lunes, 27 de julio de 2015

El griego en función del castellano [LXVII]

Ariadna Voulgaris


         Mi padre es griego. O más precisamente lo era su padre. Yo aprendí muchas palabras griegas en las rodillas de mi abuelo, y luego estas palabras me han acompañado e iluminado cuando he estudiado matemática, historia, anatomía, etc. Y este etcétera incluye la lengua española. ¿Qué es lo que en español no proviene del griego, aunque sea después de ser decantado por el latín? Desafortunadamente, mi abuelo murió antes de que yo me hiciera totalmente consciente del tesoro que me estaba inyectando con las sonrisas y los juegos con que entretenía a la única nieta que logró conocer.
         Como mi familia, después de 55 años en Venezuela, ha tenido que volver a Grecia, yo me puse a buscar trabajo aquí con la desventaja de que ahora nuestra lengua materna es el español. Pero esa fue una desventaja hasta el día en que comencé a trabajar en un instituto de artes escénicas donde me han encargado dos cursos de español para jóvenes que tienen que estudiar al menos dos lenguas extranjeras para graduarse. Todo el material didáctico está seleccionado, profesores y alumnos tienen total acceso a él desde el principio y nadie duda que el método que hay que adoptar sea efectivo —ha sido aprobado siguiendo patrones de la Unión Europea—, pero la campana de la curiosidad ucevista no deja de repicar en mi cabeza. Tengo que formarme mi propia visión de lo que voy a hacer en el aula.
         En mi segundo día en el instituto pregunté por la biblioteca, que terminó llamándose, también, María Callas. Y ahí me esperaba un libro. Es un libro sencillísimo, de 93 páginas (de las cuales apenas 35 se pueden considerar parte de un método de enseñanza del griego) que casi ni menciona siquiera qué hacer con los textos, con los ejercicios, con los ejemplos. De los diez capítulos (diez lecciones) que lo forman, el primero trata del alfabeto y el resto de una lectura en la cual el autor simplemente indica que el estudiante debe encontrar las palabras de origen griego que hay en cada texto y buscar su significado, presumiblemente para conectarlo con el prefijo, la raíz o el sufijo de esas palabras.
         El libro es de 1971, lo cual lo condena al exilio de mi bibliografía regular, pero me ha permitido hacer algunas travesuras muy fructíferas. Cuando los muchachos, muy jóvenes todos, se dan cuenta de la inmensa ventaja que tienen al hablar griego como lengua materna, casi sin quererlo se apasionan por el español. El secreto de este autor es que los textos, auténticos y de diversos orígenes, rebosan de palabras de origen griego que además son de uso cotidiano en el griego actual. Son tan numerosas, que no puede uno contentarse con hacer un solo ejercicio, siempre desea hacer otro y otro. Al final, el estudiante se siente en casa intentando construir imágenes ajenas con reglas propias... o imágenes que son de todos con reglas que ya no sienten tan ajenas.
         No me figuro de ningún modo si eso pasa en otra combinación de idiomas, pero con mis muchachos griegos ha pasado y yo me siento feliz de que las lenguas extranjeras que hay entre ellos y yo terminen intercambiándose para ser propias de todos.
         Ah, el libro, del cual, según Google, sólo se conserva un ejemplar en la Biblioteca Central del Estado Trujillo, se titula El griego en función del castellano, y fue escrito por el sacerdote venezolano Manuel Montaner.


ariadnavoulgaris@gmail.com




Año III / Nº LXVII / 27 de julio del 2015

lunes, 20 de julio de 2015

La diabetes es grave (o la esdrujulización a la venezolana) [LXVI]

Azury Mendoza


         Hay ámbitos profesionales cuyos dictámenes tienen el poder de perseguirte de por vida. Abogados, profesores, políticos, médicos y brujos gozan de un privilegio supernatural de lanzarte jeringonzas con una espontaneidad tan ordinaria y pasmosa para esperolarte la vida, que resulta casi vergonzoso cuestionar tanto la veracidad de lo que te dicen, como la forma en la que te lo dicen.
         Y cuando hablo de la forma, en esta ocasión me refiero al tonito: hace poco mi médica me soltó la perla de que era prediabética... y que la diábetes era grave. Ah, mundo.
         Que lo fuera (no sé, en mi ignorancia me suena que pre-padecer de una enfermedad —o condición, tampoco sé— es como estar medio preñao) ya era bien particular de escuchar, pero más particular me resultaba escucharle a mi médica semejante tonito. Nunca imaginé que recordaría a Rosenblat en un consultorio, y que pudiese encontrar jocoso un diagnóstico clínico. O peor, que pudiese reírme en la circunspecta cara de una galena mientras me condenaba a una vida de Glucofage. De liberación prolongada.
         Resulta que, tal como las profesiones de abogado, médico y brujo (me reservo las del político y profesor para otras entradas); la del lingüista también puede ser una profesión cuyos dictámenes pueden perseguirte hasta cuando estás dormido, soñando con las barrabasadas que leíste por la mañana en el diario, o con aquella que tú mismo dijiste en tu primer año de carrera por allá en el año del Y2K.
         “Disculpe, doctora. La diabetes es siempre grave, nunca esdrújula. Buen día”. Y récipe en mano, recordé que la norma se impone desde las bases, y que en Venezuela miramos feo a quien no habla en cristiano, pues, como todo el mundo. Y entonces, recordé a Grice. Y volví a pasar por loca en la farmacia al soltar otra de mis carcajadas.
         Desde entonces, cuando alguien me pregunta por qué no digo diábetes, como todo el mundo en Venezuela —¡hasta médicos y médicas!—, les digo que es por culpa de vicios tan dulces y dañinos como la lingüística.


