lunes, 31 de julio de 2023

Échame una manita, manito [CDXXIX]

Edgardo Malaver

 

 

Mirla Castellanos en la portada
de un disco de 1962

 

 

 

         Después de El Chavo del 8, todo fue diferente. Me quedó claro que había otro lugar en el mundo donde se hablaba como quien siempre lo está animando a uno a volver a intentar de otra forma lo que no ha logrado, donde a los tontos los llamaban mensos y donde alguien podía, eternamente, pasar 14 meses sin pagar el alquil... la renta. Muchas cosas tenían otros nombres, aunque era fácil deducirlos siempre, sin necesidad de localización ni de postgrados en variaciones del español. Y, curiosamente, maravillosamente, muchas de las cosas que tenían los mismos nombres admitían derivaciones diferentes. Una de ellas era la palabra mano, que el Chavo, Quico y la Chilindrina podían llamar, muy castellanamente, mano, pero si hablaban de ella con cariño, pues les salía manita, y no manito, como decíamos mi hermano y yo porque en la casa, en la calle, en la escuela le decían así.

         Y entonces me lanzaba yo a atormentar a mi pobre madre, que no tenía ocupaciones ni responsabilidades y que, con su sueldo de maestra de preescolar, pagaba docenas de sirvientes para dedicar todo el tiempo posible a atender y resolver las diatribas lingüísticas del muchachito que le había salido preguntón: “¿Por qué el Chavo dice manita? ¿La palabra no es mano? ¿No es como carro, que termina con o y si es chiquito uno dice carrito?”. Mucho oído, pero cero kilómetros en morfosintaxis. “Ay, hijo, será que en México dicen así. Quién sabe, a lo mejor es porque mano es femenino. La mano, ¿no?”. ¡Claro! ¡La mano, la manita! Mi mamá sí que sabía de morfosintaxis. Es ahora que me pregunta a mí, pero en aquellos días de El Chavo, hasta Andrés Bello le consultaba a ella.

         Si hay algo más que decir con respecto a la razón por la que los mexicanos dicen manita en lugar de manito, es muy poco. Es un sustantivo femenino, y el diminutivo de los femeninos, en español, se forman agregando sufijos como -ita, -illa, -eta, -ina, etceteruela. Simplemente sucedió en el territorio que ahora llamamos México —aunque no dudo que en otros lugares suceda también— que a los hablantes se les atravesó el femenino en la mente en el momento originario en que iban a hablar por primera vez de una mano pequeña.

         Los venezolanos, por lo menos, dicen una foto y una fotico (aunque tres o cuatro venezolanos prefieren fotito), la moto y la motico, esta modelo y esta modelito (más bien infrecuente, ¿verdad?). En el caso de radio (al igual que de disco, o sea, ‘discoteca’), sería bien extraño utilizar, por ejemplo, algunas radiecitos para referirse al medio de comunicación o a una emisora, no al aparato, pero quien prefiere mi médico favorita, no se detendrá en semejante pequeñez.

         También existe un subgrupo de los sustantivos femeninos terminados en o que no tienen versión masculina y aparecen muy poco en el discurso popular: soprano, libido y polio. Esta última, como foto y moto, es en realidad un apócope, y sí parece bien difícil que se le use en diminutivo, cosa que pude afirmarse tranquilamente de las otras dos. Lo que sí es bastante seguro es que, de aparecer, a pesar de su “feminidad” de corazón, aflorarían con diminutivos terminados en o.

         El diccionario, románticamente, nos da la expresión hacer manitas, que significa ‘cogerse y acariciarse las manos’ una pareja. Es la única que incluye con el diminutivo, pero su forma “original”, mano, tiene 36 acepciones y más de 250 expresiones y locuciones adjetivas, verbales y adverbiales, además de las equivalentes a sustantivos y términos fijos. También incluye mano y manito, que provienen de hermano y que, naturalmente, tiene su femenino, mana, cuyo diminutivo es manita. Qué periplo, ¿no?, para llegar otra vez a la palabra que aprendí del Chavo... o a los mexicanos, que también la usan tanto.

