lunes, 20 de febrero de 2023

Formas de comenzar un cuento [CDIX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Cada vida es un cuento que comienza y termina.
Macario (1960), de Roberto Gavaldón

 

 

         Van a encontrar de todo, como en la viña del Señor. Formas de comenzar un cuento hay más de las que hubiera podido pensar Sherezade, que tuvo que volver a comenzar mil veces. Y todo aquel que ha escrito ars poeticas para jóvenes y más jóvenes escritores, ha reflexionado sobre la importancia de las primeras (y las últimas) palabras de un cuento. Que hay que comenzar ex abrupto, “como si ya el lector conociera parte de la historia que le vamos a narrar”, dice Quiroga; que es en “la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento”, dice Bosch; que hay que “sangrar en esas primeras líneas”, dice Campbell.

         La propia Sherezade, en realidad, tiene el recurso de entrelazar el final de un cuento con el comienzo del siguiente, a instancia de su hermana o del rey mismo —lo cual valdría la pena ensayar—. A mitad de la noche 290, por ejemplo, al terminar la historia del poeta Abu-Nowas, Shariar le insiste en que le cuente aventuras de viajes. Ella entonces, narra (según la traducción de Blasco Ibáñez) la conocidísima historia de Simbad el Marino:

 

He llegado a saber que, en tiempo del califa Harún Al-Raschid, vivía en la ciudad de Bagdad un hombre llamado Sindbad el Cargador. Era de condición pobre, y para ganarse la vida acostumbraba transportar bultos en su cabeza. Un día entre los días hubo de llevar cierta carga muy pesada; y aquel día precisamente sentíase un calor tan excesivo que sudaba el cargador, abrumado por el peso que llevaba encima.

 

Adornan este comienzo la sencillez del cuento oral y, al mismo tiempo, el lirismo de la antigüedad árabe. Alguna virtud había de traer esta arabesca forma de iniciar un relato cuando, siglos más tarde, Borges abre su también muy celebrado cuento “Los dos reyes y los dos laberintos” de esta manera:

 

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían.

 

         El siglo XX nos dio muchas formas que antes no se habían intentado —digo esto con el temor de que salte Cervantes a abofetearme con un ejemplo, o varios, de esos suyos que valen por ciento cuarenta del futuro—. La frase corta se instaló en la primera página de muchos cuentistas, siguiendo el ejemplo de algunos maestros. Miren nada más lo que hace el inigualable Quiroga en “El almohadón de plumas”:

 

Su luna de miel fue un largo escalofrío.

 

Es suficiente. Si usted no se queda colgado de esta introducción y no busca a tientas un sillón para beberse las restantes 1.200 palabras, es porque no tiene corazón.

         Sin embargo, más poético y más sintético es Tolstói en “Tres muertes”, que comienza así:

 

Era otoño.

 

Quizá sea el misterio que se intuye detrás del solo nombre del otoño, el cambio que está a punto de suceder, lo que cae y lo que queda en pie, lo que nos amarra a la página y seguimos leyendo.

         Hay cuentistas que nos asoman algún componente más del misterio en esa primera frase, pero igualmente quedamos intrigados y curiosos. Israel Centeno nos da un ejemplo en “Le bain”:

 

Muerta de miedo tal vez, despertó repitiendo esa frase.

 

¿Cuál frase? Es lo que desde ese instante deseamos averiguar. ¿Nos la dirá el narrador? Pero sin leer la segunda frase, queremos saber: ¿por qué está muerta de miedo?, ¿por qué “tal vez”?, ¿quién está en semejante situación?

         Otros, aunque igualmente nos ponen las esposas hasta que terminamos de leer, casi cuentan toda la historia en la primera oración. Miren ustedes cómo Walsh casi no deja detalle sin aclarar en “Cuentos para tahúres”:

 

Salió no más el 10 —un 4 y un 6— cuando ya nadie lo creía.

 

A pesar de proceder con lo que Cortázar llamaba “economía de medios”, vemos de una vez un jugador de dados, un casino (o una cantina mexicana de mala muerte), una mala racha y una desesperanza. Los hay que detienen la lectura en este punto porque no creen que haya nada más adentro —gente de poca fe.

