lunes, 28 de septiembre de 2015

De la lucidez lingüística y otros monstruos [LXXV]

Camila Guette


         “El despertar de la lucidez puede no suceder nunca, pero cuando llega, si llega, no hay modo de evitarlo; y cuando llega se queda para siempre”, nos decía el profesor en la película Lugares comunes, del director argentino Adolfo Aristarain. Así es el despertar de la lucidez lingüística, una vez que esta llega, lo hace para quedarse. Y con lucidez lingüística no me refiero a erudición, sino más bien a todo lo contrario: puesto que somos conscientes de la lengua (cosa que no le pasa a un hablante común, que no se pregunta a cada instante si la preposición que utiliza es la correcta) estamos condenados a la eterna duda cartesiana; de lo único que no dudamos es de que estamos dudando. Así, vamos descendiendo más y más del primero al noveno círculo del L’inferno di Dante en la medida en que nuestro arsenal de lenguas es mayor.
         Mi gusto por el cine reflexivo y melancólico me condujo hace tiempo hacia los senderos del cine nórdico, primero al cine sueco con Bergman y luego al finlandés, donde conocí a Aki Kaurismäki, un realizador independiente hoy en día muy popular en Europa gracias a su última película grabada en Francia: Le Havre. Al ver sus películas anteriores grabadas en finés, quedé fascinada por los soundtracks y empecé a interesarme tanto por la música finesa, como por su contenido. Me llamó mucho la atención lo fácil que se pronunciaba el finés, así que comencé a investigar en Internet sobre esa lengua (ya que cada vez que escucho una lengua que suene bonito, quiero aprenderla) y no pude evitar caerme de la silla cuando leí que el finés tenía alrededor de 15 casos: nominativo, partitivo, genitivo, acusativo, inesivo, elativo, ilativo, adesivo, ablativo, alativo, esivo, translativo, comitativo, instructivo, abesivo. Y yo que pensé que el latín era difícil. Aún lucho con el alemán y lo poco que aprendí de griego porque tienen cuatro casos. Es verdad que lo difícil no debe desmotivarnos, pero es que el genio de esa lengua o se pasó de listo o fue forjado por los mismísimos vikingos. Y es que las quince desinencias no solo afectan verbos, sustantivos y adjetivos, sino que además se declinan los adverbios y algunas preposiciones.
         Antes de estudiar idiomas modernos, en la era de mi inocencia lingüística, hubiese gritado: ¡pero esta gente está demente! Mejor dicho, no hubiese entendido ni qué es un caso, ni qué es una declinación. Hoy en día, no diré que están dementes, creo más bien que hay que cambiar el método de aprendizaje: aprendamos las lenguas como niños, de manera inconsciente, luego estudiemos la gramática. Recuerden: fabulor ergo cogito, ergo sum (hablo, luego pienso, luego existo). Ahora, volviendo al tema de la lucidez, la duda y todos esos monstruos, creo que, de todas maneras, siempre será mejor dudar cuatro veces que quince.

camila.guette@gmail.com





Año III / Nº LXXV / 28 de septiembre del 2015

lunes, 21 de septiembre de 2015

Entre perlas, citas y plagios [LXXIV]

Azury Mendoza


         A modo de introducción, hago un mea culpa bien vergonzoso, so pena de someterme a las sanciones sociales que explicaban Grice y su combo: también yo me engrincho, me espeluco y me persigno a la hora de hacer citas. No, no esas citas (las médicas, aunque aplica), ni las otras (las de placer, aunque esas también), sino las otras aquellas: las de todo trabajo de investigación.
         Dicho de otra forma, se me mueve el tucungo aunque no sea de gozo, como muy bien explican Mahuampy Ruiz e Isabel Matos en la entrada número LIII de este mismo blog. Es que las normas APA-UPEL (FALTA FECHA) con sus actualizaciones, revisiones y demás misiones (como expone Edgardo Malaver en su entrada “Tu misión, Jim, si decides aceptarla...”, publicado en el número VII, ibíd.), resultan ser un instrumento del demonio para hacer la Tesis: imposible.
         También yo me he abstenido de colocar citas que vendrían como anillo al dedo al punto que intento demostrar con tanta tinta y tanta paja (otra vez, ibídem, ejusdem, Ob. Cit. y demás; esta vez por Laura Jaramillo, entrada número L). Ah, sí, y todo por culpa de la veracidad de la fuente, y la forma de expresar en papel tal veracidad. Y tal fuente.
         Esto me ocurrió recientemente, cuando, por observaciones hechas por mi querido Edgardo Malaver (¿ameritará una cita esta referencia?), hacía las correcciones a lo que después fue mi debut en este blog: “La diabetes es grave (o la esdrujulización a la venezolana)” (¿también tendré que citarme a mí misma?). En su versión más primigenia, existía esta cita a modo de epígrafe:

“—Profesor, ¿la diábetes es grave?”, a lo cual le respondió “Sí, la diabetes es siempre grave, nunca esdrújula”.

