miércoles, 23 de abril de 2025

Jorge y san Jorge [DX]

Edgardo Malaver


San Jorge y el dragón (1605), de Rubens




Ya tenemos 30 años celebrando formalmente la fiesta del Día del Libro y del Idioma, por lo menos en el mundo de habla española. En Barcelona, aunque la tradición tiene muchos más años, en este momento hay una fiesta inmensa que parte y desemboca en el libro, en la escritura, en la lengua. Y en Bogotá, en Santiago, en Guadalajara y en esta mesa en estoy sentado yo, miles y miles de personas estamos emocionados porque el mundo entero tiene puestos ojos jubilosos en un objeto antiguo que nos ilusiona tener entre manos y que ha vertido, desde que existe, horas y horas de placer, belleza y conocimiento en nuestro espíritu, es decir, y es lo más importante, nos ha hecho más humanos.
También hay en este momento, sin embargo, en el mundo cristiano —y un poco más allá—, un velatorio. Ha muerto hace dos días el papa Francisco, venido de ese mundo de habla española donde hoy estamos de fiesta. Oímos las noticias de las lecturas públicas de Don Quijote —en Inglaterra leerán Romeo y Julieta, imagino—, pero al mismo tiempo oímos las noticias de los peregrinos que en este instante, en Roma, están saludando con tristeza y por última vez a un hombre que hace doce años salió de su casa en Buenos Aires para asistir a una reunión de trabajo porque acababa de renunciar su jefe, y no volvió nunca más, porque lo eligieron a él como sucesor. Lo pusieron de repente al frente de la organización transnacional más grande y más antigua del mundo.
Y este hombre se llamaba Jorge.
También se llamaba Jorge el santo por el que, al menos en España, arman tanto alboroto todos los años en esta fecha. Este otro Jorge era un soldado romano nacido, como Jesucristo, en Palestina en el año 275, aproximadamente, que encarna, según la literatura hagiográfica, las virtudes que sostienen al cristiano “en su lucha cotidiana contra el maligno”. La tradición enseña que Jorge, convertido ya a la fe cristiana y dueño ya de una buena reputación en el ejército del Imperio Romano, llegó un día a una pequeña ciudad donde los habitantes vivían atemorizados por “un gigantesco lagarto” (¿un cocodrilo particularmente grande, quizá?) que había devorado a varias personas. Jorge decidió enfrentarlo y, siguiendo el ejemplo de Jesús, inició su cacería del animal arrodillándose para orar. El enfrentamiento dio la victoria al soldado, con lo cual atrajo a muchos habitantes del lugar a la conversión, y esta, la persecución hacia sí.
Otras versiones más entretenidas de la leyenda cuentan que fue por el amor de “una hermosa doncella” que Jorge se enfrentó a “un dragón” (¿un cocodrilo más grande?, ¿más de uno?). En el sitio en que cayó la sangre del dragón nació un rosal, detalle que dio lugar a que este símbolo acompañe las celebraciones en Cataluña y a que el santo-guerrero sea bien visto por los enamorados catalanes.
No puedo ser yo el primero que repara en que las semejanzas que pueden descubrirse entre estos dos Jorges no se limitan al nombre que los dos llevan. San Jorge, que es el que pertenece a la esfera del mito, es el que puede tomarse de modelo. En primer lugar, el santo se hizo célebre en tierras lejanas a la suya, tal como ha sucedido con el papa. Además, como defensor de la fe, Francisco comparte con Jorge la lucha contra las fuerzas que, en el siglo IV y en el XXI, niegan a los creyentes el derecho de escoger en quién poner su confianza. En tercer lugar, los dos parecen confiar en la oración como arma, incluso más poderosa que la espada, para los combates de la vida. El sacerdote no llevaba armadura como llevaba el soldado, pero igualmente está claro que los dos soportaban los golpes como los héroes. San Jorge fue conminado a violar la ley de Dios al final de su vida —fue ejecutado por no acceder a hacerlo—, mientras que Bergoglio estuvo contra la pared en ese sentido durante la dictadora argentina en su juventud.
En suma, ni siquiera ahora es el recién fallecido pontífice extraño al ánimo que mueve hoy a tanta gente que ama los libros y la lectura. Siguiendo sin proponérselo el ejemplo de Juan Pablo, que fue actor y dramaturgo en sus años mozos, y de Benedicto, que siempre fue filósofo, Francisco tenía conducta de poeta y, de hecho, siempre estaba citando poetas y narradores, y no solamente a san Agustín y san Ignacio de Loyola, que sería natural en un sacerdote, sino también a Borges, a García Lorca, a Dostoievski, a Dante, a Virgilio. Acabo de enterarme de que en los años 60 el padre Bergoglio fue profesor de literatura, e incluso llegó a invitar y recibir en su salón de clases al autor de Ficciones. El año pasado, el Instituto Cervantes anunció desde la oficina vaticana de Francisco que en el 2025 publicaría el intercambio epistolar entre los dos célebres argentinos.
Luctuoso y alegre a la vez, este vigésimo quinto Día del Libro y del Idioma del siglo XXI, como si hubiera sido coreografiado por una mente creadora superior, ha quedado marcado por la memoria clásica y mitológica y por el legado espiritual y humanista de un Jorge santo y un papa Jorge.