azurybrian@gmail.com


Año III / Nº LXVI / 20 de julio del 2015

lunes, 13 de julio de 2015

¿Y esta no era muda? [LXV]

Edgardo Malaver


            La primera vez fue en el banco. Cada quince días, al salir de la escuela, antes de irnos a casa, mi madre tenía que cambiar su cheque, y yo iba con ella. Me gustaba el lugar porque era el único que conocía donde había aire acondicionado. Aquella tarde en que vi la primera, sin embargo, no me interesó en nada el frío, al descubrir desde la otra acera que pretendía recibirme el misterio. Era un letrero de cuatro letras blancas sobre fondo verde en la puerta de vidrio del banco, y yo las leí detallada y meticulosamente. Le pregunté a mi madre qué significaba y ella me la tradujo a la lengua hablada. Después de eso, en el banco, en la escuela, en la casa, en la iglesia, en el mercado, ¡en los libros!, miles y miles de veces me encontré otras muchas palabras como aquélla, que se escriben con hache y todo el mundo las pronuncia con jota. Más tarde, cuando empecé a aprender inglés en bachillerato y me di cuenta de que en esa lengua casi todas las palabras que en la escritura comienzan con hache se pronuncian como si en realidad comenzaran con jota, pensé que aquella era una manía que se nos había pegado de los gringos.
            Cualquiera creería que son tres o cuatro y que apenas las usan los andaluces (o más bien los gitanos), y ciertamente de ahí toma Federico García Lorca aquel título, oloroso a pueblo, de Poema del cante jondo (1931). Sin embargo, aunque la letra de “Burundanga” diga: “Bernabé le pegó a Muchilanga, / le dio burundanga, le hincha los pies”, la recordada Celia Cruz pronunciaba ese verbo con jota, y, de hecho, pronunciarlo con hache causaría un problema en la métrica del verso.
            En Margarita —donde probablemente se encuentre el acento más cercano al de Andalucía que haya en Venezuela—, los habitantes de Los Hatos, antiguo nombre de Altagracia, son llamados jateros; las tejedoras de hamacas las hacen desplazando un jusillo, o husillo (hermoso diminutivo de huso) entre los hilos tensados verticalmente en el telar, y si uno come mango, lo que le queda entre los dientes no serán jamás hilachas, sino jilachas. Al pan que no se come en tres días le cae mojo, no moho. Antiguamente, cuando se cocinaba con leña, ésta se traía del monte en un pequeño jaz, nunca en un haz. Mucha gente vivía en casas de bajareque, los viejos recordaban largas retajilas de cuentos de sus abuelos y nunca quedaban jartos de comer pitajayas.
            En otros lugares (y no sólo de Venezuela), la acción de balancear algo, como si meciéramos una hamaca, pero especialmente si se hace con cierta violencia, se llama jamaquear, en lugar de hamaquear. Hay zonas en las que las frutas maduras ya están “hechas”, es decir, comestibles, pero en otras, están jechas. Los que estén ajitos, no ahítos, como dice el diccionario, pueden llegar a jipear, que no hipear. En Barlovento existe una canción en honor a san Juan Bautista que dice: “Juan Apolinar, de Pozo Hondo, / se lava la cara pero es muy jediondo”. Y aunque originalmente era un insulto de los amos contra los esclavos, una persona de piel negra puede llamar a otra mujina (o, más extendido, mojina), que era como llamaban aquellos, blancos y negros, a las bestias de carga.
            A ambos lados del océano se come un pescado largo y delgado que casi tiene más huesos que carne, y a ambos lados hay quienes lo llaman tahalí (Cervantes, por ejemplo) y quienes pronuncian tajalí, como los pescadores de Puerto La Cruz, de Naiguatá y de Adícora. A ambos lados del océano la gente bebe y se ajuma; en San Juan de Puerto Rico y en La Victoria, Venezuela, pueden incluso jenderse de la risa.
            ¿Entonces?, ¿la hache no era muda? Para serlo, habla demasiado. Y los gringos tendrán muchas culpas, pero esta no la tienen. Si de ahora en adelante le vuelven a decir que la hache tiene ese impedimento audio-fonético, primero póngalo en duda y luego, recordando estos 22 ejemplos, procure que no se le reviente la jiel.

emalaver@gmail.com




Año III / Nº LXV / 13 de julio del 2015

lunes, 6 de julio de 2015

¿“Me he caído” o “me caí”? [LXIV]

