lunes, 30 de marzo de 2015

La comida del ganado en nuestra lengua [L]



         Muchas son las veces que hablamos y no nos detenemos a pensar o analizar de dónde salió tal palabra, frase o expresión popular, solamente la usamos y listo, mientras nos ayude a expresar claramente lo que queremos transmitir, está bien usarla.
         Tal es el caso de nuestra muy popular expresión hablar paja, que significa hablar, hablar y hablar, y, al final, no decir nada, nada importante o de trascendencia. No obstante, es gracioso las vueltas del lenguaje, ya que la paja en su significado base es una especie de tallo seco, y algunas veces hueco, que se recolecta de plantas como el trigo y puede servir de alimento al ganado o a los caballos, incluso, estos últimos la utilizan de cama en las caballerizas.
         Ahora bien, como el lenguaje es metafórico, y sobre todo el español, quizás la asociación que se hace, y que pudo dar origen a nuestra expresión, es la relación de lo seco y hueco de la paja con el vacío de las palabras, o del discurso, que emite una persona... aunque, si fuese así, hay casos contradictorios, pues se llega a hablar más paja que libro de primaria.
         Lo curioso de la expresión está, por un lado, en el giro semántico que dio la palabra (en Costa Rica, paja significa riachuelo), pues sería más lógico que el hablar paja fuera algo importante o productivo; por otro lado, en lo vulgar en que se convirtió la expresión, pues a muchas personas causa cierto desagrado, lo cual genera variantes, como por ejemplo, hablar gamelote, pero es igual, o sea, el mismo musiú con diferente cachimbo.
         La comida del ganado no es lo único que está presente en nuestra lengua, tenemos vegetales (se armó un berenjenal en el mercado) y frutas (el examen estuvo papaya). En fin, mejor me voy con mi música para otro lado y dejo de hablar tanta...

laurajaramilloreal@yahoo.com




Año III / Nº L / 30 de marzo del 2015

lunes, 23 de marzo de 2015

Pero... ¿qué guarandinga es esa? [XLIX]

Elizabeth Cornejo

 

 

 

 

 

         Una conversación que nunca falta y se repite entre todos aquellos a quienes nos encantan las letras, las palabras y afines es esa de... ¡que palabra tan fea! Por supuesto, esto siempre nos lleva a mencionar cuáles son las palabras que nos gustan o disgustan de nuestro idioma.

         Edgardo, el padre de este blog, que pareciera estar muy atento a este asunto, siempre les pregunta a sus invitados, amigos y alumnos: “¿Cuál es la palabra más hermosa de la lengua española?”. Y yo, siempre que lo escucho, pienso invariablemente: guarandinga. Pero hay una cosa cierta, y es que ese asunto del gusto es algo completamente personal. Yo amo la guarandinga y hay quienes la detestan.

         Guarandinga es como el buen vino: tiene cuerpo, color y fuerza —prueben a decirla en voz alta y sabrán a qué me refiero—. Es polisémica, divertida, elegante sustituta de nuestra obscena (?) “vaina” y para complemento de su belleza no aparece registrada en el DRAE, así que también es rebelde e irreverente. Esto aumenta su encanto, ya que sigue estando en la boca de muchos aunque los académicos se nieguen a reconocerla.

         Será por esa misma razón que cuando buscamos el origen de la palabra guarandinga este no aparece por ningún lado. En la red encontramos que es una “palabra proveniente de la zona de Barquisimeto que nombra una situación o estado”, y, a duras penas, en el reciente Diccionario histórico del español de Venezuela de Francisco Javier Pérez se reseña así:

 

guarandinga ƒ Voz del español de Venezuela que se origina a comienzos del siglo XX y cuyo uso se mantiene hasta el presente [...] usándose para designar todo tipo de cosas o asuntos y como forma de auxilio para aludir genéricamente a algo cuyo nombre se ignora o no se quiere señalar.

 

Así mismo, el autor también documenta varios usos de la palabra desde 1920 hasta el 2006, citando que hasta para nombre de torta fue usada. Sin embargo, de su origen, nada...

         Cabe mencionar que, al menos aquí en la capital, la palabra ya no se escucha como antes y hay quienes afirman que está “extinguida (sic) por completo en el léxico caraqueño actual”; sin embargo, yo la sigo escuchando en boca de algunas personas mayores que por “cuestiones de la decencia” se niegan a decir “malas palabras”.