         Una expresión que siempre se detiene en mi mente cuando el oído me la trae desde el exterior, echar una mano a alguien, además del significado que pone el diccionario: ‘ayudar a alguien’, es la expresión más clara y noble del compañerismo y de la cooperación desinteresada que puede uno prestar —más bien, regalar— a quien los necesite. Con razón échame una mano, manito tiene un sonido tan a propósito para pedir ayuda a un amigo.

         Habrán sido los despistados, digo yo, los que, paradójicamente, se pusieron detallistas e influyeron para que, en diminutivo, esta palabra pasara del género “hermafrodita” al femenino. No ocurre lo mismo que con los sustantivos masculinos que terminan con a, como... ¡Un momento...!, que sí observo que en este grupo, en países como Perú y Bolivia, en unos pocos casos, les cambian a femenino el artículo definido, en singular y plural: la diploma, las diplomas; la tema, las temas.

         La lengua, como cantaba Mirla Castellanos en 1962, “es una tómbola”. Apenas reconoce uno un rasgo que parece uniforme, que podría usarse con la confianza de no “equivocarse”, inmediatamente aparece el ejemplo contrario. Pobre de los hablantes extranjeros.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXIX / 31 de julio del 2023

 




lunes, 3 de julio de 2023

Santa Tecla [CDXXVIII]

Luis Roberts

 

 

 

Las palabras y el fuego respaldan
la candidatura de santa Tecla.
Ilust.: catholic.net


 

 

          Nada más lejos de mi intención que proponer a la Iglesia Católica la elevación a los altares de una nueva santa, ¡Dios me libre! Vana intención. Bastante tiene la Iglesia con los más de 9.000 santos y beatos que tiene en su santoral, cada uno con su correspondiente día de celebración; casi treinta al día.

         Según el derecho canónico, el católico debe bautizar a sus vástagos con los nombres de los santos del día, lo que, si se cumpliese, haría de las partidas de bautismo un documento libresco. Los Borbones encontraron hace tiempo la solución: les ponen humildemente sólo cinco o seis nombres rematándolos con un “y de Todos los Santos” y asunto concluido. Al contrario: a pesar de que en los últimos papados se han proclamado algunos nuevos centenares de santos, se ha tendido a aligerar la nómina eliminando algunos santos de larga tradición y devoción, incluso la mía, como san Cucufato y san Cristóbal.

         Lo que propongo, a sabiendas de que no se me hará ningún caso, es cambiar el patronazgo de los traductores. Nuestro santo patrón es san Jerónimo, santo por el solo mérito de haber traducido, y mal, la Biblia, la llamada Vulgata latina. Bien es cierto que lo aceptamos porque tenía varias coincidencias con nuestro hacer diario: conocía superficialmente el arameo, el hebreo, el griego y el latín, inventaba cuando ser hallaba en un callejón sin salida y echaba mano de los falsos amigos y de acepciones erradas en infinidad de ocasiones. Metidas de pata de consecuencias teológicas hoy difíciles de enmendar. Camel en arameo es, efectivamente, ‘camello’, pero también el cabo o la soga que amarra un bote, por lo que al caer, como nos ha pasado tantas veces, en un falso amigo, se le ocurrió eso de pasar un camello por el ojo de una aguja, en vez de un cabo; ¿un camello? Y ahí quedó para siempre. Pero más grave fue lo de confundir almash, que es una joven adolescente, con una virgen que es betulá en arameo, y esa discusión teológica fue el objeto, no solo de arduas discusiones en varios concilios, sino de asesinatos, herejes quemados vivos, etc.

         Mi propuesta, abocada al fracaso, repito, es abandonar el patronazgo de san Jerónimo y, como ya lo intentaron en su día sin éxito los informáticos, declarar como nuestra santa patrona a santa Tecla, lo que supondría solo un adelanto de seis días en la celebración del Día del Traductor. Las razones son obvias, como los informáticos, los traductores pasamos más horas al día con la tecla que con nuestra pareja. Además, su martirio tiene una gran afinidad con nuestro quehacer. Santa Tecla de Iconio (ninguna broma al respecto, por favor), acompañaba a san Pablo en sus viajes “evangelizadores” (las comillas son porque no había aún evangelio alguno) y toda su meta en la vida era permanecer casta y pura, lo que con san Pablo no debió costarle mucho esfuerzo, pues según las crónicas de la época era bajito, calvo, patizambo y contrahecho.

