lunes, 26 de junio de 2017

Obsoletely fabulous [CLVIII]

Sérvulo Uzcátegui Gómez



Jean Carlo Simancas y María Alejandra Martín como Gabriel 
y María Eugenia en Ifigenia (1986)de Iván Feo



         No, este breve artículo no trata sobre la, en otros lares famosa, aquí apenas conocida serie de la BBC. Tampoco sobre la serie de dibujos animados Futurama, de donde quien escribe extrajo el título, una paráfrasis del título de la sitcom británica, para este artículo. Es verdad que el tema es una socialite, pero hasta allí llega la comparación, por la que quien escribe casi que pide sinceras disculpas. Se trata de una socialite de hace mucho, mucho tiempo, y de una tierra muy, muy lejana, pero que paradójicamente es nuestra ahorita tan convulsionada Venezuela.
         Teresa de la Parra (siendo éste sólo su nom de plume, Ana Teresa Parra Sanojo era su nombre real) fue una dama de abolengo, y efectivamente, aunque fuera por un período relativamente fugaz, una socialite de su época, que vivió gran parte de su corta vida (segada, como la de Franz Kafka, por la tuberculosis) fuera del país, lejos del cual murió. Teresa, presa del incontenible prurito que la llevó a escribir, se vio y se sintió invadida por un germen que, en su tiempo, comienzos del siglo XX, afectó tal vez a más gente de entre nosotros que ahora, comienzos de este siglo XXI: el germen de la venezolanidad.
         Quien escribe estudió Letras e Idiomas Modernos en la Universidad Central de Venezuela desde comienzos de los años 80 hasta comienzos de los 90, vivió más arribita del Panteón Nacional (el de toda la vida, sin esa curiosa carpa de concreto y acero que acampa tras él hoy en día), en lo que ya puede llamarse la vieja Caracas, depauperada y deteriorada como ya estaba por aquellos días, en circunstancias que se asemejan, si bien no del todo, a las actuales. Era habitual para este servidor caminar a través del Parque Los Caobos rumbo a Plaza Venezuela y a la Ciudad Universitaria. La caminata empieza pasando la Plaza de los Museos. Y justo allí, al comienzo, está la estatua en mármol blanco de Teresa de la Parra, obra de la escultora Carmen Cecilia Caballero de Blanch. Allí fue dejada hace ya algunas décadas, ornando el comienzo del paseo del parque, y hasta la actualidad, Anno 2017 (datando la última visita personal de noviembre del año pasado) sigue allí, tan blanca, etérea y hermosa como en la primera (fenomenal) impresión que causó en el autor de estas líneas.
         No existen testimonios sonoros —hasta donde se sabe— de su voz, de la cual se ha escrito que era dulce y melodiosa, con acento de España a raíz de su larga estadía en la península ibérica, y, por su desenvoltura en la cultura y la sociedad galas, encantadoramente salpicada de expresiones coloquiales del francés. La soltura, el irónico humor y el desenfado en el switching del español al francés saltan a la vista y deleitan, sobre todo en sus cartas y en Ifigenia, su primera novela; teniéndolas ante sí en la memoria, puede afirmarse que ellas son lo más cercano a la vivencia de escuchar a Teresa como la amena conversadora cosmopolita que a uno (obviando las diferencias de clase de entonces) le hubiera encantado conocer. Pero a la hora de la escritura que desplegó, sobre todo en su pequeña obra maestra de madurez, Las memorias de Mamá Blanca, y en sus conferencias sobre La influencia de las mujeres en la formación del alma americana, el lenguaje se vuelve castizo y, más que nada, venezolano. No hay en su español ni una falla en todo cuanto el redactor de este artículo ha alcanzado a leer —a lo largo de su vida y más recientemente— de la obra de Teresa, limitada por la brevedad de su vida, que se pudiera detectar o considerar como falla; en su vocabulario, ortografía, gramática y sintaxis (¡la de los dos idiomas!), todo sitzt, paßt und hat Luft, como dirían en alemán; es immaculé, como habrían dicho por aquel entonces, y flawless, como dirían hoy en día. No en vano quien escribe considera a Teresa de la Parra (al menos en el idioma español) una maestra que le animó a escribir y le enseñó cómo hacerlo.
         Y aunque esa belleza, esa perfección de la escritura de Teresa, en su suma de sensibilidad, indulgencia, introspección, costumbrismo y nacionalismo, ni se astille ni se oxide con el paso del tiempo, es de temer que al cabo de los ya casi cien años desde su publicación también caiga presa, como muchas otras cosas bellas más, de la obsolescencia. Podrá caer en desuso, pero no perderá nada de su perfección ni de su belleza.
         Será anticuada y obsoleta, pero siempre será obsoletamente fabulosa. Obsoletely Fabulous.
servuzcg@yahoo.es





Año V / N° CLVIII / 26 de junio del 2017

lunes, 19 de junio de 2017

Celebrando el español (III): a propósito de “El idioma castellano” [CLVII]

