lunes, 29 de agosto de 2016

Me voy pa las Italias [CXXI]

Edgardo Malaver



Plaza Miranda de la atractiva ciudad de Barquisimeto
en 1954. Arriba a la derecha, el obelisco


         Había planeado dejar que los lectores descansaran esta semana del tema del plural, pero acabo de toparme con una vieja lista de posibles temas para cuando no se me ocurriera qué escribir, y como era esa la circunstancia en que me encontraba, tuve que cerrar los ojos y ceder ante la tentación. Las notas que encuentro dicen simplemente: “Plural de topónimo distante: las Europas, las Américas”.
         ¿Por qué algunos hablantes (si es que verdaderamente son algunos) tienden a pluralizar algunos nombres de lugar? Mi hipótesis inicial, hace años, era que debía tratarse de una forma de aumentar en el discurso la importancia que revestía hacer un largo viaje o, aunque no fuera largo, a un lugar muy lejano. Podía ser impresionante para el hablante que alguien cercano lograra ir, por ejemplo de vacaciones, a las Méridas, a los Maracaibos, a los Barquisimetos. Y lo era mucho más, incluso para el que hacía el viaje, ir a los Méxicos, a los Mayamis, a las Europas.
         Aunque esta idea no queda descartada (más bien queda confirmada), las breves lecturas que he hecho antes de comenzar a escribir, me indican que esta forma de aumentativo, más que de plural, más popular que culto, podría provenir de los mismísimos orígenes de la expansión del castellano en la España de la Edad Media. En los siglos anteriores a los Reyes Católicos, España era un reguero de pequeños reinos que apenas se comunicaban para entrar en guerra y para celebrar matrimonios entre los hijos de los reyes. Isabel y Fernando, que se habían casado precisamente para unir las posesiones que sus antepasados habían ido acumulando, figuran como los que comenzaron a unir “todas las Españas”, como le escribió el humanista Diego de Valera (1412-88) al joven príncipe antes del casamiento. “Todas las Españas” bien pueden entenderse como la suma de Castilla y Aragón, la suma de todos los territorios que poseían los dos herederos, todos los que estaban bajo su influencia y todos los que, con su nuevo y agrandado poderío, no tardarían en sometérseles.
         En 1492, Isabel la Católica tomó posesión de los territorios antes dominados por los árabes, con lo cual terminaban reuniéndose también dos Españas, la cristiana y la musulmana. Inmediatamente llegó Colón a un nuevo territorio, que comenzaron a llamar, primero, las Indias, porque era donde creía el Almirante haber llegado, y, más tarde, las Antillas; partir a estas tierras a buscar fortuna comenzó a llamarse “ir a hacer las Américas”. En esa misma sintonía, regresar a la capital del reino —¡hombre, qué viaje más largo!— era recalar por los Madriles. En épocas tan cercanas como 1837, la Constitución española se refería a Isabel II como “reina de las Españas”, y eso que no poseía ya la americana.
         Sea a causa de la noción de distancia, de tamaño (más bien de grandeza) o de herencia, lo cierto es que el pueblo se apodera de esas formas expresivas, sobre todo porque son expresivas, y las mantiene, las perpetúa. Nunca he estado en las Australias, pero veo en el mapa que es lejísimos. Nunca he pisado las Arabias, pero me dicen los que han ido que la gente tiene otras costumbres. Nunca la he visto los Niuyores, pero leo en “La ciudad de nadie” que pasan cosas asombrosas. Deben ser lugares magníficos y misteriosos. Cada quien tiene su idea de ellos, son muy diversos. Será por eso que algunos, muchos, andan diciendo ahora: “Me voy pa las Inglaterras, pa los Portugales, pa las Italias”.

emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXXI / 29 de agosto del 2016

lunes, 22 de agosto de 2016

El nuevo plural [CXX]