Camila Guette


         “Me he caído”. Esa frase quedó grabada en mi memoria desde la primera vez que vi la versión doblada al español de España de la tercera película de la saga de Harry Potter hace unos cuantos años. Inmediatamente pensé que yo también me he caído unas cuantas veces, pero si desde el momento en el que me caí hasta que me levanté solo han transcurrido unos cuantos segundos digo: “Me caí”.  ¿Cómo es que el pretérito perfecto se nos presenta como algo más que imperfecto? Cuando aprendí francés vi que también usaban algo parecido, el passé composé: je suis tombé, y que en alemán usaban el Perfekt: ich bin hingefallen. Entonces dije: ¿será que este fenómeno solo se da en Europa? Pero resulta que no, pues en varias regiones de las Américas también se utiliza el pasado perfecto y en países francófonos del Caribe igualmente utilizan el passé composé en francés (pero eso obedece a que desde hace mucho tiempo el pasado simple quedó consagrado al lenguaje escrito).
         Para los españoles, el pretérito perfecto a veces se refiere también a una situación no concluida, por ejemplo: “Siempre lo he creído un inútil”. En este caso, el adverbio de tiempo “siempre” nos deja claro que no se trata de una acción fugaz. Es evidente que con algunas lenguas primero fue el huevo y luego la gallina (que no es el caso de los lenguajes artificiales de las computadoras, pero sí de otras lenguas previamente creadas como es el caso del esperanto o hasta el élfico de Tolkien, cuyo fracaso tal vez se deba a que son prescriptivas, o quizá imaginarias).
         Y es que la manera en que se clasifican los lenguajes, como en el caso de la música, es descriptiva. El lenguaje musical es casi matemático, lógico y complejo, pero no por eso dejó de sonar en las cavernas, y no creo que encuentren en la cueva de Altamira alguna clave de sol en la pared. Quizá la respuesta a por qué el pretérito perfecto no es tan perfecto es que estas clasificaciones intentan crear una taxonomía que englobe la mayor cantidad de fenómenos y los simplifique para que otros podamos entender las lenguas, estudiarlas y algunos aprenderlas.
         La lengua está hecha a imagen y semejanza del hombre, conserva su inteligencia y sus desaciertos, su irracionalidad y su ilustración. En pocas palabras, está impregnada de su imperfección. Así que si se han caído o se cayeron, recuerden que un adverbio siempre marcará la diferencia.

camila.guette@gmail.com



Año III / Nº LXIV / 6 de julio del 2015

lunes, 29 de junio de 2015

El fútbol como metáfora de la guerra (y III) [LXIII]

Laura Jaramillo

El fútbol es un poema
 y los jugadores son los poetas.

Lázaro ‘Papaíto’ Candal


         Las crónicas de fútbol no solo están inundadas de expresiones bélicas, podemos ver también que hay una inclusión de términos provenientes de variados campos semánticos:

·           Física: ‘Viernes de alta tensión’, Meridiano, julio 4 del 2014, en relación al encuentro Brasil y Colombia;
·           Literatura: ‘El capitán en su laberinto’, Meridiano, octubre 21 del 2009, titular relacionado al jugador Juan Arango;
·           Teatro: ‘Costa Rica escribió una tragedia griega’, Meridiano, junio 30 del 2014, en referencia al juego entre Costa Rica y Grecia;
·           Hipismo: ‘Con todos los caballos’, Líder, marzo 4 del 2015, titular que alude a los jugadores de la Vinotinto.

         Mucho se critica por el uso quizás inadecuado del lenguaje deportivo, pero el uso de metáforas enriquece la lengua, de allí que podamos observar que el uso del lenguaje literario sea común en el mundo del discurso periodístico. Como dijera en alguna oportunidad el profesor Alexis Márquez: las figuras retóricas no son de uso exclusivo de la literatura.
         El fútbol necesita ser contado con ingenio, con expresividad, con color, y la mejor manera de hacerlo es a través de la invención de frases como los titulares: ‘¡Messías!’ (Meridiano, junio 22 del 2014, en referencia al jugador Lionel Messi); ‘Mordisco al título’ (Meridiano, marzo 23 del 2015, referente al jugador Luis Suárez que tiene fama de morder a otros jugadores durante los partidos).
         Además, “nuestro lenguaje está conformado por metáforas, no importa a cuál campo semántico pertenezcan, ni el discurso en el cual se presenten, lo que verdaderamente importa es que la metáfora es un instrumento imprescindible para una comunicación exitosa[1].
         No en vano el periodista Lázaro ‘Papaíto’ Candal realiza esa magnífica afirmación, pues gracias a los futbolistas, el fútbol se convierte en un poema, y, por supuesto, eso debe quedar absolutamente plasmado en las crónicas, tal como lo expresa Galeano:

En el fútbol, ritual sublimación de la guerra, once hombres de pantalón corto son la espada del barrio, la ciudad o nación. Estos guerreros sin armas ni corazas exorcizan los demonios de la multitud, y le confirman la fe: en cada enfrentamiento entre dos equipos, entran en combate viejos odios y amores heredados de padres a hijos[2].


laurajaramilloreal@yahoo.com




[1] Jaramillo, L. (2013). El fútbol como metáfora de la guerra. Estudio cognoscitivo de la metáfora bélica presente en las reseñas de fútbol de los diarios deportivos venezolanos Líder y Meridiano. Trabajo de grado no publicadoUniversidad Central de Venezuela, Caracas.
[2] Galeano, E. (2002). El fútbol a sol y sombra y otros escritos. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.



Año III / Nº LXIII / 29 de junio del 2015

lunes, 22 de junio de 2015

El fútbol como metáfora de la guerra (II) [LXII]

Laura Jaramillo


         Según el lingüista George Lakoff y el filósofo Mark Johnson[1], el fútbol tiene una estructuración que asemeja a la de la guerra. En el campo deben existir dos bandos, una ofensiva y una defensiva; el ataque y el contraataque; la victoria o la derrota.
         En consecuencia, podemos ver cómo de alguna manera se fusionan ambos lenguajes, dando como resultado las siguientes analogías:

  • ariete: además de ser una máquina militar para derribar murallas, con esta palabra se designa al jugador delantero centro o goleador de un equipo.
  • bombardear: en su significado base, es la acción de lanzar o disparar bombas o proyectiles explosivos. En un contexto metafórico, se refiere a la acción de atacar el arco del equipo contrario, es decir, chutar constantemente contra la portería rival.
  • contraataque: se refiere a la reacción ofensiva contra un enemigo o rival para responder a sus ataques. En el lenguaje del fútbol, es el momento en que un equipo recupera el balón, luego de un ataque contrario, e intenta llegar a la portería rival, solo o con sus compañeros, lo más rápido posible para que el equipo adverso no se organice y anote un gol[2].