   Según llegaban a diversas ciudades siempre había algún jerarca que pretendía violarla, lo que al parecer era usual en esa época, y ella se negaba por mor de su deseo de castidad. Por ello fue repetidamente condenada al martirio. Primero fue quemada viva, pero una lluvia con granizo apagó el fuego, según unas versiones, y según otras el fuego se convirtió en un halo protector. ¿Cuántas veces los clientes no nos ponen a correr on fire para entregar un trabajo en unas pocas horas y lo hacemos y sobrevivimos?

         Más tarde fue echada a los leones para que la devorasen y estos la lamieron los pies. ¿Cuántos clientes han amenazado con devorarnos y al final no han tenido más remedio, no que lamernos los pies, pues ya no es de uso, pero sí de darnos las gracias? Y por último cuando iba a ser degollada se abrió la roca de un monte y ella desapareció en su interior para siempre. Todo traductor sabe que en algún momento, cuando un cliente quiere degollarlo, lo mejor es desaparecer para siempre.

         Aquí queda mi propuesta sin futuro: santa Tecla patrona de los traductores.

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXVIII / 3 de julio del 2023


lunes, 26 de junio de 2023

¡Ay! [CDXXVII]

Edgardo Malaver

 

 

 

Ay, luna que sales... Ay, luna mala... Ay, triste luna,
dice García Lorca en
Bodas de sangre (1933)

 

 

         Estoy en la sala de mi casa y oigo que un niño pequeño emite sonidos en el pasillo. Oigo a su madre decirle palabras cariñosas. Parece que está aprendiendo a caminar. En cierto momento, parece que cae al piso dando pasos hacia su casa. “¡Ay!”, dice claramente. Es la primera palabra inteligible que le oigo decir desde hace rato. La madre, aparentemente, lo toma en brazos para consolarlo y entra con él en su casa. Vuelve a decir “Ay” mientras ella cierra la puerta.

         Ay. Un niño que está aprendiendo a caminar pierde el equilibrio, cae sentado y le dice: “¡Ay!”. Un obrero se pisa un dedo con el martillo y exclama: “¡Ay!”. Una persona mayor se entera de la muerte de un familiar y lanza un doloroso “¡Ay!”. Los vendedores de verduras de Sevilla en el siglo XIV, Juana la Loca pariendo a Carlos V, los bailarines del ballet de Buenos Aires, los pescadores de Yucatán y de Güiria, los abuelos que se reúnen al leer el mismo periódico por turnos, las secretarias de los empresarios cafetaleros, el ingeniero que construye una carretera... todo aquel que haya estado expuesto a los sonidos de la lengua española, aunque sea unos pocos meses, como mi pequeño vecino, encuentra en estas dos vocales la expresión fiel y precisa de la sensación física que experimenta en la piel, en el corazón o en el espíritu. Dolor, soledad y tristeza —y también, a veces, alegría— salen de nuestros labios convertidos en un sonoro ay, que no admite competencia, ni en fuerza ni contenido, por parte del anodino motivo de la brevedad vocal.

         Lo natural —que no todo en la lengua es cultural—, lo socialmente natural, lo espiritualmente natural en esta lengua del flamenco y del galerón, el idioma de las canciones de cuna y el discurso científico, el habla de García Lorca y de García Bacca, lo natural, digo, si caminamos descalzos por la casa y tropezamos con la pata de la mesa, es el simplísimo ¡ay! de las primeras palabras que aprendimos de nuestras madres, antes de aprender a caminar. Todo el castellano de mi madre y de sus abuelos cabe en esa gota mínima de un ay. ¿De dónde trajeron ese fulano auch! que dicen tanto?

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXVII / 26 de junio del 2023

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

¡Ay y reay!

¡Ay, qué noche tan preciosa!

¡Ay, foj...!

