martes, 18 de agosto de 2026

El terremoto cuatricentenario [DXLV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Aunque tomada casi 60 años antes, esta imagen
de
El Universal, podría confundirse con una
de hace menos de dos meses

 

 

         Todas las familias caraqueñas que conozco cuentan historias del terremoto de 1967 —incluso la mía, que no lo es—. Un amigo de la universidad me contó que sus padres se estaban dando su primer beso cuando los interrumpió el terremoto; no pudieron volver a besarse hasta que se lo indicó el sacerdote en la boda, casi dos años después. Una empleada de limpieza de una oficina donde yo trabajaba recordaba que el terremoto la había sorprendido en la ducha, y así salió hasta la sala de su casa; más tarde se vio en la calle envuelta apenas por el mantel de su mesa de comedor. Un hermano de mi abuela estaba viendo “El Dorado”, la película de John Wayne, en un cine de la avenida Urdaneta. “Yo era tan bajito”, narraba cada mes de julio, “que decidí esperar que salieran todos, no me fueran a aplastar en la carrera”.

         El detalle curioso de aquel 29 de julio—quizá frívolo, considerando que fue una tragedia— es que cuatro días antes se había celebrado el cuarto centenario de la fundación de Caracas, aunque los eventos conmemorativos no se detenían en esa fecha. La orgullosa Caracas estaba preparada para pasar de fiesta todo 1967. Y la naturaleza, otra vez, quiso darle una lección. El último sábado del mes terminó en catástrofe, y para muchos fue momento de comenzar todo otra vez.

         Esta semana, vamos a dar la palabra al periodista Guillermo José Schael (1919-89), en aquel momento reportero del diario El Universal, para que nos cuente lo que él mismo bautizó “el terremoto cuatricentenario”, y así tituló su obra. Leamos fragmentos de la introducción del libro, publicado en 1972 y subtitulado Lo que ocurrió en la noche del 29 de octubre de 1967:

 

Las esferas del reloj de la Catedra se partieron a las 8 y 2 minutos de la noche del 29 de julio de 1967 —año cuatricentenario de la ciudad—. El movimiento sísmico, que duró 35 segundos, seguido de otro de menor duración e intensidad, fue el más violento ocurrido en Caracas después del terremoto de la madrugada del 29 de octubre de 1900. Acusó un saldo trágico de cerca de 400 víctimas y causó daños materiales de consideración. Por ser fin de semana, numerosos vecinos se hallaban aquella trágica noche en los cines, restaurantes o simplemente asistían a reuniones familiares. Otros habían viajado al vecino litoral donde el mismo sismo causó estragos por su mayor proximidad al epicentro localizado por el Observatorio Cagigal en el mar, a 12 kilómetros de la costa. Su director, el capitán Ramiro Pérez Luciani, y el jefe del Departamento de Sismología, Dr. Gunther Fiedler, revelaron aquella misma noche a los periodistas que la violencia de la onda había roto los flejes de sujeción de las agujas pendulares, dejando al sismógrafo sin registros.

La localización del epicentro fue confirmada al día siguiente cuando la Comandancia General de la Marina informó que uno de los submarinos de la Armada que navegaba en la latitud norte 10,39 y oeste 66,5 a la hora de producirse el suceso, observó un repentino descenso de la sonda a cien brazas. La opinión oficial fue la de que el terremoto tuvo lugar en el mismo foco que habría dado origen al desastroso ocurrido el 26 de marzo de 1812. Al responder las preguntas formuladas por los periodistas que cubríamos la información, el capitán Pérez Luciani reveló que el Observatorio había recibido cerca de dos mil llamadas desde el 1º de enero al 25 de julio casi todas procedentes de la zona este de la ciudad y de personas que dijeron haber sentido leves temblores. Dichos movimientos de escasa intensidad, aunque registrados en la cinta del sismógrafo, fueron imperceptibles en otras zonas de Caracas, excepto los del 17 y 21 de junio que alcanzaron una magnitud de 1 y ½ y 1 y ¼ de la escala de Richter. Originalmente el epicentro se atribuyó a la región de los Humocaros, en el estado Lara, pero estudios posteriores indicaron que esta localización no era correcta [...].

 

         Más adelante, después de algunas explicaciones científicas sobre los movimientos sísmicos, Schael explica que, según Fiedler, el de 1967 ha sido “de los más espantosos terremotos observados durante su historia [la de Caracas]”; además, estuvo “acompañado de un fuerte rugido que duró unos 42 segundos, murieron más de 300 personas entre Caracas y el Litoral guaireño bajo montones de escombros de edificios”.

 

Caracas tiene alrededor de 6.000 edificios con más de cuatro pisos y unos 1.000 que pasan de 10 pisos. De los edificios altos, 180 fueron deteriorados gravemente, incluyendo 40 con daños estructurales, no habitables. Además, un número considerable de casas de una o dos plantas resultaron muy dañadas en Caracas, Litoral, Los Teques, Carayaca, Guarenas, Guatire y alrededores.

Cuatro edificios en el este de Caracas (Los Palos Grandes y Altamira) cayeron por completo, dejando un montón de escombros de pocos metros de altura —San José y Neverí, de 10 pisos, y Palace Corvin y Mijagual, de 11 pisos—. Parcialmente, dice Fiedler, cayó la Mansión Charaima. [...]

 

         Según Schael, a muchos llamó la atención el hecho de que en la noche del terremoto nunca se interrumpió el servicio de energía eléctrica. La explicación en este caso fue ofrecida por el ingeniero Asdrúbal Fuenmayor, del Departamento de Carga de la empresa La Electricidad de Caracas: hubo tres razones: el diseño del sistema del servicio, los procedimientos aplicados y la inmediata reacción de los empleados que estaban a cargo. Los equipos que se utilizaban en aquella época, aunque pudieran quedar desactivados por un movimiento de tierra, podían ser “fácilmente reconectados mediante telemandos o control remoto instalados con sentido previsivo”.

         Dos cosas impresionan en el libro de Schael: que ofrece gran cantidad de fotos del acontecimiento y una rigurosa lista de los nombres y otros detalles de las víctimas.

         Casi al final de la obra, también, el autor pone una breve nota sobre una peculiar coincidencia:

 

[El doctor Fiedler] anotaba como circunstancia curiosa el hecho de que los grandes sismos que han afectado a la ciudad de Caracas se han producido generalmente después del 20 de cada mes y en luna menguante. Consultada la retrospectiva Centeno Grau, podemos citar, como ejemplo, el terremoto de Santa Úrsula, ocurrido el 21 de septiembre de 1766; el del Jueves Santo 26 de marzo de 1812, luego el del 29 de octubre de 1900, y finalmente este [...] del 29 de julio de 1967. Únicamente el terremoto de San Bernabé, que sorprendió a Caracas la mañana del 11 de junio de 1641 se presenta como una excepción. El último sismo registrado oficialmente en Caracas data del 24 de julio de 1972, día onomástico del Libertador, poco antes de las 7:00 a.m.

 

         Otra coincidencia notable parece ser la de ocurrir durante fiestas, sean patrias o religiosas, en las que los venezolanos acostumbran desinhibir su incansable espíritu parrandero y bullicioso.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLV / 17 de agosto del 2026

 

 

 

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