         En mi casa, recuerdo que cuando mi abuela se molestaba con nosotros nos increpaba —y valga la expresión— “decentemente” con un ¿qué guarandinga es esa?, o en su defecto, ¡Niños! ¡Dejen la guarandinga!... Por supuesto que con ese regaño taaaan sofisticado nadie hacía ningún caso hasta que la viejita furibunda gritaba a todo gañote:

 

¡QUE DEJEN LA VAINA, PUES!

 

 

 

Referencias

Calatrava, Alonso (1999). Obituario de voces caraqueñas. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello.

Castro Pumarega, Daniel (s./f.). Diccionario de venezolanismos. Signum.
http://projetbabel.org/internet/venezonalismos [consultado en enero, 2015]

Pérez, Francisco Javier (2012). Diccionario histórico del español de Venezuela. Vol. I. Caracas: Bid&Co.-Fundación Polar.

 

egc.designers@gmail.com

 

 

 

 

Año III / Nº XLIX / 23 de marzo del 2015

 

lunes, 16 de marzo de 2015

Los zapatos que se vendían solos [XLVIII]



A propósito de un rito de Laura Jaramillo

            ¡Ah, la semántica! Esa entidad inaprehensible que levita, como una nube negra, perturbando la elegancia de los análisis formales... ¡Cuántas veces el analista se atasca en la interpretación de una oración, temeroso ante la amenaza de un aparente absurdo!
            Por ejemplo, ¿cómo es posible que la oración Se venden zapatos sea correcta, si los zapatos no se venden solos? Es más, ¿cómo es posible que la frase Se vende zapatos sea correcta también?
            En este dilema en particular subyace la frecuente confusión entre sujeto (constituyente sintáctico) y agente (papel semántico). El sujeto es aquel de quien se predica algo, lo cual se marca a través de su concordancia con el verbo; el agente (y no el sujeto, como se suele creer) es quien ejecuta la acción del verbo. Con frecuencia, ambas categorías coinciden, es el caso de la voz activa; pero esto no sucede en la llamada voz media (en la que el sujeto experimenta, más que ejecuta) o en la voz pasiva.
            Se venden zapatos es un caso, precisamente, de voz pasiva (pasiva refleja, porque se construye con pronombre reflexivo). Zapatos es sujeto (concuerda con el verbo), pero no agente: recibe la acción, no la ejecuta.
            ¿Y qué ocurre en Se vende zapatos? Aquí zapatos no es el sujeto; como se ve, no concuerda con el verbo.
            Y entonces, ¿cuál es el sujeto? No lo hay: es una oración impersonal refleja. Sin duda, debe haber un agente, la persona que vende los zapatos, pero no está expresado sintácticamente.
            Podríamos decir que las oraciones Se venden zapatos y Se vende zapatos son semánticamente equivalentes. En ambos casos, los zapatos son vendidos. Sin embargo, como acabamos de ver, las oraciones son sintácticamente diferentes.
            Hay otros casos de confusión (y colaboración) entre la sintaxis y la semántica, pero prefiero dejarlos como inspiración para futuros ritos...
            —¿Cómo va el negocio? —le pregunto a mi amigo el zapatero.
            —Muy bien. ¡Los zapatos se venden solos!
            Ah, la semántica otra vez...

llaverde2@gmail.com



Año III / Nº XLVIII / 16 de marzo del 2015

lunes, 9 de marzo de 2015

El guayabo de la ausencia [XLVII]

Miguel Ángel Nieves





Se puede reducir todo el enigma del trópico a la fragancia de una guayaba podrida.