Estudiar, estudiando, estudiante

Diamar, diamando, diamante

 

lunes, 19 de junio de 2023

Hurra por los traductores médicos [CDXXVI]

Edgardo Malaver

 

 

Pelvis de medio millón de años de edad,
hallada en Atapuerca, España

 

 

 

         Les dije un día con esta misma caligrafía que me llevaba mal con la traducción legal. La traducción médica es mucho menos lejana conmigo, y aun así no somos fanáticos el uno del otro. Sin embargo, a mitad de marzo de este año tuve la oportunidad de escuchar, de lejos, intermitentemente y sin intervenir, un taller del célebre Pablo Mugüerza sobre medicina para traductores, y, cuando habló de los intestinos, me asombré con algo que seguramente ya había sabido antes por diferentes caminos y situaciones de aprendizaje. El exhaustivo taller de Mugüerza —sobre el cual él no cesaba de advertir que representaba una ínfima porción de lo que se estudia en cualquier escuela de medicina... como es natural— describe el cuerpo humano y sus funciones sistema por sistema, órgano por órgano, hormona por hormona. Así que no importa si uno no estudia traducción ni medicina, el atractivo es lo que informa: el maravilloso funcionamiento de un engranaje exquisitamente singular.

         Lo que me sorprendió ese día fueron cuatro palabras que con toda certeza ya había oído mencionar en secundaria y probablemente hasta he traducido alguna vez: hilio, íleon, ilion e íleo. Como se trata de un ejemplo magnífico de cómo el traductor tiene que tener los ojos, los oídos, el conocimiento, la imaginación más abiertos que las órbitas de Alí Babá, les voy a poner aquí las definiciones (la primera es de la Academia Española y las demás, del propio Mugüerza):

 

hilio (en inglés, hilus o hilum): depresión en la superficie de un órgano, que señala el punto de entrada y salida de los vasos o de los conductos excretores;

íleon (ileum): tercera porción del intestino delgado, entre el yeyuno y el ciego.

ilion (ilium): hueso ancho que forma la parte superior de cada mitad de la pelvis.

íleo (ileus): obstrucción del intestino debida a su parálisis (íleo paralítico) o a su exceso de actividad (íleo espástico).

 

         Como la traducción no puede ser nunca —ni siquiera la científica, que quizá da menos espacio para las oscilaciones creativas, sinonímicas, polisémicas de los términos— una simple sustitución mecánica de un significante por su equivalente léxico en otra lengua, conviene poner atención, y mucha, a estas sutilezas. El nivel de atención que exige la traducción médica, al menos juzgando por este meticuloso ejemplo, llega a un nivel tan alto que involucra un tercer idioma que, para más inri, ya no habla nadie en el mundo como lengua materna. Así que quizá podamos encontrar de todo sobre ellos en el inmenso lago de Internet, pero no podemos llamar a un amigo médico extranjero para que nos diga si le “suena natural” a sus oídos nativos.

         Muchísimos de mis alumnos están pensando, al pasar por esta línea, en uno de mis refranes favoritos: “En traducción no hay enemigo pequeño”. Cualquiera diría que se trata de simples palabras, incluso breves, que no importa mucho cómo las escribamos porque el especialista sabrá adivinar de cuál se trata en realidad, y los ignorantes de todos modos no las van a entender. Pero desde que nuestro más remoto antepasado primate pronunció su primera palabra está claro que no existe palabra que sea una simple palabra.

         El traductor científico está, como pocos otros profesionales, acorralado entre numerosas salidas tupidas de espinas. Si traducimos para científicos y no somos capaces de atinar los términos con la precisión con que lo han hecho ellos, vamos a hacer el ridículo y, como consecuencia, además, nos van a borrar de la lista de traductores confiables. Si traducimos para pacientes, vamos a crear más confusión de la que en condiciones naturales hay y, de resultas, también, nos van a culpar de los hipotéticos errores del autor. Para traducir con precisión y correctamente, hace falta el tiempo que nunca hay, y si traducimos con ayuda electrónica, querrán pagarnos menos. Si traducimos bien, nadie se da cuenta, pero si traducimos mal, matamos al paciente.

         El traductor que no se prepara para estos espejismos y fantasmas o que piensa que siempre va a estar lejos de su alcance porque por más que camina nunca se los tropieza, se encuentra en la misma culposa situación del médico que recibe un paciente cuyo padecimiento no logra identificar. Si el paciente tiene gripe y el médico le diagnostica cáncer será tan grave y criminal como si tiene cáncer y él le receta un antigripal.