emalaver@gmail.com



Año XIII / N° DX / 23 de abril del 2025
EDICIÓN DEL DÍA DEL LIBRO Y DEL IDIOMA

domingo, 20 de abril de 2025

Noli me tangere [DIX]

Edgardo Malaver


Noli me tangere (1442), de Fra Angelico



Si nos tomáramos los Evangelios como textos meramente literarios, que también lo son, bien podríamos interpretar las escenas de la última semana de la vida terrenal de Jesús como metáfora de los vaivenes que sufrimos todos los seres humanos a lo largo de la existencia. Esa semana comienza con la entrada triunfal del protagonista en la capital de su reino natal, la ciudad santa de su cultura. Lo reciben con tanta alegría que todos cortan palmas para saludarlo como sus antepasados saludaban a un legendario rey del que, según el narrador de la historia, desciende este nuevo líder. La alegría de verlo al fin, los rumores fabulosos que desde hace meses llegan a la ciudad y las expectativas de que este hombre se convierta en un libertador que traiga la paz y el bienestar al pueblo no le permite a la multitud percibir que viene montado en lomo de asno, no trae ni una sortija en los dedos, su traje es el mismo que el de ellos y en su séquito no hay soldados y nobles, sino parias y excluidos que ha ido reuniendo por el camino. Salta de boca en boca el deseo de coronarlo para que de una vez expulse al ejército enemigo, pero él ni por asomo tiene esas ínfulas.
Una semana más tarde, ese mismo pueblo y sus autoridades, las locales y las invasoras, le han tendido emboscadas, le han puesto precio a su cabeza, sus amigos lo han abandonado, uno de ellos lo ha vendido, lo han atrapado como a un ladrón, le han hecho un juicio sumario y amañado, lo han condenado a muerte, le han hecho cargar una cruz hasta el sitio donde lo colgarían en ella y le han hecho derramar sangre hasta que muere, desnudo y a la vista de todos. Lo entierran, ponen guardias en su tumba y desatan una persecución contra los pocos seguidores que le quedan.
En otras palabras, todos hemos tenido nuestros domingos de ramos y, tiempo después, nuestros viernes santos. Muchos que nos ponían en un pedestal han pedido después que nos crucifiquen. Todos hemos sido un falso mesías para alguien, a tal punto que sólo nuestra madre y dos o tres amigos más se atreven a visitar nuestra tumba.
La esperanza —y la meta— sería llegar también a vivir nuestro propio domingo de resurrección, ese momento en que la suma y resta de pecados y virtudes, de debilidades y hazañas nos deje en el lado luminoso de la vida, renacer después de tanta tormenta hecho ahora de una naturaleza que no sea de este mundo, superar en la tierra la naturaleza humana para ascender a un estado superior.
“Noli me tangere”, le dice Jesús a María Magdalena, acaso su discípula más fiel, que al verlo resucitado corre, llena de alegría humana, a abrazarlo. “No me toques”, que ya no soy lo que crees ver en mí. El cincel del dolor, la cruz de la soledad, el silencio oscuro de la muerte me han esculpido de nuevo. Como no soy únicamente carne y huesos, nervios y humores, ahora soy un mejor yo.
Pocas páginas más adelante, esta historia nos aclara que, misteriosamente, de nuevo se puede tocar al protagonista, que incluso invita a uno de sus amigos a meter el dedo en sus heridas, que aún están abiertas en su cuerpo. Es indudable que en estas escenas posteriores a la resurrección hay más y más significados que podríamos desentrañar literariamente; sin embargo, me temo que haría falta una lupa mucho más clara que la mía, porque el personaje del que hablamos es un verdadero misterio. Y quizá sea más misterio que personaje.

emalaver@gmail.com



Año XIII / N° DIX / 20 de abril del 2025
EDICIÓN DE PASCUA DE RESURRECCIÓN


lunes, 14 de abril de 2025

Un soponcio de Semana Santa [DVIII]