Gabriel García Márquez


         En Venezuela se le suele llamar guayabo al estado de tristeza, melancolía y dolor que causa la pérdida de un amor; también es costumbre llamar a ese estado con el nombre de despecho. El DRAE lo describe así: “(Del lat. despĕctus, menosprecio). 1. m. Malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad”. ¡Vaya usted a saber! La palabra, en nosotros, se define por sí sola. Lo cierto es que en nuestro país al despecho se le conoce también como estar enguayabado o enguayabao, de acuerdo a su grado de inclinación ante lo popular.
         La palabra tiene sus variantes en los predios de la patria grande, pues también se usa, sobre todo en Colombia, para nombrar un estado de pesadez, letargo y decaimiento, producido por la ingesta excesiva de tragos, que nosotros acostumbramos mentar con el nombre de ratón o resaca, pero nunca guayabo, ni siquiera en el caso de que el exceso de alcohol haya sido por causa de las cuitas y congojas que nos causó la perfidia. “Mátame, aguardiente, que el amor no pudo”.
         En el Diccionario de la irreal Academia Española se consigue el término incluso en forma de verbo: “guayabar. 1. intr. coloq. Ec. mentir (decir lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa)”. Sofismas lo llamaba Píndaro. Yo guayabo, tú guayabas, nosotros guayabamos. Cuánto de guayabar tenemos en nuestros siglos. También se nos muestra como sustantivo para nombrar al árbol que da el fruto de la guayaba, ícono de son y sabor en el Caribe y en América; ya bien decían Rubén Blades y Willie Colón en Siembra: “Me fui pal monte buscando guayaba / por la vereda del ocho y del dos / y aunque encontré una casa dorada / esa guayaba no la hallaba yo”. Símbolo del ideal y la mujer.
         La estudiosa borinqueña María Baquero de Ramírez nos muestra, en un estudio titulado Español de América y lenguas indígenas, cómo Gonzalo Fernández de Oviedo en el Sumario que redactara en 1526 en la ciudad de Madrid, da testimonio de algunas palabras arahuacas, entre las cuales hallamos guayabo (a), así como sabana y cazabe. Podemos dar fe de que en los tiempos del cronista existía ya lo que hoy nosotros llamamos ratón, pues es conocido el añejo hedonismo de Anacreonte y su amor al vino así como las pistas que Petronio aporta sobre las grandes comilones y bebezones de los romanos en su Satiricón. Sin embargo, la voz que registrara el cronista en nada alude al malestar postbarranco. Resulta auspicioso imaginar a los Taurepanes de Kumaracapay tomando kachire —que es una bebida a base de yuca amarga y batata, fermentados— ya en los tiempos de Canaán, Cam y Noé.
         La siembra del Gabo en terrenos certificados por los médicos invisibles nos dejó un poco desalentados y melancólicos, con una sensación como de enratonamiento, de guayabo, de cuitas y congojas, como cuando nos deja un amor y, miren qué curioso, en este caso, la ida del Gabo hermanó todos los significados y los hizo uno solo.
         Por otro lado, el DRAE señala que despecho quiere decir también destete. Debe querer decir que ya nos hicimos grandes, que aprendimos las lecciones del viejo maestro vallenatero, que debemos asumir con mayor conciencia nuestra realidad descomunal. Las voces indígenas y nuestra literatura seguirán su curso con la impronta indeleble del tiempo. Parece que hoy en día aquel texto que leyó en Zacatecas ya no es tomado solo como una guachafita. Probablemente, a pocos días de una nueva edición del DRAE, se empiece a reconocer en el olor de la guayaba el símbolo que empalma tierra Caribe, irreverencia y la infinita sensualidad de los enredos amorosos.

lanubeyeldromedario@gmail.com



Año III / Nº XLVII / 9 de marzo del 2015

lunes, 2 de marzo de 2015

Divagando sobre semántica [XLVI]

Laura Jaramillo



...era un muerto sin cabeza,
sin pantalón ni camisa,
con las manos en los bolsillos
y una macabra sonrisa...