         Indudablemente, sí, en todas las disciplinas existen estos pasajes dificultosos, delicados, casi insondables del oficio que producen comentarios como este, y en todos habrá quienes les adviertan a los más jóvenes: “Tengan cuidado con esto”. En la traducción médica, sin embargo, estas advertencias normalmente concluyen en el argumento incontestable, inapelable, incuestionable, de que lo que está en riesgo al traducir por debajo del estándar de la excelencia es la vida humana. No llega uno a imaginarse la magnitud de esa responsabilidad.

         Dije en el primer párrafo que no era precisamente amigo de la traducción médica. He sido en extremo injusto con ella. Lo que pasa es que las palabas que me flotan en la mente me han engolosinado para que ponga atención a otras voces, que me atraigan otros colores y me cuelgue de otras imágenes; pero tendría que hablar de la traducción médica con más cariño: los primeros 500 bolívares que me gané como traductor, cuando aún era estudiante, provinieron de la traducción de un artículo sobre ginecología. Y cómo me contenta haber comenzado por ahí, porque nada hay mejor cuando uno comienza en un trabajo que tener al menos algo de certeza acerca de cómo tienen que llamarse las cosas. Ayuda bastante no tener que inventar lo que ya está inventado.

         Pues bien, en estos días, escuchando a Mugüerza explicar, con el afán de precisión del médico y el afán de precisión del traductor, la hermosa complejidad del organismo humano, he llegado a pensar, como si me hablaran de una disciplina diferente a la mía: “Qué trabajo tan difícil tiene que ser traducir estas cosas. ¡Hurra por los traductores médicos!”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXVI / 19 de junio del 2023

 



Otros artículos de Edgardo Malaver


lunes, 12 de junio de 2023

El encanto de lo fantástico: Tolkien y la evolución del pensamiento humano [CDXXV]

Francisco Busnego

 

 

Algunos viajes no son posibles sin imaginación. Huella
de Edwin Aldrin en la Luna en 1969. Foto: NASA

 

 

 

         ¡Ah, la literatura fantástica! Ese género que nos transporta a mundos desconocidos, poblados por seres sobrenaturales y aventuras inimaginables. Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha recurrido a la fantasía para escapar de la realidad y explorar los límites de la imaginación. En esta época, la literatura fantástica ha experimentado un renacimiento, gracias en parte a autores como J.R.R. Tolkien y su gran catálogo de obras. Pero, ¿cómo ha influido la literatura fantástica en el pensamiento humano a lo largo del tiempo? Acompáñenme en este viaje por el reino de lo fantástico, donde descubriremos cómo la magia y la imaginación han transformado nuestra forma de ver el mundo.

         Adentrándonos en el vasto universo de la literatura fantástica, es imposible no mencionar al magistral J.R.R. Tolkien, el arquitecto de mundos épicos y creador de historias que han dejado huella en las mentes y corazones de innumerables lectores. Sus obras, como El señor de los anillos y El Hobbit, son verdaderos tesoros literarios que nos transportan a tierras míticas y nos sumergen en conflictos entre el bien y el mal. Pero más allá de las tramas apasionantes y los personajes inolvidables, Tolkien nos ofrece una visión profunda sobre la naturaleza de la fantasía y su impacto en nuestra forma de pensar.

         En su ensayo On Fairy Stories, Tolkien nos guía por los senderos encantados de Faërie, un reino donde los cuentos de hadas cobran vida y la magia se convierte en nuestra más fiel compañera. En este reino mágico, Tolkien nos revela que la literatura fantástica no es simplemente un escapismo pasajero, sino una ventana hacia la esencia misma de nuestra humanidad. Los cuentos de hadas, según Tolkien, despiertan en nosotros un anhelo por lo desconocido y nos invitan a explorar los confines de nuestra imaginación, trascendiendo las limitaciones impuestas por la realidad cotidiana.

         Es en este punto donde encontramos la verdadera influencia de la literatura fantástica en el pensamiento humano. Al sumergirnos en las páginas de un libro de fantasía, nos adentramos en un reino donde las leyes de la física y la lógica pueden ser desafiadas. Nos encontramos con seres mágicos, criaturas fantásticas y poderes sobrenaturales que despiertan nuestra curiosidad y nos incitan a cuestionar nuestras propias creencias y suposiciones sobre el mundo que habitamos. La literatura fantástica se convierte así en una herramienta de transformación personal y social, al abrir las puertas de la percepción y permitiéndonos explorar nuevas perspectivas y realidades alternativas.