         A veces no alcanza la fe, ni el misterio, para imaginárselo todo. García Márquez lo asusta a uno con lo que podría ser un inicio de cuento sobre alguien que cría canarios... pero ¿y si es otra cosa? ¿Y si alguien quiere encerrar a un loco? Bien podría ser hasta don Quijote. Así comienza “La prodigiosa tarde de Baltazar”:

 

La jaula estaba terminada.

 

         Sucede también con Mansfield. Nos pone en una atmósfera agradable, de la que despertamos cuando comenzamos a hacernos preguntas. Su cuento “Fiesta en el jardín” comienza de este modo:

 

Y, después de todo, el tiempo era ideal.

 

¡Y comienza con y! O sea, hay una parte del cuento que ya contó pero que no escuchamos. Quiroguiana y neozelandesa a la vez la chica, se ha propuesto hacernos disfrutar de la fiesta antes de que descubramos que ya no importa.

         A ver qué imaginan ustedes al leer, al principio de un cuento titulado “Coincidencias”, una imagen como esta:

 

Sentados en la piedra miraban los círculos de agua.

 

Yo me imaginé a dos criaturas aladas, de la especie de Campanilla, la de Peter Pan, que meten los pies en el agua mientras esperan que Ana Teresa Torres los llame a la aventura. Y entonces, ágiles y ligeros, salen volando.

         Falta tiempo y espacio para comentar otros ejemplos, la colección es enorme, apenas comparable a aquel campo de velas al que llega Macario, el protagonista de aquella misteriosa película, huyendo de una muerte terrible. Cada pequeña llama que observa, de todas las épocas, de todos los rincones del mundo, podría representar un cuento que inicia con palabras atractivas y nebulosas.

         No veo estos ingeniosos inicios como estrategias enganchadoras, que sería lícito que lo fueran. Las veo como frutos de la sensibilidad del espíritu que crea y que se desnuda poco a poco ante otro espíritu que aguarda anhelante. Ya que el primerísimo contacto con aquellos que esperan esas historias ha de influir en toda la interacción que llamamos lectura, ese espíritu cifra y dicta a la mano que escribe la clave que abre la comunicación y revela la intimidad y la fidelidad que existe entre el narrador y el lector.

         Acaso esa especie de romance latente pueda encontrarse, iluminado por la sencillez de la frase, en cuentos como “Caballero de Bizancio”, de Laura Antillano, que comienza diciendo:

 

Yo abro la puerta y está usted.

 

Quién sabe si ese abrir de puerta termine siendo un hábito de los personajes, es decir, que, como dice Piglia, el narrador nos distrae con una historia para escondernos otra, la que importa, pero mientras conjeturamos sobre esa puerta, sobre el yo y el usted, sobre por qué no es un tú, sobre quién está dentro y quién afuera, sobre quiénes son, ya los espíritus de quien cuenta y quien escucha se reconocieron, se enamoraron y se lanzaron a vivir.

         Saramago también recurre a esta “clave” al principio de esa rareza que es, según él mismo, su único cuento infantil: “La flor más grande del mundo” (recito de memoria):

 

Nada más comenzar la primera página, aparece un niño en el fondo del bosque.

 

         Pero no sé si he encontrado manera más tierna y graciosamente misteriosa de comenzar un cuento para niños que aquella con que Carlo Collodi comienza Pinocho, su obra más grande (leo la traducción de Ana María Del Ré):

 

Había una vez...

—¡Un rey! —dirán enseguida mis pequeños lectores.

No, muchachos, se han equivocado. Había una vez un trozo de madera.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDIX / 20 de febrero del 2023

 

 

 

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lunes, 13 de febrero de 2023

Nombres prohibidos [CDVIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El encuentro de David y Abigaíl (1630), de Peter Paul Rubens

 

 

         Yo trabajé en Margarita con una muchacha argentina que contó una vez que sus padres la habían querido llamar Samanta. Ambos habían soñado durante años con tener una niña y ponerle ese nombre, pero al llegar a la prefectura para inscribirla en el Registro Civil, los funcionarios les informaron que ese nombre estaba prohibido en Argentina. Los padres explicaron cuánto significaba aquel nombre para ellos, pero para simples escribientes, en la dictadura de los años 70, no era posible aceptarlo. Protestaron, y entonces les trajeron el libro donde estaban los nombres permitidos. Después de mucho discutir, argumentar y alterarse sin ningún resultado, ya furioso pero accediendo a los ruegos de su mujer para que no se metieran en un problema mayor, el padre cogió el dichoso libro decidido a poner a su hija el primer nombre que apareciera en él. Y fue así como aquella compañera terminó llamándose Abigaíl.