El espanto, Carota Ñema y Tajá


            Recuerdo que durante un taller sobre morfosintaxis un estudiante preguntó, con un toque de malicia indígena, si la oración Se vende esta casa era correcta y la profe dijo que sí, era correcta. A lo que el estudiante inmediatamente refutó: “Pero la casa no se vende sola”, y como mi profe era muy perspicaz (como todo profesor de lingüística) le respondió: “Ay, no, ya le metiste semántica a la cosa”.
            Esta pequeña anécdota rondó en mi cabeza por un tiempo, pues me preguntaba cómo era posible que una rama tan importante de la lingüística pudiera ser un problema en lugar de una solución. Sin embargo, la idea la dejé pasar y la creía olvidada, hasta que por estos días de ocio, escuchando radio, sonó una canción que se llama El espanto, del grupo larense Carota Ñema y Tajá. Al momento no me percaté del detalle, como me gustó la rítmica, la estuve tarareando por largo rato, hasta que de pronto me cayó la locha. Al darme cuenta, me dio mucha risa y, extrañamente y gracias a mi memoria a largo plazo, recordé aquella sentencia realizada por la profe.
            Si vemos bien, la estructura oracional está perfecta, cada palabra en su santo lugar, o sea, una morfosintaxis genial. Pero cuando le metemos la semántica a la cosa (como dice la profe), resulta que no es un estribillo tan perfecto, porque si el muerto no tenía cabeza ni pantalón, ¿como por dónde tenía la sonrisa y en qué bolsillo tenía las manos metidas? Hasta los pelos paraos tenía el pobre espanto, y se asegura fehacientemente que lo vieron.
            Desde entonces, ahora le meto semántica a todo (quizás siempre lo hice), es como el proceso de la computadora cuando estamos guardando documentos en una carpeta, mis análisis parecen esas hojas que pasan de una carpeta a otra, desglosando los significados.
            Mi mamá me pregunta que cuál es la diferencia entre escuchar y oír, y le respondo que ninguna, y se lo confirmo con un diccionario de sinónimos, el cual me remite de una palabra a la otra, y viceversa, pero que si le metemos semántica hay diferencia, casi abismal. Creo que no le quedaron ganas de preguntarme más nada al respecto.
            No dudo, ahora, que la profe tuviera la razón, creo que su comentario fue por dos cositas. Primero, que la clase era de morfosintaxis, y la pregunta como que no cabía ahí, aunque es muy difícil que en las clases sobre la lengua (¿o lenguaje?) no se le venga a uno una montaña de dudas y dificultades. Segundo, creo que, algunas veces, descubrir los porqués no es tan necesario, no hace falta meterle tanto coco a las cosas. Bueno es culantro pero no tanto.
            Veamos la semántica como una compañera que nos ayuda a no tomar la lengua tan literal; la canción tiene frases parecidas, pero la entendemos y allí está el punto, entender (¿o comprender?), además de ser una hermosa representación de nuestra idiosincrasia.
            Hay otra señora por ahí muy amiga de la semántica y que también causa sensaciones, la pragmática, pero de ella podemos hablar en otra divagación.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año III / Nº XLVI / 2 de marzo del 2015



Otros artículos de Laura Jaramillo

miércoles, 25 de febrero de 2015

Cumpleaños, aniversario, onomástico

     Hoy está Ritos de Ilación cumpliendo dos años. De haber sido un ser humano, hubiera podido llamarse Jacinta. Y tal como en la vida de la santa italiana, Ritos ha pasado por dos períodos importantes: el inicial, hasta abril del 2014, en que la periodicidad fue muy irregular, y el actual, en que, gracias al entusiasmo e impagable cariño que le ponen los autores, se ha vuelto constante y uniforme. El lunes que viene alcanzamos 30 lunes ininterrumpidos de publicación.
     Gracias a todos. Muchas gracias, Ramón Aparicio, Luisa Teresa Arenas, Daniel Avilán, Elizabeth Cornejo, Joana Do Rego, Laura Jaramillo, Leonardo Laverde, Isabel Matos, José Antonio Millán, Miguel Ángel Nieves, Sara Cecilia Pacheco y Aurelena Ruiz, que han desplegado aquí sus ideas y palabras; gracias a los lectores, que nos animan y nos recompensan con sus comentarios e incluso con sus objeciones.
     Hasta el lunes.


Edgardo Malaver

lunes, 23 de febrero de 2015

¿Pronombre de lugar en español? [XLV]

Daniel Avilán

 

 

 

 

 

         Para aquellos que hemos estudiado francés siempre ha resultado muy chocante que existan en ese idioma cosas que no existen en español y que, además, en alguna altura de la vida, estas cosas nos resulten hasta necesarias en nuestra lengua. Entre todas esas cosas que me hacen falta en español está el pronombre y de lugar del francés, que reemplaza, entre otras cosas, los complementos circunstanciales de lugar como referencia anafórica, por lo general.

         En una conversación en francés, por poner un ejemplo común, en la que hablemos de Venezuela, este sustantivo podría convertirse más adelante en el discurso en y, cuando cumpla función de complemento circunstancial de lugar, eg. Le Venezuela, j’y habite dès que j’y suis né. Pero en español se hace difícil retomar el mismo referente de la misma manera: Venezuela, yo vivo (ahí, aquí, allá...) desde que nací (ahí, aquí, allá...). Con toda certeza, existen en español varios elementos deícticos que cumplen funciones similares, pero, no en forma de pronombre, por lo que se ve en el ejemplo, al menos no que yo recuerde.