Luisa Teresa Arenas Salas


Terentius Neo el panadero y su... marida.
Pompeya, 50-75 después de Cristo



         Más vale tarde que nunca, un refrán que siempre utilizo cuando olvido una fecha de cumpleaños y, luego, remiendo el capote felicitando en fecha posterior. Y, como a buen entendedor pocas palabras bastan, ya sabrán que estoy dando disculpas por mi tardanza en publicar este tercer y último rito referido al poema “El idioma castellano” de Pablo Parellada y Molas (1855-1944), sobre el cual hablamos el 11 de abril (Ritos CIII), y después el 2 de mayo de 2016 (Ritos CVI), los cuales les sugiero releer para hacer más digerible lo prometido.
         La intención de este tercer “apretado” rito es hacer un comentario lingüístico de ese quijotesco poema distinguido por su jocosidad, su lógica, su ostensión. Reflexionemos, pues, desde la ciencia lingüística, los planteamientos lógicos del autor que le hacen exclamar “que es preciso meter mano / al idioma castellano, donde hay mucho que arreglar” (v. 4 a 6, e. 2). ¡Claro! La reflexión obliga a destacar la intención chistosa, festiva del autor, así como la función lúdica y poética del lenguaje que emplea, engranada con la función metalingüística. Este es el quid del asunto, usa el código (lengua) para referirse en juego al mismo código (“idioma castellano”), al que califica de “irracional”. No obstante, como con su juego poético particular quiere dejar “convencido el más profano” (v. 2, e. 28), es decir, al “que carece de conocimientos y autoridad en una materia” (DLE), yo, como menos profana y conocedora del tema que soy, me dispongo a deconstruir su ingenioso juego lingüístico, un tipo de tarea que propongo a mis estudiantes a partir de textos humorísticos.
         ¡Activemos, pues, nuestra competencia lingüístico-pragmática para entender la estructura conceptual con la que juega nuestro ingenioso autor, sustentada en los distintos niveles lingüísticos para lograr su fin pragmático: hacer reír al lector! ¿Cómo lo hace? Con uno y “otro cuento” poéticamente urdidos.
         “¿Por el acento?” (v. 1, e. 4). Y añade: “por esa insignificancia” (v. 2, e. 4) más una retahíla de ejemplos cuya “distancia” no concibe, a pesar de reconocer que “hay esa gran diferencia” (v. 3, e. 3) entre buqué y buqué, entre tomas y Tomás”, entre topo y topó, entre presidio y presidió, entre ingles e inglés. Es la diferencia semántica esencial que produce el acento (fonema suprasegmental) hecha juego a través de la paronimia: una relación semántica en la que dos (o más) palabras se asemejan en su sonido, pero se escriben de forma diferente y tienen significados distintos, usualmente no relacionados.
         “Mas dejemos el acento” (v. 1, e. 5) “y vamos con otro cuento” (v. 4, e. 5): “el sexo a hablar nos obliga” (v. 1, e. 9), dice, después de haber construido esta idea loca, pero lógica, en su pensar: “¿Y la frase tan oída / del marido y la mujer, / por qué no tiene que ser / el marido y la marida?” (v. 1 a 4, e. 7). Y el cuento aquí es la relación entre los términos sexo y género: dos conceptos diferentes en el sistema español que no debemos confundir. Sexo, concepto biológico, y género, concepto gramatical. Esto sin incorporar la nueva acepción de género adoptada por la teoría feminista.
         La RAE y la ASALE en el Diccionario panhispánico de dudas (2005) nos lo aclaran: “Género. En gramática significa ‘propiedad de los sustantivos y algunos pronombres por la cual se clasifican en masculinos, femeninos y, en algunas lenguas, también en neutros... Para designar la condición orgánica, biológica, por la cual los seres vivos son masculinos o femeninos, debe emplearse el término sexo... Por tanto, las palabras tienen género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo (y no género)” (p. 310). Con esto juega en la estrofa 26, donde califica de “irracional” un hecho lingüístico en el nivel gramatical de los nombres sustantivos que no siempre varían en género (respuesta que adelanto a la siguiente interrogante): “¿Puede darse, en general / al pasar de masculino / a su nombre femenino / nada más irracional?” (v. 1 a 4, e. 26). La “hembra” (sexo) “...del velo es una vela; / la del pelo es una pela; / y la del plazo es una plaza” (v. 1 a 4, e. 27). ¿Es que acaso los referentes nombrados tienen sexo? Son palabras, no seres vivos; son sustantivos invariables en género que, de paso, al conmutarlos también resultan voces parónimas.
         En la pregunta donde introduce la oposición “marido / mujer”, el juego es con la denominada heteronimia, fenómeno por el cual sustantivos de gran proximidad semántica tienen etimologías y formas diferentes para masculino y femenino: hombre-mujer, caballo-yegua, padre-madre, yerno-nuera, toro-vaca, etc.
         También, el ingenio del poeta crea trabalenguas con voces homónimas, otra relación semántica en la que dos (o más) palabras se pronuncian de manera idéntica (homófonas), pero tienen etimologías y significados diferentes: “¿hay en el cielo cometa / que cometa algún delito?” (v. 3 y 4, e. 14); “De igual manera me quejo / al ver que un libro es un tomo; / será un tomo si lo tomo, / y si no lo tomo, un dejo” (v. 1 a 4, e. 21). Tomo y dejo son verbos antónimos (tomar y dejar); pero el sustantivo tomo (libro) no puede oponerse semánticamente a dejo, por ser un verbo y en su categorización de sustantivo no denota un objeto opuesto a “una parte de una obra impresa extensa” (DLE). En la actualidad, este ejemplo lúdico se parece al juego que la gente hace al criticar el uso de la voz “aperturar” (¡urticaria!) en los bancos, diciendo: si existe aperturar una cuenta, también debería existir cerradurar esa cuenta.
         Dejo entonces este comentario lingüístico hasta aquí porque Ritos de Ilación tiene limitación de palabras (y, aquí entre nos, ya lo excedí). Tomo prestada la expresión “arbitrariedad del signo” del llamado padre de la lingüística, Ferdinand de Saussure, a principios del siglo XX, para concluir que con ese concepto de arbitrariedad juega el poeta Parellada y Molas, quien seguramente conoció las ideas del lingüista: la ciencia lingüística no es lógica, los signos lingüísticos realizados en palabras asumen esa condición arbitraria producto de las convenciones creadas por la tradición y el uso.

ue.eim.ucv@gmail.com



Referencias
Arenas Salas, Luisa T. (2016). “Celebrando el español”. Ritos de Ilación CIII (11 abr.), 1. Disponible en http://ritosdeilacion.blogspot.com/2016/04/celebrando-el-espanol-ciii.html.
Arenas Salas, Luisa T. (2016). “Celebrando el español (II)”. Ritos de Ilación CVI (2 may.), 1. Disponible en ritosdeilacion.blogspot.com/2016/05/celebrando-el-espanol-ii-cvi.html.
Parellada y Molas, Pablo (1990). “El idioma castellano”, en Escandón, Rafael. Curiosidades del idioma. Caracas: Panapo.
Real Academia Española (2006). Diccionario esencial de la lengua española. Madrid: Espasa Calpe.
Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Bogotá: Santillana.




