Edgardo Malaver Lárez

“Justicia
determina que unas hogueras se formen para quemar
los difuntos”. El funeral de Patroclo (1778), de Jacques-Louis
David
María
Josepha Damiana Paz y Castillo Padrón nació el 26 de septiembre de 1765 en
Nuestra Señora del Rosario de Baruta, que en aquel momento no era parte de la
capital de Venezuela. Algunos especialistas la consideran la primera venezolana
que escribió poesía (en ausencia de registros sobre alguna anterior); según María
Ramírez Delgado, sólo se conservan dos de sus poemas, sin fecha: “Anhelo”,
principalmente místico, y “Terremoto”, que es, en toda ley, una crónica literaria
del sismo del 26 de marzo de 1812. “María Josepha de los Ángeles”, comenta Ramírez
Delgado hablando del segundo, “no se detiene en el poema en la sensación del
terremoto mismo, sino que recurre al poema para, desde la tragedia, expresar su
pensamiento dentro del y sobre el desastre”. El texto reúne todos los elementos
para cerrar dignamente nuestra serie dedicada a los terremotos de Venezuela.
Oigamos:
Terremoto
Sor María
Josefa de los Ángeles
Una triste
carmelita
de corazón
ajetreado
discurre de
aquesta suerte
para
distraerse en algo.
Qué tristes
son los asuntos
que se nos han
presentado
en el discurso
de un año
al pie del
Monte Calvario.
Ellos han sido
capaces
de que una
muda así hable,
pues creo que
hasta las bestias
hablaran, si
fuera dable.
En el veinte y
seis de marzo
la tierra se
estremeció,
de mil
ochocientos doce;
¡qué espanto,
qué admiración!
Todos los
templos se vieron
destruidos:
¡qué confusión!
¡Los templos
que en este día
es toda
nuestra atención!
La Majestad,
que allí expuesta
con
magnificencia estaba,
se vio en este
momento
en la tierra
sepultada.
Muchos días se
pasaron
y creo que aún
semanas
sin poderse
descubrir,
por
diligencias que se hagan.
Ha sido
crecido el número
de los que
allí sepultados
se vieron
entre las ruinas
en este
momento juzgados.
Los templos,
calles y casas
y toda nuestra
ciudad
cementerios se
volvieron
por los que
allí sepultados
en este día se
vieron.
No se oyen más
que lamentos
en la hermosa
Venezuela,
y solo por ser
cristianos
este golpe
resistieron.
Así es que no
se oye
entre sus
tristes querellas,
sino una
conformidad
que
enternecerá las piedras.
La Justicia
determina,
para preservar
los vivos,
que unas
hogueras se formen
para quemar
los difuntos
que estaban
entre las ruinas.
¡Oh, qué campo
tan abierto
nos queda a
los que esto vimos
del mundo y
todas sus cosas
pues no pueden
subsistirnos!
Se vieron
muchas señoras
de las que el
mundo seguían
ataviadas y
compuestas
en los
escombros metidas.
Como se iban
descubriendo
los perros se
las comían
y tiraban de
sus carnes
por el hambre
que tenían.
Las gentes
apresuradas,
a libertarse
salían,
y los campos
se poblaron
de los pocos
que existían.
A las cuatro
de la tarde
este espanto
sucedió
y el convento
en el momento
se volvió
lamentación.
A las veinte y
cuatro horas
fuimos de él
arrojadas
por un recado
fingido
que dio uno de
los guardas.
¡Oh, Dios qué
confusión ésta
para las
monjas del Carmen
sin pensar las
de sus prójimos
en fin en la
calle se hallan!
Sin haberes,
sin destino,
ni sin en
dónde alojarse
salieron de su
convento
poquito menos
que a rastras
No sé si
cuando veníamos
en cielo o en
tierra estábamos,
pues era tanto
el espanto,
que a
discurrir no acertábamos.
La Priora, que
por los años
ni andar puede
sin trabajo,
en el medio de
la calle
nos dice: “Yo
estoy cansada;
ya yo no puedo
seguir;
arrástrenme,
se esto es dable,
o busquen
quienes en hombros
me lleven a
acompañarlas”
¡Qué apuración
no sería
para estas
pobres monjitas,
pues que ven
que su prelada
que la carguen
necesita!
