Edgardo Malaver Lárez

“Las cosas tienen vida
propia”, pregonaba Melquíades, “todo es
cuestión de despertarles el ánima”. Gabriel
García Márquez,
Cien años de soledad, 1967
El título que quería poner
a este número de Ritos ocupaba al menos cinco líneas en la página del
blog. Es un caso bien alimentado de lo que podríamos llamar “variedad
ortográfica”. El diccionario da unas formas, la literatura da otras y el pueblo
venezolano prefiere las que le salen del fondo de la arbitrariedad del signo. Así
que, fiel a la lengua de mi calle, me decidí por la forma léxica que escuchaba
a menudo cuando era niño, que lleva todas las de ser la más popular en
Venezuela.
A la palabra tutirimundache,
desde que la oí por primera vez, se le notaba muchísimo que era equivalente a todo
el mundo. Tiene todos los ingredientes para que se entiendo esto y no otra cosa.
Uno crece un poquito, ve un par de películas más, y ya puede pensar que quizá
sea una palabra que la gente ha aprendido de alguna actriz italiana, o por lo
menos de un personaje de la Roma antigua, quién sabe si en la traducción de un spaghetti western. Más tarde va uno
de vacaciones a otro estado y se le paran los ojos cuando escucha otra variedad.
Y después otra y otra. Finalmente, pregunta y desemboca en el diccionario.
Y en el diccionario descubre
que lo “formal” es tutilimundi (uy, ¿y se escribe así?), y proviene
ciertamente de la expresión italiana tutti li mondi, que se traduce
fácilmente como ‘todos los mundos’. O sea, nuestra primera e infantil intuición
de traductor había acertado. Lo extraño es que el significado que uno intuye sea la
segunda acepción y que diga que es un mexicanismo, cuando en mi calle sudamericana
nacemos con esa palabra ya sabida.
Un momento, que esto no se
detiene aquí. El diccionario nos manda, en la primera acepción, a leer la definición
de mundonuevo, que es, para mí, la sorpresa del año: ‘Cajón que contenía
un cosmorama portátil o una colección de figuras de movimiento, y se llevaba
por las calles para diversión de la gente’. Ah, caramba, entonces se trata como
de un aparato, de una de aquellas cámaras antiguas en que el fotógrafo se
ocultaba bajo un mantel negro para poder hacer la foto, y dentro de eso podían
verse escenas del mundo, de todo el mundo, I presume. ¿No llevó Melquíades
el gitano una de esas a Macondo?
Los sinónimos de tutitimundache
son todos muy sonoros y atractivos: mundonuevo, mundinovi, titirimundi, totilimundi.
También existen, aunque el diccionario no los incluya, tutilimundi, tutirimundi,
tutirimundache, tutilimundache e incluso tutilimundachi. Todas estas palabras suenan como una musicalización propia, vernácula, de las voces italianas que nos las
trajeron en su origen. Y todas, juntas o por separado, son claro ejemplo de
cómo una comunidad puede adoptar, sin remilgos ni límites de ninguna clase,
palabras que llegan por tierra o por mar, impresas o guardadas en los labios de
los visitantes.
En la literatura
venezolana, hasta donde llegan mis ojos, Simón Camacho (1824-83) y Leoncio Martínez
(1888-1941) han utilizado esta palabra con confianza y con provecho en sus
obras. El primero tenía en varios periódicos de América Latina una columna
llamada “Totilimundi”, en la que publicaba, principalmente, artículos de
costumbres, que a veces adquirían la forma de cuentos (y que hoy entran
cómodamente en esa clasificación); y el segundo, Martínez, tituló así una divertida
“crónica” en que encuentra las semejanzas entre “un velorio y una comida
diplomática”. Ojalá que en el futuro aumente esta muestra.
No estoy inventando el
concepto de variedad ortográfica (quién sabe si siempre ha existido y nunca me
he enterado), pero este es un bello caso de ortografía adaptable a la fonética
y otras circunstancias que empujan a los hablantes a vestir las mismas palabras
con diferentes trajes, aunque siempre reconocibles, siempre enriquecedores para
turistas e inmigrantes, para poetas e ignorantes, para puristas e innovadores..
emalaver@gmail.com
Año XIV / N° DXXXV / 27 de abril del
2026
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