lunes, 27 de mayo de 2024

¡Ay, foj...! [CDLXII]

Edgardo Malaver



¡Foj...! ¿Fuiste tú, Dinamarca? Richard Burton como Hamlet 
en 1954. Foto: Getty Images



¿A ustedes no les huele mal? ¿Qué dicen cuando sienten un mal olor? ¿Qué exclaman si es muy fuerte o si aparece repentinamente? Existe toda clase de metáforas para ese momento, la creatividad lingüística de la gente no cesa, y aumenta cuando se trata, por ejemplo, de las imágenes escatológicas, pero existe una expresión, sorprendentemente sencilla, para el desagrado que revela y retrata ese desagrado con fidelidad y que se mantiene en algunas zonas del mundo de habla española. Es una sola sílaba, pero qué expresiva y delatora es cada vez que sale de nuestros labios fruncidos y narices arrugadas por un mal olor. Aunque ahora sé que tiene variantes, yo creí oyendo exclamar, en casa y fuera de ella, ¡Fos!, ¿a ustedes no les huele mal?

En realidad, la pronunciación más precisa sería foj, como dice el título, pero tocaba ser un tanto formal en el primer párrafo. Y quizá sería esta la pronunciación, digamos, intermedia entre otras dos que aparentemente representan, como veremos más adelante, dos extremos de “fineza”. Hasta ahora he encontrado, en la lengua hablada y en la bibliografía, las formas fo y fos. Esta última es la que con frecuencia adopta una forma más “popular”, que es foj.

Buscando bibliografía para el artículo de esta semana, me sorprendió que la primera fuente a la que acudí para estudiar la palabra fos, el diccionario de la Academia, no la tuviera. Fue la primera campana que me insinuó que podía ser un venezolanismo. La Academia tiene solamente fo, y ciertamente pone que es un venezolanismo, aunque sea hasta cierto punto: 


fo, 1. interj. U. para expresar asco. 2. interj. coloq. Ven. U. para indicar desaprobación o rechazo. hacer fo, o el fo, a alguien, 1. locs. verbs. coloqs. Col., Cuba, R. Dom. y Ven. Tratarlo con indiferencia o con desaire, no prestarle la debida atención.


Mis amigos caraqueños se están diciendo en este momento, mientras leen, que así es como se debe decir. Yo soy de allende el mar y me pregunto cómo Cuba y República Dominicana están mezcladas aquí con países continentales. Así que sigo buscando y, a pesar de la falta de pistas de cualquier tipo del diccionario, me tropiezo con el “Tesoro de los diccionarios de la lengua española” que ofrece la propia página de la Real Academia. Dentro de ese acertadamente llamado “Tesoro”, se me presenta el Diccionario histórico del español de Canarias. Y siento que entre insulares nos vamos a entender mejor. Dice el DHEC, entre todo lo que dice:


fo(s), foj. interj. Indica asco cuando se percibe mal olor.


Entre los muchos autores que menciona y que registraron la interjección está Benito Pérez Galdós, que lo escribe fos, y Fernán Caballero, que lo dice sin ese. Pero nada como el testimonio de los hermanos Luis y Agustín Millares en su obra Léxico de Gran Canaria, de 1924:


Fó! Magnífica interjección, importada de Cuba por nuestros indianos. Bonafoux asegura que es de uso frecuente entre los negros de Puerto Rico. No hay canario que, al percibir un olor desagradable, sobre todo de humana procedencia, deje de protestar con la típica interjección isleña ¡Fo! Las personas finas le añaden una ese; algunas dos eses: ─¡Fos! ¡Foss!


¡Caramba, la gente fina! Entonces, el foj que he pronunciado toda la vida es coloquial. Claro que sí lo es. No es una palabra muy delicada ni musical: pero yo hablo del español de América, y este diccionario, del de España. Y han pasado 100 años del comentario de los Millares. Las “personas finas” de este lado del océano en la actualidad no deben tener, digo yo, los mismos escrúpulos lingüísticos de las de aquel entonces en Canarias.