         En el año 2009, en Venezuela, a alguien con algo de poder se le ocurrió que habría que modificar la ley para impedir que los niños fueran llamados, por ejemplo, con nombres extranjeros, nombres de superhéroes del cine y la televisión, de dictadores o criminales, nombres que fueran combinaciones extravagantes o vulgares y todo nombre que pudiera considerarse ridículo o que, en el futuro, significara un atentado contra la dignidad o la estabilidad psicoemocional del niño. Algo bueno tuvo aquella propuesta: logró poner de acuerdo a los padres que ponen nombres extraños a sus hijos y a los que están en contra de esa práctica. Estábamos todos de acuerdo en que, aunque quizá muchos debían adquirir un poco más de conciencia sobre ello, los padres tenían que conservar la libertad de nombrar a sus hijos como ellos decidieran y no que el Estado se lo impusiera, por limitada y razonable que fuera la lista de los prohibidos.

         Además de ser una actitud arrogante, ¿con qué criterio uniforme y confiable puede nadie confeccionar una lista de nombres que sean “apropiados” para los ciudadanos? ¿Quién tiene tal nivel de equilibrio y tal combinación de conocimiento, flexibilidad y “buen gusto” para ser justo en semejante tema? El primer propósito que siempre se menciona es el del origen cultural del nombre. Sin embargo, ¿dónde existe un origen cultural tan claro y homogéneo que ofrezca opciones aceptables para todos en un asunto tan subjetivo?

         Ya todos hemos oído que el nombre de una persona puede traer consecuencias sobre su psicología. Y mil veces nos han dicho también que en las culturas más antiguas el nombre de cada quien insinuaba desde el principio el destino del recién nacido. En la Biblia, por ejemplo, Isaac proporcionó ‘alegría’ a sus padres, ancianos ya cuando lo engendraron; Moisés fue ‘sacado de las aguas’ y luego guio a su gente a través del mar; Jesús, que se salvó de la matanza de los inocentes, se convirtió en el ‘salvador’ de su pueblo. No es que en esta época sea nadie capaz de dibujarles el destino a los hijos de tal manera, pero sí es posible, al menos, no torcerles la vereda por la que les tocará caminar. De modo que conviene llevar nombres agradables, que no perturben, que no avergüencen, que no aplasten.

         Es un asunto de educación, me parece. Si usted tiene una poca de conocimiento del mundo que va más allá de la calle en que nació, creció y aprendió a conducir, es probable que, al menos por comparación, se le cuelgue la idea de que hay nombres comunes y nombres no comunes. El argumento de los nombradores extravagantes es que quieren que sus hijos tengan nombres que nadie más tenga. ¿Qué ganarán con eso? Ellos, una ilusión, quizá; los hijos, la frustración. Una vez instalado Internet en nuestra vida, todos los portadores de “nombres originales” han descubierto que en el vecindario vecino y tres países más allá y al otro lado del mar hay otros que se llaman igual.

         También es un asunto de cultura, ¿no? Uno tiene que tener un nombre que concuerde con la cultura en la que ha nacido. Hay que tomar en cuenta que ese nombre va a ir unido, en todos los documentos de su portador, durante toda la vida. Y más tarde también. Sin embargo, hay gente, en todas las culturas, que parece creer que los nombres que han heredado de miles de años de tradición (y casi todas las demás palabras que les da su lengua) son inferiores, y por tanto despreciables, si se les compara con los de otras culturas, entre más lejanas mejor. Estas combinaciones, cuando son simplemente nominales y no tienen la profundidad del enriquecimiento cultural, suelen guardar semejanza con los faunos y los centauros.

         Es cuestión de conciencia también, de quién es uno, que abarca lo que es y ha sido el pueblo donde uno ha nacido. Si descubriéramos que ningún otro pueblo tiene más dignidad que el nuestro, aunque fuera simplemente porque es el único que es nuestro, quizá así descubriríamos más de nosotros la belleza de los nombres que nos dejaron nuestros bisabuelos.