         Un día que me topé con un poema de Gonzalo de Berceo (Los milagros de nuestra Señora) noté este verso: “Avién y grand abondo de buenas arboledas” y me di cuenta, tal vez por mi ojo demasiado buscón, de que estaba ahí, en ocurrencia con el verbo aver de existencia, un pronombre y de lugar. No lo podía creer, pero estaba ahí: aver como avoir; entonces me resultó lógico: avoir en tercera persona del singular en presente del indicativo es il a, pero para existencia está il y a, justo como en español haber (o aver para Berceo) en tercera persona del singular en presente del indicativo es (él o ella o eso) ha, y para existencia está el pronombre y, que no pudo desaparecer por cosas de lógica lingüística, tal vez. Así, en español tenemos hay que en francés es il y a.

         Como con la lengua no debe uno dejar de ser curioso, y como yo soy además hasta obsesivo, me puse a buscar de manera poco seria y sin método alguno, ocurrencias del mismo pronombre en español donde se expresara existencia y encontré esto: estoy, soy, voy, doy, curiosamente todas en la primera persona del singular yo y en presente del indicativo.

         Esto me hace pensar en la profundidad con la que nuestra lógica morfosintáctica española (castellana acaso) expresa una manera particular de entender la existencia: estrechamente ligada con el espacio; el único espacio del que se tiene certeza, deícticamente hablando, el mío, el de la primera persona, en torno a la que todo el universo lingüístico gira.

         Si la lengua materna de Heidegger hubiera sido el español, su estudio sobre Ser y tiempo no habría sido el mismo.

 

daniel.avilan@gmail.com

 

 

 

Año II / Nº XLV / 23 de febrero del 2015

EDICIÓN DEL SEGUNDO ANIVERSARIO


lunes, 16 de febrero de 2015

¡Zapatazos! [XLIV]

Luisa Teresa Arenas Salas


            Un grito de nostalgia: ¡Zapatazos! Una palabra muy sentida hoy que quizás despierte en muchos de nosotros recuerdos de una travesura infantil: la voz de una madre cuya indignación quedó realizada en un hecho lingüístico convertido en acción al sentir el golpe de un zapato que lastima una parte del cuerpo simultáneamente con el eco del último sonido [áso] del enunciado irancundo: ¡Muchacho, te voy a dar un zapatAAAZO!, más el golpe certero, doliente, inesperado.
            Pero no es de ese “zapatazo” aleccionador del que deseo hablar, sino de ese otro ¡Zapatazo! nostálgico que produce la desaparición física del MAESTRO DE LA CARICATURA, Pedro León Zapata. El ¡Zapatazo! que ha golpeado durante 50 años nuestro país desde la página de opinión de El Nacional y que a partir de hoy, 6 de febrero de 2015, silencia sus golpes opinadores dejando un vacío editorial como “si perdiéramos un brazo”, en palabras de Miguel Henrique Otero, su director. Y, en mi caso, como si perdiera no solo el brazo sino la muleta en la que me apoyaba en mis clases: sus caricaturas como recurso didáctico.
            Al leer los Zapatazos de Zapata se activaba en mí el proceso dialéctico característico del humor: de la risa al pensamiento. Sucedía algo así como un minuto de risa y diez de reflexión sobre la Venezuela del momento dibujada en sus geniales trazos llenos de coraje y lucidez y la Venezuela utópica implícita en la intención de Zapata: una Venezuela próspera, plena de libertades. Luego de esto, afloraba en mí el rol docente: tijeras en mano, la caricatura pasaba a ser un recorte de prensa para mi portafolio escolar.
            Como dije antes, los Zapatazos constituyeron para mí un gran recurso didáctico durante mi largo recorrido docente, primero en las aulas de la llamada tercera etapa de educación básica y, luego, en las universitarias. De la observación práctica a la teoría era el proceso: el método inductivo para la construcción del aprendizaje de contenidos de fonología, morfología, semántica, pragmática, análisis textual y discursivo, a partir del más auténtico de los textos auténticos, la caricatura con su riqueza interpretativa. Los Zapatazos de Zapata no podían faltar tampoco en los libros de texto que produje en coautoría con colegas lingüistas y que hoy en día muchos estudiantes universitarios que recorrieron sus páginas en el bachillerato aprecian como el tesoro de la asignatura Castellano.
            ¡Cuánta falta me harán esos Zapatazos! Me embarga un sentimiento de pérdida, pero también de gratitud por el talento que me regaló Zapata con su verbo y sus trazos ingeniosos, que me permitieron recrearlo en las aulas para enseñar a mis estudiantes a reír reflexivamente con la caricatura como texto humorístico argumentativo. La gracia, la verdad, la bondad y la poesía como hilo conductor de la obra humorística desarrollada por Zapata se instalaban en el aula al leer las caricaturas. ¡Qué gran aprendizaje obtuve en ellas y con ellos! La añoranza se instala en mi alma.
            ¡Gracias, Zapatazos! ¡Descansa en paz, Zapata!