El diccionario también dice que fo, o cualquiera de sus variantes, se usa en Andalucía. Y agrega que podría ser un derivado de las interjecciones plenamente castellanas ¡pu!, ¡puf! o ¡uf!, dejando implícito que estas tienen la misma connotación de asco.

Yo tengo una tía, cuya frase más frecuente es A fulana todo le hiede y nada le huele. (Ya saben ustedes que hay quienes, siendo bien populares, dirían jiede.) Buena condensación para describir a aquellos que parecen tener un radar de lo que se está descomponiendo... o ya está descompuesto. La lengua es habilísima para dejar esos rasgos al descubierto, sólo hay que estar atento, y a veces ni siquiera eso. Quizá una primera señal, quizá la más clara, es que a diestra y siniestra dicen: “¡Foj...! ¿A ustedes no les huele mal?”. Y eso puede significar que todo les molesta, nada los complace. Y puede ser gente que huele muy bien.

La verdad es que la interjección fo y sus variantes, en apariencia tan poco visibles, en apariencia tan insignificantes, en apariencia tan repelente, resulta ser muy atractiva y está rebosante de información pragmática, rasgo que normalmente no se les atribuye a las interjecciones. Sí, la lengua revela más con las palabras más breves.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXII / 27 de mayo del 2024

 

 

 

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lunes, 20 de mayo de 2024

La de, puerta y arco [CDLXI]

Ariadna Voulgaris



Delta del río Orinoco, en su camino hacia el Atlántico



         No fui a Chiguará. Recordarán que la noche en que llegué a Mérida, hace una semana, mientras cenaba, oí una conversación de otra mesa en que hablaban de este pueblo andino, y quise ir. Al amanecer de la mañana siguiente, recibí una llamada de mi trabajo y tuve que quedarme en el hotel... trabajando. El segundo día tuve que volver a Valencia, donde tenía material que necesitaba para hacer el trabajo. Sin embargo, el recepcionista de la primera noche me habló extensamente de un escritor importante en la literatura venezolana que nació en Chiguará, Antonio Márquez Salas, que ahora deseo mucho leer, ya les contaré.

         Hoy les traigo datos de la letra de (o d, o D, como quieran), que ahora es la cuarta del alfabeto español, pero ocupa el quinto lugar entre las que encabezan más palabras. Con de comienzan 5.793 palabras de la lengua española, 6,58 por ciento.

         Esta letra, por lo que me dice una enciclopedia que tiene Alejandra en su casa, Monitor, fue creada por los ilustres sabios egipcios. Leo en Internet que el ideograma de los egipcios era triangular, ya que representaba la puerta de las tiendas de campaña, pero en la enciclopedia hay un dibujo que la hace parecer la puerta regular de una casa contemporánea. Además, parece también una de minúscula de la actualidad, que se supone que crearon los romanos siglos después.

         El signo de los egipcios, pues, se “triangulizó”, deduzco yo humildemente, cuando lo adoptaron los fenicios, que lo llamaron dalet, “puerta”, y los hebreos, después, hicieron lo mismo. Para cuando el dichoso dibujito llegó a territorio heleno, se convirtió un triángulo de lo más sencillo y equilátero que podían trazar y que ellos llamaron delta. Dalet primero, después delta. Por ese camino llegó a Roma, donde le inventaron, como ya dije, la forma minúscula (que no entiendo por qué algunos especialistas dicen que apareció a causa de la escritura a mano de la mayúscula). De la mano de los romanos llegó a España y en aquel barquito de Colón se vino para América. Esa es la herencia que hemos recibido nosotros, los que hablamos español donde lo hablemos.

         Monitor explica que la pronunciación de la de en la terminación de los participios y otras palabras fue haciéndose cada vez más relajada con el tiempo, y que en muchas regiones no se pronuncia. (Yo hubiera dicho, y el profesor Malaver me apoya, que era en todas partes, siempre que esté uno amparado por el contexto familiar, amical, informal.) Ese debilitamiento fonético dio como resultado la evolución de palabras latinas como pater a padre, de catena a cadena, de peccata a pecado. En otros casos desapareció, como en paradiso, que nosotros decimos paraíso, o radix, que convertimos en raíz.