         La metáfora bélica engalana las crónicas de fútbol, adereza el relato, así como lo mencioné en un artículo pasado, al referirme a palabras de Jesús Cova, cuando afirma que el lenguaje bélico es ‘la salsa que se le pone al plato sobre la mesa’.
         En el campo de fútbol se gana la gloria o el destierro, y eso debe reflejarse en el lenguaje, porque el lector quiere revivir ese momento, sin importar si fue emocionantemente victorioso o trágicamente derrotista. “El deporte se convierte en la representación de la guerra, es una guerra incruenta que despierta, de alguna manera, nacionalismo y fervor popular” (Franco Arturi, subdirector de La Gazzetta dello Sport).

laurajaramilloreal@yahoo.com




Año III / Nº LXII / 22 de junio del 2015



[1] Lakoff, G. y Johnson, M. (2009). Metáforas de la vida cotidiana. (8va. ed.) Trad. C. González. Madrid: Ediciones Cátedra.
[2] Jaramillo, L. (2013). El fútbol como metáfora de la guerra. Estudio cognoscitivo de la metáfora bélica presente en las reseñas de fútbol de los diarios deportivos venezolanos Líder y Meridiano. Trabajo de grado no publicado, Universidad Central de Venezuela, Caracas.

lunes, 15 de junio de 2015

El fútbol como metáfora de la guerra (I) [LXI]

Laura Jaramillo

Si quieres la paz, prepárate para la guerra[1]
En ocasión de la Copa América, Chile 2015

         Esa expresión, considerada una máxima militar, es frecuente dentro de contextos políticos o religiosos, y nos remite a un significado connotativo de desafío o reto por parte de quien la exprese. Sin embargo, y en un ámbito absolutamente contrario a los mencionados, podemos observar que en el deporte es bastante frecuente el uso del lenguaje belicista como herramienta para narrar sus variados acontecimientos.
         Esta particularidad en el discurso deportivo se puede verificar en las crónicas de beisbol, boxeo, hipismo, pero muy especialmente en las crónicas de fútbol, que reflejan una extraordinaria comunión entre el redactor y el lector, es decir, el primero sabe para quién escribe y el segundo sabe qué va a leer, lo cual da como resultado un fantástico entramado metafórico.
         Las metáforas bélicas son para el periodista el elemento clave en estas crónicas futbolísticas, porque son el vehículo perfecto para transportar al lector a ese momento tan emocionante que vivió y que quiere recordar. Esas metáforas, además de mover todo un sentimiento, de alegría o de tristeza, activan un mecanismo cognitivo, tanto en el que escribe como en el que lee.
         En este proceso de cognición se apela constantemente al bagaje cultural, que vive en un lugar llamado memoria a largo plazo. Esta magnífica memoria es la que permite recordar todo tipo de información, en especial la deportiva y, por ende, la militar. Es esa memoria la que facilita esa fantástica comunión entre redactor y lector, porque ambos manejan la misma información, el mismo fanatismo, el mismo sentimiento.
         Si retrocedemos un poco la película, podremos ver que el fútbol tiene más de 100 años de existencia; sin embargo, su modo de jugarlo está plasmado en un manual de ejercicios militares, que data de los siglos II y III antes de Cristo, durante la dinastía china de Han:

Se lo conocía como “Ts’uh Kúh”, y consistía en una bola de cuero rellena con plumas y pelos, que tenía que ser lanzada con el pie a una pequeña red. Ésta estaba colocada entre largas varas de bambú, separadas por una apertura de 30 a 40 centímetros. Otra modalidad, descrita en el mismo manual, consistía en que los jugadores, en su camino a la meta, debían sortear los ataques de un rival, pudiendo jugar la bola con pies, pecho, espalda y hombros, pero no con la mano[2].

         La anterior información, aunque no totalmente fiel, es una muestra de cómo el fútbol, desde que es fútbol, siempre ha tenido relación con lo bélico, con lo cual puede inferirse que la guerra forma parte casi esencial del fútbol, en pocas palabras, pues, el fútbol es la metáfora de la guerra.

laurajaramilloreal@yahoo.com




[1] Flavio Vegecio Renato (2006). Compendio de técnica militar. Madrid: Editorial Cátedra.
[2] Datos tomados de la página web de la FIFA.




Año III / Nº LXI / 15 de junio del 2015

lunes, 8 de junio de 2015

La rebelión de las cosas o Usted es la culpable [LX]

Leonardo Laverde B.


         —En la oración A Juan se le cayó el lápiz, ¿cuál es el sujeto?
         —Juan, claro.
         —No.
         —¿Cómo que no?
         —Pues no.
         —¿Entonces quién va a ser? ¿El lápiz?
         Según diversas investigaciones, el sujeto prototípico del español corresponde, desde el punto de vista semántico-pragmático (mas no gramatical), a una entidad humana y específica (Sedano, 2011: 364). Probablemente esta sea la razón por la que muchas personas, que normalmente identifican al sujeto con facilidad, se confunden cuando este no corresponde a una persona. La situación se agrava cuando hay un ser humano en otra parte de la oración.
         El rasgo que distingue inequívocamente el sujeto de otras funciones sintácticas (salvo el atributo y el complemento predicativo) es la concordancia con el verbo. En la oración anterior, si sustituimos Juan por ellos el verbo permanece invariable. Por el contrario, si cambiamos lápiz por lápices, nos vemos obligados a decir cayeron. Por lo tanto, el lápiz es el sujeto.
         Algo parecido sucede con el verbo gustar. En oraciones como A mí me gusta el chocolate, existe la tendencia a señalar como sujeto a mí. Sin embargo, hay tres razones por las que esto no es posible.
         En primer lugar, no es un pronombre de función sujeto; el correspondiente a la primera persona del singular sería yo.
         En segundo lugar, si cambiamos el a plural (nosotros) el verbo no cambia, así que debemos buscar el sujeto en otra parte.
         Por último, en el verbo español gustar (a diferencia de su equivalente like, en inglés), el sujeto gramatical es quien causa agrado, no quien lo siente. En nuestra oración, el insolente chocolate se arroga la función de sujeto gramatical, mientras que el orgulloso ser humano debe contentarse con ser objeto indirecto.
         ¿Por qué nos confunde tanto el verbo gustar? Tal vez porque acostumbramos pensar en los verbos como acciones intencionadas ejecutadas por alguien. Sin embargo, cuando a mí me gusta alguien (por ejemplo, la mujer que miro mientras estoy escribiendo esto), sucede algo dentro de mí, pero en realidad esa persona no está haciendo nada, solo se limita a existir (¡gracias por eso!).
         —Me gustas —le digo.
         —¿Por qué te gusto?
         —¡Dímelo tú! ¡Eres la que me gustas!