Edgardo Malaver


Últimamente, en Venezuela escasea
también el plural



         Los primeros días que asistí a la universidad, me pareció que era una broma de los estudiantes de Caracas. Poco tiempo después, lo oí en vivo: “Deme dos pan gallego, por favor”. En algún momento, pensé que podía ser cuestión de no saber qué pluralizar: pan o gallego. Durante todo este tiempo, la broma, la constatación y la hipótesis se habían circunscrito al territorio de las panaderías y los cafetines. Y, si no fuera porque nunca hice las comprobaciones pertinentes, afirmaría que era un fenómeno caraqueño.
         Sin embargo, como no hay acontecimiento histórico que no deje su huella en la lengua, la actual situación sociopolítica que vive Venezuela está construyendo su aporte en la forma de decir algunas cosas. En Caracas —en toda Caracas—, los ciudadanos comentan ahora en las largas colas que hacen todos los días para comprar todo lo que se necesita: “Ayer por mi casa vendieron dos harina, dos azúcar, dos frijol”. Tengo unos meses identificando ese nuevo plural que hasta ahora yo había llamado “el plural caraqueño de panadería”.
         El fenómeno, como he observado en días recientes, ya no se limita a la capital. Hace una semana vi en la televisión una noticia de Táchira en que una mujer que regresaba de Cúcuta le decía al reportero: “¿Quién puede vivir con una bolsa de comida donde vienen apenas tres harina y dos arroz?”. (Obsérvese que el verbo, vienen, está en plural, es decir, esta persona tiene la intención de hacer concordancia.) Ahora llego a Margarita y oigo a mi hermana relatar sus peripecias para conseguir que, en la repartición que hace el gobierno cada imprecisa cantidad de tiempo, le asignen “dos pollo, dos pasta, dos aceite”.
         ¿Será verdaderamente nueva esta forma de pluralizar? ¿Cesará cuando cese la situación de escasez de alimentos que sufre Venezuela o se quedará largamente en el español que hablamos aquí? ¿Llegará a tener esta “curiosidad” alguna incidencia en nuestros vecinos, que ya han comenzado a verse afectados, al menos económicamente (no sé si para bien o para mal) por el problema? ¿Dejará indiferentes a otros sectores del habla venezolana? Lo único cierto parece ser que tenemos un nuevo plural.
         “¿Por qué será eso?”, me pregunta mi hermana cuando le comento lo que estoy escribiendo, porque se da cuenta de que en otros contextos pluraliza con normalidad. No tengo respuesta. ¿Será ésta una señal del rigor de la escasez? ¿Será, quizá, que la mente de los venezolanos, colectiva y unánimemente, intenta expresar el alto grado de calamidad singularizando lo que de manera natural es incluso tan abundante que no puede contabilizarse con facilidad? Por más que hoy consigamos dos kilos de harina, esa cantidad siempre va a ser insuficiente, es como si fuera uno solo, porque pronto no habrá más. Quizá la explicación sea que la opción más cercana al cero es el singular. En otras palabras, en español de Venezuela el nuevo plural es el cero.

emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXX / 22 de agosto del 2016

lunes, 15 de agosto de 2016

Los Juegos Olímpicos como 'pluralia tantum' [CXIX]

Edgardo Malaver



No hay información definitiva al respecto, pero se cree
que los atletas de la antigüedad competían desnudos



         Los Juegos Olímpicos han comenzado oportunamente. No sólo han llegado para aprovechar el verano, como cada cuatro años, y para descansar un poco de las controversiales noticias políticas de Brasil, sino además para sumarse a esta seguidilla de artículos sobre el plural que tenemos en este momento en Ritos de Ilación. Lo oportuno es que, aunque nadie necesita que se lo diga, el nombre Juegos Olímpicos es plural. Siempre es plural, como Olimpíadas. Estos y otros son plurales tan curiosos que la gramática les ha asignado una habitación aparte, en cuya la puerta dice: “Pluralia tantum”... en latín, ¡madre mía!
         Pluralia tantum equivale a ‘todos plurales’, ‘solamente plurales’ o, como dicen algunos autores, ‘plurales inherentes’, sustantivos que se usan únicamente en plural. Esta particularidad se debe a que no se presentan nunca en la realidad en forma de un solo individuo, objeto o acontecimiento. Siempre existen sólo como grupo numeroso, al menos doble. Uno nunca dice, por ejemplo, “Yo vivía en la afuera de la ciudad” ni “La finanza del Estado funciona mal”. Aunque nos parezca, en la lengua hablada, que no es verdad porque es muy común decirlos y oírlos en singular, los sustantivos tijeras, pantalones y bigotes pertenecen al grupo de los pluralia tántum. También nos pasa con calzones, pinzas y tenazas, pero no con lentes (y sus sinónimos), esposas y riendas.
         Hay quienes se han puesto en la minuciosa tarea de explorar el reino de los pluralia tántum y han descubierto regiones que han bautizado ‘de alimentación’ (que incluye comestibles, víveres, espaguetis, etc.), ‘de dinero’ (fondos, emolumentos, ingresos, etc.), ‘de actitud’ (arrumacos, modales, ínfulas, etc.), ‘de objetos menudos’ (añicos, residuos, trizas, etc.), ‘de matrimonio’ (arras, nupcias, esponsales, etc.), ‘de anatomía’ (sesos, entrañas, facciones, etc.), ‘de lugares’ (andurriales, adentros, lares, etc.). También aparecen en términos especializados como artes marciales, cuidados intensivos y juegos olímpicos. El reino es tan extenso, que cada autor anota un nuevo territorio que el anterior no había cartografiado.
         También son fácilmente observables en expresiones como volver a las andadas, estar de malas pulgas, hacer buenas migas y mil otras. No vamos a ganar indulgencias con esta información, pero para cubrir las apariencias, escondiendo los cabos sueltos y para no dar largas al asunto, será mejor soltar las amarras y despedirnos.
         Concentrémonos en los juegos, que ya ha entrado en los anales de la historia por el número de delegaciones que asisten, 207, ¡qué pluralidad!, y por ser los primeros que prepara un país de América del Sur y de habla portuguesa. Salve, atletas, que ganen los mejores. ¡Citius, altius, fortius!