Año V / N° CLVII / 19 de junio del 2017

lunes, 12 de junio de 2017

Prohibir la dictablanda [CLVI]

Edgardo Malaver


 
“¡Vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo!”, les dice
Unamuno  a los españoles en “El error Berenguer”



         Todo el mundo supo en su momento que las hijas del príncipe Raniero III de Mónaco (1923-2005), Carolina y Estefanía, fueron durante su adolescencia un dolor de cabeza constante para él y para todo el principado. Las caprichosas niñas se pintaban el pelo de verde, se bañaban desnudas en el mar, dormían en la calle, hacían todo aquello que sus antepasados no pudieron hacer... al menos en público. ¿La solución del príncipe? Ponerles guardaespaldas para que les previnieran de lo que tenían prohibido. ¿Reacción de las muchachas? Enamorarse de los guardaespaldas, casarse con ellos, darles hijos. O, más escandaloso aun, hacer todo eso a la inversa. Siempre que usted prohíbe una conducta, logra justamente lo contrario.
         No es diferente en la lengua, aunque sí es peor. Si, haciendo realidad aquel cuento de Otrova Gomas, “Los fiscales del idioma”, pusiéramos un vigilante a cada hablante para que no dijera esta o aquella palabra, naturalmente el uso de esa palabra proliferaría, pero, a diferencia de las princesas de Mónaco, todos terminaríamos odiando furiosamente a nuestros vigilantes. No debe haber nada en el cielo ni en la tierra que la gente aborrezca con más crudo encono que escuchar correcciones de lo que dice.
         En Venezuela —a juzgar por lo que dicen ciertos de esos periodistas que siempre tienen una fuente cuyo nombre no pueden revelar—, parece que algunos canales de televisión tuvieran prohibido, por lo menos extraoficialmente, usar la palabra dictadura. Si fuera cierto, ya sabemos lo que va a pasar.
         Políticamente serán reprobables, pero estas prohibiciones siempre traen también la explosión de la creatividad lingüística. En este caso podríamos hacer como los periódicos españoles en 1930, cuando el rey Alfonso XIII (1886-1941) quiso “restituir la normalidad constitucional”, al final de la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1870-1930) nombrando como sucesor a Dámaso Berenguer (1873-1953). Éste no mostró talento alguno para el gobierno: ni continuó la dictadura, que habría complacido a los monarquistas; ni reinstauró la abolida constitución de 1876, que quizá habría favorecido al rey, ni, mucho menos, inició el proceso constituyente que exigía la oposición. Los periódicos bautizaron su gobierno “la Dictablanda”.
         Entonces prohibirían decir dictablanda. También parece que se hubiera prohibido decir guarimba, saqueo, desobediencia, para las cuales los medios, por los menos la televisión, ahora dicen términos como barricadas, robos masivos, violencia. ¿Y si prohibieran usar prostituyente, boliburgués, robolución? Quizá la explicación sea la que dio Laura Jaramillo la semana pasada: el cerebro humano como que tiene severas dificultades para obedecer las órdenes negativas.
         De todas maneras, el gran problema no parecer ser el sustantivo dictadura ni su significado. ¡El problema podría ser más bien llegar al punto de prohibir palabras! En 1931, aquel gobierno de Berenguer, indefinido y tímido, incapaz de sumar fuerzas e ideas para encontrar a una solución, sin destreza para imponer la ley, ni siquiera su propia ley, desembocó en el fin de la monarquía. Después de unas elecciones municipales que numéricamente ganaron los candidatos de la monarquía, el rey tuvo que irse al exilio.
         Quizá en Venezuela, en lugar de no mencionar la dictadura, que es retroceso, lo que habría que prohibir, porque impide avanzar, es la dictablanda.

emalaver@gmail.com



Año V / N° CLVI / 12 de junio del 2017

lunes, 5 de junio de 2017

PNL: más vida [CLV]

Laura Jaramillo


Aquiles Nazoa (1920-1976) disfrutando
de las cosas más sencillas



         Leyendo el artículo del profe Malaver, recordé unas siglas que también son interesantes, como es el caso de la PNL (Programación Neurolingüística), que por estos días juega un papel quizás importante sobre el comportamiento de la sociedad. Este tema puede parecer banal para algunos, porque puede ir contra las creencias que se tengan, tal vez porque quienes más hablan al respecto son los ahora denominados personal coaches; pero a la larga es un tema interesante, digno de estudiar y analizar desde el punto de vista del análisis del discurso.
         Para nadie es un secreto lo importante que es poner límites en nuestras vidas, para lo cual acudimos irremediablemente a la palabra ‘no’: no comas dulces, no pase la franja amarilla, no rayes las paredes, etc. Pero, ¿han notado que el niño que recibe un comando como los mencionados hace precisamente lo contrario? Esto a mí me enerva, pues ahí es donde uno busca un instrumento llamado chola. Claro, hay ocasiones en las cuales no podemos escapar del ‘no’, como el malvado ‘no hay pan’. Y es que el ‘no’ es como un desafío, un reto.
         Según los estudiosos del tema en cuestión, lo que sucede es que nuestro cerebro, en ocasiones, no procesa el ‘no’, es decir, nuestro cerebro no hace clic cuando el comando es negativo. Por ejemplo, ‘No pise la grama’, y la gente pisa la grama; ‘No metas el dedo en el enchufe’, y el tierno niño va directico al huequito ese. O cuando te dicen ‘No pienses en un carro azul’ y no se te viene ningún otro color de los millones que existen. Algo parecido sucede también con el ‘pero’, que es un conector que de alguna manera anula lo anteriormente dicho. Ejemplo: Tu torta estaba sabrosa, pero tenía demasiado chocolate. En casos como este la persona el receptor del mensaje se va a quedar con lo que se le dijo después del ‘pero’. Más allá de tocar un aspecto energético, pues no es el lugar ni soy la indicada, la idea es que comencemos a observar cómo estamos hablando y si eso que decimos tiene algún efecto en quien nos escucha.
         Todo este ¿galimatías?, repito, puede ser interesante por estos días tan turbulentos, pues a lo mejor, no sé, pudiéramos cambiar el efecto de nuestro mensaje. Hagamos un ejercicio. Por ejemplo, en vez de expresar ‘no más balas’, ¿qué tal si decimos ‘basta de balas’?; en vez de ‘no más muertes’, ¿qué tal ‘más vida’?; en vez de ‘no más represión’, ¿qué tal ‘más inteligencia’?, o, ¿’más libros y menos balas’? O seguir el ejemplo de los chilenos, quienes gritaron al mundo una frase muy elocuente: “Cuando se lee poco, se dispara mucho”. Directo y conciso. Bueno, esto con la esperanza de que no se les antoje ahora quemar, también, los libros (antes de eso, mejor hagamos como en Fahrenheit 451).
         En fin, quizás si, a pesar de las circunstancias, intentamos cambiar de sintonía, si leemos (y estudiamos) un poco más sobre PNL, tal vez pudiéramos cambiar el efecto de nuestro mensaje en quien lo escuche. Claudio Nazoa escribió alguna vez que su papá, el excelentísimo señor Aquiles Nazoa, decía que “en las cosas más sencillas era donde se encontraban las cosas más difíciles e interesantes de explicar y comprender”[1].