Viernes 6 de febrero de 2015


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Año II / Nº XLIV / 16 de febrero del 2015

lunes, 9 de febrero de 2015

Música, lengua y significado [XLIII]

Leonardo Laverde B.

            Hace unos días conversaba con mis estudiantes sobre las nociones de lenguaje y lengua. La definición de lenguaje que yo acostumbro usar es “tipo de comunicación que involucra el uso de una lengua”. A su vez, una lengua es un “sistema de signos arbitrarios, lineal y doblemente articulado”. Tomando esto como punto de partida, les pregunto a mis estudiantes qué otros códigos, además del lenguaje oral y su representación escrita, encajan con dicha conceptualización. Las respuestas típicas suelen ser: las lenguas de señas, el Braille y el código Morse (estos dos últimos como representaciones de una lengua oral). Sin embargo, en esta oportunidad un estudiante me preguntó: “¿Y la escritura musical?”.
            Reflexionando sobre el asunto, me dije: la escritura musical es arbitraria y lineal pero, ¿es articulada? Algunos estudiantes recordaron que varias notas forman un acorde. También —lo pienso ahora— se podría mencionar la conjunción de la clave y las notas en la representación de cada sonido (un músico podría orientarnos mejor al respecto). Sin embargo, como apuntó otra estudiante, la respuesta final dependerá de si consideramos que la música transmite significado. Cada grafema musical, individualmente, transmite significado, pues alude a una nota. Ahora bien: el conjunto de las notas, ¿tiene significado? ¿Una pieza musical puede considerarse un mensaje?
            Cierto tipo de música, la música programática (que pretende evocar imágenes extramusicales en la mente del oyente) aspira, ciertamente, a alguna clase de significado. En cambio, la música absoluta (como el arte no figurativo en general) renuncia a transmitir algo más allá de sí misma.
            Indudablemente, para la persona que compone o gusta de la música, una pieza, por más absoluta que fuere, puede llegar a tener significado. Sin embargo, a diferencia de las lenguas, ese significado no descansa en convenciones que permitan “decodificar” el mensaje de la melodía. La música, por sí sola, no es referencial, no tiene un significado denotativo; sin embargo, puede llegar a asociarse con representaciones internas individuales.
            Concluyo entonces que, en realidad, la escritura musical no es una lengua, y la música no es un lenguaje. Sin embargo, no cabe duda de que implica alguna forma de comunicación emotiva.
            En este punto, me viene a la memoria un poema de Fernando Pessoa. Dado que hablamos de música y estamos en el mes del amor, van a permitirme que lo transcriba con toda la musicalidad de su lengua original:


A tua voz fala amorosa...
Tão meiga fala que me esquece
Que é falsa a sua branda prosa.
Meu coração desentristece.

Sim, como a música sugere
O que na música não está,
Meu coração nada mais quer
Que a melodia que em ti há...

Amar-me? Quem o crera? Fala
Na mesma voz que nada diz
Se és uma música que embala.
Eu ouço, ignoro, e sou feliz.

Nem há felicidade falsa,
Enquanto dura é verdadeira.
Que importa o que a verdade exalça
Se sou feliz desta maneira?

llaverde2@gmail.com





Año II / Nº XLIII / 9 de febrero del 2015

lunes, 2 de febrero de 2015

¿Español o castellano? [XLII]