         Cuando me disponía a compilar las referencias, terminé metiéndome en camisas de once varas: en mi caso particular, leí esas líneas por vez primera en la compilación que Monte Ávila Editores, en su serie Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, hizo de la obra de Ángel Rosenblat: Buenas y malas palabras. Una selección (2004).
         Pero luego, al googlear un poco, me topé con que esas mismas líneas también se le atribuyen al sabio Dr. Santiago Ramón y Cajal (Premio Nobel de Medicina en 1906). Esto de acuerdo a Valera-Cárdenas et al. (2011). Inmunoglobulina y enfermedad hemolítica en neonatos. MedULA 20: 87-91, corregido por Salinas, P. (2010). Entonces, como se diría en cada episodio del Chapulín Colorado: Y ahora, ¿quién podrá defenderme? Me queda bien claro que no vendrán en mi auxilio ni la APA-UPEL, ni la Chicago, ni la Vancouver...
         Decidí omitir el muy pertinente epígrafe y aprovecharlo para esta entrada. En todo caso, mientras sigo buscando al verdadero padre del muchacho, me apego al último guiño-comentario hecho por el mismísimo Rosenblat en “¿Diábetes o diabetes?”: E se non è vero è ben trovato.
         En conclusión, los nunca bien ponderados y malqueridos plagios resultan ser, muchas de las veces, casos en los que faltó pericia o atención para citar una perla, o incluir un par de comillas o cursivas que habrían bastado para evitarse malos ratos, y mala fama... Y que lo digan Javier Vidal... o Ricardo Azolar (Los platos del diablo, 1985).


azurybrian@gmail.com



Año III / Nº LXXIV / 21 de septiembre del 2015

lunes, 14 de septiembre de 2015

¿Ah?, ¿apóstrofo? [LXXIII]

Edgardo Malaver


         Ciertamente, tal como ha estado usted pensando desde la semana pasada, ese signo que usa de vez en cuando para señalar que está omitiendo algún sonido en una palabra se llama apóstrofo, no apóstrofe. En mi caso, lo conocí cuando comencé a estudiar inglés. Luis Manuel Rojas y yo, un día a mitad de primer año de bachillerato, le preguntamos al profesor cómo se llamaba esa “comita” que él ponía en el don’t, en el wasn’t y en el won’t, y él, con toda la apariencia de saber lo que decía, nos respondió: “Apóstrofe”. Por aparentar, aplausos; por lo otro...
         El problema es casi nulo —para los tiquismiquis serios de la lengua, que, a pesar de las apariencias, no abundan—, porque a nadie se le ocurre pensar, si le dictan: “Doble ve, o, ene, apóstrofe, te”, que tiene que citar a Homero, a Dante o a Bello en medio de una negación del auxiliar de futuro. El contexto y el sentido común, sin que uno se esfuerce, conducen rápidamente a la solución. El verdadero problema son los tiquismiquis superficiales, los que creen que el conocimiento de la lengua sólo es útil para restregarles a los demás en la cara la ignorancia de la que ellos mismos padecen. Por eso son... tiquismiquis.
         Intentando infiltrarme en el primer grupo, llevo unos 20 años deteniéndome fielmente en cada apóstrofo que me tropiezo en español y hoy siento que ya puede ser el momento propio para expresar la conclusión que más me seduce desde hace miles de días: que el apóstrofo no hace ninguna falta en español. ¿Para qué hace falta escribir pesca’o, si escribiendo pescao está perfectamente dicho lo que se desea decir? ¿Está mejor escrito Mira, m’hijo que Mira, mijo? Si es cierto que se desea indicar dónde falta un sonido, ¿por qué nadie escribe fó’foro, e’cepción, contr’ataque? En la oralidad, decimos todo el tiempo frases como Vamos a venos mañana pa contanos to los chismes y luego en la escritura algunos intentan “adecentarlas” con apóstrofos. ¿De veras necesitamos indicar en la escritura dónde estamos omitiendo sonidos?
         Por otro lado, en multitud de casos, la simple sustitución de un fragmento de palabra por el apóstrofo no es suficiente para representar por escrito lo que se desea transcribir. Por ejemplo, el infinitivo  corre’ no dice que lo que se desea decir. La aplicación de las sencillas reglas de acentuación, por lo menos en estos casos, sería lo ideal para transcribir, por ejemplo, Ayer salí temprano a corré por la playa.
         No voy a revisar aquí lo que dicen las reglas sobre el uso del apóstrofo porque casi no dicen nada, ni lo que dicen los sabios (los respetables y los impresentables), las discusiones sin destino en que se embullen, porque la señal más clara de que el apóstrofo no hace falta en español (en el formal, como mínimo) es la existencia de nuestras contracciones: al y del. En inglés y en francés, que son las lenguas extranjeras de las que puedo hablar con propiedad, las contracciones se hacen con apóstrofo, sí. En español se hacen sin él y la cosa ha funcionado de lo lindo desde que el mundo es mundo. Todos decimos, por ejemplo, “La muchacha del mercado” y si lo escribimos, lo escribimos sin apóstrofo, y todo el mundo está de acuerdo en no reaccionar en contra. Usamos la construcción al fin y al cabo, y así la escribimos y todos la reconocemos como lo más apropiado. Es, simplemente, la forma de construir contracciones en español. Pero luego aparecen otros casos, en los que uno siente que necesita crear una “contracción”. ¿Por qué utilizar el mecanismo de otras lenguas, si la española tiene el suyo, que es tan sencillo y eficiente? Una idea como “Voy para el Zulia” puede escribirse (no porque lo diga yo, sino porque se puede): “Voy pa el Zulia”, pero también puede escribirse: “Voy pal Zulia”. En ninguno de los dos casos hace falta el apóstrofo, como haría en francés o en inglés.
         Habrá —ojalá— quienes digan que el apóstrofo sí hace falta para mostrar nuestro esfuerzo por ser exhaustivos en la escritura. Loable objetivo, pero entonces me pregunto por qué tanta gente le da tan poca importancia a la necesidad de señalar el inicio de las preguntas, el final de las oraciones, la sílaba acentuada, las mayúsculas, las incisas, las sangrías, las abreviaturas, etc., etc., etc.

emalaver@gmail.com



Año III / Nº LXXIII / 14 de septiembre del 2015

lunes, 7 de septiembre de 2015

¡Oh, apóstrofe! [LXXII]