llaverde2@gmail.com


Referencias

Sedano, M. (2011). Manual de gramática del español con especial referencia al español de Venezuela. Caracas: Universidad Central de Venezuela.




Año III / Nº LX / 12 de junio del 2015

lunes, 1 de junio de 2015

La cucha que no es cuchara [LIX]

Laura Jaramillo


         Además de escribir gamelote, de vez en cuando me gusta hacer dulces (tortas, galletas y afines), y muchas veces cuando estoy escribiendo los ingredientes de las recetas, acostumbro abreviar las palabras para poder anotar rápido, porque los ‘chefes’ creen que uno puede mascar chicle y caminar al mismo tiempo, o escribo o veo cómo es que se hace el dulce. En fin, una de esas abreviaturas es la de cucharada, por ejemplo, una cucha de azúcar o una cucha de manteca de quilla, entre otras.
         En ese ínterin, de receta en receta, descubrí, como cosa rara, que en Colombia utilizan mi recurrente abreviatura ‘recetera’, para nominar a todo ser pasado de años. A los abuelos, a los padres y a todo desconocido que tenga pinta de estar pisando el piso 5 o piso 6, y sus sucesivos[1], le dicen cucho (a).
         Curiosamente, la palabra vieja la utilizan los colombianos, la mayoría de las veces, solo para referirse a la mujer femenina, pero de forma despectiva, en especial, cuando la vieja fastidia mucho. Aunque cucha puede llegar a ser despectivo también, solo que eso depende del contexto situacional, o sea, de la señora aquella llamada pragmática.
         Otra curiosidad de cucha es que tanto el masculino como el femenino, modificaron su significado base. En ambos géneros, nuestro significado lo da el DRAE en su cuarta acepción y la define como vejestorio.
         Se deben acordar de mi famosa vecina, que le encanta Colombia tanto como a mí; ella cuando va a mi casa, le dice a mi mamá cucha y a mí cuchita, y nosotras le decimos a ella cuchona, no es que tenga una pila de años encima, pero es una barquisimetana muy vivida. Então, como dicen los lusos, nosotras somos el trío de las cuchas recocheras, y de vez en cuando matamos tigres dando serenatas.
         Ahora, cuando voy a comer, siempre le digo a mi mamá: Cucha, pásame la cucha ahí.

laurajaramilloreal@yahoo.com




Año III / Nº LIX / 1° de junio del 2015





[1] No sé si esta acotación esté de más, pero para los que posiblemente no sepan, los que están en el piso 5 son los cincuentones, y así sucesivamente. Yo todavía estoy en el sótano.

lunes, 25 de mayo de 2015

Solo sé que no lleva acento [LVIII]

Camila Guette


         A veces me pregunto si Andrés Bello entendería nuestra manera de hablar y escribir hoy en día y la verdad es que no me cabe la menor duda. Viniendo de un erudito como ese, no me sorprendería. Pero la triste realidad es que no todos somos eruditos, que luchamos para siquiera escribir una línea y pasamos días borrando y reescribiendo hasta un simple tuit, y cuando ha llegado el momento de que alguien lo lea, empiezan los remordimientos: ¿por qué lo escribí?
El uso impone la regla, de lo contrario, estaríamos escribiendo en la lengua de Cervantes que, aunque nos duela aceptarlo, ya no es la misma. Ese sí que no entendería ni medio. Ya son cerca de 500 millones de habitantes los que hacen uso del español, es decir, que hablan y en ocasiones también leen. Solo unos cuantos escriben, ya sea como oficio o por razones académicas, y una fracción más pequeña está al tanto de la normalización de la Real Academia Española. Debo decir con vergüenza que no soy uno de ellos, y no es que me haya unido al clan de Cortázar, que sí gozó en su momento de su licencia de escritor para jugar con el lenguaje. Para muestra, un extracto del peculiar texto del escritor argentino Cesar Bruto con el que Cortázar encabeza su prólogo de Rayuela:

Siempre que viene el tiempo fresco, o sea al medio del otonio, a mí me da la loca de pensar ideas de tipo eséntrico y esótico, como ser por egenplo que me gustaría venirme golondrina para agarrar y volar a los paíx adonde haiga calor, o de ser hormiga para meterme bien adentro de una cueva y comer los productos guardados en el verano o de ser una bívora como las del solójico, que las tienen bien guardadas en una jaula de vidrio con calefación para que no se queden duras de frío, que es lo que les pasa a los pobres seres humanos que no pueden comprarse ropa con lo cara questá... (Cortázar, 1963, p. 83).