Luisa Teresa Arenas Salas

            ¿Será esta “la pregunta de las 64.000 lochas”, tal como leímos en el primer rito de este año escrito apasionadamente por el padre de los ritos, Edgardo Malaver? Realmente, no. Esta no es una pregunta “muy difícil de responder”, ni su respuesta es “imposible o casi imposible adivinar”. ‘Español o castellano’ es una polémica muy antigua, que llega hasta nuestros días.
            ¿Has sido tú en algún momento protagonista de esta polémica? ¿Cuál de los dos términos empleas? ¿Qué razones has utilizado para justificar ese uso?
            En principio podemos decir que los términos español y castellano se consideran sinónimos para referirnos al nombre de nuestra lengua. Pero es interesante conocer un poco de historia para dilucidar la controversia.
            A finales del siglo XV, el enlace de los Reyes Católicos produce la unificación de los reinos de Castilla y Aragón, quienes convierten a España en una gran potencia, hecho que, como corolario, conduce a la unidad lingüística española. “El castellano, que comienza a llamarse español, se propagó entonces por Flandes, Italia y Francia, sus gentes aprendían el español con agrado y tenían a gala saber hablar castellano” (Gutiérrez y otros, 2007: 24). Ya en el siglo XVI se consolida la unificación literaria y adquiere plena justificación el uso del nombre de lengua española. Se originó el sentimiento colectivo que llevó a ver en el romance castellano una significación más amplia que sobrepasaba lo regional, y un contenido histórico cultural más rico que el estrictamente castellano (2007: 25).
            Enrique Obediente Sosa (1997: 408), con base en esos criterios históricos, afirma:

el término castellano hace referencia a la región de origen, a Castilla; español, por su parte (en boga desde el Renacimiento, es decir, desde la época del despertar de las nacionalidades), hace referencia a la nación, a algo histórico-cultural de significación suprarregional.

            Pero aun así, la polémica se mantiene vigente no solo en España, sino también en Venezuela sustentada en que la constitución de ambos países consagra el término castellano para denominar su lengua oficial, la cual coexiste con las otras lenguas acuñadas como oficiales a nivel regional. Para cotejar esta afirmación puedes revisar el artículo 3 de la Constitución española y el 9 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela del año 1999. Esta disposición constitucional ha llevado a estudiosos de la lengua a argumentar la validez de los dos vocablos basados en la sinonimia existente entre ellos. No obstante, en la actualidad se prefiere el nombre español, porque tiene un carácter más internacional.
            Por ello, yo acepto con normalidad que se diga castellano al mencionar nuestra lengua, de acuerdo con la Constitución; sin embargo, prefiero hablar de español, como dice el académico Luis Barrera Linares: “por ser este el nombre más universal de nuestra lengua” (2013: 46). Y, para ser más específica, utilizo “español de Venezuela”. Dejo aquí en el espíritu de los lectores una nueva inquietud, quizás materia para otro rito de ilación, que bien podría satisfacer, por ejemplo, la gran defensora de esta denominación, la lingüista venezolana Minelia de Ledezma.

Bibliografía
Barrera Linares, Luis (2013). La duda melódica. Crónicas malhumoradas. Caracas: Academia Venezolana de la Lengua.
Gutiérrez, María Luz y otros (2007). Introducción a la lengua española. Madrid: Editorial Universitaria Ramón Areces.
Obediente Sosa, Enrique (1997). Biografía de una lengua. Nacimiento, desarrollo y expansión del español. Mérida: Universidad de los Andes.

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Año II / Nº XLII / 2 de febrero del 2015

lunes, 26 de enero de 2015

Puchecas [XLI]

Laura Jaramillo




         Una tarde calurosa de abril, recibo la llamada de la vecina fufurufa, aquella de Barquisimeto, a quien de cariño le digo Fufu, preguntando a modo de recocha: “Buenas tardes, ¿Peluquería Puchecas Apretadas?”. Por supuesto que mi reacción fue una estruendosa carcajada.
         Pues bien, la Fufu y yo, como siempre nos la pasamos echando varilla, más bien recochando, desde esa hermosa tarde ‘abrilera’ vivimos haciendo chistes sobre las puchecas: que si puchecas caídas, puchecas asustadas, puchecas que dan vueltas, puchecas arriba, puchecas abajo, puchecas alegres, puchecas tristes, puchecas acaloradas, puchecas con frío y cualquier otra que se nos ocurra. Tanto la vecina como yo somos asiduas a la programación colombiana, así que compartimos el mismo código de comunicación.
         Como cosa rara, esos colombianos hacen uso espectacular de su lengua, y tienen esta palabra que para mí es magnífica, porque es un neologismo, es decir, que el DRAE aún no la registra, al igual que fufurufa y recocha, aunque estas dos últimas sí las registra el diccionario, pero son casos de neologismo semántico.
         Así como los colombianos, también me gusta inventar, y al igual que en el caso de fufurufa, les quiero indicar el significado de puchecas, a través del título de un libro ampliamente conocido, escrito por el colombiano Gustavo Bolívar: Sin puchecas no hay paraíso.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XLI / 26 de enero del 2015

lunes, 19 de enero de 2015

La susodicha [XL]