Ariadna Voulgaris



Un actor personifica al padre José Cortés de Madariaga
en Caracas, en el 2012



Casi me dio un patatús cuando lo supe. Casi me desmayo, por poco no sufro un vahído. Un síncope, pues.
Es que acabo de enterarme de que la palabra soponcio pertenece a ese gordo saco de palabras que nos han ido cayéndonos encima desde que existe la Semana Santa, es decir, la Semana Mayor, que en la antigüedad más antigua se llamaba también Gran Semana.
El soponcio más propio de la Semana Santa que yo conozco es el que tiene que haberle dado a Vicente Emparan el 19 de abril de 1810, que era Jueves Santo, día de la Última Cena. El señor Emparan, pobre, iba apuradito para la Catedral de Caracas, cuidadoso de no llegar tarde a la misa, cuando se le atraviesa el guapo de Francisco Salias, hermano de otro Vicente, el músico, y lo ataja a cuatro pasos de entrar en el templo. Quién sabe si al dar el español un paso dentro de la iglesia hubiera podido Salias formar el zaperoco que formó.
Bueno, en honor a la purísima verdad, a Emparan no debe haberle dado un soponcio por eso. Lo que sí debe haberle dado es por lo menos un sudor frío en la espalda al ver que el jefe de la guardia que lo custodiaba les ordenaba a los soldados que bajaran las armas que, lógica y militarmente, apuntaron sobre Salias y sus mantuanos compañeros. En ese momento sí debe haber sentido, como Jesucristo si no hubiera sabido de antemano lo que iba a pasar, que, enviado al despacho del procurador romano, perdía toda esperanza de salir airoso de aquel trance, que era más bien un aprieto, una dificultad, un brete.
Pues fíjense ustedes, aquella escena evangélica es el antepasado más remoto de la palabra soponcio. Siglos después, cuando comenzaron a proliferar las desviaciones de la fe y la Iglesia se reunió en Nicea para poner en papel el resumen más claro posible de los elementos que diferenciaba la verdadera fe cristiana de aquellas otras, erradas, los encargados del resumen, es decir, los autores del Credo, dividieron el texto en tres partes, como Dios manda: los rasgos del Padre, los del Hijo y los del Espíritu Santo. Y al describir al Hijo, dijeron que se trataba de aquel que había padecido sub Pontio Pilato, que ya saben ustedes que se pronunciaba como se pronuncia ahora en español. De modo que en la época en que no se rezaba sino en latín, cada vez que alguien cambiaba de una mala situación a una peor —como cuando un juez envía a un reo a otro juez que es capaz de considerarlo inocente y aun así azotarlo y, lavándose las manos, entregarlo a otros jueces que esperan la mínima oportunidad para crucificarlo—, la gente cogió la maña de repetir aquel verso de la oración que dice sub Pontio, “su Poncio”, “so Poncio”, soponcio. Es que en Semana Santa, con la calor que hace, a cualquiera le da un síncope. Un telele, un jamacuco. Un desmayo, pues.
El segundo soponcio de Vicente Emparan —¿qué duda puede caber?— tiene que habérselo causado descubrir, después de preguntarle al pueblo de Caracas si querían que él siguiera siendo representante del rey, que detrás de él había estado todo el tiempo el padre Madariaga. Un puede conjeturar que, intentando zafarse de los niños ricos que lo habían acorralado en el Cabildo, pensó en aquel plebiscito instantáneo y, molesto con la gente que no lo apoyaba, habrá pensado que, informando a España, lo repondrían en el cargo. Pero al tropezarse, no con cualquier curita, ¡con José Cortés de Madariaga!, lo habrá adivinado todo: “La cosa está clara”, se habrá dicho, “este le hizo la seña negativa a la gente”. Y del soponcio, salió de la escena y nunca más volvió a aparecer en ningún otro episodio de la historia de Venezuela.


ariadnavoulgaris@gmail.com




Año XIII / N° DVIII / 14 de abril del 2025
EDICIÓN DE DOMINGO DE RAMOS


martes, 25 de febrero de 2025

Tengo una muñeca vestida de azul [DI]

Edgardo Malaver



Una clase con niños de otra lengua puede ser
un laboratorio para una nueva lengua