laurajaramilloreal@gmail.com




Año V / N° CLV / 5 de junio del 2017





[1] http://mariafsigillo.blogspot.com/2011/04/aquiles-nazoa-guarataro-con-champana.html.

lunes, 29 de mayo de 2017

Los números ordinales de la república [CLIV]

Edgardo Malaver


A la incontable multitud de estudiantes que, demasiado jóvenes aún,
han muerto en las calles de Venezuela en los últimos 60 días


Santiago Mariño (1788-1854) liberó Cumaná en 1813,
lo que permitió la fundación de la Segunda República



         Milagros Socorro publicó la semana pasada un artículo en la revista Clímax en que afirma con verdad: “Está claro que el lenguaje es una conducta”. Ciertamente, así como uno comunica, expresa, dice algo al hacer las cosas, también está uno haciendo algo al decir cualquier palabra que diga. El artículo de Socorro trata del atrevimiento del gobernador Henrique Capriles contra el presidente de la República. El acto de habla de Capriles, el de insultar, equivalió —y no sólo en la visión de la autora— a lanzar una piedra a la frente del gobierno en medio de las cotidianas y enormemente desproporcionadas agresiones de los cuerpos de seguridad del Estado contra los manifestantes en la calles de Venezuela durante todo el mes de abril y el mayo que ya va a terminar. Lanzando gases, chorros de agua, metras, puños, culatazos y balas, el gobierno informa al pueblo que no tiene derecho a exigir derechos —ni aun a la vida— y, lanzando una palabra, la oposición intenta descargarse de la rabia, la tristeza y el dolor de la muerte. De lejos quizá no, pero en el asfalto o junto a la tumba de un hijo, ese desbalance —el político y el lingüístico— es una daga punzante.
         En medio de este reguero de sangre, el presidente ha convocado a una asamblea constituyente, con lo cual retrocedemos, cuando menos, a 1999. Ese año comenzó a construirse, más discursiva que jurídicamente, una “noción” que se ha llamado “quinta república”. El recién contratado presidente de aquel momento argumentó que como se iba a redactar una nueva constitución, nacía una nueva república en la que pretendía erradicar los vicios de la anterior. Lo había anunciado en la campaña electoral, de modo que no le fue difícil implantar la idea en las encandiladas mentes de las mayorías. Lo apoyaba la mayoría, también cegada por el relámpago de la novedad, que tenía el exsoldado —¡ja!— en su Asamblea Constituyente. (Lo que es más, dijo que el país iba a llamarse “República Bolivariana de Venezuela” y al principio la Constituyente lo discutió y no lo aprobó, pero él refunfuñó y al día siguiente lo complacieron.) Pura creación de la lengua: toda una situación concreta, que modificaba radicalmente la vida de millones y millones de personas, salida de un par de palabras de un solo hombre.
         Cada vez que en los últimos 20 años he oído decir algo como “Esto no era así en la cuarta”, he intentado introducir la idea, casi nunca escuchada, de que aún estamos en la cuarta república, la que nació al disolverse la Gran Colombia en 1830. Los poquísimos que me han escuchado me han respondido: “Pero hay una nueva constitución”. De ser así, la actual sería en realidad la vigésima sexta república. ¿Dónde está la falacia? ¿Qué marca el fin de una república y el comienzo de otra?
         La Primera República, fundada con la adopción de la Constitución Federal de 1811, se extinguió el 25 de julio de 1812, con la Capitulación de San Mateo ante el general español Domingo Monteverde. (Esto significa que murió la república, el intento de echar adelante una nación nueva, ya no existía más.) La Segunda, nacida el 3 de agosto de 1813, cuando Santiago Mariño liberó Cumaná, pereció en la Quinta Batalla de Maturín el 11 de diciembre de 1814. (Otra vez dejó de existir Venezuela como país.) La Tercera se instaló en Angostura el 18 de julio de 1817 y desapareció el 17 de diciembre de 1819, al sumarse, por decisión del Congreso, a la recién fundada República de Colombia. (O sea, por tercera vez, Venezuela retrocede a la condición de provincia de otro Estado, ahora republicano.) Finalmente, el 6 de mayo de 1830, principalmente por influencia de José Antonio Páez, Venezuela reestableció sus instituciones republicanas y amaneció la Cuarta República. Desde entonces, por más laberíntica que haya sido la historia constitucional, no ha habido interrupción en la existencia de la república, ni siquiera de horas. Guerras civiles, vacíos de poder, gobiernos de facto, juntas de gobierno, democracia, alianzas cívico-militares, fraudes electorales, intentos de invasión, crisis económicas, presidencias efímeras y prolongadas, buenas y malas épocas, idas y vueltas, nada ha causado la ruptura ni el cese de la Cuarta República en 187 años.
         Aunque está claro que es un asunto que deben respondernos ante todo los profesionales del estudio científico de la historia y del derecho, parece fácil entender que lo que sucedió en 1999 había sucedido también en 1857, en 1858, en 1864, en 1874, en 1881, en 1891, en 1893, en 1901, en 1904, en 1909, en 1914, en 1922, en 1925, en 1928, en 1931 (estas últimas seis, por cierto, aprobadas para complacer a un solo presidente: Juan Vicente Gómez), en 1936, en 1947, en 1953 y en 1961. Probablemente en algunos casos, o en todos, la necesidad de adoptar una nueva constitución fue disfrazada de urgencia de “abolir los viejos vicios del pasado”, pero nunca se abolió la república jurídicamente ni se creó una nueva. En 1999 tampoco.
         La conclusión es que la “quinta república” existe apenas en el discurso político, adoptado con demasiada facilidad por la mayoría, incorporado activamente a su habitual “conducta”, como dice Socorro, aunque la historiografía aún ponga en duda la existencia de tal período histórico.
         Como ya sabemos, lo que llega al discurso, no se va de la mente de los hablantes y se propaga de generación en generación. Pero el problema no es el discurso, sino la poca reflexión que se hace al respecto. Y ahora que se ha convocado una nueva constituyente, aunque 79,9 por ciento de los venezolanos no la cree necesaria o se opone a ella, hay quienes han comenzado a hablar de la “sexta república”. Más palabras, pero... ¿más conciencia? Más lenguaje para crear más conductas. El peligro ahora, incalculable por incierto y por inmenso, es que esta vez, si termina realizándose, lo que puede llegar a convertirse en puro y simple discurso, vacío de significado y sin representación concreta en la realidad, es la república misma, sin números ordinales.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLIV / 29 de mayo del 2017

