lunes, 27 de abril de 2026

Tutirimundache

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

“Las cosas tienen vida propia”, pregonaba Melquíades, “todo es
cuestión de despertarles el ánima”. Gabriel García Márquez,
Cien años de soledad, 1967

 

 

         El título que quería poner a este número de Ritos ocupaba al menos cinco líneas en la página del blog. Es un caso bien alimentado de lo que podríamos llamar “variedad ortográfica”. El diccionario da unas formas, la literatura da otras y el pueblo venezolano prefiere las que le salen del fondo de la arbitrariedad del signo. Así que, fiel a la lengua de mi calle, me decidí por la forma léxica que escuchaba a menudo cuando era niño, que lleva todas las de ser la más popular en Venezuela.

         A la palabra tutirimundache, desde que la oí por primera vez, se le notaba muchísimo que era equivalente a todo el mundo. Tiene todos los ingredientes para que se entiendo esto y no otra cosa. Uno crece un poquito, ve un par de películas más, y ya puede pensar que quizá sea una palabra que la gente ha aprendido de alguna actriz italiana, o por lo menos de un personaje de la Roma antigua, quién sabe si en la traducción de un spaghetti western. Más tarde va uno de vacaciones a otro estado y se le paran los ojos cuando escucha otra variedad. Y después otra y otra. Finalmente, pregunta y desemboca en el diccionario.

         Y en el diccionario descubre que lo “formal” es tutilimundi (uy, ¿y se escribe así?), y proviene ciertamente de la expresión italiana tutti li mondi, que se traduce fácilmente como ‘todos los mundos’. O sea, nuestra primera e infantil intuición de traductor había acertado. Lo extraño es que el significado que uno intuye sea la segunda acepción y que diga que es un mexicanismo, cuando en mi calle sudamericana nacemos con esa palabra ya sabida.

         Un momento, que esto no se detiene aquí. El diccionario nos manda, en la primera acepción, a leer la definición de mundonuevo, que es, para mí, la sorpresa del año: ‘Cajón que contenía un cosmorama portátil o una colección de figuras de movimiento, y se llevaba por las calles para diversión de la gente’. Ah, caramba, entonces se trata como de un aparato, de una de aquellas cámaras antiguas en que el fotógrafo se ocultaba bajo un mantel negro para poder hacer la foto, y dentro de eso podían verse escenas del mundo, de todo el mundo, I presume. ¿No llevó Melquíades el gitano una de esas a Macondo?

         Los sinónimos de tutitimundache son todos muy sonoros y atractivos: mundonuevo, mundinovi, titirimundi, totilimundi. También existen, aunque el diccionario no los incluya, tutilimundi, tutirimundi, tutirimundache, tutilimundache e incluso tutilimundachi. Todas estas palabras suenan como una musicalización propia, vernácula, de las voces italianas que nos las trajeron en su origen. Y todas, juntas o por separado, son claro ejemplo de cómo una comunidad puede adoptar, sin remilgos ni límites de ninguna clase, palabras que llegan por tierra o por mar, impresas o guardadas en los labios de los visitantes.

         En la literatura venezolana, hasta donde llegan mis ojos, Simón Camacho (1824-83) y Leoncio Martínez (1888-1941) han utilizado esta palabra con confianza y con provecho en sus obras. El primero tenía en varios periódicos de América Latina una columna llamada “Totilimundi”, en la que publicaba, principalmente, artículos de costumbres, que a veces adquirían la forma de cuentos (y que hoy entran cómodamente en esa clasificación); y el segundo, Martínez, tituló así una divertida “crónica” en que encuentra las semejanzas entre “un velorio y una comida diplomática”. Ojalá que en el futuro aumente esta muestra.

         No estoy inventando el concepto de variedad ortográfica (quién sabe si siempre ha existido y nunca me he enterado), pero este es un bello caso de ortografía adaptable a la fonética y otras circunstancias que empujan a los hablantes a vestir las mismas palabras con diferentes trajes, aunque siempre reconocibles, siempre enriquecedores para turistas e inmigrantes, para poetas e ignorantes, para puristas e innovadores..

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXXXV / 27 de abril del 2026

 

 

 

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