         Pero no debemos olvidar que la literatura fantástica también puede ser un reflejo de la sociedad en la que se crea. Los autores, conscientes o no, a menudo incorporan en sus obras elementos y temas que resuenan con las inquietudes y tensiones de su tiempo. En el caso de Tolkien, su obra maestra, El señor de los anillos, se publicó en pleno auge de la Segunda Guerra Mundial, y se ha interpretado ampliamente como una alegoría de los conflictos y desafíos de la época. La lucha entre el bien y el mal, la valentía frente a la adversidad y la importancia de la amistad y la comunidad son temas que resuenan en el corazón de los lectores y trascienden las barreras temporales.

         En la actualidad, autores modernos como Brandon Sanderson han continuado la tradición de la literatura fantástica, creando mundos y personajes que desafían nuestra comprensión de lo real y lo posible. La literatura fantástica nos invita a reflexionar sobre nuestra propia realidad y a imaginar mundos alternativos donde lo imposible se vuelve posible. En estos mundos de ensueño, encontramos espejos que reflejan nuestra propia existencia, exploran nuestras emociones más profundas y nos brindan la oportunidad de experimentar la vida desde diferentes perspectivas.

         A lo largo del tiempo, la literatura fantástica ha transformado el pensamiento humano al permitirnos explorar lo desconocido y cuestionar nuestras creencias y suposiciones. Al sumergirnos en mundos mágicos y extraordinarios, somos capaces de expandir nuestra imaginación y considerar nuevas posibilidades. Además, la literatura fantástica nos permite enfrentarnos a nuestros miedos y deseos más profundos, lo que nos ayuda a comprender mejor nuestra propia naturaleza y la del mundo que nos rodea.

         Por ende, la literatura fantástica ha sido y seguirá siendo una fuerza poderosa en la evolución del pensamiento humano. Desde las épicas aventuras de la antigüedad hasta las complejas narrativas de autores modernos como Tolkien y Sanderson, la literatura fantástica nos convierte en un pequeño hobbit que se arroja a aventurar lo desconocido desafiando así todo lo que se cree y piensa del mundo. Como un sabio mago que lanza hechizos con su pluma, los autores de literatura fantástica nos han mostrado los misterios ocultos del mundo y nos han recordado que, incluso en los tiempos más oscuros, siempre hay espacio para la magia y la esperanza.

         Así concluye nuestro viaje por el encanto de lo fantástico y su influencia en el pensamiento humano. Recordemos siempre que, en las páginas de un libro de fantasía, se esconden mundos por descubrir, personajes por conocer y lecciones por aprender. Sigamos explorando los límites de nuestra imaginación y permitamos que la magia de la literatura fantástica nos guíe en nuestro viaje hacia lo desconocido. Después de todo, como diría un sabio mago, “la verdadera aventura comienza cuando cerramos el libro”.

 

fbusnego@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXV / 12 de junio del 2023

 

lunes, 5 de junio de 2023

La inteligencia artificial y la traducción (III) [CDXXIV]

Luis Roberts

 

Afiche francés de 1968. Los traductores cantan:
“No es más que un comienzo, la lucha continúa”

 

 

 

 

         Como yo siempre, bueno, casi siempre, cumplo mis amenazas, aquí va el tercer artículo dedicado exclusivamente, esta vez, a la traducción audiovisual y a la IA, hoy la más importante (por volumen) en el mundo.

         Hoy los hablantes se guían por el idioma “fabricado” en la televisión y el cine y, últimamente, y desgraciadamente, en las redes sociales. De ahí la gran, la inmensa responsabilidad de los escribientes y traductores de los textos audiovisuales, y de los empresarios que propician, financian y se lucran con ello.  En mi artículo anterior, citando los consejos de ASETRAD decía: “Los campos de aplicación de la posedición (por ahora, pues la IA avanza a pasos agigantados) es útil para textos con lenguaje estructurado, por lo que suele aplicarse a textos de carácter técnico que se caracterizan por su objetividad y por no contener giros idiomáticos ni juegos de palabras, ironía o doble sentido. Existen numerosos contenidos creativos o idiomáticos que todavía no se prestan a la posedición”.