lunes, 22 de mayo de 2017

Colombia y Venezuela: falsos amigos [CLIII]

Laura Jaramillo


 
En italiano existe la palabra burro, que en español
equivale a
mantequilla


         Uy, hermano, no vaya a creer que aquí va a encontrar una barbaridad. No. Aunque sí hay que decir que en todo el globo terráqueo hay falsos amigos, no solo en Colombia y Venezuela. Pero en fin... Aquí usted lo que va a encontrar es un pequeño grupo de palabras que, quizás por el parecido morfológico y fonético, uno cree que significan un cosa pero al final son otra; los lingüistas decidieron llamar a esas palabras falsos amigos, solo por el hecho de que son traicioneros… o sea, los significados.
         El término es común en el área de la traducción. Por ejemplo, en italiano existe la palabra burro, que en español equivale a mantequilla. Pero resulta que en español también se da este fenómeno, si se puede llamar así, pues podemos encontrar variedad de significados para una sola palabra a lo largo y ancho de América (ah, sí, y de España también).
         Quizás lo que describo se pudiera considerar un caso de homografía, pero no, me gusta más la falsedad de las palabras cuando oigo una canción o cuando veo una novela de Colombia. Es que resulta que, a pesar de que tenemos tantas cosas en común, hay cosas también que nos diferencian. Qué aburrido sería que todos nos pareciéramos.
         Solo les voy a presentar un bocadito de las tantas que nos pueden jugar una mala broma. Esto es válido pa los colombianos también, porque ellos también tienen que saber que nosotros hablamos tan sabroso como ellos. Así, tenemos que:

Guayabo no es el despecho de nosotros, es un ratón, o sea, la resaca.
Parche no es un pedazo de tela, es una cita, una rumbita por ahí, una salidita, pues.
Patico no es el hijito de la pata, es un “elogio” a la mujer, pues es la combinación de pantera, tigre y cocodrilo.
Matoneo suena como a que matan mucho, pero no, es el chalequeo de nosotros.
Ahogao no es alguien que lamentablemente no sabía nadar, es nuestro sofrito.
Miscelánea es el nombre que le dan a esos lugares donde uno consigue desde un bombillo hasta una curita, una quincalla, pues.
Abanico no es el sofisticado instrumento que usa mi Cucha para los calorones de la edad; en la costa colombiana, el abanico es el ventilador. No se sorprenda cuando oiga: “Mijo, prenda el abanico, que hace calor”.
Arepera no es el lugar donde nosotros vamos a comer arepas; es el equivalente a cachapera.
Perico no es el que tristemente se me fue hace un mes, en Medellín es un café con leche. 

         Yo no diría falsos amigos, diría más bien amigos maravillosos, expresivos y sabrosos, tal cual como nosotros. Más que amigos, hermanos. ¡Eh, avemaría, hombre!

laurajaramilloreal@gmail.com





Año V / N° CLIII / 22 de mayo del 2017

lunes, 15 de mayo de 2017

Por las siglas de las siglas [CLII]

Edgardo Malaver


Mis letreros contra los tuyos. Las guerras también se hacen 
con palabras. Foto: M. Gutiérrez (EFE)