         Además de la historia, existen unas cuantas curiosidades relativas a la letra de. Por ejemplo, D. (mayúscula con punto) es la abreviatura de la fórmula de tratamiento don. En la numeración romana, la de mayúscula representa el 500. En música, los compositores de habla inglesa utilizan la D en lugar de nuestra muy reconocible nota re. En la historia del siglo XX, de Día D fue el día en que comenzó el desalojo de los nazis de Europa. En química, la delta es el símbolo de calor. Con esta cálida letra comienzan sustantivos que nombran conceptos importantes y entrañables para nuestra cultura: Dios, democracia, dulzura, y también conceptos desastrados y sin defensores, como deuda, desastre, dolor.

         Como todas las demás, la de tiene diversas funciones, diversas significaciones y diversas historias detrás de ella. Su sencilla forma de arco de flecha sin tensar, recta y curva al mismo tiempo, que desde nuestro ángulo poco tiene que ver con la idea de una puerta, pero que puede abrir un camino, o marcar un punto hacia el cual caminar, una dirección, nos trae a la mente una claridad como la de la didáctica, como el dominio de las emociones, como la diestra mano que invita al conocimiento. Conocerla mejor con toda certeza nos comunicará mayores placeres en el uso de nuestra dichosa lengua.

         Otro día —ya no tengo certeza de la fecha—, seguiré con el sexto capítulo de esta hermosa historia. Mañana regreso a Atenas.

 

Valencia, 27 de abril del 2024

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXI / 20 de mayo del 2024

 


lunes, 13 de mayo de 2024

Esteban de Jesús y Estelita del Llano [CDLX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

La zorra y el cuervo. Ilustración de Arthur Rackham
para una edición de las fábulas de Esopo en 1912

 

 

         Como todo en la vida, la lengua tiene lo que podemos llamar sus ventajas y desventajas. Nos permite comunicarnos, pero al mismo tiempo es también fuente de discordias y desencuentros; con ella hablamos de amor, alabamos a Dios y sanamos las heridas de nuestros seres amados, pero al mismo tiempo nos pone trampas para que insultemos a nuestros amigos, para maldecir y para humillar a nuestros padres. La lengua es el clavel de nuestro jardín y la herida purulenta en nuestro costado. La lengua es lo mejor que tenemos y lo peor que tenemos, diría Esopo.

         En el nivel pragmático de la lengua, es decir, en lo que atañe a la comunicación efectiva, a cómo se convierte en hecho en la vida cotidiana, si es que llega a hacerlo, aparece a veces el obstáculo de que uno puede desear decirle a alguien algo que no desea que una tercera persona, también presente, escuche o al menos entienda. Es un obstáculo para la cortesía, sobre todo. Puede nacer en ese momento un conflicto si llamamos las cosas por su nombre y eso termina afectando la imagen positiva que tiene el tercero de sí mismo. Y en ese momento viene la imaginación en nuestro auxilio. Todos hemos oído a alguna madre hablar con una prima o una amiga frente a su niño que, aunque pequeño, está en capacidad de entender lo que se dice —¡y los niños siempre estamos atentos a la voz de nuestra madre!—, y cuando va a mencionar un detalle delicado, dice: “Lo que pasa es que el que te conté no puede ver la cebolla ni escrita ni pintada”. Es, ya sabemos, la alusión más clara que conocemos en español. Uno casi nace conociéndola, pero las madres siguen usándola.

         Existen otras mil formas de hacer eso, a veces en broma, otras para evitar avergonzar al otro (o para avergonzarlo), e incluso, cuando ya todos saben a qué o a quién se refiere uno, simplemente para mencionar al otro con humor. Sin embargo, no conozco forma más graciosa de hablar de alguien sin mencionarlo que los venezolanísimos Esteban de Jesús y Estelita del Llano. Estos dos nombres son simplemente eufemismos con apariencia de nombres reales, por lo menos posibles, equivalentes a este y esta, que pueden sonar bastante descorteses si uno los usa delante de los aludidos. Deben haber sido ingeniosos al principio —quién sabe cuándo sería—, pero hace mucho tiempo que ya todos sabemos a quiénes se refieren.