Me tropiezo y me pongo a leer un artículo sobre las dificultades de aplicar las teorías de la educación de Jean Piaget a los niños andinos y amazónicos y que viven en sus comunidades originarias y, por tanto, son hablantes nativos del aimara, del quechua y lenguas del Amazonas (y, ergo, partícipes de las culturas que rodean a esas lenguas). “¿De cuál niño se trata?”, se pregunta el autor del artículo, Walter Quispe Santos. “Los niños de la Suiza francesa a los que investigó Piaget” no son los mismos “que observan los psicólogos y educadores en una realidad histórica y ecosociocultural variada como la nuestra [...]. Entonces, ¿a quién enseñamos?”.
Quispe Santos cita a continuación un poema de Efraín Miranda en el que una niña indígena siente que en la escuela ponen a una niña blanca delante de ella, una niña que el maestro ha creado para educarla; pero esa niña blanca existe también dentro de la niña india, porque ahí la ha puesto el maestro, y es a ella a quien se dirige cuando le habla a ella; sólo cuando el maestro no le habla a ella, la otra niña desaparece. “El maestro se olvida de mí y de todos los alumnos”, dice, porque “para los indios no se ha inventado nada”. Sin embargo, la niña indígena resiste: “está dentro de mí, pero no me puede”, y “al concluir mis estudios, se extinguirá”.
Y luego el autor reflexiona sobre el punto que me convence de seguir leyendo el artículo: la narración de un “experimento” ideado y aplicado por el profesor Luis Enrique López durante una investigación académica (“Tengo una muñeca vestida de azul: ¿kuns uka siñurita parlpachaxa?”):


La profesora pidió a sus alumnos que prestaran atención a lo que ella escribía en la pizarra. “Tengo una muñeca vestida de azul, zapatitos blancos y velo de tul”. Puntero en mano, la profesora hizo que los alumnos repitieran, por lo menos unas cinco veces, cada uno de los versos de la pizarra, sin percatarse siquiera de si sus discípulos entendían o no lo que decían. Nunca se dio explicación alguna sobre el contenido de los versos (…) Sin embargo, nadie parecía aburrirse y el “loreo” continuaba, con los alumnos que creían que imitaban a su profesora a perfección y con ella sin darse cuenta de los obvios problemas que tenían sus alumnos para emitir sonidos castellanos. A la voz de vestido, los niños decían wistiru; de muñeca, moñica; y de tul, yol. (...) Darío, imitando a su maestra, puntero en mano y presto a demostrar lo que sabía, leyó de corrido los versos de la pizarra: “Tinku u-na moñica wistiro de a-sol saptitus lancus y wilu de tol” (...).

 

¿Qué interpreto yo? Los niños, sin saber lo que hacían, terminaron escogiendo lo mejor de los dos mundos: la musicalidad y la rima de los versos, desconocidos hasta ahora que les hacen repetirlos, y la sonoridad y la pronunciación que para ellos era propia, la que conocen de casa, de la comunidad, de su vivencia cotidiana. Casi se puede decir que han creado una lengua nueva a partir de los sentidos de la lengua recién llegada a ellos y los sonidos que han heredado de sus antepasados. Una vez en sus labios estos versos, no sabría yo decir cuál de las lenguas se adaptó a la otra, cuál de las dos se sometió a la otra, es decir, o hubo una penetración mutua, en la que una lengua entra hasta donde puede en territorio extraño, o hubo una invitación mutua, en la que cada una de ellas se sintió en casa en los nuevos espacios. Muñeca, moñika; zapatitos blancos, saptitus lankus. ¿No es, poco más o poco menos, lo mismo que, hace tanto tiempo y guardando las proporciones, debe haber sucedido entre mater y madre, sukkar y azúcar?, aide-de-camp y edecán?
¿Qué me pregunto? Las lenguas que llegan a un lugar nuevo, ¿a quién pertenecen? Pertenecen a quienes las han traído hasta que los que estaban ya ahí comienzan a adoptarla y, sin querer siquiera, pero con pleno derecho, por causa del frote y del saboreo, de la resistencia y del amor nuevo que comienzan a sentir, a modificarla para que ella hable con propiedad del nuevo contexto y respire holgadamente la nueva atmósfera. Amor y resistencia, atracción y distancia, permanencia y peregrinación se convierten así en fuerzas que tallan las lenguas a medida que pasan los siglos. Y como brotando de los labios de los niños, florecen de las mismas semillas pero con nuevos colores.

emalaver@gmail.com



Año XIII / N° DI / 25 de febrero del 2025
EDICIÓN DEL DUODÉCIMO ANIVERSARIO


lunes, 13 de enero de 2025

Como si alguien jugara con los verbos [CDXCV]

Edgardo Malaver

 

 

 

Antonio José de Sucre va a morir joven,
pero en el pasado

 

 

         ¿Qué va a pasar el día en que se nos ocurra que todo tenemos que tomárnoslo literalmente? Pues va a pasar que, en contra de lo que sería lógico, la lengua va a ser plana e inexpresiva y, además, no vamos a entendernos. La verdad es que no hay nada que sea literal. Si el signo lingüístico es arbitrario, nada puede ser literal, porque lo literal viene ya estipulado antes de tiempo, mientras que lo expresivo depende siempre de lo que está por pasar.