         Hace como una semana, oí en el metro un chiste más bien cruel: un padre regresa del hospital a su casa y les dice a sus hijos: “Tengo VIH, VPH, VHC y VEB, y el VDRL casi me causa un ACV”. La hija menor, al verlo triste, le responde: “Te comprendo, papá, yo tengo SMS, GPS, MP4, LAN, LCD, DVD con HD y aún no estoy conforme”. Existen cosas de uso cotidiano cuyos nombres puede uno pasar la vida entera ignorando porque nos han llegado ya abreviados y así funcionan, como curiosos sustantivos que se escriben con letras mayúsculas.
         Hay hasta nombres de países que en multitud de ocasiones aparecen escritos así. El más destacado quizá sea Estados Unidos —denominación que se utiliza a falta de “nombre oficial”—. Lo más frecuentes es encontrar EEUU (con o sin separación, con o sin puntos), EUA, e incluso el anglicismo USA. Todas son fácilmente identificables. Lo difícil es no confundirla con EAU.
         Aquellos cuyos nombres están formados por dos palabras, aunque no siempre, sí son un tanto difíciles de identificar, como RD, CR, NZ, TT, y grupos de países, como la UE, AP o la AL (que últimamente se ha convertido en ALC), pero también existen la ONU, la OEA, la APEC, la OPEP, la OTAN, los BRICS. Algunos nombres han sido tan importantes en la historia, que, aunque ya no existen esos países, siguen apareciendo en nuestro discurso: URSS, RDA, RFA, RAU.
         En todos los campos se produce este fenómeno. En el deporte, el COI decide dónde y cuándo vamos a ver los JJOO; la FIFA impone las reglas del fútbol; la UCI, las del ciclismo; la NBA, las del basquetbol americano; la LVBP, las del venezolano.
         Los MCS de EUA a veces hacen famosa a la gente diciendo simplemente JFK, FDR, OJS. Los venezolanos, en los años 80, se referían al presidente como LHC; los españoles desde el 2003, usaron ZP.
         Los bancos ahora son simplemente BBVA, BM, BOD, BFC, BNC.
         Los conflictos entre la AN y el TSJ y, en la calle, las agresiones de la GNB contra AD, PJ, VP, BR, UNT, MUD y diversas FCU son como para un ACV. Los simpáticos muchachos de la PTJ, de la PM y de la DISIP, herederos de la SN, parientes de la FBI, la CIA, la KGB, la SS, ahora son los inocentes querubines del CICPC, el SEBIN y la PNB.
         La vida académica no está excluida: existen la UCV, la USB, la ULA, la LUZ, la UDO, la UPEL, la UCAB. El colmo deben ser la UNELLEZ y el IVILLAB. El diccionario de la RAE, el solo diccionario, ya no quieren llamarlo DRAE, sino DILE.
         Y esto no es nada. Las generaciones más recientes, queriendo diferenciarse de la anterior, hacen exactamente lo misma que ella y que sus antepasados: reducir a dos o tres letras la imagen que desean expresar: TQM, CDM, MFP, o, si se sienten más FYI: LOL, BFF, WTF, OMG, ILY. Claro, tiene que ser así, porque el que no las use, estará, como boxeador en la lona, KO. Es que todos quieren ser VIP.


emalaver@gmail.com 




Año V / N° CLII / 15 de mayo del 2017

lunes, 8 de mayo de 2017

Galimatías [CLI]

Andrea Villada


María Expropiación Petronila Lascuráin y Torquemada 
de Botija, alias Chimoltrufia, interpretada por Florinda Meza 

 

         Entonces, mientras leía un libro muy interesante sobre ciencia, aunque era un libro en realidad muy interesante pues pretende hablar de la historia de casi todo lo que existe en el mundo y fuera de él como el universo, el mar, el oxígeno, etcétera y demás cosas que no vienen al caso, aunque igual se los recomiendo ampliamente porque es sumamente inteligente y fácil de entender, aunque habla de cosas muy enredadas, lo cual es por lo que me encuentro aquí hablando sobre este asunto, vi una palabra muy extraña por larga y poco conocida, lo cual despertó mi más profunda curiosidad, esa que se despierta tan a menudo cuando nos gustan las palabras mucho pero que a veces no tenemos la oportunidad de saciar, sobre todo cuando trabaja y está ocupado, aunque con Internet ahora todo es posible, ¿no les parece?, ya no debe uno andar por ahí quedándose con curiosidades y que, por supuesto, me hizo preguntarme por qué si el libro habla de casi todo no hablaba también sobre el origen de esa palabra tan larga e interesante. Al parecer, es que no se entiende mucho de dónde salió la palabra esa, galimatías, por cierto, es decir, el origen es confuso, lo cual representa un verdadero galimatías en sí mismo entonces, ¿qué significa?
         Pues, la definición de la Real Academia Española y hasta la de Wikipedia se parecen mucho, pues concuerdan en que se trata de algo enredado, confuso, difícil de entender, un lío, un embrollo, un peo pues, para ser más exactos y adaptarnos más a nuestras propias expresiones coloquiales, que se da en los discursos o en la lengua escrita, (aunque, bueno, en el sentido metafórico de la palabra podemos encontrar muchos ejemplos de galimatías, solo falta ver cómo está nuestro adorado país y entonces me entenderán). Total que la cosa es tan confusa que no se entiende muy bien, si es que usted puede entenderme. Al parecer todo viene de algunos enredos bíblicos, lo cual no debería extrañarnos porque de por sí la Biblia ya es bastante complicada, es decir, por eso se habla de misterios y esas cosas, simplemente porque nuestra comprensión a veces no llega tan lejos, pero, al parecer, a alguien le pareció que había complicaciones en su escritura que merecían más la pena ocasionar una huella indeleble en nuestra lengua ya llenita de un montón de palabras que casi no usamos jamás como impío, que también se usa mucho en la Biblia, iniquidad, execrable, sempiterno, dadivoso, entre otras que casi siempre tienen que ver con cosas malas o buenas, entonces, cuando esta persona leyó las palabras de apertura del apóstol Mateo en su evangelio, que no son más que la explicación de la línea genealógica de Jesús, que quién era hijo de quién y de quién y de quién y así sucesivamente en lo que se va casi todo el primer capítulo del evangelio, entonces pensó que eso era muy enredado y le puso la palabra que nos trae hoy a rompernos la cabeza. Pero hay muchas teorías, algunas tienen que ver hasta con el gallo y un juicio y una bulla y algo así, total que el cuento es medio galimatioso (si es que se puede hacer un adjetivo con esta palabra lo que no se sabe muy bien porque ya no la usamos casi nunca, excepto algunos escritores como el de mi libro de ciencias) y total que nadie puede dar una respuesta certera al asunto del origen. Aunque, por respeto a nuestra academia, y como esta prefiere atribuirle el origen a un escritor bíblico, tal vez porque se trata de literatura seria o quién sabe por qué, el hecho es que yo creo que mejor nos quedamos con la primera versión y le echamos toda la culpa a Mateo y a su compleja explicación de cómo fue que Jesús vino de la línea genealógica de Abrahán, simplemente para no discutir mucho y poder llegar a un consenso que es así como se logran las cosas realmente.
         Bueno, explicado ya el asunto y esperando que me hayan entendido lo suficiente acerca del significado y el origen de esta palabrita que supuestamente está cayendo en desuso, y digo supuestamente porque entonces uno escucha a algunos presidentes y dice: “¡¿Qué c*#o está diciendo?!”, lo cual deja muy claro que la palabra está en desuso pero que realmente es algo que no se dice pero que sí que se hace porque casi todo el mundo lo hace, lo cual le da vigencia, pues, ustedes comprenderán. Como decía, pues eso, espero que hayan entendido porque, así como decía la famosa Chimoltrufia, “como digo una cosa digo otra, pues si es que es como todo, hay cosas que ni qué, ¿tengo o no tengo razón?”.