         También durante mucho tiempo he pensado que el “epíteto” Estelita del Llano tendría que haber nacido de la fama que en algún momento tuvo la artista venezolana conocida con ese nombre. Es comprensible que haya sido desde entonces la fachada del pronombre esta cuando el chismoso sentía el peligro de ser descubierto hablando de una mujer en su cara. Sin embargo, nunca antes supe si había aparecido antes la artista o la expresión. Y como no tenía noticias de ningún famoso llamado Esteban de Jesús, siempre pensé que la versión masculina del “apelativo” simplemente derivaba de su semejanza con una forma frecuente de poner nombre a los varones en Venezuela.

         A pesar de esto, uno hace bien en no darlo todo por sentado, y hoy que pensé en escribir sobre ese fenómeno, descubro, primero, que Estelita del Llano es un seudónimo y, después, que Esteban de Jesús era el nombre real, aunque yo no había oído nunca ni una sílaba sobre la persona que lo llevaba.

         La cantante y actriz venezolana Estelita del Llano en realidad se llama —porque aún vive— Berenice Perrone Huggins, y nació en Tumeremo el 28 de septiembre de 1937. Cantó por primera vez en público en 1960, en un concurso radial, que ganó y después del cual la emisora hizo una encuesta para ponerle seudónimo a la nueva artista. Desde entonces grabó 21 discos de boleros que ahora son conocidísimos en toda América Latina. En 1996 formó un exitoso grupo con las célebres Mirla Castellanos, Mirtha Pérez, Neida Perdomo, Mirna Ríos y Floria Márquez y con ellas recibió el Premio Casa del Artista al cantante del año. Hasta la primera década del siglo XXI estuvo activa en la música y la televisión, siempre fiel al género que la llevó a la fama, el bolero.

         Mientras tanto, el boxeador puertorriqueño Esteban De Jesús, nacido en Carolina el 2 de agosto de 1950, andaba buscando y conseguía la oportunidad de enfrentarse al legendario campeón panameño Roberto Durán, apodado Mano e Piedra, que no había perdido un combate en toda su carrera. El 17 de noviembre de 1972 De Jesús se convirtió en el primer hombre que logró derribar y vencer a Durán. Su nombre tiene que haber cubierto cientos de metros de papel periódico en aquellos días y en los años siguientes, cuando los dos peleadores volvieron a enfrentarse en Panamá y en Las Vegas. De Jesús murió de sida en 1989 mientras cumplía una condena a cadena perpetua por homicidio con el agravante del consumo de heroína. Durán estuvo entre los pocos que fueron a despedirse de él días antes del final.

         Todo esto me hace concluir que Esteban de Jesús y Estelita del Llano, sobre todo por sus coincidencias fonéticas, pueden haber surgido en la época de mayor popularidad de la cantante y el atleta: los años 60, 70 y 80. Quién sabe si se utilizaban antes (o si brotaron simultánea o consecutivamente), pero con semejantes historias detrás, palidecen las otras hipótesis. Si me equivoco, ojalá que aparezca pronto quien me corrija.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLX / 13 de mayo del 2024

 

 

 

 

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lunes, 6 de mayo de 2024

(La che, peregrinación de una paria) [CDLIX]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

Flora Tristán, autora de Peregrinaciones de una paria (1838)

 

 

         Después de pasar cuatro días en casa de los abuelos de Alejandra, ahora acabo de llegar a Mérida. Es de noche. Espero que me sirvan la cena en un restaurant cerca del hotel. En una mesa detrás de mí los comensales, padre, madre e hijo de unos 15 años, conversan sobre el lugar al que viajarán mañana. El lugar se llama Chiguará, que, según Google Maps, está a 51,145 kilómetros de mi mesa. Por lo que dicen, comienzo a enamorarme.

         Este nombre me seduce de tal manera con su sonoridad tan hermosamente indígena y terráquea que me decido a desviar mis planes por segunda vez en estas vacaciones. Será un paréntesis, el primero, en esta historia que estoy contando porque en realidad hoy pensaba escribir sobre la letra de, pero, por la emoción con que hablan de Chiguará junto a mí, voy a hablar de la che.