         Es evidente que la traducción audiovisual está incluida en esta excepción. Al menos por ahora.

         Acabo de leer una estupenda novela que me han regalado (el regalo de Sant Jordi, gracias, Yajaira), de una famosa escritora irlandesa, ambientada en la Ferrara de mediados del siglo XVI y traducida por una conocida y excelente traductora. Mi avisado ojo corrector (deformación profesional) “pilló” un laísmo de primaria y un divertido calco anacrónico: “Señora, si necesita algo, toque el timbre”. ¿El timbre en el siglo XVI? Seguro que en inglés decía ring the bell, o sea, “toque la campana.”. Quiero decir que si la traductora, repito, excelente traductora, se equivoca, como lo hacemos todos los humanos, errare humanum est, ¿qué se puede esperar de la inteligencia artificial?

         Hace unos días una persona muy cercana hizo una prueba con la inteligencia artificial con la siguiente frase: It’s exciting because we’ve only teased Dragonstone. ChatGPT tradujo: “Es interesante porque sólo hemos insinuado Dragonstone”.  Añadiendo de “bonus” que era una idea sin sentido. DeepL tradujo: “Es emocionante porque solo nos hemos burlado de Rocadragón”. Dos traducciones erróneas por ignorar el sentido de la palabra tease en el mundo cinematográfico. La traducción correcta era: “Es emocionante porque sólo habíamos hecho un avance de Dragonstone”. Yo mismo he hecho estos días una prueba con algunos de los motores de traducción mejor clasificados en Google, con un video de un conocido show de la TV americana, lleno de rimas, ironías, chistes, juegos de palabras, etc., y el resultado es tan, pero tan lamentable, que no tienen posedición posible.

         Hace unos meses hizo mucho ruido en las redes sociales en España, creo que incluso con la participación de ASETRAD, la asociación de traductores de España, un subtítulo en inglés de una película española, cuando una andaluza, con ese acento tan parecido al del oriental venezolano, dice: “Oye, miarma” (por mi alma, mi amor) y el subtítulo hecho en Netflix con inteligencia artificial decía: “Hey, my gun!”. Los comentarios que cada vez con mayor frecuencia aparecen en las redes sobre los subtítulos de Netflix son demoledores. Netflix pidió disculpas entonces, pero el problema continúa.

         Ya las grandes compañías de televisión, las cadenas, distribuidoras, vendors, cadenas de streaming, etc., están empezando a cancelar a centenares, si no millares, de traductores, sustituyéndolos por inteligencia artificial y “poseditores”, vulgos correctores, pagados con tarifas irrisorias y obligados a “poseditar”, corregir, varias películas en un día, algo materialmente imposible... si se quiere hacerlo bien, claro. A eso ya me refiero en mi artículo anterior. Pero si el problema es grave, aún lo es más si tenemos en cuenta en el momento en el que aparece. Hoy parece que la calidad ya no es un valor importante, un valor preferencial, ni en el supermercado, ni en la vivienda, ni en la traducción. Si el consumidor, el lector, el espectador no exige calidad, no habrá calidad, porque primará siempre la política empresarial de bajos costes y altos rendimientos.  ¿Qué hacer?  No hace falta leer a Piketty, ni Los miserables (aunque hay que hacerlo), para saber que hay que enfrentarse a ello y resistir. ¿Cómo? Seguro que a todos se les ocurren mil maneras. A mí se me ocurrió una hace muchos años, desde que ocupo la cátedra de Traducción Audiovisual en la Universidad Central de Venezuela, pero que nunca he podido llevar a la práctica, y tal vez ahora sea el momento: crear lobbies, grupos de presión en redes, en Internet, de espectadores cítricos denunciando la bazofia, haciéndoles saber a los canales transgresores que su desprecio por la calidad no es sólo un error lingüístico, sino una falta de respeto al espectador, al idioma y a nuestra dignidad de hablantes y de traductores. Esa es la trinchera a la que me refería. Como decían en París en 1968: ce n’est qu’un debut... Esto no ha hecho más que empezar...

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXIV / 5 de junio del 2023