lunes, 14 de diciembre de 2015

El rito milenario [LXXXVI]

Alison Graü A.



         Una de las razones por las que me motivé a escribir un rito es por el significado de esa palabra y lo que denota en el habla.
         La Real Academia Española define la palabra de la siguiente forma:

1. m. Costumbre o ceremonia. 2. m. Conjunto de reglas establecidas para el culto y ceremonias religiosas.

Luego de saber el contenido profundo que guarda, esta ‘palabrita’, por muy simple que parezca, es extremadamente compleja y digna de respeto.
         El rito evoca lo religioso, lo íntimo del ser humano con sus creencias, pero qué más humano que el lenguaje, y qué más ritual que la materialización de la lengua.
         Cada vez que le damos forma al pensamiento, por medio del habla o de la escritura, invocamos los espíritus de la humanidad; resucitamos esos seres milenarios, esas culturas antiguas, esas voces arquetipales; y al final ratificamos nuestra especie como una congregación religiosa que tiene en común la veneración y sumisión a su dios: el lenguaje.
         “Las palabras tienen alma”, dijo no hace muchos años Walt Whitman. Vaya que nuestro poeta, poeta del aire, del agua, del hombre y mujer, del niño y anciano, tenía muy claro el sentido de lo ritual. Las palabras se mueven, respiran, se alimentan y reproducen, pero se diferencian del hombre en que estas primeras prevalecen, son inmortales. Y como sabemos de su inmaterialidad, de su espiritualidad casi tangible, nos hemos convertido en chamanes que evocan almas de antepasados que en sí habitan desde siempre en nuestra voz.


alison_grau@hotmail.com




Año III / Nº LXXXVI / 14 de diciembre del 2015

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