7 de agosto del 2016


emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXIX / 15 de agosto del 2016



lunes, 1 de agosto de 2016

Los plurales de los plurales [CXVIII]

Edgardo Malaver


Doña Bárbara (personificada por Marina Baura) y Juan Primito
(Arturo Calderón) en la versión de RCTV (1975)



         Existe un poema de Aquiles Nazoa titulado “Marilyn en la morgue”, en que la voz del poeta dice: “Visto harapos de vagabundo, / mi equipaje es mi corazón, / viajo en los trenes de la noche, / no tengo un diez para un hot dog”. No sé si antes o después de conocer yo este texto, una muchacha española que pagaba su entrada en el cine antes que yo le ofrecía al taquillero, para facilitar la entrega del vuelto, “dos dieces”. ¿Qué es un diez? En el caso de Nazoa, tendría que ser una moneda de diez centavos de dólar. En el de la muchacha del cine, eran billetes de diez bolívares. O sea, los números también tienen sus plurales. Para un hablante del español de Venezuela, aquello fue toda una revelación.
         El diccionario me lo confirmó un día. El plural de dos (el número, el billete de cualquier moneda y cualquier cosa que numeremos con el 2) es doses. Y el plural de doce es doces. Qué divertido. Muchos se preparan durante meses para los veinticuatros y treintaiunos de diciembre. Todos esperan con ansiedad los quinces (y los últimos, que pueden ser los veintiochos, los veintinueves, los treintas u, otra vez, los treintaiunos, depende del mes). En países como Cuba se llama quinces a las fiestas de décimo quinto cumpleaños de las niñas. Aún no nos decidimos, pero también, a veces, llamamos cuarentas, sesentas, noventas a las décadas de los siglos.
         Otro autor venezolano, Rómulo Gallegos, menciona en su obra más conocida, Doña Bárbara, un apellido, Mondragón, cuyo plural les da a aquellos hermanos una figura terrible en nuestra imaginación. Los Mondragones están, en efecto, sometidos a la “autoridad” de la protagonista y le obedecen ciegamente, por lo que, aunque sean sólo tres, parecen un batallón. Algunos apellidos tienen, aun en singular, apariencia de plural, como Cervantes, Cortés, Borges y hay otros que, aunque no terminen con las marcas típicas de plural, suenan a muchos: Rodríguez, González, Martínez; sin embargo, todos aquellos que, fuera de la heráldica, son sustantivos o adjetivos en singular, pueden ser pluralizados con enorme facilidad cuando nos referimos a una familia: los Crespos, los Castillos, los Borbones.
         En Venezuela, muchos lugares reciben como nombres los apellidos de las familias que los fundaron o los habitaron por primera vez. En Margarita, son notorios Las Giles, Los Millanes, Las Marvales, apellidos que ya no volverán a su forma singular. En Los Salias, Miranda; en Los Ruices y en la esquina de Avilanes, Caracas, en San Juan de las Galdonas, Sucre, comprenden muy bien esta práctica.
         Otro terreno invadido por los plurales es la forma de hacer las cosas. Uno puede entrar a un lugar a hurtadillas, a gatas, a tientas... Los niños hacemos cosas a escondidas y jugamos con objetos de mentiritas, sobre todo si nos los dan a manos llenas. García Márquez en Cien años de soledad dice que a José Arcadio hijo hubo que enterrarlo “a las volandas”.
         A sabiendas de todas estas cosas, a las tontas y a las locas, para comprobarme a mí mismo que no andaba tan mal de entendederas, en estos días me he puesto a buscarle plural a todo —¿qué es más plural que el singular todo?—, intentar decirlo todo en plural y, a todas estas, me he topado con una tropa —¡mira, singular otra vez!— de singulares sin los cuales no habría podido decir nada. El intento se ha quedado a medias, pero como sé que la lengua es así, me parece que esto resultó a las mil maravillas.

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Año IV / N° CXVIII / 1° de agosto del 2016



Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 25 de julio de 2016

La canción de las preposiciones [CXVII]

Leonardo Laverde B.



“Tú, pingüino, sobrarás”. Quién hubiera dicho
que el Spheniscidae tenía cabida en la gramática