         Y esta particularidad de la lengua llega hasta el interior del verbo. Miren cómo juegan los tiempos con el verbo, parece que hubiera un duende dentro de ellos, haciendo travesuras. Uno puede expresar en presente eventos que en realidad han sucedido en el pasado (se le llama, aunque no siempre, presente histórico):

 

El mariscal Sucre nace en Cumaná y muere joven;

Ayer nada más, trato de abrir la puerta y descubro que está condenada;

Gómez le escribe una carta a Castro y le dice: “No vuelva, compadre”.

 

También puede aplicarse a los futuros:

 

Mañana me compro una camisa;

En un año me gradúo y me mudo yo solo a otra casa;

La próxima semana viene el electricista, le preguntas a él.

 

         Pero como sería injusto que no sucediera al contrario, igualmente suele utilizarse el pasado para hablar de acontecimientos del presente (como para restarle realidad a un hecho o como si imitáramos a niños que juegan):

 

[juguemos a que] Yo era médico y te operaba un riñón;

[imagínate que] Tu tío estaba vivo y venía a hablar contigo

[hazte cuenta de que] Mi mamá te adoptaba y te convertías en mi hermano.

 

Este tiempo, especialmente el copretérito, puede hacer la magia de imprimir modestia a una solicitud, como cuando uno dice:

 

Deseaba pedirle un favor;

Te llamaba para preguntarte sobre la fiesta;

Me preguntaba si era posible esperar aquí.

 

         Y lo más increíble de todo esto: el uso del futuro para hablar del pasado:

 

Los románticos adoptarán los ideales de la antigüedad griega;

García Lorca regresará a Granada, donde lo apresarán y lo asesinarán;

Más tarde, Estados Unidos lanzará la bomba y Japón se rendirá.

 

¡Buen podría llamarse este tiempo futuro histórico!

         También puede suceder, y sucede, que utilicemos el futuro para referirnos a un hecho que sólo vemos como probable, no cierto ni confirmado (lo cual lo hace más bien subjuntivo, pero en realidad vale como presente):

 

A estas horas, ya estarás en Francia;

Después de estos acontecimientos, María se sentirá destrozada;

Te habrás molestado conmigo, ¿no?

 

         Existe un “efecto” que se parece mucho a este pero que no es el mismo. En este caso, se usa un pasado (con más precisión, el que la Academia llama condicional, el que Bello llama postpretérito) para expresar que un hecho es simple imaginación o deseo. Imagínense que uno dice:

 

Por mí, estarías bien lejos;

Mi abuela te diría del mal que vas a morir y te echaría de su casa;

Preferiría morirme.

 

         Por otro lado, el imperativo afirmativo tiene una forma y el negativo otra: ve y no veas, camina y no camines, sufre y no sufras. Se nota mucho que el negativo, curiosamente, siempre es idéntico al subjuntivo (como si el subjuntivo fuera un tiempo); pero también puede expresarse el imperativo por medio del indicativo, ¿no es una hermosura?:

 

Amarás a Dios por sobre todas las cosas;

Vas ahora mismo y te disculpas con tu hermano;

Tú te comes esto y pasas la tarde como unas pascuas.

 

         Los tiempos verbales son diez: uno para lo presente, cinco para lo pasado y cuatro para lo futuro. Esto quiere decir que por más nombres que utilicemos para definir con toda precisión en qué momento ha sucedido un hecho, este siempre va a caer en las tradicionales y sencillas nociones de presente, pasado y futuro que todos conocemos. Pero el sabor de la lengua se multiplica cuando los hablantes mueven las piezas de lugar, como si estuvieran jugando con las palabras y sus posibilidades expresivas, con los verbos y sus tiempos, con lo dicho y lo significado.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXCV / 13 de enero del 2025

 

lunes, 6 de enero de 2025

Una de puntuación [CDXCIV]

Edgardo Malaver

 

 

 

Jesús Ávila (1930-2012), autor y compositor
de “Guanaguanare”

 

 