         A aquella Abigaíl la llamaron siempre Samanta en casa porque, gracias a Dios, algo que no pueden hacer las autoridades es suprimir la claridad de propósitos de aquellos que la poseen. Tampoco pueden borrarle a la gente la lengua que quiere hablar. Aquellos padres tuvieron que cambiar, en los documentos de su hija, la influencia anglófona por la judeo-cristiana, de tradición más prolongada e indudablemente más cercana a su historia. El origen de aquella prohibición en Argentina era de naturaleza ideológica: aspiraba a eliminar los nombres ingleses, es decir, procedentes de una cultura “imperialista”, pero quién sabe si Samanta habría sido bueno para la niña. Lo que sí es ridículo en este campo y en otros es pensar que vamos a poder cambiar la sonoridad de los nombres por decreto, que vamos a poder trazarles un camino a las palabras con una ley. Aunque estén prohibidos, la gente seguirá escogiendo para sus hijos nombres que se asemejen a los latidos con que los aman. Y que estén prohibidos no es un obstáculo lingüístico ni emocional, ni siquiera jurídico. Es simplemente un antojo ideológico de los gobernantes, que tarde o temprano la lengua viva que habla la gente vencerá.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDVIII / 13 de febrero del 2023

 

 

 

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lunes, 16 de enero de 2023

Qué fatalidad [CDVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

El profeta Jonás saliendo de la ballena (1600),
de Jan Brueghel el Joven

 

 

 

         Oigo en mi mente a mi madre diciendo: “¡Qué fatalidad!”, cada vez que se enteraba de algún hecho lamentable, vergonzoso e incluso ridículo. Y mil veces la he citado ahora que tengo edad para comprenderla. Sin embargo, la palabra fatal, el concepto de lo fatal, no fue creado para lamentar, para compadecerse ni para reírse de lo que pasa alrededor.

         El fatum, como lo llamaban los romanos —lo que los griegos llamaban heimarmene— se refería, por lo que leo, simplemente al destino, a lo que iba a pasar porque tenía que pasar, lo ineludible, el destino. Heimarmene, de hecho, significaba ‘lo que nos tocaba en suerte’. En ninguno de los dos casos era automática la interpretación mortífera que, de entrada, tiene la palabra en español y en la actualidad.

         ¿Qué nos hace pensar —o sentir— que lo fatal es intrínsecamente negativo, trágico, doloroso? Puede ser porque lo más fatal que existe, si es que existe, es la muerte, y la idea de la muerte es la más lejana a lo deseable que albergamos en nuestra mente. El fin, la ruptura que significa la muerte, es lo más funesto que podemos imaginar colectivamente. El fin, en general, el fin de cualquier cosa, especialmente si es algo que nos da placer, belleza o alegría, es fatal puesto que es inevitable que pase. Todas las cosas tienen fin.

         También hay que decir que fatum, del que deriva hado (que tampoco es esencialmente funesto, como demuestra la existencia de los adjetivos bienhadado, ‘afortunado’, y malhadado, ‘infeliz’) era en la antigüedad ‘lo dicho por un dios’. Los que han leído a Sófocles saben que lo que responde el oráculo a las consultas de los mortales se cumplirá, por más medidas que se tomen; no habrá argucia que pueda intentar el hombre para impedir que suceda. Y nadie lo sabe mejor que Layo, el padre del desgraciado Edipo... y el propio Edipo.

         En el cristianismo, gracias a Dios, no es así. El hombre puede torcer el rumbo de su “destino” al cambiar su conducta, para bien o para mal, pero no está acorralado por un dictamen inapelablemente desfavorable y... fatal. Pero la fatalidad se presenta en múltiples formas en la vida cotidiana y, me figuro yo, depende de las circunstancias y de la respuesta de cada quien. Usted comete un crimen, un día lo atraparán; usted come solamente comida rápida, un día se enfermará; usted engaña todo el tiempo a sus amigos, un día perderá su confianza.