Edgardo Malaver



         Homero, en el siglo VIII antes de Cristo, comienza la Odisea exclamando: “Canta, ¡oh, musa!, la historia de aquel hombre que por mil senderos anduvo errante mucho después de vencer en la sagrada Troya”. Dante, comenzando el siglo XIV, termina su Divina comedia cantándole a María: “Oh, Virgen madre, hija de tu hijo, / la más humilde y alta criatura, / del santo plan de Dios término fijo, / tú ennobleciste la humana natura / hasta tal grado, que su autor / no desdeñó el hacerse de esa hechura”. Bello, en el siglo XIX, canta también en su Alocución: “Divina poesía, / tú, de la soledad habitadora, / a consultar tus cantos enseñada, [...] tiempo es que dejes ya la culta Europa”.
         Esta forma de comunicarse, de decir, de conmover, ha sido útil durante casi tres mil años, y no sólo a los poetas: todos los hablantes de todas las lenguas hacemos uso constante del apóstrofe, siempre con el mismo fin, el mismo que ya antes de Cristo le daban los griegos. El apóstrofe, aunque muchos crean otra cosa, es un recurso estilístico —o figura retórica— que consiste en dirigirse, en medio de un discurso y con expresiones por lo general vehementes y enfáticas, a algún ente humano o espiritual, concreto o imaginario, que puede estar presente o ausente en el auditorio. Va, pues, expresado en segunda persona, aunque se refiera, como puede suceder, al propio emisor del discurso.
         En una clasificación sencilla (si tal cosa es posible en retórica), los recursos estilísticos pueden dividirse según su intención: los que apelan al logos, es decir, a la razón del hombre, que están ligados al tema y contenido del discurso; los que recurren al ethos, a la moral, y atañen al emisor, y los que explotan el pathos, las emociones, y se relacionan con el receptor. El apóstrofe pertenece a este último grupo y, como puede deducirse, intenta “persuadir” (mover, excitar, llamar) apuntando a las pasiones del que escucha (o el que lee), siempre con palabras.
         No es extraño, considerando el origen de la retórica. Aunque suele hablarse también de figuras literarias, la retórica tuvo su origen en la actividad política, en la necesidad de convencer a los opositores en la naciente democracia ateniense en el siglo V antes de Cristo. En principio, una causa noble: intentar ganar batallas verbales en lugar de lanzar cuchilladas a los enemigos y recibirlas de ellos. Sin embargo, el uso del apóstrofe y, en general, del pathos, no sólo en el siglo V antes de Cristo sino incluso hoy, nos ha llevado en muchas ocasiones, y por el camino corto, a la guerra.
         Demóstenes se metió en buen número de líos por causa de sus apóstrofes en contra del rey Filipo, padre de Alejandro Magno. Los revolucionarios franceses, aun predicando la fraternidad, cantaba desde 1792 un apóstrofe que luego se convirtió en su himno nacional (y que no puedo citar si no es en francés): “Allons, enfants de la Patrie, / le jour de gloire est arrivé!”, estimulándose para “inundar los surcos” con la “sangre impura” de sus enemigos. El recuerdo más claro que tenemos de la Batalla de Las Queseras del Medio es el apóstrofe del general Páez: “¡Vuelvan caras, carajo!”.
         Los apóstrofes suelen hacer alusión a situaciones dolorosas o patéticas (de pathos).  Salomón apostrofa a Yavé diciéndole: “Desde los abismos invoco tu nombre, ¡oh, Dios! ¡Señor, escucha mi voz!”. En el Evangelio de san Mateo, Jesús se lamenta: “¡Ah, Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te envío! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina que bajo sus alas reúne a sus polluelos, y tú te resistes!”. Cervantes (o Ricardo, el protagonista de El amante liberal) se queja así de su fortuna: “¡Oh, lamentables ruinas de la desdichada Nicosia [...]! Si como carecéis de sentido, le tuviérades ahora, en esta soledad donde estamos, pudiéramos lamentar juntas nuestras desgracias”.
         Otros traen un poco de esperanza a quien escucha, como el de Gardel en su tango más afamado: “Mi Buenos Aires querido, / cuando yo te vuelva a ver, / no habrá más pena ni olvido”. No lo olvide: un apóstrofe no es lo mismo que un apóstrofo (sí, señor, con o), y para conocer esa diferencia, ¡oh, desocupado lector!, tendrá usted que guardarnos fidelidad, por lo menos, hasta  la semana que viene.


emalaver@gmail.com



Año III / Nº LXXII / 7 de septiembre del 2015

lunes, 24 de agosto de 2015

Los eufemismos en los diarios venezolanos [LXXI]

Azury Mendoza


El hombre es fuego, la mujer, estopa... Viene el diablo, y sopla...
Dicho popular