         Es bastante más sencillo de explicar por qué esta letra (con la cual comienzan 4,24 por ciento de nuestras palabras) ya no tiene su propia sección en el diccionario que enseñarle a un niño cómo usar la ce delante de cada vocal. Casi basta con decir que desde 1803 (¡antes de la invasión de Napoleón!) hasta 1994 (¡madre mía, hace treinta años!), fue considerada una sola letra del alfabeto, a pesar de que estaba compuesta de dos, y fue así porque durante 190 años se tenía como suficiente la evidencia de que los dos caracteres, como sucedía con la elle, representaban un solo sonido (el de chino, por ejemplo, el de choza o el de hacha) y, por ende, la che era descrita como la cuarta letra del alfabeto español. A mí me parece más que suficiente ese argumento, pero a los actuales miembros de la Academia no les gusta... o por lo menos se han vuelto mayoría.

         Ciertamente, casi basta con eso, pero podemos ser más detallistas. La Ortografía de la Academia (2010) explica que a partir de la edición de 1992, una vez desalojadas de su habitación propia, las palabras comenzadas por che se ordenaron al final de la sección de la ce, después de las comenzadas por cu-: cháchara, por tanto, aparecía después que cuñado. Más tarde, el X Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española, de 1994, decidió que, aunque debíamos seguir considerándola un dígrafo, a la hora de ordenar palabras ortográficamente sí debíamos separar la ce de la hache. De modo que para la vigésima segunda edición (2001), las palabras comenzadas por che aparecieron flanqueadas por las comenzadas por ce- y las comenzadas por ci-, o sea, primero cena, después chasquido, cheque, chinche, chocolate y chusma, y más tarde cisne; el pobre cuñado, que nueve años antes las precedía, quedó unas cuantas páginas más adelante. Las que contienen la che en su interior (como ocho o colcha) también tuvieron que moverse de lugar. Así están ahora.

         No es, empero, la primera vez en la historia que la che ha debido tragar grueso y aceptar los cambios que la historia de la lengua le ha impuesto. Ya en el pasado nuestros bisabuelos tuvieron también que aprender a escribir, prescindiendo de la che, palabras que, de niños, habían aprendido con ella. Por ejemplo, cristianismo, cronológico o crisol, que en la época del primer diccionario de la Academia, 1726-39, se escribían christianismo, chronologico y chrysol. Pero siéntense, que se van a caer para atrás: ¡canciller, querubín y coro se escribían chanciller, cherubín y choro! Aunque en lingüística no cabe clasificarlo más que como una señal de la evolución de la ortografía, este hecho equivale, en geografía, al despojo de una parte del territorio de un país. Los grupos de defensa de los derechos históricos y lexicográficos de la che (no es chiste: existen) no pierden oportunidad de señalarlo.

         A la che, después de tanto recorrido, sólo le faltaría que, a lo Flora Tristán, su marido le dispare en la calle para quitarle lo poquísimo que le queda, lo que hasta su propia familia le niega. En los últimos tiempos, mucha gente la llama en realidad “ce hache”, desatentos a su prolongada peregrinación por el alfabeto. Ya parece saña.


         Llego a mi hotel después de la cena y un breve paseo. Un paseo más minucioso lo daré pasado mañana, cuando vuelva a Mérida. En la recepción, como también estoy peregrinando en estas vacaciones, acabo de contratar un taxi para ir mañana temprano a Chiguará.

 

Mérida, 19 de abril del 2024

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLIX / 6 de mayo del 2024

 

lunes, 29 de abril de 2024

La ce, joroba del desierto [CDLVIII]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

El problema de la ce y las vocales puede ser sencillo,
pero llevarlo a cuestas... Actor anónimo representa
a Quasimodo en París


 

 

         Después de varios días tratando de hacer espacio en su horario de trabajo presencial y en línea, mi amiga Alejandra, su esposo, su hijo y yo cogimos el carro para venir a Puerto Cabello, donde vive el abuelo de ella, que está enfermo desde hace una semana.