         Me imagino que estoy decepcionando a algunos que quizá deseaban leer hoy sobre los Reyes Magos y su relación con la lengua, esta que no existía cuando ellos hicieron su fugaz pero astuto desfile por el Evangelio. Me abandonó la imaginación y tuve que pensar en un “bateador designado” para hoy. “¡Óyeme, Coma”, grite dentro del dugout, “te toca a ti...! Reyes Mago, el cuarto bate, se fue por otro camino!”. Creerán que lo hice a propósito, pero ese grito contiene un ejemplo del tipo de coma que quiero comentar hoy: la llamada coma vocativa. Es la que se interpone entre las palabras con las que nos dirigimos a nuestro interlocutor y lo que deseamos decirle. Puede ser el nombre o cualquier otra forma de llamarlo: “María, María, te estoy llamando, María” o “Vuela, guanaguanare, picoteando sobre las olas de la mar serena”. Antes de que me pregunten, sí, si el vocativo va al principio de la oración (como este caso de María), la coma viene después del vocativo; si está en medio de ella (como en el caso del guanaguanare), lo rodeamos de comas, y, naturalmente, si va al final, sólo se la ponemos antes porque después sólo puede venir el punto (a menos que queramos extender la oración, lo cual quizá no le haga bien). Dice la Academia que se utiliza para separar elementos de la oración que tienen un alto grado de independencia. Y la verdad es que el vocativo que uno pone en una oración, sea que lo ponga al principio, a la mitad o al final, no es el sujeto, no es el verbo, no es ninguno de los complementos que aparecen en el predicado. Es como un visitante que vino un rato a la casa de la oración. No tiene una función imprescindible: si usted quiere, mi estimado, lo puede eliminar, y la sintaxis no protestará. Aunque siempre sentimos que le “damos fuerza a la frase”, el significado llega intacto al interlocutor digamos: “Ay, Juan José, burro no se monta con sombrero ni zapato” o digamos: “Ay, burro no se monta...”. A menos que le pongamos música popular venezolana, en cuyo caso nos faltarán tres sílabas. Mire, mi estimado lector, usted no se confunda: si va a nombrar de alguna manera a su oyente, déjele claros los límites: póngale comas al nombre que le dé. Dígale al llegar: “¡Hola, cacerola!” y cuando quiera que se vaya, dígale: “¡Chao, pescao!”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXCIV / 6 de enero del 2025

 

martes, 31 de diciembre de 2024

Yo no olvido el año viejo [CDXCIII]

Edgardo Malaver Lárez


Fiesta de fin de año en la Plaza Bolívar de Caracas 
en los años 1940. Foto: V. Torrealba




Los últimos días de diciembre, como todos los años, han sido muy musicales. En realidad eso no depende de la música, sino de cuán abierto está uno a percibirlo. Y este año se nota que la música que flota a mi alrededor fluctúa de lo clásico a lo popular con facilidad, casi siempre muy a mi gusto.
La semana pasada hasta me puse a traducir el Adeste fideles, y este lunes 30 de diciembre, las piezas que me han atrapado no necesitan traducción. Voy a dejar que sea su belleza y su dulzura las que se luzcan delante de ustedes:


Traigo un ramillete de un lindo rosal
un año que viene y otro que se va.
Vengo del olivo, voy pal olivar,
un año que viene y otro que se va.
 
Ay, qué grato es pasar diciembre en Margarita
cantándote al oído esta bella canción.
Pasear por La Arestinga, laguna tan bonita,
igual por Las Marites, que es una ensoñación.
 
Faltan cinco pa las doce,
el año va a terminar.
Me voy corriendo a mi casa
a abrazar a mi mamá.
 
Al llegar aquí,
al llegar aquí,
me saco el pañuelo
para dar a todos
feliz Año Nuevo.
 
Se fue el año veinte, que viva el veintiuno,
Se fue al año veinte, que viva el veintiuno,
que viva Cuyagua, que todos son uno.
 
Cinco minutos más
para la cuenta atrás, [...]
Uno, dos, tres y cuatro
y empieza otra vez,
y la quinta es la una
y sexta es la dos
y así, la siete es tres.
 
Año nuevo, vida nueva
más alegres los días serán
año nuevo, vida nueva
con salud y con prosperidad...
Entre pitos y matracas,
entre música y sonrisa,
el reloj ya nos avisa
que ha llegado un año más.
Las mujeres y los hombres
un besito nos daremos
y entre todos cantaremos
llenos de felicidad.
¡Vamos todos a cantar!
 
Cuando sean las dos de la noche
y el año barbudo se vaya,
agarro mi cuatrico y mi ron
y me voy a abrazar a mamá.
Son para gozarlas estas Navidades
porque el año que viene
se acaban los pesares.
 