         —Oye, mi amor, ¿y qué es un griego?
         Cualquiera habría preferido correrle a ese toro, olvidarse del asunto del sano cortejo con heladitos en Sabana Grande y agarraditas de mano inofensivas de las primeras salidas —aunque ya no tuviesen ni de cerca 14 añitos— y sencillamente, dar por terminada la pretensión amorosa antes de responder semejante pregunta. Pero es que ella le gustaba tanto...
         Y no podía responder sin hundirse en un torbellino de aguas profundísimas... pero la embestida vino de lleno, sin aviso ni protesto, mientras se tomaba un café que casi sirve de óleo para pintar un fresco, tipo aspersor, en la cara de quien preguntaba.  No quedaba más que aventurarse a agarrar al animal por los cuernos y ver cómo salía la cosa. Y luego de quemarse con el grueso tarugo, así más o menos fue la respuesta:
         —Bueno, mi vida, los diarios venezolanos siempre se han caracterizado por emplear colosales cantidades de chispa criolla para maquillar realidades, y obedeciendo al genio de nuestra lengua, nos da por bautizar proyectos de envergadura con rimbombantes nombres que rememoran un pasado bien glorioso, de sables, charreteras, polainas y grandes batallas que nos obsequian la sensación de que somos protagonistas de algo apoteós...
         —Ajá, ¿y eso qué tiene que ver con este caballero de ambiente que me ofrece duchas doradas, o  con las gemelas traviesillas de dieciocho añitos que se mueren por complacerme, y la chorrera de nacionalidades que acompañan a los masajes ofertados a tres por mil en los clasificados?
         La interrupción al más puro estilo de Barbarita, la de Baldomero, el Terror del Llano[1], sonó como un scratch[2] de disco... Pero cuando cesó el característico ruido, el enamorado pudo notar que en realidad estaba sonando la canción de Marlene[3], quien por allá en los 80, coreaba con ligero contoneo gatuno ¿no notas que estoy temblando...?
         La pregunta inicial terminó por ser respondida ilustrativamente en un tour mundial que recreó en suelo criollo las sorpresas del hindú —¡quién lo diría!—, la afabilidad del tailandés, las excentricidades del ruso y un didáctico paseo por el griego, todo con su muy conveniente sombrerito que evitaba todo mal francés, napolitano o español, y siga usted enumerando que yo le voy diciendo para qué otras cosas sirven los eufemismos en situaciones tan peliagudas que involucran a un hombre, una mujer y un periódico en una cita luego de la adolescencia...

azurybrian@gmail.com



Año III / Nº LXXI / 24 de agosto del 2015 




[1] Personajes protagonizados por Betty Haas y Jorge Tuero (QEPD), del programa humorístico Cheverísimo, transmitido por el canal 4 de la televisión venezolana durante los años 90.
[2] Sonido de disco rayado.
[3] Marlene (nombre artístico de Marlene Arias), cantante venezolana, exvocalista del grupo Los Tigres tras la disolución de Los Tres Tristes Tigres. Lanzó su carrera como solista en 1982, y logró posicionar los temas ¿No notas que estoy temblando?, Ámame y ¿Qué nos pasa esta mañana?

lunes, 17 de agosto de 2015

Corte y cohorte [LXX]

Ariadna Voulgaris


         Varios de mis alumnos de la clase de Español II me envían un mensaje sobre una palabra que con el profesor de Español I no habían conocido: cohorte. Me preguntan si es un simple sinónimo de corte o si se trata de un error. Ya casi se han inclinado a pensar que es un error, guiados por lo que dice un malísimo diccionario de español que circula en el instituto y que, ergo, no vale la pena citar, cuando uno de ellos propone consultar a la profesora de habla nativa.
         Les respondo en primer lugar para estimularlos a persistir en la práctica de no quedarse con una sola respuesta. Les digo que mucha gente que acaba de conocer la palabra cohorte se confunde porque, aunque esta no es una palabra que usemos todos los días, se parece mucho a corte, y así cualquiera cae en la trampa de la duda —como seguramente caían en latín con cors y cohors—. Una vez definida la una, agrego, queda clara la otra, creo yo. Hay que comenzar por la conocida, la familiar, la cierta: corte. ¿Qué dice el diccionario? El de la Academia, por ejemplo, que está en la biblioteca y en Internet, tiene 15 acepciones. Quedémonos, para comenzar, con la que dice: “Acción y efecto de cortar”. Sencillo.
         Luego sigo con cohorte, que es la palabra nueva, la extraña, la dudosa. El diccionario, que en estos casos suele dar definiciones intrincadas o concretas, hoy se inclina hacia los sinónimos: “Conjunto, número, serie”. Nada impresionantemente claro, pero nos da una orientación, les concluyo a los chicos —casi todos varones... no sé por qué es importante ese detalle, pero siento que debo anotarlo aquí—. Una cohorte es un grupo de cosas, pero sobre todo de personas que hacen lo mismo en cierta actividad, o que se parecen por alguna razón. En el Imperio Romano —contaba mi guía de la Legión de María— una cohorte era una unidad de soldados organizados según un criterio dado, un grupo que trabajaba siguiendo una orden precisa, especial, no cotidiana. En la actualidad —y en las instituciones educativas sobre todo—, una cohorte es el grupo de nuevos estudiantes que ingresa a la institución en un nuevo año académico. Se llama así también al grupo que egresa, no porque sea el mismo, sino, simplemente, porque también es un grupo que tiene los mismos rasgos.
         Por tanto, las cohortes no tienen mucho que ver con los cortes, aunque sí con las cortes, que no las judiciales, sino las de los reyes —al final, tienen su origen en las mismas dos palabras latinas—. El semestre en la universidad se “corta” en períodos más breves, sobre todo para fines de evaluación; todo aquello que se prolonga se puede, al menos metafóricamente, cortar en pedazos más reducidos para captarlo mejor. Piensen, les digo además a los chicos del María Callas, en una longaniza (aprovecho para enseñarles nuestra palabra chorizo). Si el semestre fuera así de tangible, podría dividírsele con un cuchillo y al final cada fragmento sería llamado “corte”.
         El lunes siguiente, los encuentro a todos junto a la puerta del aula, fielmente a la hora de la clase. Dos o tres de ellos están aún muertos de sueño, la mayoría entusiasmados con una lengua del otro extremo de Europa que ahora comienza a sonreírles, pero casi todos —¡oh, qué novedad!— han comprado un nuevo diccionario.

ariadnavoulgaris@gmail.com

(Agradezco efusivamente al profesor Edgardo Malaver, de mi amada Universidad Central de Venezuela, por la orientación lingüística para dar una apropiada respuesta a mis alumnos griegos… Y lo delato, además, por no haber aceptado que lo pusiera aquí como coautor.)