andrealvilladac@gmail.com






Año V / N° CLI / 8 de mayo del 2017

lunes, 1 de mayo de 2017

Hablemos como el pueblo [CL]

Luis Roberts


 
Rafael Cadenas, gran profesor y el mejor poeta
venezolano 
vivo (foto: EFE)




         El gran escritor Javier Marías publicó un artículo hace pocos días cuyo tema era “la puerilidad sonrojante de Podemos (el partido político español) de instalarse en el léxico grueso con pretextos ideológicos”. Profesor también de Teoría de la Traducción, recurre al ilustre filósofo y traductor George Steiner y su concepto de la ”intratraducción”, la traducción que sin cesar llevamos a cabo dentro de la propia lengua, para recordarnos las variaciones de registro y de léxico que todos, o los más avisados o educados, hacemos constantemente según nuestros interlocutores o las circunstancias.
         Esto viene a cuento de la propuesta que este partido ha hecho en el Congreso en España de incorporar un léxico “de la calle”, algo que no sorprende a Javier Marías, quien afirma que “los dirigentes de este partido simpatizan con todas las vilezas del mundo y se apuntan a casi todas las imbecilidades vetustas.” Nos adaptamos al habla de los otros, recurrimos a diferentes vocablos y registros, para ser mejor entendidos, para protegernos, conseguir nuestros propósitos, caer bien, resultar simpáticos, llamar la atención o no llamarla, o para decir a alguien: “No eres de los míos”.
         Que el lenguaje, el uso del léxico, no es ideológicamente neutral, es tan obvio que no merece detenerse en ello, y, ¡ojo!, no me refiero sólo al uso sexista del léxico, ni a la reacción contraria a esta vetustez que ha producido payasadas gramaticales que atentan, no sólo a la gramática sino a la economía del lenguaje, del tipo: “Venezolanos y venezolanas, profesores y profesoras, alumnos y alumnas, idiotas e idiotos.” El uso del léxico anuncia nuestra cosmovisión, nuestra ideología, el uso de un registro u otro, nuestra educación, nuestra inteligencia.
         “Todos somos capaces de instalarnos en lo grueso, nada más fácil, está al alcance de cualquiera, lo mismo que mostrarse cortés y respetuoso. Ninguna de las dos opciones tiene mérito alguno. Ahora bien, elegir la primera con pretextos ideológicos, con ánimo de provocar, es, en el mejor de los casos, de una puerilidad sonrojante, en el peor, de una estupidez supina y, además clasista”, dice Marías. Eso de utilizar un lenguaje que entienda la gente, demuestra un enorme desprecio por lo que ellos llaman “la gente” y otros “el pueblo”.
         Steiner, en un ejemplo de humildad, dice que no se puede ser a la vez “cartero”, profesor, como él, y creador. Tenemos la suerte de tener muy cerca la excepción a la regla: Rafael Cadenas, gran profesor y el mejor poeta venezolano vivo. Cadenas resalta las palabras de Erich Heller sobre nuestro común admirado Kraus: “Él descubrió los vínculos entre un falso imperfecto de subjuntivo y una mentalidad abyecta, entre una falsa sintaxis y la estructura deficiente de una sociedad, entre la gran frase hueca y el asesinato organizado”.
         ¿Que a qué viene todo esto? Pues que en un mundo globalizado las imbecilidades vetustas son una franquicia internacional, que miremos a nuestro alrededor y veamos que franquiciadores y franquiciados comparten las mismas vetusteces y el mismo registro impostado, falso y huero. Y que cada palo aguante su vela. Y perdonen por el cambio de registro final.

luisroberts@gmail.com





Año IV / N° CL / 1° de mayo del 2017

lunes, 24 de abril de 2017

Expectativa y realidad ante las palabras (parte II) [CXLIX]



 
Morrocoy no sube palo o “los poetas antes de la poesía”,
como lo diría Úslar Pietri


Una lengua carece de existencia propia (…) existe el idioma singularísimo de cada artista del verbo.

José Antonio Ramos Sucre, Granizada

         En la primera parte de este Rito comenzaba diciendo que a veces somos ignorantes del rumbo que nos imponen las palabras, y terminaba señalando que el lenguaje poético puede mitigar dicha arbitrariedad. Se supone que en esta oportunidad ofrezco algunas razones al respecto.
         El lenguaje poético ayuda en semejante labor gracias a la enunciación figurativa o a los recursos retóricos, a la embestida de imágenes sensoriales, y, casi paradójicamente, barajando nuevos significantes, nuevas representaciones.
         Si, como lo asegura María Fernanda Palacios, se ha perdido imaginación etimológica; si cuesta relacionar palabras con la fantasía[1], es porque, en gran medida, la sensibilidad poética es precaria. Creo que la “erótica de las palabras” sobre la cual nos habla la autora, hace de la conducta poética frente a las palabras (lo que implica aproximarse a poetas) una nueva etimología. Ante el aparentemente injusto resultado del cotejo entre expectativa y realidad de las palabras, las imágenes poéticas contribuyen, no sin cierta fantasía, con el estímulo de la imaginación, a la asimilación de significados. Veamos un ejemplo:

(…) recordaré cómo fecunda
tu influencia el amor de la ensalada
y parece que el cielo contribuye
dándote fina forma de granizo
a celebrar tu calidad picada
sobre los hemisferios de un tomate.