         Cuando una persona, al llegar a casa después de un día complicado, exclama: “¡Hoy me fue fatal!”, no quiere decir que esa noche va a morir (ni, mucho menos, que ya murió a las 3:25 de la tarde), pero sí está creando una hipérbole en la que asocia las cosas que le han pasado con la temida idea de la muerte, de la muerte trágica, y, además, deja implícito que todo lo que le sucedió fue de veras, como la muerte, ineludible.

         Lo fatal, que, voy a repetir, puede parecernos lamentable, vergonzoso o ridículo, se ha inmiscuido en la lengua, como lo hace en la vida, para enseñarnos que todo tiene su principio y su fin. Lo que está fuera de eso, aun si se torna negativo o triste, tiene solución.

 

emalaver@gmail.com

 



Año X / N° CDVII / 16 de enero del 2023

 

 

 

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lunes, 9 de enero de 2023

El que se va de villa [CDVI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Puente de los Suspiros, Barranco, Lima

 

 

         No habré sido yo el único que mil veces se preguntó, siendo niño, qué significaba “irse de villa” en el muy conocido refrán el que se va de villa pierde su silla, que es como lo oía yo cuando era pequeño y como sigo oyéndolo hoy en Venezuela. Tampoco habré sido el único que, un poco más grande, pensó, tratando de entender, que lo más probable era que originalmente se dijera el que se va de la villa... —ya comenzaba a sonar colonial, ¿no?—, y que el oído colectivo, arbitrariamente, ajustaría la métrica a siete sílabas, en contra del popular verso octosílabo. Y después, muchos habrán, como yo, concluido que esa villa tenía que ser Sevilla. ¿Qué otro nombre de ciudad española se iba a parecer más?

         El problema persistía porque era forzado decir: “El que se va de Sevilla pierde su silla” en momentos en que alguien se levanta y otro que ha estado de pie mucho tiempo aprovecha la oportunidad para sentarse —o cuando alguien descuida un negocio o un asunto que le interesa y luego lo lamenta al ver que ha sido desplazado—. Alguna vez me he propuesto comenzar a decir más bien: “El que se va a Sevilla...”, que resolvería la disparidad en el número de sílabas, pero no, con la lengua no hay quien pueda: sigue sonado como una guitarra con cinco cuerdas.

         Hoy me he tropezado en Internet con un libro que dejé en Caracas, El porqué de los dichos (1955), de José María Iribarren (1906-71), y echándole un vistazo rápido, me di en la frente con el refrán Quien se fue a Sevilla perdió su silla. Como no hace falta señalar las sutiles diferencias y por el mero placer de oír de una voz sabia la ansiada respuesta, voy a reproducir aquí lo que dice Iribarren:

 

Quien se fue a Sevilla perdió su silla

 

[Se emplea este dicho cuando alguien se ausenta momentáneamente de un lugar, por lo general una habitación, y, cuando regresa, otra persona ha ocupado su sitio. En sentido más amplio, indica que la ausencia puede ocasionar un perjuicio]

Este dicho debió de originarse del siguiente hecho histórico que refiere Diego Enríquez del Castillo en su Crónica del rey Enrique IV (caps. 26 y 54). En tiempos de Enrique IV le fue concedido el arzobispado de Santiago de Compostela a un sobrino del arzobispo de Sevilla, don Alonso de Fonseca, y como el reino de Galicia estaba muy alterado, creyó el electo que el tomar posesión iba a costarle Dios y ayuda. Se lo pidió a su tío, y este convino en que iría él a Santiago a pacificar Galicia, y que mientras tanto su sobrino se quedase en el arzobispado de Sevilla.

Don Alonso de Fonseca restableció el sosiego en la revuelta diócesis de Santiago; pero cuando trató de deshacer el trueque con su sobrino, este se resistió a dejar la silla hispalense.

Hubo necesidad, para apearle de su resolución, no solo de un mandamiento del papa, sino de que interviniese el rey y de que algunos partidarios del sobrino de Fonseca fuesen ahorcados después de breve proceso.

Monláu, que refiere esto en su libro Las mil y una barbaridades (Madrid, 1869), concluye: «Dedúcese que el refrán debe decir que la ausencia perjudica, no al que se fue a Sevilla, sino al que se fue de ella».