Año III / Nº LXX / 17 de agosto del 2015

lunes, 10 de agosto de 2015

El bicho, las cholas y la polisemia [LXIX]

Azury Mendoza


         —Pásame el bicho, porfa.
         La frase generó un murmullo de risitas mal contenidas, y hasta un “¡upa, papá!” de lo más baboso y confianzudo que se regó, viscoso, por todo el salón de clases.  Hasta la monja perdió hábito, velo y unos 20 años, y por dos segundos se unió al rumor de risas de lo más antinatural en ella. Todo el cuadro hizo que me diera cuenta de algo: al venir de mí, era imposible saber a qué me refería cuando dejé caer esa frase así, con un candor que seguramente en otra de mis compañeras habría pasado sin pena ni gloria.
         A una tierna edad de camisa azul, ya me caracterizaban un desparpajo y una atorrancia que todavía me salen al paso sin mucho esfuerzo. Pero contrariamente a lo que pudiesen imaginar la hermana y mis compañeros, no había el mínimo atisbo de picardía en mi selección de palabras para referirme al abrehuecos. O sacabocados. (Sí, el bicho sigue picando y extendiéndose tantos años después).
         Lo que todos ignoraban era que en mi familia, aquel vocablo era una palabra genérica con la que se señalaba al objeto o persona de turno cuyo nombre se nos olvidaba: el televisor, un mosquito de guarapo, Rudy La Scala, cualquier rastrero temerario que se atreviera a ponerle sus patas al piso recién encerado, el vecino malasangre que nunca saludaba, y hasta la palita de los huevos ante la premura de una ñema chamuscada, todos podían ser bichos... No así las partes pudendas masculinas.
         Esto, por la simple razón de que mi familia materna viene de Barquisimeto, estado Lara; y allá a ese bicho le dicen las cholas (en plural y femenino, aunque sólo se estén refiriendo o a las esféricas, o al bicho, o a todo el perolero junto...). Por extensión, en mi muy capitalino hogar de los 90, a nuestras muy cómodas cholas petroleras (sandalias de plástico), le decíamos chanclas truncatura de chancletas, a modo de aclaratoria familiar y para confusión de mis vecinitas, quienes al final nunca entendieron por qué me privaba de risa cuando ellas decían que se iban a poner las cholas...
         En fin, retomando el asunto del bicho en mi camisa de bachillerato, aprendí vía troleo (o chalequeo, que resulta lo mismo pero más viejo) que, en español de Venezuela, el bicho tiene más acepciones y connotaciones que padrenuestros un rosario. Y que lo diga la hermana.
         Ya en la universidad, tuve la grata oportunidad de contrapuntear con mi siempre recordada Yajaira Arcas, en términos muy circunspectos, académicos y pertinentes a los propósitos de la carrera, el amplísimo campo semántico del bicho que a lo largo de los años fui compilando... Y ella, siempre sabia, sumaba connotaciones y saberes en una oportuna clase magistral sobre la polisemia del bicho que dejó bizcos a muchos de mis compañeros de entonces, porque muchos entendieron a qué me refería cuando decía que zutano o fulano era un rolo e mamachola...

azurybrian@gmail.com




Año III / Nº LXIX / 10 de agosto del 2015

lunes, 3 de agosto de 2015

Caso extremo: 'Las Vegas' [LXVIII]

Edgardo Malaver



         Hace unos meses un canal de televisión venezolano presentó una telenovela chilena que bien podía describirse como una reescritura de la brillante novela El difunto Matías Pascal, del escritor italiano Luigi Pirandello. La telenovela trataba de las transformaciones que sufre una familia de clase media cuyo padre, Carlos Vega, muere en el primer capítulo y no deja a su esposa y sus tres hijas más que deudas y un rosario de sorpresas sobre la vida oculta que llevaba. El que en vida era conocido y alabado como un hombre trabajador, responsable y devoto resulta ser un sinvergüenza que todo lo ha conseguido por vías ilegales y moralmente condenables. La única propiedad que no se ha perdido es un negocio que queda en el centro de Santiago. Cuando van a visitarlo, creyendo que se trata de un restaurant, descubren que era un prostíbulo y esa misma noche llega un juez a embargarlo. Las cuatro mujeres emprenden entonces la recuperación del negocio, que convierten en una discoteca. Y no por la ciudad, sino por el apellido de las tres muchachas, le cambian el nombre a Club Las Vegas.
         Lo que convierte Las Vegas en un caso extremo no es nada de lo dicho en el párrafo anterior, sino el hecho de que, a pesar de haber sido filmada originalmente en español, es decir, con actores que hablaban español como lengua materna, en un país de habla española y, a pesar de que en Venezuela, desde que el mundo es mundo, hablamos también español, el audio con que fue emitida aquí la telenovela no era el original sino un doblaje.
         Viene a mi mente el caso de El Chavo del 8. En los años 70, oíamos a la Chilindrina decirle a Quico, por ejemplo: “Pareces un zopilote mojado”, y no hacíamos más que reírnos. ¿A alguien le importaba lo que pudiera significar zopilote modado en México? Estaba claro que lo estaba insultando. Si alguien quería imaginarse a un zopilote mojado —para lo cual no había tiempo: había que seguir viendo y riéndose—, sólo tenía que ver a Quico. Cuando don Ramón tomaba la decisión de irse de la vecindad y pedía al Chavo que le cargara las petacas o doña Clotilde invocaba a los espíritus chocarreros o doña Florinda describía cariñosamente a don Ramón diciendo que tenía patas de chichicuilote, a nadie se le ocurrió decirse: “Caramba, chico, vamos a traducirles esta serie a los venezolanos para que no se pierdan en medio de tanto mexicanismo”. Todos entendimos siempre todo. Y lo disfrutamos. Y los niños de la segunda década del siglo XXI también lo entienden y lo disfrutan todo en El Chavo... ¡sin doblaje!
         Cuando, por ejemplo, Julio Cortázar escribe: “Los puchos caían sobre la rayuela y Oliveira calculaba para que cada ojo brillante ardiera un momento sobre diferentes casillas”, ¿se pone a pensar que en español de Cuba o de Costa Rica quizá no se llame así lo que él llama rayuela o que los colombianos o los españoles quizá no conozcan la palabra pucho? No hace falta pensarlo porque está escribiendo en la lengua materna de esos lectores. Y si los autores propios no tienen ese detalle con los lectores que hablan tantas variedades de la misma lengua, ¿tienen que tenerlo los traductores que nos descifran obras extranjeras? Y si es así en la traducción, ¿tendría que ser diferente en el doblaje?
         ¿Había que doblar Las Vegas? ¿Acaso el español de Chile anda por el mundo, como Matías Pascal y Carlos Vega, de incógnito? ¿Es tan lejano al de Venezuela como para que los venezolanos necesiten que se les “traduzca” un material que ha sido elaborado en su propia lengua? De ser así, ¿por qué no se dobló Aquí no hay quien viva o Yo soy Betty, la fea? La “industria” del doblaje parece haber dado un paso más en su evolución, más allá de la manía de ponerle nombres “neutros” a todo; pero ¿no estará, en su afán de borrar las “fronteras lingüísticas”, llegando al extremo de crearlas donde nunca han existido?