En fin, unos
hombres ven
esta grande
apuración
y nos ofrecen
que ellos
la traerán
entre los dos.
Una silla
solicitan
y la cargaron
entre ambos,
y nos
preguntan en dónde
pasaremos
entre tanto.
Ellos dicen
que si gustan
que tienen
unos solares,
que son los
que poseemos
en el discurso
de un año.
Entramos ya
por las puertas
de nuestra
nueva mansión
y salen a
recibirnos
las bestias,
¡gracias a Dios!
En una
caballeriza
nos dicen que
nos sentemos
entre tanto
discurrimos
qué destino
tomaremos;
mas como
nosotras nada
pensar en esto
podemos,
porque como
dicho está
ya discurrir
no sabemos;
los amos de
los solares
nos dicen que
nos sentemos,
que un toldo
que hemos traído
ellos ofrecen
ponerlo.
Por los lados
nos los cubren
con las cosas
de sus tiendas
hasta que
determinamos
nuestro
destino formal,
porque ya la
noche vino,
pues cuando
esto sucedió
ya se estaba
obscureciendo
y por eso nos
ofrecen
que de aquí ya
no pasemos.
Un mes entero
estuvimos
en aqueste
alojamiento
expuestas al
sol y al agua
y a todo
acontecimiento.
En fin,
formaron caney
y ya convento
tenemos
ya no hay por
qué afligirnos
en la aridez
de este cerro.
Para que nada
se quede
ni en enigmas
ni en bosquejos,
empezaremos el
mapa
del convento
que tenemos.
Este sitio es
tan ameno
y fértil en
producir,
que fueron
tantas las plagas
como ya voy a
decir.
Clausura dicen
que tengo
en el cerro
del Calvario,
y entre tabla
y tabla cabe
seña Chapona
sentada.
Amarrada con
cabuyas,
ni un
poquitico delgada,
al pie de ésta
está la reja
con su muchito
candado.
Más arriba
está el postigo,
la llave de mi
tamaño;
éste dicen que
es el torno,
que es lugar
muy reservado.
Tendrá media
vara de ancho
el señor
Locuteriado,
y del otro
lado quedan
las escuchas
duplicadas.
La puerta del
locutorio
es una grande
frazada,
y la pieza que
se sigue
es la cocina
abreviada.
De allí se va
al refectorio,
que de lienzo
está rodeado
y aqueste es
todo el convento
en que estamos
enclaustradas.
La iglesia es
de los seglares
pues tan
ceñidas estamos,
que una misa y
nada más
se nos dice
reservada.
A esta iglesia
sigue un coro
tan hermoso y
tan cuadrado
que los santos
contra el suelo
están en él
muy colgados.
El nivel es
tan hermoso
que cuando nos
confesarnos
agarranos es
preciso
para no
desapartarnos
El rodar en él
es fácil
y son tantos
los pilares
que no sé como
hay narices
entre las
monjas del Carmen.
Las celdas son
tan hermosas
tan unidas y
arregladas,
que creo no
estarán más
las tejas en
el tejado.
Sus techos son
tan hermosos
que aún en el
suelo paradas
sin estirarnos
tocamos
ese grande
entapizado.
Pensando estoy
cuando un día
todas juntitas
andemos
por ser tantos
los trabajos
para habernos
de taparnos.
Los paramentos
de iglesia,
imágenes y
retablo,
en una cocina
sucia
han venido por
guardados.
Y los demás
por el suelo,
de ratones muy
rodeados,
ha sido más
que milagro
él haberse
conservado.
Este es el
mapa, señores
del gran
convento del Carmen
de descalzas
recoletas
cercadas de
cuatro tablas.
En medio de
una sabana
al pie del
monte Calvario,
registradas y
patentes
como ya dicho
se haya,
Qué edificio
tan hermoso
y tan bien
amurallado,
como lo manda
la regla
de Alberto
Magno copiada.
Así nació
la poesía escrita por mujeres en Venezuela: estremecida de la fuerza de la
tierra, en medio de un dolor compartido y exprimiendo toda su belleza de la fe.
emalaver@gmail.com
Año XIV / N° DXLVII /
31 de agosto del 2026
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