Fue hace apenas unos meses que me enteré de que “solo” no llevaba acento y los demostrativos “este” y “esta” tampoco. Mi consuelo llegó pronto cuando me di cuenta de que no era la única. Al principio me invadió un sentimiento de nostalgia, pero luego solo me causó una gran molestia. Y no fue el hecho de poner o quitar un acento, sino la pretensión de querer imponerse sobre el uso, sobre los hablantes, quienes son, a fin de cuentas, los que le dan sentido a la lengua. Ellos la crean y ellos la destruyen. ¿Que deben respetarla? Por supuesto. Pero hay que tener en mente siempre, que como todo ente vivo, la lengua tampoco goza de la anhelada inmortalidad. Del mismo modo que no nos bañamos dos veces en el mismo río, como bien decía Heráclito, la lengua deviene tan fugaz, tan efímera como un melancólico y solitario acento…

camila.guette@gmail.com


Referencias

Cortázar, Julio (1963). Rayuela. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.




Año III / Nº LVIII / 25 de mayo del 2015

lunes, 18 de mayo de 2015

¡Mosca! [LVII]

Edgardo Malaver Lárez


            Voy a sonar a Laura Jaramillo: la imaginación lingüística de los venezolanos no parece tener límites. Esa capacidad de encontrar semejanzas —construir metáforas, pues— entre lo que está pensando y algún elemento de la realidad tangible (capacidad que tienen todos los pueblos del mundo) en Venezuela parece agudizarse, multiplicarse, refinarse a niveles que merecen aplausos. O... ¿será la cercanía, una cercanía tan cercana que estoy entre... nosotros, lo que me hace pensar eso?
            Los problemas, como situaciones complicadas a las que se da vueltas indefinidamente, son asimilados a rollos, y como las serpientes suelen enrollarse en sí mismas, un problema termina siendo una culebra. Estas particulares culebras también hay que "matarlas por la cabeza" para acabar con ellas. Las telenovelas, por cierto, son, ni más ni menos, eso, enredos, y, por tanto, se les llama también culebrones. Si alguien parece estar desorientado, se le hiperboliza diciendo que está más perdido que el hijo de Lindbergh. Cuando Benedicto XVI renunció a sus funciones como cabeza de la Iglesia en el 2013, los perrocalenteros de Caracas comenzaron a ofrecer a sus clientes el perro vaticano, es decir, con todo pero sin papa.
            La expresión que me llama la atención esta semana es una que bien podría agregarse al glosario zoológico de Laura Jaramillo: ¡mosca! Recuerdo con claridad el día en que oí por primera vez este uso de esta palabra: un compañero al salir del liceo estaba a punto de cruzar la calle sin mirar a los lados, y un transeúnte le gritó: “¡Mosca, muchacho, que vas a quedar como una estampilla en la carretera!”. Decir “¡mosca!” equivale a decir “pon atención”, pero tanta como ponen las moscas cuando se paran sobre la comida. Todos hemos intentado atrapar o matar moscas desde que el mundo es mundo y todos tenemos ya la conclusión de que son los animales más rápidos del mundo. Se supone que se debe a que sus ojos tienen miles de pequeñísimos lentes que le permiten ver en todas las direcciones a la vez e identificar instantáneamente movimientos y cambios de luz, lo cual no puede hacer un ojo simple como el de otros animales.
            Un día mi profesor de estilística del francés, Homero Vásquez, predijo que esta palabra, una vez que emigrara de la jerga juvenil al habla general, terminaría registrada en el diccionario como “interjección que se utiliza para advertir a alguien sobre un peligro inminente o para amenazar”. Eso no ha sucedido, pero sí encontramos en el diccionario varias expresiones que incluyen este alado insecto lingüístico. La que más podría interesarnos es exactamente la que se usa en Venezuela, aunque el significado que da el diccionario nos deja con un suspiro de duda: estar mosca, que remite a tener la mosca detrás de la oreja: ‘estar escamado, sobre aviso o receloso de algo’.
            ¿Estar escamado? ¿Qué significa eso? El diccionario parece expresarse en términos tan metafóricos como la lengua hablada, contimás el habla popular. Con él, por ende, no cabe duda, hay que estar mosca. ¿Verdad, Laura?

emalaver@gmail.com



Año III / Nº LVII / 18 de mayo del 2015

lunes, 11 de mayo de 2015

¡Qué guasasa contigo! [LVI]