         Desde hace algún tiempo, cada vez que hablo de las preposiciones en clase, siempre hay un estudiante que conoce la lista de memoria gracias a una canción que le han enseñado en el colegio.
         Siempre he creído que comprender los conceptos es más importante que memorizar listas. En otras palabras, aprehender la definición intensional de los conjuntos en lugar de la extensional. Sin embargo, también me gustan los trucos mnemotécnicos. Y es que a veces es útil (o inevitable) memorizar cosas: las tablas de multiplicar, las listas de categorías gramaticales, funciones sintácticas, tipos de oraciones compuestas, etc.
         Hasta hace poco, yo era incapaz de recitar de memoria la lista de preposiciones, pero me preciaba de reconocer una cuando la veía. Esta seguridad se vio desafiada algunas veces, ante análisis morfosintácticos difíciles o situaciones de fatiga mental. Esto me decidió a seguir el ejemplo de mis alumnos y probar la utilidad de la mencionada canción.
         Fue así como descubrí que no hay una, sino varias canciones de las preposiciones, generalmente destinadas a un público infantil. Además de la simple enumeración rítmica de las partículas, hay canciones que las usan en contexto, encadenando frases que las incluyen o comienzan con ellas. Sin embargo, en varias de estas canciones las frases o versos no forman un texto cohesionado, lo que —al menos para mí— dificulta aún más el proceso de memorización.
         De esta manera, se me ocurrió componer mi propia canción (o mejor dicho, rima). En el proceso intervinieron las siguientes consideraciones. Como me parecía difícil elaborar un texto que incluyera todas las preposiciones de manera coherente y ordenada, decidí hacer mayor énfasis en el aspecto rítmico que en la contextualización. Por otra parte, tampoco quería construir un texto sin sentido. Además, quería que el tema de la canción fuese un poco (solo un poco) menos pueril y guardara vinculación con el verdadero interés del poema, es decir, con las preposiciones.
         Llegado el momento de enumerar estas, se me presentó otra dificultad. La lista, ordenada alfabéticamente y pronunciada en tono normal, no genera ningún ritmo particular. Intentar producir algún tipo de musicalidad me obligaba a forzar un poco la pronunciación, y hasta me tentaba (oh, horror) a sacrificar en algo el rigor gramatical.
         Finalmente decidí trabajar con la lista tradicional. Esto implicaba mantener las desusadas cabe y so, y a la vez descartar las recientemente reconocidas versus y vía, la dudosa pro, y, por supuesto, olvidar mi peregrina idea de aludir a las numerosas locuciones prepositivas (a causa de, en orden a, por culpa de, etc.).
         De esa manera, corriendo una palabra por aquí, modificando un acento por allá, obtuve siete estrofas de cuatro versos cada una, con rima trenzada abbc.
         —Sí, todo eso está muy bonito, pero ¿funciona? ¿Recitarla ayuda a memorizar las preposiciones?
         ¿La verdad? No sabría decirlo. Tendría que hacer más pruebas, consultar a otra gente... pero les puedo decir una cosa. Tal vez recitar una canción no ayude a memorizar las preposiciones, pero componer una sí. ¡Deberían probarlo!

LA CANCIÓN DE LAS PREPOSICIONES
Leonardo Laverde B.

Latina declinación,
del sustantivo variante,
origina en el romance,
grupo preposicional.

Antes va preposición,
enlace relacionante,
el nombre y su acompañante,
van como término atrás.

Con esta enumeración
me decían de estudiante
cada partícula invariante
seguro te aprenderás:

A, ante, bajo, cabe, con,
contra, de, desde, durante,
en, entre, hacia, hasta, mediante,
para, por, según, sin, so, sobre, tras.

Era buena la canción,
pero no tanto el cantante,
sin memoria de elefante,
ni aun oído musical.

Cuando dije mi versión,
de lo oído a mi enseñante,
mi pobre representante,
se caía para atrás...

Antebrazo cabezón,
contrapié desodorante,
entre trazas comediante,
tú, pingüino, sobrarás.


https://soundcloud.com/llaverde1/la-cancion-de-las-preposiciones-2016-07-24-21-54-13

12 de julio de 2016

llaverde@gmail.com



Año IV / N° CXVII / 25 de julio del 2016

lunes, 18 de julio de 2016

Úes e íes [CXVI]

Edgardo Malaver


Los zulúes lograron derrotar al poderosísimo Imperio Británico
en la Batalla de Isandlwana (1879)