 

         Y le faltó decir que, además de todo esto, el sobrino, que se llamaba igual que el tío, no abandonó la hermosísima Catedral de Sevilla sino a punta de espada. La tensión se disipó en 1469. Es fácil imaginar que al terminar ese siglo, cuando los españoles acababan de llegar a América, o un poco después, a ambos lados del océano habría quien recordara que aquella situación había puesto en labios de la gente común la ahora archiconocida expresión. Los niños del siglo XX hemos tenido que investigar para saberlo.

         Además, en muchos lugares hay variaciones. Hoy mismo he leído que en Ecuador tienen su propia versión del refrán: El que se fue a Quito perdió el banquito. En algunos lugares de España dicen más bien Quien fue a Sevilla perdió su silla, y quien fue a Granada no perdió nada. No he oído, sin embargo, versión más creativa y graciosa que la peruana, probablemente para referirse jocosamente a la bohemia del barrio limeño de Barranco. Aquí, cualquier que oiga decir la versión sevillana del refrán automáticamente responderá: “Y el que se fue a Barranco perdió su banco”. E inmediatamente, aunque sea un desconocido, alguien replicará con la ingeniosa coda: “Y si viene de Lima, se sienta encima”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDVI / 9 de enero del 2023

 

 

 

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lunes, 2 de enero de 2023

Qatar [CDV]

Edgardo Malaver Lárez

 

Este texto debía ser publicado el 20 de noviembre, día de la inauguración del Mundial

de Fútbol del 2022, pero no fue posible terminarlo a tiempo. Tampoco fue el deseo deliberado del autor hacerlos esperar tanto.

 

 

Al fondo, la ciudad de Doha, Catar, en 1904. Foto: H. Burchardt

 

 

         Hoy comenzó la Copa Mundial de Fútbol del 2022, que este año se desarrollará en un pequeño país (11.511 kilómetros cuadrados) del oeste de Asia, y con más precisión, de la costa oriental de la Península Arábiga. Ya los oigo preguntando por qué, en lugar de este larguísimo sintagma nominal, no digo, como hace la gente normal, el nombre de ese país, que es una sola palabra. La primera razón es que ese nombre es bastante curioso. Y problemático desde el año 2010, en que la Real Academia Española —o más bien la Asociación de Academias de la Lengua Española— incluyó entre sus novedades ortográficas la norma de que el nombre de ese país, que hasta ese día habíamos escrito, sin dudar nunca, comenzando con q, se escribiera con c.

         Los medios de comunicación social (los convencionales, sus versiones digitales y muchísimas personas que ahora se consideran comunicadores sociales gracias a Internet) parecían asombrados de este cambio, que se extendía, con variaciones, a otros nombres de países, como Iraq, y a palabras tan comunes como quorum. La decisión, que, al principio, podía lucir un tanto antipática, tenía todo el sentido del mundo: la letra q no es lo que el sistema ortográfico utiliza con mayor frecuencia para representar el sonido inicial del nombre de aquel país pérsico. ¿Para qué sirve la cu? En realidad, para bien poco: para representar en la escritura el sonido /k/ cuando va seguido de la vocal e o la i, como en almanaque y quizá. Con las demás vocales se usa la ce, como en calendario, halcón y curioso. Su uso cuando la vocal que le sigue es una a no es, por ende, compatible con el sistema ortográfico del español. Así que esta decisión se tomó, para ser claros, décadas y décadas después de lo que era razonable. Sin embargo, los periódicos estaban asombrados... o querían que sus lectores se asombraran.

         No parece haber sucedido mucho más que eso. Muchísimos hablantes y hablantes que escriben no dan señales de recordar con claridad aquel cambio tan sencillo. Hoy que comienza el Mundial de Fútbol del 2022, que se va a desarrollar en Catar, me sorprenden las cifras que me muestra una breve investigación que acabo de hacer, hoy, día de la inauguración, acerca de la frecuencia con que, en español, se usa Qatar en lugar de Catar en toda Internet.