Laura Jaramillo


         Es muy común que por las calles, en especial en el transporte público, escuchemos conversaciones relacionadas a cualquier cosa: la cola del supermercado de la esquina, las peleas de los vecinos, fulanita rompió con zutanito, y cosas por el estilo. Entre conversa y conversa, uno, como estudioso de la lengua, se pone a escuchar, no pa chismear (bueno, dependiendo del caso), sino para detectar el lenguaje de a pie.
         Hace algunos días, en pleno apogeo del Metro de Caracas, iba prácticamente de un polo a otro, como la canción de Ilan Chester (de Petare rumbo a La Pastora), y tuve que escuchar, porque no me quedaba de otra, una conversa sobre una fiesta del día anterior. Al parecer, por lo que pude captar cuando me concentraba en el discurso, la fiesta fue un desastre, pero a lo que yo le puse atención fue al léxico tan particular.
         Entre tantas barbaridades, me quedó una palabra dando vuelta como la ruleta del parque de diversiones. La palabra en contexto es la siguiente: “La muchacha le dijo al tipo: Chico, pero ¡qué guasasa contigo!”.
         Cuando llegué a mi casa, de inmediato prendí la compu para investigar sobre esa palabra y su uso. Mi sorpresa fue que el DRAE la define como “(Voz caribe) Cuba. Mosca pequeña que vive en enjambres en lugares húmedos y sombríos”. No entendí.
         Me fui a navegar por las honduras de Internet y encontré una página, muy amada entre los ‘copiapeguistas’, una que mientan Wikipedia. Allí encontré un artículo sobre esta variedad de insecto, y mencionan un impacto social, pues este volador es bastante molesto: le gusta andar volando en la cara de la gente. Por esta razón, en Cuba, le dicen popularmente a la gente fastidiosa o molesta guasasa. Igualmente, el mismo artículo destaca otra curiosidad de la palabra, y es que el DRAE registra el verbo guasabear, pero con un significado totalmente diferente, pues lo define como intercambiar bromas, burlas o chistes.
         Guasasa me hizo recordar una canción cantada por un dominicano; la canción se llama (o, bueno, se titula, para los más cultos) Guasa Guasa, y recuerdo, si mi memoria a largo plazo no falla, que el cantante dijo que en República Dominicana guasa guasa es una persona que habla, habla y habla y no hace na (me recuerda a algo). Sin embargo, guasa la registra el DRAE y la definición se asemeja a la del verbo guasabear. En este caso, sí pareciera existir un linaje entre ambas palabras, mas no coincide con la definición del amigo dominicano.
         Luego, me fui a consultar un libro, cortesía de la colega Cornejo, en el cual aparece guasa, que tiene uso de vieja data por estos lares, y es definida como “broma, burla o chanza”, además de ser una palabra que proviene del francés. También se menciona que guasa “es un género de música popular (…) de carácter alegre”.
         Hasta aquí, al parecer, guasasa es una persona fastidiosa, una persona echadora de varilla y una persona habladora. Es posible que a lo largo del tiempo, los hablantes hayan producido este desvío fonético, y de guasa pasaron a guasasa. Sea como sea, es un neologismo muy caribeño.
         Luego de este interesante descubrimiento, todavía no sé si la muchacha le dijo al tipo fastidioso, ‘varillero’ o ganadero, pero a mí me suena como a ¡qué vaina contigo, chico!

laurajaramilloreal@yahoo.com



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Año III / Nº LVI / 11 de mayo del 2015

lunes, 4 de mayo de 2015

Mi propio día de la independencia [LV]



            En 1997 por estas fechas, escribí para la revista Margarita es Todo un artículo titulado “¿Quién nació el 4 de Mayo?”. Tenía yo la idea de que poca gente se detenía a preguntarse (y a responderse) a qué se debía que la avenida más larga de Porlamar se llamara así. En resumen, lo importante del artículo no era la fecha sino más bien lo que podíamos hacer en aquel momento con la celebración del 4 de Mayo como “día de la independencia” de Margarita, pero es hoy cuando me convenzo de que nuestra conexión con la efemérides es la que construye un significado para el presente. Eso también estaba dicho ahí, sí, pero yo no me daba cuenta.
            Pues resulta que hoy, ampliando un poco la mirada, esa conexión con la fecha histórica (que es, entre paréntesis, una forma curiosa de poner nombre a los lugares: en ella cohabitan el tiempo y el espacio) parece existir en toda Venezuela, al menos en el origen de la designación. Rastrillando mis limitados conocimientos de estos asuntos y gracias a una brevísima e informalísima investigación por celular con unos cuantos amigos que proceden de varios lugares de Venezuela—con Google Maps no habría terminado para hoy—, logré hacer una lista de 23 ciudades de 15 estados en las que hay al menos un lugar cuyo nombre es una fecha patria. En orden alfabético, son Altagracia (la de Margarita), Barinas, Barquisimeto, Cabimas, Caracas, Carora, Carúpano, Charallave, Ciudad Bolívar, Cumaná, Juan Griego, La Asunción, La Guaira, La Victoria, Los Teques, Maracaibo, Maracay, Maturín, Mérida, Porlamar, Puerto La Cruz, San Cristóbal y Valle de la Pascua. La conclusión más sencilla a la que he llegado es que las fechas más importantes para los venezolanos, juzgando sólo por este pequeño grupo de ciudades, son el 19 de Abril, el 5 de Julio y el 23 de Enero.
            Además de Porlamar, las otras ciudades en las que algún topónimo recuerda la fecha en que llegó ahí la noticia de los acontecimientos del 19 de Abril de 1810 son Cumaná con su avenida 27 de Abril, Barcelona con su paseo 27 de Abril, La Asunción con su calle 4 de Mayo y Mérida con su avenida 16 de Septiembre. El 19 de Abril, además, nombra lugares de Barquisimeto, Cabimas, Charallave, Ciudad Bolívar, Los Teques, Maracay y San Cristóbal.
            El 5 de Julio de 1811 se convirtió en nombre de lugar (calle, avenida, barrio, urbanización o sector) en Carúpano, Ciudad Bolívar, Juan Griego, La Victoria, Maracaibo, Maracay, Puerto La Cruz y Valle de la Pascua; como el 23 de Enero de 1958 lo ha hecho en Barinas, Barquisimeto, Caracas, La Victoria, Maturín y Valle de la Pascua.
            ¿Qué lleva a un pueblo a poner a sus espacios nombres de tiempo? ¿Estará el hombre cosido al tiempo, como parece estarlo al espacio? Es notorio que se trata de fechas en que han sucedido grandes acontecimientos para Venezuela. ¿Será un sentido colectivo de la unidad cultural?
            Las fechas parecen ser marcas que nos van dejando los acontecimientos, tanto que queremos dejar marcado también nuestro territorio con ellas. Si el medio natural influye en nuestra forma de ser (de pensar, de actuar, de hablar), ¿influirá también el tiempo, a tal punto que no deseamos dejar de eternizarlo en los nombres de lo tangible? Las respuestas deben estar en la lengua, que es, a fin de cuentas, el cincel con que hacemos nuestras marcas en el mundo.
            Siendo así, voy a esculpir aquí esta fecha, como mi propio día de la independencia: ¡feliz 4 de Mayo!