         En el camino les comenté que esta semana, para seguir con la serie iniciada en ese mismo carro diez días antes, tenía que escribir sobre la ce. El niño entonces suelta el cubo de Rubik y se pone a mirar por la ventana y a señalarme los letreros donde veía nombres de lugares cercanos que comienzan con esa letra.

         ¿Y qué palabra conoces que comiencen con ce? —le pregunto.

         —Todas, tía —me responde con entonación de autosuficiente.

         Su papá desde el volante lo anima a recordar el nombre del abuelo paterno, y él piensa en el que vamos a visitar.

         —Simón —responde.

         Nos reímos.

         —El otro, hijo, el papá de papá —dice la madre.

         —No, mami, Carlos no tiene ce, ¿verdad, tía?

         Qué problema. ¿Quién habrá inventado que la ce se lee diferente ante la e y la i que ante la a, la e y la u? Y quien lo haya inventado, ¿no podía darse cuenta, una semana después, de que el asunto necesitaba una corrección en el diseño? Y yo ahora, como no he sido sistemática con este objetivo didáctico, me acabo de meter por la calle equivocada.

         Por lo que he leído en estos días, hemos heredado la ce de los etruscos, no de los fenicios. La escribían como un ángulo de unos 45 grados con el vértice hacia arriba y con el trazo de la derecha más largo que el de la izquierda. Se llamaba gimel y recordaba inicialmente la joroba de un camello. Simplificando el asunto excesivamente, los etruscos tenían dos variantes de este signo, que los griegos absorbieron —y llamaron gamma—: uno para el sonido sordo, que se combinaba con la vocal a, y otro, también sordo, que ponían antes de las vocales e e i. ¿Ustedes también ven ahí una respuesta a esa bifurcación de usos que todos sufrimos en primaria al aprender a escribir, al menos en español?

         Los romanos escribieron estos signos (o los signos que iban quedando de su evolución) de manera similar a nuestra ka actual. Con el tiempo perdió el trazo vertical y se pareció más al signo de menor que (<). Hubo quienes por eso la relacionaron con un búmeran. Era esa letra, por cierto, con la que escribían el nombre que todos los emperadores querían ponerse: Caesar, que se pronunciaba más parecido al actual Kaiser del alemán que a nuestro César.

         Para no atormentarlos con más datos y datos, sólo les cuento que en Roma, en realidad, durante muchísimo tiempo, la ce representaba también el sonido de la ge, pero pronto lo resolvieron, como es evidente, agregándole un trazo al signo que habían copiado de los griegos.

         Es una larga y, además, compleja historia que uno no entiende a primera vista en la infancia, y cuando crece y memoriza cómo funciona, ya no importa. Y si no lo aprende, importa menos aún.

         La encantadora letra ce es con la que comienza el mayor número de palabras que quedaron registradas en la edición del 2001 del diccionario de la Real Academia Española: 12.577, o 14,29 por ciento. Sin duda, una de las razones importantes del “récord” —que antes ostentaba la a— es la inclusión en la sección de la ce de todas las palabras que comienzan con che.

         E indudablemente es esa también una dificultad nueva para los niños del presente. Mi hermoso sobrino, por fortuna, ha comenzado ya a sortearla: reconoce la ce y se da cuenta del sonido al que corresponde. Y afortunadamente también, un grupo de hombres que cabalgaba al borde de la carretera no bien entramos en la ciudad lo distrajo de las excepciones de nuestro alfabeto.

         Qué felicidad volver a ver Puerto Cabello.

 

 

 

Puerto Cabello, 14 de abril del 2024

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLVIII / 29 de abril del 2024

 

martes, 23 de abril de 2024

La be, la casa de todos [CDLVII]

 Ariadna Voulgaris

 

 

 

Bet-lehem, Belén, ‘casa del pan’

 

 

         Esta semana no salí con mi sobrino, pero como me gustó la historia de la a que conté la semana pasada, quiero contar ahora la de la be. De todas maneras, como estoy hospedada en su casa, se me presentan a cada paso piezas de rompecabeza, legos, flautas, tambores, carritos, trompos, pinceles, lápices de colores, libros... y letras, letras, letras, muchas letras, de todos los colores, de todos los tamaños, de todos los modelos. O sea, el ambiente me está llevando también a hablar de las letras.