         En primer lugar, escribí “Catar” en Google y el buscador reportó haber encontrado 279.000.000 de coincidencias, mientras que con “Qatar”, fueron 2.300.000.000. No es significativo porque el nombre de este país se escribe “Qatar” en la mayoría de los idiomas. Sin embargo, para curiosear un poco, conté los resultados en que se escribía “Catar” y “Qatar” en la primera página de resultados en ambos casos, y encontré que la primera opción se repetía 35 veces mientras que la segunda, 31. No me apresuré a hacer ninguna hipótesis en ese momento, pero después pensé que la mayor frecuencia de “Catar” (que no es inmensamente mayor) puede haberse debido a que mi buscador está programado para encontrar en primer lugar los resultados en español y luego en inglés, en francés y en otras lenguas. (Experiencias anteriores me insinúan que si hubiera buscado ocurrencias de “Catar” en la décima o décima quinta página de resultados, muy probablemente no habría encontrado ninguna.)

         Sin embargo, seguí probando y contando siempre los resultados que me aparecían en la primera página de resultados. Escribí después “Mundial Fútbol 2022” y aparecía “Catar” 12 veces y “Qatar” 36 veces (gana “Qatar” tres a uno). Escribiendo “FIFA” encontré tantas veces “Catar” como “Qatar”: seis a seis (o, estadísticamente, uno a uno). Con “Mundial”, fueron siete para “Catar” y 22 para “Qatar” (es decir, poco más de tres a uno para “Qatar”). Escribí “Goles”, y Google me dio “Catar” una vez, pero “Qatar” 10 veces (¡diez a uno!). Escribí “Fútbol” e, inesperadamente, conseguí “Catar” nueve veces y “Qatar” siete; pero con “Partidos”, no hubo ningún “Catar”, ¡y hubo 10 “Qatares”! Con “Estadio”, no hallé tampoco “Catares”, pero sí cuatro “Qatares”. Menos mal que en el caso de “Copa”, empatan uno a uno. Y por último, cuando busqué “Catar”, apareció “Qatar” 13 veces, mientras que apareció “Catar” 15 veces al buscar “Qatar”.

         La balanza, a pesar de la informalidad de la encuesta, está clarísimamente inclinada hacia la fórmula fonética, es decir, la que en primera instancia se forma al adaptar la palabra árabe a caracteres latinos. En muy pocos casos hay equilibrio. Y en menos casos aún es más abundante la opción española.

         El mundo de habla española en Internet conoce poco las normas ortográficas (esta afirmación también hay que demostrarla, será en otra ocasión). Sin embargo, las faltas ortográficas suelen ser motivo de escándalo. Lucen numerosos los que desearían que las normas fueran más sencillas —y en realidad cada vez se las hace más sencillas—, pero cuando la Academia propone una simplificación, parecen preferir la complejidad. A veces pasa al contrario, también: que es la Academia quien tiene la actitud tendiente a la complejización.

         Ya es hora de aceptar que esas palabras que aún escribíamos con q, como se hacía en latín —sí, amigos míos, nuestros bisabuelos y tatarabuelos escribían, porque era lo correcto según las normas, quasi y quadrado, quotidiano y quociente, e incluso quota— deben escribirse con c, que es lo más coherente con el resto de la ortografía del español. Aquellos a los que les gusta y a los que no nos gusta, todos, debemos comprender que la presencia de esa q en esas palabras es, a la vez, un vestigio del pasado del español y una influencia de otras lenguas de la actualidad que la usan por razones que son armoniosas con sus historias, no con la nuestra.

         Hace el mismo tiempo que se decidió esta pequeña modificación en la ortografía que la decisión de escoger a Catar como sede del Mundial de Fútbol de este año. Ya es hora de que nos percatemos. Ya es hora de salir del asombro y aprovechar estas particularidades nuestras para tener una voz propia entre las voces incontables del mundo.

         Lo que menos hay que hacer con esos cambios es asombrarse, mucho menos escandalizarse, porque en realidad significan un acercamiento al ideal, promovido por mentes iluminadas como la de Andrés Bello, de que escribamos como hablamos y que hablemos como escribimos, es decir, que una letra represente un solo sonido y que cada sonido tenga una sola forma gráfica. Ideal dificilísimo de lograr, sí, pero nada impide que hagamos pequeños avances cada cierto tiempo, sobre todo si son tan pequeños y tan sencillos y si calzan tanto con la forma peculiar que exhibe tan ampliamente la lengua española en toda su vastedad.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDV / 2 de enero del 2023

 

 

 

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