La Billo’s Caracas pide a Dios del cielo
que todos pasemos feliz Año Nuevo,
y cantemos todos con el corazón,
comiendo hallaquitas y tomando ron.
 
Compae, venga un abrazo
que esta noche el año se termina.
A las doce lo espero en la esquina
para que brindemos, para que brindemos.


Por todo lo bueno y lo bonito que nos pasó en el año 2024, de parte de Ritos de Ilación, les doy a todos un abrazo de Año Nuevo.

emalaver@gmail.com



Año XII / N° CDXCIII / 31 de diciembre del 2024


martes, 24 de diciembre de 2024

Una de traducción... y Navidad [CDXCII]

Edgardo Malaver Lárez



VOCATI PASTORES ADPROPERANT



He oído tanto aguinaldos y villancicos en estos días, algunos de ellos en lenguas extranjeras, que me decido a buscar las letras de algunos que me parecen particularmente hermosos. Como no tengo esperanza de desentrañar pronto, por mucho que la estudie durante esta Navidad, los alegres versos escritos en la lengua de los antiguos incas, me pongo a escudriñar algunos que los niños del coro de la iglesia cantan en latín. El primero, el que más me atrae, el archiconocido Adeste fideles, ha sido traducido por cientos de personas, algunos con suma habilidad para adaptarlos al canto coral (aunque limitando la fidelidad a la métrica), otros con resultados bastante pobres pero relativamente útiles, y luego quedan aquellos que pretendían “solamente dar idea de lo que decía el poema”, pero cuya intuición no acertaba ni en lo más obvio.

Saltando atléticamente por encima de mi amplia ignorancia del latín, después de examinar unas cuantas traducciones de las que juzgo mejor hechas, y apoyándome en el precedente de Luis Cernuda (1902-63) y Ezra Pound (1885-1973), que tradujeron respectivamente a Wordsworth y a Confucio casi en las mismas circunstancias que yo —¡casi!, porque nada como el descaro mío—, intento construir mi propia versión del hermoso canto de Navidad. La composición del Adeste ha sido atribuido al rey Juan IV de Portugal (1604-56) y la melodía al músico inglés John Francis Wade (1711-86). Por los momentos, voy a sumar mi propia traducción, aunque la métrica es irregularísima y la rima aún no encuentra su rumbo. El año próximo, quizá, avance un poco en eso. Aquí lo tienen: el Adeste fideles, con mi deseo de que disfruten la Navidad abrazados con vuestras familias y amigos:


ADESTE FIDELES LÆTI TRIUMPHANTES

Acudan, creyentes, alegres, triunfantes.

VENITE, VENITE IN BETHLEHEM

vengan, vengan a Belén y vean

NATUM VIDETE REGEM ANGELORUM

que ha nacido el rey de los ángeles.


VENITE ADOREMUS VENITE ADOREMUS

¡Vengan y adoremos, vengan y adoremos,

VENITE ADOREMUS DOMINUM

vengan y adoremos al Señor!


EN GREGE RELICTO HUMILES AD CUNAS

Dejando el rebaño, a la humilde cuna

VOCATI PASTORES ADPROPERANT

llamados, se acercan pastores;

NOSQUE OVANTI GRADU FESTINEMUS

nosotros también, jubilosos corramos.


VENITE ADOREMUS VENITE ADOREMUS

¡Vengan y adoremos, vengan y adoremos,

VENITE ADOREMUS DOMINUM

vengan y adoremos al Señor!


ÆTERNI PARENTIS SPLENDOREM ÆTERNUM

Eterno resplandor del Padre Eterno

VELATUM SUB CARNE VIDEBIMUS

oculto en la carne observamos:

DEUM INFANTEM, PANNIS INVOLUTUM

el infante Dios envuelto en pañales.


VENITE ADOREMUS VENITE ADOREMUS

¡Vengan y adoremos, vengan y adoremos,

VENITE ADOREMUS DOMINUM

vengan y adoremos al Señor!


PRO NOBIS EGENUM ET FŒNO CUBANTEM

Por nosotros pobre, sobre heno es arrullado,

PIIS FOVEAMUS AMPLEXIBUS

a él con ternura calurosa cobijémoslo.

SIC NOS AMANTEM QUIS NOS REDAMARET

Al que tanto nos amó, ¿quién no lo amaría?


VENITE ADOREMUS VENITE ADOREMUS

¡Vengan y adoremos, vengan y adoremos,

VENITE ADOREMUS DOMINUM

vengan y adoremos al Señor!


STELLA DUCE MAGI CHRISTUM ADORANTES

Guiados por la estrella, sabios adoran a Cristo,

AURUM THUS ET MYRRHAM DANT MUNERA

y con oro e incienso y con mirra le obsequian.