emalaver@gmail.com



Año III / Nº LV / 4 de mayo del 2015

lunes, 27 de abril de 2015

Buscando como palito e romero [LIV]



         Hace unos días estaba sentada traduciendo en la tranquilidad de mi rincón y sin nadie que me perturbara porque todos se habían ido, lo que me permitió sumergirme en mis pensamientos. De pronto, abruptamente, la voz escandalosa de alguien rompió con mi concentración y mi amada tranquilidad. Esta persona, un personaje muy peculiar que se caracteriza por decir siempre lo primero que se le ocurra sin pensarlo demasiado y de manera atropellada, de pronto apareció hablando por teléfono y le decía a su interlocutor: “¿Dónde andas, chamo? Te están buscando más que a pajarito de romero”. Inmediatamente solté la carcajada. Me resultó tan graciosa la expresión que se acababa de inventar que no terminé de escuchar qué era lo que había pasado con la persona del otro lado del teléfono.
         Recuerdo que mientras me reía, decía: “Este Fulano, ¿cómo no va a saber que la expresión es te andan buscando como palito e romero? Todo el mundo sabe que... que...”. Entonces, ocurrió lo inevitable, lo que le ocurriría a cualquier amante de las lenguas: me dio mucha curiosidad saber de dónde venía esa expresión y empecé a buscar.
         Lo primero que hice fue investigar sobre el romero y me enteré de que esta planta viene de Europa, de la zona mediterránea, es una planta que puede alcanzar los dos metros y su flor es de un color azulado.
         Resulta que esta planta, en aceite, infusión o pomada, la usan para muchísimas cosas; tiene propiedades antibacterianas, antivirales y antiinflamatorias. Algunos aseguran que es buena para la diabetes, reumatismos y úlceras; y otros, más supersticiosos, usan el romero como purificador contra las malas energías, para espantar las pesadillas si lo colocan debajo de la almohada y potenciador del amor y el deseo sexual, entre muchos otros beneficios.
         Después de mucho indagar sobre los poderes de esta mágica planta encontré que se recomienda para pacientes con Alzheimer, pues resulta muy buena para la memoria; esta característica me llamó mucho la atención, no solo por haber tenido un familiar con esta enfermedad, sino también por la relación que esto pudiera tener con la expresión.
         En este punto de mi investigación ya tenía varios datos que podrían ser útiles:

1.    El romero es una planta con muchas bondades
2.    La planta es de origen europeo y es difícil de hallar en Latinoamérica
3.    Los venezolanos, o los latinos en general, creemos ciegamente en cualquier té, mejunje o mata que nos recomienden

         Con estos tres elementos parecería bastante lógico pensar que la expresión alude a lo difícil que es encontrar la milagrosa planta por estos lares; pero, aunque es una hipótesis bastante sólida, no es la única opción.
         Resulta que Rangel (2009) asegura que hay un cuento de camino que habla de un tal Arturo Romero que vivía en algún pueblito de los Andes; al parecer, este señor era muy flaco y por eso le decían “Palito” y un día en un bar se peleó con un gringo que pisoteaba la bandera de Venezuela y lo mató. Después de eso el señor se fue del lugar y se escondió muy bien para que la policía no lo encontrara y, así, nace la segunda hipótesis del origen de la expresión, que sugiere que esta viene de un apellido y no de la planta.
         Pero seguí buscando un poquito más y me enteré de que en Ecuador existe una expresión que reza: “Buscar algo con palito de romero” e inmediatamente la relacioné con esa cualidad que tiene el romero de ayudar a la memoria. Isan (2013) explica que el aceite de romero aumenta la memoria entre un 60 y un 75 por ciento, lo cual sustenta con algunos estudios hechos en el Reino Unido y lo que dice Shakespeare en alguno de sus escritos.
         Entonces, es posible que años atrás las personas usaran la esencia o el incienso de romero para “recordar” dónde habían puesto eso que buscaban, lo que pudo haber dado origen a la expresión ecuatoriana y esta, a su vez, haber migrado de “con palito de romero” a “como palito e romero” que usamos en Venezuela, que es la tercera hipótesis del origen de la expresión.
         Hasta el momento no he podido comprobar cuál de estas tres teorías es la correcta o si quizás se debe a una cuarta, pero confieso que todo esto me ha parecido interesantísimo y aunque quizás alguno de los lectores se sientan decepcionados porque no resolví el enigma, esto es más bien una invitación para que con palito de romero en mano continúen conmigo buscando el origen verdadero de dicha expresión.

“There’s rosemary, that’s for remembrance; pray you, love, remember; and there is pansies, that’s for thoughts...”.

William Shakespeare


Referencias
Isan, A. (2013). “El olor a romero aumenta la memoria hasta un 75%”. Ecología verde. [Disponible en http://www.ecologiaverde.com/el-olor-a-romero-aumenta-la-memoria-hasta-un-75/]
Rangel, R. (2009). [Comentario]. En Pabellón con Baranda. “Buscar ‘con palito e’ romero’”. [Disponible en http://pabellonconbaranda.blogspot.com/2007/04/buscar-como-palito-eromero.html]

Caracas, 2 de abril de 2015

aurelena.ruiz@gmail.com



Año III / Nº LIV / 27 de abril del 2015