         Heme aquí, otra vez, con los plurales. Los plurales de las palabras que terminan con i y u acentuadas me han atraído desde que por primera vez oí en la escuela que se formaban agregándoles la terminación -es. Qué sencillo y qué fascinante; sencillo porque, en realidad, es la misma regla que para las que terminan con consonante, y fascinante porque agregando los mismos sonidos se consiguen resultados tan diferentes. He estado jugando desde entonces con colibríes y manatíes, como si fueran los subibajas del parque, con ñandúes y caribúes, como si pertenecieran a mi ecosistema. También, de vez en cuando, con los maníes y los champúes, que son más cotidianos.
         Con una poca de ayuda del diccionario y limitándome a sustantivos y adjetivos, he rescatado de mi memoria estas palabras que terminan con í: ají, ajonjolí, alfonsí, alhelí, bagdadí, baladí, bengalí, benjuí, berberí, bisturí, borceguí, carmesí, chantillí, chií, coatí, colibrí, cují, i, culí, esquí, frenesí, guaraní, hurí, iraní, iraquí, israelí, jabalí, malí, manatí, maní, maniquí, maorí, maravedí, marroquí, nazarí, pachulí, paquistaní, pedigrí, pipí, pirulí, popurrí, potosí, rabí, rubí, saudí, sefardí, sí, sufí, suní, tahalí, tejemaní, tetuaní, tití, yemení, zahorí. Usted puede, sin ningún temor, como quien tiene la Constitución en la mano, pluralizar las 55 agregándoles -es. Su maestra de tercer grado lo felicitará. Algunos otros hablantes lo mirarán como si usted hubiera dicho una grosería en ruso... siempre por razones baladíes. Un rasgo justiciero que tienen los adjetivos de este grupo es que son inmunes a las diferencias de sexo de los seres vivos y de género de los objetos inanimados.
         Las que terminan con ú, por su parte, son menos frecuentes... o mi memoria no les es tan favorable: añú, bambú, bantú, bululú, calalú, canesú, caribú, cebú, champú, cu, cucú, fufú, gurú, hindú, iglú, menú, ñandú, ñu, paspartú, Perú, pupú, ragú, tabú, tatú, tiramisú, tú, tutú, u, vudú, zulú. Poco más de la mitad. Lo que pasa en el grupo anterior, pasa aquí.
         Tradicionalmente se ha entendido que pluralizar estas palabras con una simple ese indica un uso más bien popular, mientras el otro es más bien culto, lo cual también puede traducirse con facilidad a la dicotomía entre oralidad y escritura. La Academia Española, que con la edad ha aprendido de los bambúes a ser flexible, ahora le da tratamiento descriptivo, en lugar de prescriptivo, al asunto. Cada quien sople el viento hacia su molino.
         Una consecuencia lógica y esclarecedora de este tipo de pluralización es que las vocales i y u, cuando aparecen como palabras individuales, como sustantivos, deberían pluralizarse, igualmente, íes y úes. El habla cotidiana lo confirma con la expresión poner los puntos sobre las íes. Sin embargo, suele creerse que el plural de las vocales a, e y o cuando aparecen solas es también con -es. La propia Academia nos ha dicho toda la vida que las palabras que terminan con esas vocales y éstas reciben el acento se pluralizan con ese: marajás, papás, sofás; bebés, cafés, pagarés; dominós, rondós, bongós. La diferencia está —o debe haber estado en la antigüedad— en la calidad de abierta o cerrada de la vocal.
         Nos agrade o no, como ni queriendo puede detenerse la evolución de la lengua, esto terminará cambiando y probablemente dentro de cien años no tenga sentido que nadie haga estos comentarios porque sencillamente será de otra forma, que nadie cuestionará. El problema, entonces, no es la antigüedad, ni lo es el futuro. El problema ni siquiera es el plural de ninguna palabra. El problema, si es que de verdad hay alguno, soy yo, que, cuando quiero comerme una galleta en la calle, al llegar al kiosko, no logro decir sino: “Señora, por favor, deme dos Marilúes”. Y, si necesito un disco compacto para guardar información, llego a la esquina de mi cuadra y le digo a un buhonero que verdaderamente se gana la vida bailando: “¿Cuánto cuestan hoy los cidíes, compañero?”


emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXVI / 18 de julio del 2016

lunes, 11 de julio de 2016

A propósito de las preposiciones [CXV]

Andrea Villada


El Asombroso Hombre Araña (número
19, 1985). Las preposiciones a veces
se disfrazan para confundirnos