         La segunda letra del alfabeto, la be, es la décima entre las que se encuentran al principio de las palabras, con 3.833 registros en el diccionario, es decir, 4,35 por ciento. Ella se las arregla, a pesar de esto, para estar presente en todos los territorios, para invadir otras sílabas y posiciones en el interior de las palabras y algunas veces, valientemente, hasta repite y se hace predominante, como en absorber, barba, bomba, de estas palabras hay a borbotones.

         Aunque procede del signo que idearon una tarde de buena brisa los fenicios que se ocupaban de esas cosas, la be nuestra actual, es decir, la del alfabeto latino (castellano, o español, en nuestro caso), sobre todo en su forma mayúscula, poco tiene que ver con aquellos “dibujos” que hacía sobre sus tablillas los originales creadores del signo. Las letras actuales de alfabetos como el hebreo y árabe, que son más bien silabarios, se parecen bastante más.

         El dato más curioso que encontré mientras investigaba es que el vocablo fenicio bet, que designaba la casa, el refugio que habitaba un hombre con su familia, terminó siendo nombre de la segunda letra porque, en aquella cultura, una casa era la propiedad de mayor valor después de un buey, cuyo nombre era aleph, la palabra aleph, la letra alef, hoy a.

         En español, por lo menos, en el español que yo hablo, las palabras más bonitas comienzan con be. Con be comienza la palabra más tierna del español, que es bebé. Y si uno vive en una región calurosa, beber puede ser particularmente placentero. También están estas otras, con las que me gusta jugar, construir adivinanzas, escribir poemas:

 

·       bagatela, que parece salida de una canción que cantara un gondolero en Venecia;

·       bahía, que es como el sonido de una flauta en una playa tranquila y con mucha luz;

·       baladí, que suena a agua que corre entre los dedos con alegría... en esa í está la alegría;

·       beluga, que no solo tiene sonido marino sino también como palaciego, como mediterráneamente antiguo;

·       betumen, que suena a volumen, y suena a cardumen y suena a cacumen;

·       bermejo, que parece todo pero no un color, que parece ser un cangrejo, pero también un ovejo.

·       birlibirloque, tan larga esa palabra, tan bruja, tan trabalengua, ¿no les suena?;

·       bicicleta, ay, la bicicleta, que se parece a la libertad, qué bello es el mundo cuando uno va en bicicleta;

·       bikini, ¿a qué más puede sonar bikini que a playa, a atrevimiento juvenil, a andar desnuda por el mundo sin perder el pudor.

·       boína, que es una palabra que se pertenece a sí misma, que es relativa a su propia naturaleza;

·       boricua, tan musical que uno oye maracas o sonajas de niños  flautas que cantan;

·       bonito, que parece ser un bueno chiquito, un bueno más bueno pero con cariño, o más intenso que bueno.

·       bulevar, con su apariencia de verbo, con su caminar tan pausado... y su espíritu parisino;

·       buque, una palabra que tiene imagen de barco grande, de casa en medio del mar, de piso seguro y a flote;

·       burbuja, tan juguetona, al mismo tiempo ligera e impactante, aérea y cristalina, leve, efímera

 

         También me gustan balandra, bambú, bohemia, borceguí, bufanda. Y algunos de los nombres de personas, de lugares, etc. que siempre me resuenan en la mente sin atormentarme son Babel, Babilonia, Bagdad, Bárbara, Belén, Bernardo, Biblia, Bruno.

         La semana pasada dibujé un buey en mi agenda. Hoy tendría que dibujar una casa: una casa para la be, para albergar quizá a los bueyes de la letra a, las lenguas del pasado y las del presente, para los sonidos inocentes de la naturaleza y nuestras duras palabras cotidianas, una casa para todos.

 

Valencia, 12 de abril del 2024

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 



Año XII / N° CDLVII / 22 de abril del 2024

DÍA DEL LIBRO Y DEL IDIOMA