emalaver@gmail.com




Año III / Nº LXVIII / 3 de agosto del 2015



lunes, 27 de julio de 2015

El griego en función del castellano [LXVII]

Ariadna Voulgaris


         Mi padre es griego. O más precisamente lo era su padre. Yo aprendí muchas palabras griegas en las rodillas de mi abuelo, y luego estas palabras me han acompañado e iluminado cuando he estudiado matemática, historia, anatomía, etc. Y este etcétera incluye la lengua española. ¿Qué es lo que en español no proviene del griego, aunque sea después de ser decantado por el latín? Desafortunadamente, mi abuelo murió antes de que yo me hiciera totalmente consciente del tesoro que me estaba inyectando con las sonrisas y los juegos con que entretenía a la única nieta que logró conocer.
         Como mi familia, después de 55 años en Venezuela, ha tenido que volver a Grecia, yo me puse a buscar trabajo aquí con la desventaja de que ahora nuestra lengua materna es el español. Pero esa fue una desventaja hasta el día en que comencé a trabajar en un instituto de artes escénicas donde me han encargado dos cursos de español para jóvenes que tienen que estudiar al menos dos lenguas extranjeras para graduarse. Todo el material didáctico está seleccionado, profesores y alumnos tienen total acceso a él desde el principio y nadie duda que el método que hay que adoptar sea efectivo —ha sido aprobado siguiendo patrones de la Unión Europea—, pero la campana de la curiosidad ucevista no deja de repicar en mi cabeza. Tengo que formarme mi propia visión de lo que voy a hacer en el aula.
         En mi segundo día en el instituto pregunté por la biblioteca, que terminó llamándose, también, María Callas. Y ahí me esperaba un libro. Es un libro sencillísimo, de 93 páginas (de las cuales apenas 35 se pueden considerar parte de un método de enseñanza del griego) que casi ni menciona siquiera qué hacer con los textos, con los ejercicios, con los ejemplos. De los diez capítulos (diez lecciones) que lo forman, el primero trata del alfabeto y el resto de una lectura en la cual el autor simplemente indica que el estudiante debe encontrar las palabras de origen griego que hay en cada texto y buscar su significado, presumiblemente para conectarlo con el prefijo, la raíz o el sufijo de esas palabras.
         El libro es de 1971, lo cual lo condena al exilio de mi bibliografía regular, pero me ha permitido hacer algunas travesuras muy fructíferas. Cuando los muchachos, muy jóvenes todos, se dan cuenta de la inmensa ventaja que tienen al hablar griego como lengua materna, casi sin quererlo se apasionan por el español. El secreto de este autor es que los textos, auténticos y de diversos orígenes, rebosan de palabras de origen griego que además son de uso cotidiano en el griego actual. Son tan numerosas, que no puede uno contentarse con hacer un solo ejercicio, siempre desea hacer otro y otro. Al final, el estudiante se siente en casa intentando construir imágenes ajenas con reglas propias... o imágenes que son de todos con reglas que ya no sienten tan ajenas.
         No me figuro de ningún modo si eso pasa en otra combinación de idiomas, pero con mis muchachos griegos ha pasado y yo me siento feliz de que las lenguas extranjeras que hay entre ellos y yo terminen intercambiándose para ser propias de todos.
         Ah, el libro, del cual, según Google, sólo se conserva un ejemplar en la Biblioteca Central del Estado Trujillo, se titula El griego en función del castellano, y fue escrito por el sacerdote venezolano Manuel Montaner.


ariadnavoulgaris@gmail.com




Año III / Nº LXVII / 27 de julio del 2015

lunes, 20 de julio de 2015

La diabetes es grave (o la esdrujulización a la venezolana) [LXVI]