         Al estudiar un idioma nuevo, difícilmente haya algo que dé mayores problemas que el uso correcto de las preposiciones, y, ¿por qué sería de otra manera, si hasta en el idioma que nos acompaña desde que nacimos es algo borroso y un poco ininteligible? No sé si haya una investigación referente al nivel de dificultad que ocupan, pero me atrevo a afirmar que deben estar, como mínimo, entre los primeros cinco puestos. Su uso es cuestión de lógica y práctica y, sin embargo, aunque pensemos que manejamos nuestro idioma casi perfectamente, seguramente habrá algún rasguño en la pintura cuando de preposiciones se trata.
         Es por eso que el galardonado escritor Vicente Marco Aguilar, en su Manual de escritura creativa y premios literarios (2015), nos ayuda a descubrir algunos de los errores más comunes en el uso de estos pequeños pero importantísimos elementos del idioma, y nos deja un listado de frases mal formuladas que muchos de nosotros seguro hemos utilizado hasta el cansancio sin llegar a notar error alguno.
         Primero, veamos la definición de preposición de la Real Academia Española: “palabra invariable y átona (excepto según) cuya función consiste en introducir un sustantivo o un grupo nominal (llamado término de preposición) con el que forma un complemento que depende sintácticamente de otro elemento del enunciado”.
         De esta forma, en español quedarían enlistadas a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, durante, en, entre, hacia, hasta, mediante, para, por, según, sin, sobre, tras y, según el Diccionario Panhispánico de Dudas, pro (conferencia pro feminismo) y vía (vía satélite) también deben incluirse en este grupo con unas cuantas restricciones.
         La preposición a tiene diversas funciones: voy a mi casa; Luis va al médico (movimiento); no llego a fin de mes (lugar y tiempo); a la venezolana (modo). Sin embargo, es una de la que más usamos erróneamente. ¿Cuántos de nosotros tenemos una “olla a presión” en vez de una “olla de presión”? O, ¿cuántos de nosotros hemos visto, así sea en la televisión, un “tren a vapor” en vez de un “tren de vapor”? Por otro lado, usarla antes de un infinitivo en expresiones como “tareas a realizar” o “cuentas a cobrar” son, según Marco, “galicismos que deben sustituirse por la expresión correcta” es decir, por. “A la mayor brevedad posible”, a su vez, debe ser sustituida por “con la mayor brevedad posible”, ¿qué les parece?
         Otra expresión comúnmente usada con la preposición incorrecta es paso de peatones en la que de debe ser sustituido por para.
         El uso de en en expresiones como sentarse en la mesa, no se admiten devoluciones en ropa interior o voy en dirección al trabajo debe ser sustituida por a, de y con, respectivamente.
         Cuando tomamos pastillas para el dolor de cabeza, ¿no estaríamos indicando que lo favorecemos para que siga martirizándonos? Así, sería más apropiado tomar pastillas contra el dolor de cabeza, o cualquier otro mal que nos achaque.
         La preposición bajo es otra de las más problemáticas a la hora de usar correctamente. Los ejemplos ofrecidos en el manual son bajo estas circunstancias (en lugar de en), bajo su punto de vista (en lugar de desde), o bajo el nombre de Spiderman (en lugar de con).
         En lo que respecta al uso indebido de por encontramos que, cuando hablamos de aficiones, se utiliza la preposición a, por lo tanto, se tiene una afición al ajedrez y no por el ajedrez. Se dice “de orden del Dr. Pérez” y no “por orden del Dr. Pérez”, utilizamos ropa cómoda para andar en casa, no por casa y, si es nuestra intención, lo haremos para siempre y no por siempre.
         Para finalizar, “con o sin su consentimiento” resulta ser una expresión errónea pues, “es incorrecto ligar dos preposiciones a un mismo término”, así que, con todo respeto, mi intención es publicar este pequeño artículo con el consentimiento de ustedes o sin él.

andrealvilladac@gmail.com







Año IV / N° CXV / 11 de julio del 2016

lunes, 4 de julio de 2016

Lecherías también es una sola [CXIV]

Edgardo Malaver Lárez



Escena cotidiana de las mañanas de Barcelona,
Anzoátegui, en 1907. ¿Vendrían de las lecherías?


         Como a los traductores les llaman la atención los detalles más sutiles en las situaciones más regulares, no pueden dejar de darse cuenta de la diferencia —¡inmensa!— que hay entre el plural de la palabra matemáticas (Ritos CXIII) y el del nombre de la ciudad de Lecherías, estado Anzoátegui. No es el mismo plural.
         Aunque muchos recordamos la época en que el plural de Lecherías no se ponía en duda, en los primeros años del siglo XXI a las autoridades del recién creado municipio Urbaneja, del cual es capital, les nació una duda: ¿por qué Lecherías se llama Lecherías?, ¿no será más bien Lechería? Los que se convencieron de la segunda opción, sin poner mucha atención a los que decían lo contrario, iniciaron una campaña para cambiar el nombre a singular. ¿Cambiar? O sea, que antes era en plural.
         No he encontrado la foto que veo claramente en mi memoria, pero parte de esa campaña era un letrero, que se leía incluso en Puerto La Cruz y que decía: “Lechería es una sola”. En realidad, aquel argumento no se mantiene mucho tiempo en pie si uno recuerda la cantidad de topónimos en plural que hay en Venezuela: Achaguas, Apure; Barbacoas y Tejerías, Aragua; Barinitas, Barrancas y Obispos, Barinas; Pedernales, Delta Amacuro; Caracas, Manzanares, Pajaritos y Sartenejas, Distrito Capital; Tucacas, Falcón; Chaguaramas y Tiznados, Guárico; Bailadores, Lagunillas, Mucuchíes y Timotes, Mérida; Guarenas y Paracotos, Miranda; Torbes, Táchira; Bobures, Cabimas, Lagunillas y Machiques, Zulia; los estados Amazonas, Barinas, Cojedes y Vargas. En el propio estado Anzoátegui, existen, por lo menos, Clarines y Pozuelos, y ninguno de estos lugares es medio pueblo, ni tres quintos de ciudad ni mucho menos dos ni tres estados. Cada uno de ellos es uno solo. El plural tiene otra explicación.
         El escritor Alfredo Armas Alfonzo menciona en algún artículo, aunque para muchos anzoatiguenses no es suficientemente convincente, que en el siglo XIX existían en ese sector, al oeste de Puerto La Cruz y al norte de Barcelona, negocios de productores y vendedores de leche de cabra, que, pasado el tiempo, terminaron dándole nombre al lugar. Sin embargo, Luis Mata García, reconocido especialista en toponimia, y Maximilian Kopp, cronista de Lecherías, defienden el singular y argumentan que antiguamente se le llamaba La Lechería. Al borde del siglo XX, apareció la mencionada discusión y la opción más favorecida oficialmente fue la del singular.
         Varios blogs y perfiles de Facebook de habitantes de Anzoátegui defienden con memoria y documentos particulares el plural. Yo, aunque sin el rigor que exige una investigación recta, he hecho una breve encuesta, que ha dado como resultado que cuatro de cada cinco personas por lo menos pronuncian Lecherías.
         El plural o el singular, la brevedad o la longitud de los nombres de los lugares donde hemos nacido contienen significativos segmentos de su historia, de nuestra historia, razón por la cual cambiarlos, sobre todo si se hace por decreto, puede ser un error. La voz de la gente termina imponiéndose, como en San Petersburgo o en el Congo. Pensemos también en el nombre del Ávila, el guardián de la capital de Venezuela, que la gente sigue llamando Ávila, a pesar de la voz oficial. Los nombres no los ponen las autoridades, sino la gente.

emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXIV / 4 de julio del 2016

lunes, 27 de junio de 2016

Las matemáticas son una sola [CXIII]

Edgardo Malaver



¿Matemática o matemáticas? No parece
sencillo ponerse de acuerdo



         Imagino que usted, como yo, habrá dicho alguna vez las matemáticas no fallan, no dan las matemáticas, ya no hacen las matemáticas como antes. Muy bien, en el habla parece muy adecuado, pero ¿se ha dado cuenta de que, en el terreno formal, ese plural no tiene sentido? ¿Cuántas matemáticas existen? ¿A quién le preguntamos? ¿A Newton, a Descartes, a Tales de Mileto? ¿Al Hombre que Calculaba? Uno siente que, ante una pregunta así, debería acudir a los especialistas, pero resulta que ese camino no ofrece muchas esperanzas. Por grande que sea, y no lo es, el cúmulo de datos que nos ofrece Internet nos deja más o menos en las mismas. Las fotografías de fachadas de escuelas universitarias dedicadas a la ciencia de Euclides no ofrecen mucha claridad o uniformidad para dilucidar el asunto. Las universidades Autónoma de Yucatán y del Estado de Juárez, de México; Industrial de Santander, de España; Sergio Arboleda, de Colombia, y Católica de Chile, por lo menos, pluralizan la palabra en sus nombres. La Nacional de El Salvador y la de Costa Rica no.
         En Venezuela, sin embargo, no parece muy frecuente ese plural, pero también se encuentra. La Universidad Simón Bolívar tiene una Coordinación de Matemáticas, pero, a menos que haya visto mal, las demás no tienen mucha vacilación al respecto. Por fortuna, la lógica nos indica lo que podríamos llamar la mejor respuesta, la más probable. Si hubiera que decir las matemáticas, entonces habría que decir también las biologías, las químicas, las físicas, etc.
         Otro elemento del habla cotidiana nos propone el plural: las matemáticas árabes, las matemáticas financieras, las matemáticas deportivas, pero tratándose de una ciencia, quizá debería imponerse el criterio de la uniformidad con los nombres de las otras disciplinas. Además, las “matemáticas” en las que pensamos cuando decimos, por ejemplo, que “no fallan” o que “no dan” no son toda la ciencia de Euler. Las “matemáticas” en esos casos son las cuentas, los números, los cálculos que uno hace en cada situación particular. Uno puede incluso llamar matemáticas, en plural, a casi cualquier reflexión en la cual adopte la práctica del razonamiento inductivo o deductivo, e incluso “operaciones” más sencillas como una regla de tres. En ese sentido, ese plural es bastante equivalente al que usamos en expresiones como ‘andar a gatas’, ‘hacer algo a escondidas’, ‘resolver las cosas a gritos’.
         Estas ideas no llegan ni cerca de dar una respuesta definitiva, pero, gracias a Pitágoras y a Galileo, la Escuela de Matemática de la Universidad Central de Venezuela cree que las matemáticas son una sola.

emalaver@gmail.com


Año IV / N° CXIII / 27 de junio del 2016


lunes, 20 de junio de 2016

La poda de los refranes [CXII]

Edgardo Malaver


Este atelopus varius, aunque parezca un grafitti,
es una rana que nunca echará pelo



