, tendría que ser una moneda de diez centavos de dólar. En el de la muchacha del cine, eran billetes de diez bolívares. O sea, los números también tienen sus plurales. Para un hablante del español de Venezuela, aquello fue toda una revelación.
         El diccionario me lo confirmó un día. El plural de dos (el número, el billete de cualquier moneda y cualquier cosa que numeremos con el 2) es doses. Y el plural de doce es doces. Qué divertido. Muchos se preparan durante meses para los veinticuatros y treintaiunos de diciembre. Todos esperan con ansiedad los quinces (y los últimos, que pueden ser los veintiochos, los veintinueves, los treintas u, otra vez, los treintaiunos, depende del mes). En países como Cuba se llama quinces a las fiestas de décimo quinto cumpleaños de las niñas. Aún no nos decidimos, pero también, a veces, llamamos cuarentas, sesentas, noventas a las décadas de los siglos.
         Otro autor venezolano, Rómulo Gallegos, menciona en su obra más conocida, Doña Bárbara, un apellido, Mondragón, cuyo plural les da a aquellos hermanos una figura terrible en nuestra imaginación. Los Mondragones están, en efecto, sometidos a la “autoridad” de la protagonista y le obedecen ciegamente, por lo que, aunque sean sólo tres, parecen un batallón. Algunos apellidos tienen, aun en singular, apariencia de plural, como Cervantes, Cortés, Borges y hay otros que, aunque no terminen con las marcas típicas de plural, suenan a muchos: Rodríguez, González, Martínez; sin embargo, todos aquellos que, fuera de la heráldica, son sustantivos o adjetivos en singular, pueden ser pluralizados con enorme facilidad cuando nos referimos a una familia: los Crespos, los Castillos, los Borbones.
         En Venezuela, muchos lugares reciben como nombres los apellidos de las familias que los fundaron o los habitaron por primera vez. En Margarita, son notorios Las Giles, Los Millanes, Las Marvales, apellidos que ya no volverán a su forma singular. En Los Salias, Miranda; en Los Ruices y en la esquina de Avilanes, Caracas, en San Juan de las Galdonas, Sucre, comprenden muy bien esta práctica.
         Otro terreno invadido por los plurales es la forma de hacer las cosas. Uno puede entrar a un lugar a hurtadillas, a gatas, a tientas... Los niños hacemos cosas a escondidas y jugamos con objetos de mentiritas, sobre todo si nos los dan a manos llenas. García Márquez en Cien años de soledad dice que a José Arcadio hijo hubo que enterrarlo “a las volandas”.
         A sabiendas de todas estas cosas, a las tontas y a las locas, para comprobarme a mí mismo que no andaba tan mal de entendederas, en estos días me he puesto a buscarle plural a todo —¿qué es más plural que el singular todo?—, intentar decirlo todo en plural y, a todas estas, me he topado con una tropa —¡mira, singular otra vez!— de singulares sin los cuales no habría podido decir nada. El intento se ha quedado a medias, pero como sé que la lengua es así, me parece que esto resultó a las mil maravillas.

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Año IV / N° CXVIII / 1° de agosto del 2016



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