Azury Mendoza


         Hay ámbitos profesionales cuyos dictámenes tienen el poder de perseguirte de por vida. Abogados, profesores, políticos, médicos y brujos gozan de un privilegio supernatural de lanzarte jeringonzas con una espontaneidad tan ordinaria y pasmosa para esperolarte la vida, que resulta casi vergonzoso cuestionar tanto la veracidad de lo que te dicen, como la forma en la que te lo dicen.
         Y cuando hablo de la forma, en esta ocasión me refiero al tonito: hace poco mi médica me soltó la perla de que era prediabética... y que la diábetes era grave. Ah, mundo.
         Que lo fuera (no sé, en mi ignorancia me suena que pre-padecer de una enfermedad —o condición, tampoco sé— es como estar medio preñao) ya era bien particular de escuchar, pero más particular me resultaba escucharle a mi médica semejante tonito. Nunca imaginé que recordaría a Rosenblat en un consultorio, y que pudiese encontrar jocoso un diagnóstico clínico. O peor, que pudiese reírme en la circunspecta cara de una galena mientras me condenaba a una vida de Glucofage. De liberación prolongada.
         Resulta que, tal como las profesiones de abogado, médico y brujo (me reservo las del político y profesor para otras entradas); la del lingüista también puede ser una profesión cuyos dictámenes pueden perseguirte hasta cuando estás dormido, soñando con las barrabasadas que leíste por la mañana en el diario, o con aquella que tú mismo dijiste en tu primer año de carrera por allá en el año del Y2K.
         “Disculpe, doctora. La diabetes es siempre grave, nunca esdrújula. Buen día”. Y récipe en mano, recordé que la norma se impone desde las bases, y que en Venezuela miramos feo a quien no habla en cristiano, pues, como todo el mundo. Y entonces, recordé a Grice. Y volví a pasar por loca en la farmacia al soltar otra de mis carcajadas.
         Desde entonces, cuando alguien me pregunta por qué no digo diábetes, como todo el mundo en Venezuela —¡hasta médicos y médicas!—, les digo que es por culpa de vicios tan dulces y dañinos como la lingüística.


azurybrian@gmail.com


Año III / Nº LXVI / 20 de julio del 2015

lunes, 13 de julio de 2015

¿Y esta no era muda? [LXV]

Edgardo Malaver


            La primera vez fue en el banco. Cada quince días, al salir de la escuela, antes de irnos a casa, mi madre tenía que cambiar su cheque, y yo iba con ella. Me gustaba el lugar porque era el único que conocía donde había aire acondicionado. Aquella tarde en que vi la primera, sin embargo, no me interesó en nada el frío, al descubrir desde la otra acera que pretendía recibirme el misterio. Era un letrero de cuatro letras blancas sobre fondo verde en la puerta de vidrio del banco, y yo las leí detallada y meticulosamente. Le pregunté a mi madre qué significaba y ella me la tradujo a la lengua hablada. Después de eso, en el banco, en la escuela, en la casa, en la iglesia, en el mercado, ¡en los libros!, miles y miles de veces me encontré otras muchas palabras como aquélla, que se escriben con hache y todo el mundo las pronuncia con jota. Más tarde, cuando empecé a aprender inglés en bachillerato y me di cuenta de que en esa lengua casi todas las palabras que en la escritura comienzan con hache se pronuncian como si en realidad comenzaran con jota, pensé que aquella era una manía que se nos había pegado de los gringos.
            Cualquiera creería que son tres o cuatro y que apenas las usan los andaluces (o más bien los gitanos), y ciertamente de ahí toma Federico García Lorca aquel título, oloroso a pueblo, de Poema del cante jondo (1931). Sin embargo, aunque la letra de “Burundanga” diga: “Bernabé le pegó a Muchilanga, / le dio burundanga, le hincha los pies”, la recordada Celia Cruz pronunciaba ese verbo con jota, y, de hecho, pronunciarlo con hache causaría un problema en la métrica del verso.
            En Margarita —donde probablemente se encuentre el acento más cercano al de Andalucía que haya en Venezuela—, los habitantes de Los Hatos, antiguo nombre de Altagracia, son llamados jateros; las tejedoras de hamacas las hacen desplazando un jusillo, o husillo (hermoso diminutivo de huso) entre los hilos tensados verticalmente en el telar, y si uno come mango, lo que le queda entre los dientes no serán jamás hilachas, sino jilachas. Al pan que no se come en tres días le cae mojo, no moho. Antiguamente, cuando se cocinaba con leña, ésta se traía del monte en un pequeño jaz, nunca en un haz. Mucha gente vivía en casas de bajareque, los viejos recordaban largas retajilas de cuentos de sus abuelos y nunca quedaban jartos de comer pitajayas.
            En otros lugares (y no sólo de Venezuela), la acción de balancear algo, como si meciéramos una hamaca, pero especialmente si se hace con cierta violencia, se llama jamaquear, en lugar de hamaquear. Hay zonas en las que las frutas maduras ya están “hechas”, es decir, comestibles, pero en otras, están jechas. Los que estén ajitos, no ahítos, como dice el diccionario, pueden llegar a jipear, que no hipear. En Barlovento existe una canción en honor a san Juan Bautista que dice: “Juan Apolinar, de Pozo Hondo, / se lava la cara pero es muy jediondo”. Y aunque originalmente era un insulto de los amos contra los esclavos, una persona de piel negra puede llamar a otra mujina (o, más extendido, mojina), que era como llamaban aquellos, blancos y negros, a las bestias de carga.
            A ambos lados del océano se come un pescado largo y delgado que casi tiene más huesos que carne, y a ambos lados hay quienes lo llaman tahalí (Cervantes, por ejemplo) y quienes pronuncian tajalí, como los pescadores de Puerto La Cruz, de Naiguatá y de Adícora. A ambos lados del océano la gente bebe y se ajuma; en San Juan de Puerto Rico y en La Victoria, Venezuela, pueden incluso jenderse de la risa.
            ¿Entonces?, ¿la hache no era muda? Para serlo, habla demasiado. Y los gringos tendrán muchas culpas, pero esta no la tienen. Si de ahora en adelante le vuelven a decir que la hache tiene ese impedimento audio-fonético, primero póngalo en duda y luego, recordando estos 22 ejemplos, procure que no se le reviente la jiel.