         Uno comienza confiando en el conocimiento de los demás para no tener que decirlo todo, y una generación más tarde, todos hemos olvidado lo que se había omitido. Uno comienza diciendo, por ejemplo, “A palabras necias...”, porque confía en que nadie necesita que le repitan el refrán completo cada vez, y apenas pasa un siglo, ya no es tan conocido porque, al recortarlo, hemos contribuido a que se olvide lo que, por retórica, no se dijo.
         Don José María Iribarren (1906-71) publicó en 1954 un libro titulado El porqué de los dichos. Sentido, origen y anécdota de los dichos, modismos y frases proverbiales de España con otras muchas curiosidades, que aun hoy es un manantial de lo que María Fernanda Palacios llamaría sabor y saber de la lengua. ¿A usted se le ocurre preguntarse, por ejemplo, por qué algunas personas valen lo que pesan? Don José María lo sabe. ¿Usted quiere saber cuál fue, con precisión, “la época de María Castaña”? Don José María lo pone en su libro. ¿Quiere averiguar quién es ese Pedro que anda por todas partes como si anduviera por su casa. Don José María se lo dirá, pregúntele.
         Este libro, en su página 582 (de la edición del 2002 de Suma de Letras), contiene una breve reseña de lo que el autor llama “refranes podados”. Toma el término de otro autor, Luis Martínez Kleiser (en Refranero general ideológico español, 1953), y en realidad se limita a reproducir, parece que incompleta, una lista de estos refranes, que, de tan certeros, de tan cotidianos, de tanto ser utilizados en las situaciones más claras, ya no necesitan (o no necesitaban en los años 50) ser recitados hasta el final. O son fácilmente reconocibles sin esa segunda parte, que en los más de los casos rima con la primera, o los hablantes simplemente han olvidado cómo terminaba el refrán. Una, dos, tres generaciones han nacido oyendo el refrán podado y ahora el que lo oye no se repite mentalmente el final (porque no lo conoce tampoco)... y al final ni hace falta. Se han convertido así en expresiones idiomáticas.
         Iribarren enumera éstos:

por dinero baila el perro (no por el son que toca el ciego); en todas partes cuecen habas (y en mi casa a calderadas); cada loco con su tema (y cada llaga con su postema); el paño en el arca se vende (más el malo verse quiere); una de cal y otra de arena (y la obra saldrá buena); quien tiene boca se equivoca (pero quien tiene seso no dice eso).

         Sin duda estos truncamientos son posibles y se originan del hecho de que son imágenes tan expresivas y visibles, casi concretas y palpables, que su brevedad, atributo infaltable en un refrán, puede seguir reduciéndose con el uso y a pesar del paso del tiempo. Alejo Carpentier dice en El adjetivo y sus arrugas (1980) que las ideas —¿las imágenes?— nunca envejecen cuando son las palabras concretas las que conservan todo el potencial poético de lo dicho.
         En Venezuela tenemos frases que parecieran ir camino de convertirse en refranes podados, porque pocas veces decimos lo que sigue:

una cosa piensa el burro...; no por levantarse antes...; el que se mete a redentor...; dime con quién andas...; el que nace barrigón...; el que a buen árbol se arrima...; si del cielo te caen limones...; árbol que nace doblado...; a caballo regalado...; en casa de herrero...; donde hubo fuego...

Al verlos escritos, a uno pudiera quedarle la duda, pero en la oralidad la entonación resuelve lo que pudiera quedar indeciso en el camino.
         Sin embargo, tenemos también algunos refranes cuya segunda parte no recordamos. Vamos a ver si usted conoce la segunda parte de estas expresiones:

Cuando la rana eche pelo...
¿Cuándo no hay pascua en diciembre...?
Morrocoy no sube palo...
Agárrame ese trompo en la uña...

         La semana que viene aplaudiremos a quien responda.

emalaver@gmail.com






Año IV / N° CXII / 20 de junio del 2016

lunes, 6 de junio de 2016

¿Mientras más chiquito más intenso? [CXI]

Daniel Avilán


Perro-lobo de Checoslovaquia, producto de un experimento 
científico de 1955



         Entre las cosas menos lógicas que puede haber en la vida está el lenguaje; más bien, me atrevo a decir que la ilógica existe gracias al lenguaje, que es la fuente de nuestra realidad y nuestras fantasías.
         En esta oportunidad espero exponer con cierta claridad una de esas paradojas que, lejos de ser fastidiosa como algunas, me resulta, como otras, divertida y hasta una de las razones por las que amo mi lengua.
         Se trata del diminutivo de/para intensidad, que al contrario de lo que muchos pensarían, no disminuye la intensidad sino que la aumenta. Muy interesante, ¿no? Me hace recordar el cuento del perro-lobo (que no contaré aquí por espacio y adecuación contextual). ¿Cómo puede una partícula reunir dos principios que son contrarios por definición? Pues, esto es ciencia, pero no física cuántica.
         Veamos algunos ejemplos que nos hacen sentir en familia:

¡Te comes todita la comida!
Siga derechito por esta calle.

         Otros idiomas cuentan con otros recursos para expresar la intensidad. En francés, que ha sido mi dulce pesadilla, se utiliza el adverbio tout; en inglés está quite, entre otros.
         Otros idiomas vecinitos como el gallego y el portugués hacen un uso parecido. Por ejemplo, en gallego muchas gracias se dice graziñas.
         La respuesta que la ciencia le da a este fenómeno es la siguiente: “La lengua es arbitraria”. Sí, la razón de ser de dicha paradoja se pierde en nuestra memoria, mucho antes de que hubiéramos podido escribirla.
         ¡Hasta lueguito!


daniel.avilan@gmail.com




Año IV / N° CXI / 6 de junio del 2016