IESU INFANTI CORDA PRÆBEAMUS

Ofrezcamos al pequeño Jesús nuestros corazones.


¡Feliz Navidad!


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDXCII / 24 de diciembre del 2024

VÍSPERA DE NAVIDAD


lunes, 16 de diciembre de 2024

Síndromes literarios venezolanos (V): Presentación Campos [CDXCI]

Edgardo Malaver

 

 

 

“Y un oscuro soldado republicano [...] le atravesó el pecho
de un lanzazo”, dice Baralt. Muerte de Boves

 

 

         Yo leí Las lanzas coloradas (1931), de Arturo Úslar Pietri (1906-2001), cuando tenía 13 o 14 años. Y hasta hace un mes, lo que recordaba de ella era el calvicordio que tocaba una niña a quien no le interesaba nada en la vida y la escena final en que Presentación Campos, en su calabozo, se esfuerza por alcanzar la ventana altísima para ver, por fin alguna vez, a Simón Bolívar, que la algarabía del exterior indica que hace su entrada triunfal en el pueblo donde él, Presentación, ha sido capturado.

         Cuando, creyéndome discípulo de Freud, me propuse hablar de este personaje como la representación más literaria del admirador venezolano fascinado con la vida, obra y legado de Bolívar, que es como mi imaginación lo había conservado, Ariadna Voulgaris en algún momento me dijo: “Profe, usted como que no leyó la misma novela que yo”. Y tuve que comenzar a leer la novela otra vez. Después de unas 30 páginas tuve claro que Ariadna tenía razón, pero también descubrí que aún así podíamos ponerle su nombre a un síndrome literario venezolano.

         Si Presentación Campos es el “arquetipo” de algo en Venezuela, lo es del tipo corriente, tosco, sin ninguna preparación, egoísta, enormemente arrogante, con escasa sensibilidad, sin conocimiento de nada que no sea el pequeño mundo en el que ha nacido y crecido, donde vive y trabaja, donde va a pasar el resto de su vida y en el que un día, por mero azar, le ha sido dado un mísero gramo de poder. Ese día se desencadena en semejante sujeto una trasformación que lo lleva a convertirse en un déspota que no tiene compasión con nadie; todo gira alrededor de su poder, de incrementarlo y de hacer que los demás lo adulen y dependan de él, que no tomen ni una sola decisión sin que él lo sepa y lo apruebe. Se vuelve irreconocible para todos los que lo conocieron antes. El que antes ha sido su amigo, si no se le somete, es humillado y anulado por él; el que ha sido su pariente, puede obtener beneficios al principio, pero apenas comente un “error”, es eliminado; el que ha pertenecido al mismo grupo que él (en el trabajo, por ejemplo) se convierte en su esclavo, en su estropajo, incluso en su enemigo, es decir, debe ser destruido.

         En Las lanzas coloradas, Presentación Campos es un esclavo mulato que ha sido nombrado capataz de la hacienda El Altar y esto se le sube tanto a la cabeza que llega a sentirse superior a sus hermanos esclavos. Los trata peor que el amo y los menosprecia. El narrador, en las primeras páginas, comenta que al pasar por la casa de los amos, el personaje siente “como una fascinación” por la gente que en ella vivía. Su mente desea ser uno de ellos, el más importante de ellos.

         Más adelante dice:

 

Don Fernando, que era pusilánime, perezoso e irresoluto, y doña Inés, que vivía como en otro mundo. Los amos. (Él era Presentación Campos, y donde estaba no podía mandar nadie más). Don Fernando y doña Inés podían ser los dueños de la hacienda, pero quien mandaba era él. No sabía obedecer. Tenía carne de amo.

 

         Cuando comienza la Guerra de Independencia, y sobre todo cuando José Tomás Boves inicia su torbellino destructivo contra todo y contra todos, Presentación se une a la guerra, destroza la hacienda y dirige toda su lucha a convertirse en amo para saborear de la miel del poder absoluto. Aquella guerra, sin embargo, lo destruyó casi todo en Venezuela, y ciertamente destruyó también a Presentación Campos.

         De modo que observe usted bien, si tiene un amigo, un vecino, un pariente que da estas señales, puede ser que padezca el literario y venezolano síndrome de Presentación Campos. Y si es usted mismo quien lo tiene, acuérdese de cómo termina Presentación: solo, herido, derrotado, preso, sin fuerzas siquiera para elevarse a la altura necesaria y ver de lejos al verdadero héroe de su propia historia.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXCI / 16 de diciembre del 2024