Edgardo Malaver Lárez

Para Abigaíl

            Algún documento legal debo haber estado leyendo yo en el momento en que me alcanzó por primera vez la palabra susodicho. Decía: “...la declaración que hace el susodicho ciudadano...”. ¿Sería un parte policial, una denuncia, una relatoría de tribunal? ¿De dónde lo habré sacado? Sin duda la fascinación del recién comprendido sistema que permitía convertir en sonidos comprensibles aquellos trazos negros sobre papel blanco me llevaba a desear convertirlo, traducirlo, leerlo todo, todo, todo. Y en una de esas me toparía con una partida de nacimiento, con una sentencia, un informe de comisario. ¿Desde qué antigua edad me habría estado esperando? ¿Qué intrincado azar habrá ideado la ruta por la cual lanzaría sobre mí su tentador anzuelo?
            Lo cierto es que la palabra susodicho me ha acompañado desde aquel día en que la vida la atrajo a mi vista. Cuando no había estudiado francés, me eran algo ajenas esas primeras sílabas que antecedían al archiconocido participio del verbo decir. Suso- apenas me hacía pensar en el nombre de la única reina de belleza que yo pensaba que existía, Susana Duijm, que era ya una mujer elegantísima cuando abrió los ojos al mundo; en bachillerato, cuando el profesor Alberto Marín, que nunca me dio clases pero era amigo de mi madre, dijo en un discurso del día de Juan de Castellanos: “Haré una sucinta reseña de la historia de este liceo...”, mi mente me disparó, una vez más, como lo hacía cada cierto tiempo, la palabra susodicho y se preguntó si las dos tendrían algún parentesco, si sería consanguíneo o por afinidad, si habrían coincidido antes en la vida de otra gente, si tendrían el mismo origen o era un “evento de la casualidad” que se parecieran tanto. Necesité ver en el periódico poco después que alguien usaba otra vez la palabra sucinta para entender que no podían ser de la misma familia porque, en realidad, ahora que la veía escrita, no comenzaban igual. Y un día Arturo Úslar Pietri dijo en Valores humanos que la I Guerra Mundial había suscitado en el mundo una inmensa desconfianza. ¡Otra palabra...!
            Susodicha, Susana, sucinta, suscita. Ya podía —¿cuándo no había podido, cuándo no lo había hecho?— jugar con aquellos sonidos y aquellas imágenes, que, en lugar de confusión, creaban alegría en la mente. La susodicha Susana suscita sucintos suspiros, sutiles susurros y suspensos sucesos de surtidas sustancias en susceptibles sustitutos. Al llegar por fin a mis manos, comenzando cuarto grado, el diccionario se convirtió en mi juguete favorito.
            Cuando comencé a aprender francés y me enteré de la existencia de las palabras sur y sus, deduje que aquel susodicho... ¿prefijo? de mis trabalenguas tenía que tener algo en común con ellas. Si éstas eran equivalentes a ‘sobre’, ‘arriba’, ‘encima’, susodicho tenía que ser ‘lo dicho arriba’, ‘lo mencionado antes’. Y creó Dios la luz y vio que era buena.
            Después la palabra habrá decidido irse al desierto a meditar, porque hacía tiempo que no se me atravesaba en el camino. Hace 11 días, sin embargo, Abigaíl, mi hija mayor, me reveló en medio de una conversación electrónica que “le encanta esa palabra”, y esto ha resucitado en mí aquella ruleta de los sonidos y las imágenes. Los usos dichos; las uso dichas; las uso, oh, dicha; las u, so dicha; él, su uso dicho...
            Todo lo antes dicho revela cómo urden las palabras para sobrevivir a los hombres. La susodicha niña conservará esta palabra cuando yo me vuelva silencio en la tierra, y sus hijos y sus nietos jugarán con ella, como yo, ojalá, generación tras generación, hasta que carne y palabra sean, otra vez, uno solo y el mismo ser.


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Año II / Nº XL / 19 de enero del 2015