emalaver@gmail.com




Año III / Nº LXV / 13 de julio del 2015

lunes, 6 de julio de 2015

¿“Me he caído” o “me caí”? [LXIV]

Camila Guette


         “Me he caído”. Esa frase quedó grabada en mi memoria desde la primera vez que vi la versión doblada al español de España de la tercera película de la saga de Harry Potter hace unos cuantos años. Inmediatamente pensé que yo también me he caído unas cuantas veces, pero si desde el momento en el que me caí hasta que me levanté solo han transcurrido unos cuantos segundos digo: “Me caí”.  ¿Cómo es que el pretérito perfecto se nos presenta como algo más que imperfecto? Cuando aprendí francés vi que también usaban algo parecido, el passé composé: je suis tombé, y que en alemán usaban el Perfekt: ich bin hingefallen. Entonces dije: ¿será que este fenómeno solo se da en Europa? Pero resulta que no, pues en varias regiones de las Américas también se utiliza el pasado perfecto y en países francófonos del Caribe igualmente utilizan el passé composé en francés (pero eso obedece a que desde hace mucho tiempo el pasado simple quedó consagrado al lenguaje escrito).
         Para los españoles, el pretérito perfecto a veces se refiere también a una situación no concluida, por ejemplo: “Siempre lo he creído un inútil”. En este caso, el adverbio de tiempo “siempre” nos deja claro que no se trata de una acción fugaz. Es evidente que con algunas lenguas primero fue el huevo y luego la gallina (que no es el caso de los lenguajes artificiales de las computadoras, pero sí de otras lenguas previamente creadas como es el caso del esperanto o hasta el élfico de Tolkien, cuyo fracaso tal vez se deba a que son prescriptivas, o quizá imaginarias).
         Y es que la manera en que se clasifican los lenguajes, como en el caso de la música, es descriptiva. El lenguaje musical es casi matemático, lógico y complejo, pero no por eso dejó de sonar en las cavernas, y no creo que encuentren en la cueva de Altamira alguna clave de sol en la pared. Quizá la respuesta a por qué el pretérito perfecto no es tan perfecto es que estas clasificaciones intentan crear una taxonomía que englobe la mayor cantidad de fenómenos y los simplifique para que otros podamos entender las lenguas, estudiarlas y algunos aprenderlas.
         La lengua está hecha a imagen y semejanza del hombre, conserva su inteligencia y sus desaciertos, su irracionalidad y su ilustración. En pocas palabras, está impregnada de su imperfección. Así que si se han caído o se cayeron, recuerden que un adverbio siempre marcará la diferencia.

camila.guette@gmail.com



Año III / Nº LXIV / 6 de julio del 2015

lunes, 29 de junio de 2015

El fútbol como metáfora de la guerra (y III) [LXIII]

Laura Jaramillo

El fútbol es un poema
 y los jugadores son los poetas.

Lázaro ‘Papaíto’ Candal


         Las crónicas de fútbol no solo están inundadas de expresiones bélicas, podemos ver también que hay una inclusión de términos provenientes de variados campos semánticos:

·           Física: ‘Viernes de alta tensión’, Meridiano, julio 4 del 2014, en relación al encuentro Brasil y Colombia;
·           Literatura: ‘El capitán en su laberinto’, Meridiano, octubre 21 del 2009, titular relacionado al jugador Juan Arango;
·           Teatro: ‘Costa Rica escribió una tragedia griega’, Meridiano, junio 30 del 2014, en referencia al juego entre Costa Rica y Grecia;
·           Hipismo: ‘Con todos los caballos’, Líder, marzo 4 del 2015, titular que alude a los jugadores de la Vinotinto.

         Mucho se critica por el uso quizás inadecuado del lenguaje deportivo, pero el uso de metáforas enriquece la lengua, de allí que podamos observar que el uso del lenguaje literario sea común en el mundo del discurso periodístico. Como dijera en alguna oportunidad el profesor Alexis Márquez: las figuras retóricas no son de uso exclusivo de la literatura.
         El fútbol necesita ser contado con ingenio, con expresividad, con color, y la mejor manera de hacerlo es a través de la invención de frases como los titulares: ‘¡Messías!’ (Meridiano, junio 22 del 2014, en referencia al jugador Lionel Messi); ‘Mordisco al título’ (Meridiano, marzo 23 del 2015, referente al jugador Luis Suárez que tiene fama de morder a otros jugadores durante los partidos).
         Además, “nuestro lenguaje está conformado por metáforas, no importa a cuál campo semántico pertenezcan, ni el discurso en el cual se presenten, lo que verdaderamente importa es que la metáfora es un instrumento imprescindible para una comunicación exitosa[1].
         No en vano el periodista Lázaro ‘Papaíto’ Candal realiza esa magnífica afirmación, pues gracias a los futbolistas, el fútbol se convierte en un poema, y, por supuesto, eso debe quedar absolutamente plasmado en las crónicas, tal como lo expresa Galeano:

En el fútbol, ritual sublimación de la guerra, once hombres de pantalón corto son la espada del barrio, la ciudad o nación. Estos guerreros sin armas ni corazas exorcizan los demonios de la multitud, y le confirman la fe: en cada enfrentamiento entre dos equipos, entran en combate viejos odios y amores heredados de padres a hijos[2].


laurajaramilloreal@yahoo.com




[1] Jaramillo, L. (2013). El fútbol como metáfora de la guerra. Estudio cognoscitivo de la metáfora bélica presente en las reseñas de fútbol de los diarios deportivos venezolanos Líder y Meridiano. Trabajo de grado no publicadoUniversidad Central de Venezuela, Caracas.
[2] Galeano, E. (2002). El fútbol a sol y sombra y otros escritos. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.



Año III / Nº LXIII / 29 de junio del 2015