jueves, 23 de abril de 2026

Un monstruo de la naturaleza contra otro

Edgardo Malaver Lárez



Pere Ponce como Miguel de Cervantes
en
El Ministerio del Tiempo (2015)




         Aunque el primero era 15 años mayor que el otro, Miguel de Cervantes y Félix Lope de Vega, al principio, en una primera época después de conocerse, eran amigos. Se alababan mutuamente en sus respectivos libros y reconocían en público los méritos y capacidades de cada uno. Pero algo pasó una vez llegado el siglo XVII —Sainz de Robles cree que fue después de 1602—. Después de unos 20 años de cordialidad, su amistad sufrió una herida y cayó en barrena.
         En obras tan tempranas como la Galatea, de 1585, Cervantes saludan el talento del joven poeta, y más tarde este le corresponde incluyéndolo entre los poetas que cita en su Arcadia, de 1598. Algunos investigadores, como Tomás Tómov y Alfonso Martín Jiménez, están convencidos de que la manzana de la discordia fue la que más tarde, y hasta ahora, sería considerada la primera novela moderna de la historia: Don Quijote de la Mancha. Aunque apareció impresa a principios de 1605, el año anterior, como era costumbre, se conocía ya el texto manuscrito (que era una práctica frecuente que estimulaba el “éxito” de los libros, costosísimos, una vez que salieran al público).  Una de las hipótesis es que el capítulo 48 hirió la sensibilidad de Lope, quien desde entonces no dejó de hablar y escribir en contra de Cervantes, incluso de insultarlo con acritud al tropezárselo en la calle. Jean Caravaggio llega a decir que Lope, pavoneándose de ir rodeado de mujeres, pasaba intencionalmente por la calle donde vivía su antiguo amigo y se detenía a lanzarle improperios.
         De esa época data la carta en que Lope le escribe a otro amigo: “...de poetas no digo buen siglo es éste, muchos [están] en ciernes para el año que viene, pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote”. Afirman los autores que Cervantes al principio recibía la mayoría de estos episodios con paciencia, pero él también en muchas ocasiones le respondió oralmente y por escrito, mediante cartas, poemas y otros textos, siempre con una agudeza y habilidad lírica que irritaba muchísimo a Lope. Los ataques de Lope hacia Cervantes, por su lado, eran con frecuencia vulgares y deshonrosos, claramente indignos de su talento.
         Por ejemplo, en 1604, cuando Lope de Vega, jactándose de su éxito, hace poner en la portada de El peregrino en su patria un grabado de las legendarias diecinueve torres de Bernardo del Carpio (símbolo de triunfo), un retrato suyo con la leyenda en latín “Quieras o no quieras, Envidia, Lope es único o muy raro” y una cita de Quevedo, Cervantes, aunque enardecido, le responde con creatividad:

Hermano Lope, bórrame el soné—
de versos de Ariosto y Garcila—,
y la Biblia no tomes en la ma—,
pues nunca de la Biblia dices le—.

También me borrarás La Dragonté
y un librillo que llaman del Arcá
con todo el comediaje y epitá—,
y, por ser mora, quemarás la Angé—,

Sabe Dios mi intención con San Isí—;
mas quiéralo dejar por lo devó—.
Bórrame en su lugar El peregrí—.

Y en cuatro lenguas no me digas co—;
que supuesto que escribes boberí—,
las vendrán a entender cuatro nació—.

Ni acabes de escribir La Jerusá—;
bástale a la cuitada su trabá—.

El llamado Fénix de los Ingenios, en cambio, responde así:

Yo que no sé de los, de li ni le-
ni sé si eres, Cervantes, co ni cu-;
solo digo que es Lope Apolo y tú
frisón de su carroza y puerco en pie.

Para que no escribieses, orden fue
del Cielo que mancases en Corfú;
hablaste, buey, pero dijiste mu.
¡Oh, mala quijotada que te dé!

¡Honra a Lope, potrilla, o guay de ti!,
que es sol, y si se enoja, lloverá;
y ese tu Don Quijote baladí,

de culo en culo por el mundo va
vendiendo especias y azafrán romí
y, al fin, en muladares parará.

         El balance que hace Tómov al examinar toda la evidencia, indica que “el encarnizamiento, la saña, las expresiones crudas, la intransigencia corren de parte de Lope”, mientras que “el papel generoso y reconciliador pertenece a Cervantes, que es objetivo, alaba, llegado el caso, a Lope, reconoce su talento”.
         Hay quienes creen (y quizá nunca pueda probarse si es cierto o no) que fue Lope quien escribió la segunda parte apócrifa de Don Quijote, o que contrató a algún escritor “fantasma”, al que hizo llamarse Alfonso Fernández de Avellaneda, para que la escribiera. (Otros estudiosos señalan a Juan Blanco de Paz, enemigo de Cervantes desde los tiempos de la prisión en Argel.) Y quién sabe si fue por saberlo (que sí parece que lo sabía) que puso Cervantes tanto empeño en concluirla, cuando hacía ya diez años que la obra tenía vida independiente. Y los argumentos que presenta Cervantes para demostrar que él es el verdadero autor son tan contundentes y aguerrido que de alguna manera compaginan con la disputa personal e intelectual. Después de 1615, con la publicación de la segunda parte cervantina de Don Quijote, el fulano Avellaneda quedó desprestigiado y descartado.
         En el teatro sí está claro que a la llegada de Lope Cervantes tuvo que apartarse. Para Cervantes fue tan arrasadora la incursión de Lope en la dramaturgia que significó (después de la huida a Italia, de la guerra en que perdió la mano, de la cárcel en África, su desempleo constante en Madrid, de las penurias económicas de su familia) un nuevo y enorme obstáculo en una vida turbulenta que no daba señales de serenarse. Ya en sus últimos años, escribiendo el prólogo de Ocho comedias y ocho entremeses, dejó anotado su genuino reconocimiento a aquella otra lumbrera literaria de su tiempo: “Tuve otras cosas en que ocuparme; dejé la pluma y las comedias, y entró [entonces] el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzose con la monarquía cómica; avasalló y puso debajo de su jurisdicción a todos los farsantes; llenó el mundo de comedias proprias, felices y bien razonadas”.
         Lope de Vega también lo hizo: casi veinte años después de la muerte de Cervantes, ya mayor, Lope terminó reconociendo, aunque fuera tácitamente, el valor de la obra de su adversario, al utilizar temas cervantinos, es decir, con profundidad intelectual y delicadeza poética, para comunicarse con su propio público.
         En realidad, desde el principio lo había hecho: si Cervantes, con las solas palabras, había logrado enfurecer a un poeta admirable como Lope, es porque habitaba y palpitaba en él lo que exige el arte para ser llamado poeta. Y viceversa. Esta, que fue una de las más virulentas y en mayor medida absurdas confrontaciones literarias del Siglo de Oro, fue también, ni más ni menos, la controversia de un monstruo de la naturaleza contra otro.

emalaver@gmail.com


Año XIV / N° DXXX / 23 de abril del 2026
EDICIÓN DEL DÍA DEL LIBRO


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