(P. Neruda, “Oda a la cebolla”)

         Indudablemente, la experiencia que incluye una hermandad con la poesía robustece nuestra actuación como decodificadores de significados, ya sea como lectores o como hablantes.
         Por otra parte, además de las imágenes que ofrece el lenguaje poético, está lo que Arturo Úslar Pietri llamaba los poetas antes de la poesía, esto no es más que el habla ornamentado de refranes (adagios o proverbios): “Morrocoy no sube palo ni cachicamo se afeita”, “Vuela con todo y jaula…”, “Como caimán en boca de caño”, “Loro viejo no aprende a hablar”[2].
         Esta manera poética de denotar constituye un imaginario del habla popular muy característico de nuestro lenguaje. ¿No es por ello que para Guillermo Sucre (entre otras cosas) la literatura no es sino un intento por trascender la “fatalidad verbal” en la que las palabras “congelan” una realidad?[3]. En esa fatalidad se da (o puede darse) la transición hacia una realidad que anteriormente fue una expectativa inquietante, a veces lanzada al espasmo o al terror que generan las palabras.
         En todo caso las palabras, más que revelar, encubren la realidad. Diremos además que si la recurrente imaginación de los hablantes-lectores fraternaliza con el lenguaje poético, las fantasías que entren en contacto con la realidad pasarán a revelarla, para el bien y la riqueza de la lengua. Pero no solo a revelarla, pasarán además a convertirse en el modo de concebir el lenguaje, de asirse a las palabras, porque a eso habrá conducido la experiencia.

gavidesjimenez@gmail.com




Año V / N° CXLIX / 24 de abril del 2017





[1] Palacios, M.F. “Etimológica”, Sabor y saber de la lengua. Caracas: Otero Ediciones, 2004, p. 12.
[2] Arismendi, S.E. Refranes que se oyen y dicen en Venezuela. 2da. Ed. Caracas: Cadena Capriles, 2006.
[3] Sucre, G. “La palabra (las palabras)”, La máscara, la transparencia. México: Fondo de Cultura Económica, 1985, p. 223.

lunes, 17 de abril de 2017

Y [CXLVIII]

Edgardo Malaver Lárez




Carátula de Jugando conmigo, de 1986



         ¿Qué hace que en los cuentos que uno cuenta cada día a familiares y amigos, aunque no sepamos conscientemente que lo estamos haciendo, se cosan tan bien unas partes con otras? Uno dice, por ejemplo: “Y entonces viene Romeo y se le declara a Julieta y Julieta se enamora de él y después él mata al primo de ella y tiene que huir y ella le pide un veneno al cura y el cura le da una pócima que la duerme y cuando él regresa la ve como muerta y... y... y...”. ¿Será suficiente una simple y para que, sin utilizar otro nexo, contemos una historia que quede bien armada en la mente del oyente? Los griegos conocían tan bien la respuesta, que le tenían un nombre a esta fantástica herramienta.
         El polisíndeton, como lo llamaron —porque a esta palabra, por encima, se le nota  que significa algo como ‘multitud de ataduras’— consiste en la utilización de conjunciones en puntos de la oración en que, en la lógica regular, no harían falta o sobrarían. Sin embargo, esta figura literaria cobra un sentido inmenso cuando deseamos conectar ideas, hechos, datos que sentimos que forman una sola unidad. El uso de la conjunción, aunque parezca a primera vista un error sintáctico, suma mucha fuerza a la expresión... y a sus partes. Don Quijote sintió, al crear el nombre de Dulcinea del Toboso, que aquel era un nombre “músico y peregrino y significativo”. Juan Ramón Jiménez dice en Jardines lejanos: “Hay un palacio y un río / y un lago y un puente viejo / y fuentes con musgo y hierba / alta y silencio... un silencio”.
         La Biblia, que comenzó a escribirse mucho antes del contacto de los hebreos con la civilización griega, de principio a fin está anegada de oraciones que se sostienen sobre el polisíndeton. En el primer capítulo del Génesis proliferan las oraciones que incluso comienzan con la conjunción y. Ya en el tercer versículo dice: “Y entonces dijo Dios: ‘Hágase la luz’. Y la luz se hizo”. Y el cuarto agrega: “Y vio Dios que la luz era buena y la separó de las tinieblas”. Y el quinto: “Y llamó Dios a la luz día y a las tinieblas noche. El Apocalipsis, escrito unos mil años después, recurre a la misma estrategia para lograr una expresión contundente y atraer la atención del lector: en el quinto capítulo dice: “...y por medio de tu sangre, has rescatado para Dios a hombres de todas las familias y lenguas y pueblos y naciones”. Y más allá, en diferentes órdenes, lo pone seis veces más, uniéndolos siempre mediante una sencilla y.
         Hay quienes por esto lo llaman “y bíblico” —debería ser en femenino, ¿no?—. Puede entenderse que, siendo la fórmula narrativa más sencilla que pueda haber, apareciera de primera —y de última— en la literatura oral. Y así, todos los cuentos de hadas terminan diciendo: “Y fueron felices para siempre”. La canción popular también tiene su manantial de polisíndeton. Intento recordar alguna canción que lo ilustre y la única que se me ocurre es toda tristeza y oscuridad y desesperanza, como muchas de Yordano: “Y lloró y lloró y lloro, lloró, lloró”. Que sea apenas retórica.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CXLVIII / 17 de abril del 2017