lunes, 29 de septiembre de 2014
Comí y a su vez bebí [XXIV]
lunes, 22 de septiembre de 2014
¡Oh, Andrés Bello, qué han hecho con tu idioma! [XXIII]
El decir mucho con pocas palabras no es tarea fácil, o, mejor dicho, es misión imposible (ilando ando), ya que el español es en ocasiones bastante anchilargo, porque a veces es necesario alargar la cosa para que el mensaje llegue a su llegadero, pero se corre el riesgo de caer en la redundancia. Hay que aprovechar las facilidades que da la lengua para comunicarnos y hacernos entender.
Sin embargo, desde hace algunos años, se está usando lo que llaman el lenguaje incluyente, lo cual se ha hecho común, más bien, exageradamente común, decir cosas como todos y todas, trabajadores y trabajadoras, niñas y niños, etc. Se llega, incluso, hasta cometer errores de concordancia, como por ejemplo los y las delegadas. Si se va a hablar mal, que sea con coherencia.
Existe una necesidad (¿o necedad?) por incluir a como dé lugar el femenino, aunque no exista, no importa, lo inventan, como es el caso de millones y millonas, libros y libras. Expresiones que ocasionan contaminación sónica. Menos mal que hasta los momentos, se puede decir, esas expresiones no llegan propiamente a lo que es el vulgo, porque no hay nada mejor que ahorrar.
El lenguaje incluyente puede ser económico. No es necesario decir venezolanos y venezolanas, puede decirse perfectamente la población venezolana, lo cual incluye hombres, mujeres, niños y niñas. He ahí, pues, el exquisito arte de la retórica.
Definitivamente, ante esta realidad, con poco sentido común y mucho barbarismo, cada vez es más fuerte esa popular expresión de un antiguo programa cómico, que reza: ¡Oh, Andrés Bello, qué han hecho con tu idioma!
martes, 16 de septiembre de 2014
Naguará de hipótesis [XXII]
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Malaver:
Los números ordinales de la república
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Estás pidiendo más que Carúpano [XXI]
lunes, 1 de septiembre de 2014
Fufurufa [XX]
lunes, 25 de agosto de 2014
Et cetera (II) [XIX]
lunes, 18 de agosto de 2014
La lengua es una vaina seria [XVIII]
Laura Jaramillo
lunes, 11 de agosto de 2014
Et cetera [XVII]
Edgardo Malaver Lárez
Hace quizá
más de un año comencé a oír decir, y fue en clase, que la palabra etcétera
ya no se usaba; peor: que no debía usarse; y peor aún: que era un error. Y mucho
peor: que no debía usarse porque la Real Academia había dicho que ya no se usaba
y que no debía usarse porque era un error. Lógicamente, mi reacción inmediatamente
fue detener la clase para preguntarle al estudiante que hacía semejantes afirmaciones:
“¿Dónde leyó usted eso?”. La respuesta aquel día fue: “Lo oí decir”. Al día siguiente
la respuesta fue: “La profesora de Castellano lo dijo en la clase del jueves”. Dos
días después fue: “No sé, simplemente no se usa”. Considerando que la obligación
de todo estudiante es cuestionar siempre lo que el profesor dice en clase, me sentí
triste.
Como una
semana después comencé a observar que los periodistas de los noticieros de televisión
evitaban el uso de etcétera en los momentos en que era más natural usarlo
y que, como consecuencia, les salían unas oraciones... fatales. Repentinamente,
sin que nadie supiera cómo ni desde cuándo ni por qué, etcétera estaba obsoleto
y, ergo, proscrito. Todos, de repente, comenzaron a sustituir esta palabra que nos
acompañaba desde los tiempos de Adriano por entre otros, como si ésta tuviera
algo que ver con aquélla. Lo indeseable, sin embargo, no era lo obsoleto, sino la
vaciedad de los argumentos.
Etcétera
no puede ser un error. Y la Academia no puede prohibirla. Y si se atreviera a prohibirla, dado que no se le hace caso en casi nada, ¿por qué en esto sí? ¿Qué significa etcétera?
En primer lugar, son dos palabras que con el tiempo se han unido en una sola: et
y cetera. Como muchos saben, et es, en latín, la conjunción equivalente
a nuestra y. (En francés, a pesar de los siglos que han pasado, aún se escribe
así.) La palabra cetera es el plural de ceterus, que puede traducirse como ‘lo demás’, ‘el resto’,
‘lo que falta’, siempre de la misma clase. Se usa para no tener que mencionar todos
los elementos de un conjunto cuando esto no es necesario para la comprensión.
No logro
comprender por qué, pero los que de repente comenzaron a decir que etcétera
era un error creen que puede y debe sustituirse por entre otros, expresión
que significa, ni más ni menos, ‘entre otros’, no ‘lo demás’. Eso no tiene sentido.
El sentido de etcétera no es que los elementos nombrados se encuentran entremezclados
con ‘otros’ elementos, aunque lo están o pueden estarlo. Ese es el sentido de entre
otros. El de etcétera, que ya ha sido explicado, es que no nos hace falta
mencionar eso que incluimos en el etcétera.
Hay dos
formas de reconocer la necesidad de un etcétera de la de un entre otros,
que tiene otros usos. Fíjese en estas dos oraciones:
· Se ha registrado una
amplia expansión de Internet en los países de América del Sur: Chile, Argentina,
Colombia, etc.
· Se ha registrado una
amplia expansión de Internet en los países de América del Sur: Chile, Argentina,
Colombia, entre otros
No puede
usted decir que en la primera dice lo mismo que en la segunda. Este entre otros
no es buen sustituto para aquel etc., y las dos oraciones no son sustituibles
una por otra. La primera tiene sentido y la otra no. En la primera, el emisor del
mensaje comienza a enumerar los países sudamericanos y se da cuenta de que sería
demasiado largo mencionarlos todos, de modo que lo resume diciendo ‘et cetera’.
Chile, Argentina, Colombia... y los demás de ese grupo, el especificado, y no voy
a mencionarlos todos porque mi interlocutor no lo necesita. Es un grupo tan preciso,
que ni siquiera hace falta que mencione ninguno. Haga la prueba: quite los nombres
de los países y observe si la oración anterior a los dos puntos es suficiente.
(Este artículo continuará la próxima semana.)
emalaver@gmail.com
Año II / Nº XVII
/ 11 de agosto del 2014
martes, 5 de agosto de 2014
Desfazedor de tuertos [XVI]
Academia de la Lengua.
don Quijote de la Mancha. Madrid: Real Academia de la Lengua.
lunes, 21 de julio de 2014
¿Todos los mitos son falsos, o eso es un falso mito? [XV]
Leonardo Laverde B.
—Los escritores son seres solitarios
e introvertidos...
—Eso es un falso mito.
—¿Y eso no es una redundancia?
Se suele decir que la expresión
“falso mito” es incorrecta porque es redundante, pues se supone que los mitos son
falsos por definición. Así, al emplear el adjetivo estaríamos repitiendo información
innecesariamente.
¿Es siempre correcta esta apreciación?
Según el DRAE, en su edición de 2001, la palabra mito tiene cuatro acepciones:
1. m. Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada
por personajes de carácter divino o heroico.
2. m. Historia ficticia o personaje literario o artístico que encarna algún aspecto
universal de la condición humana. El mito de don Juan.
3. m. Persona o cosa rodeada de extraordinaria admiración y estima.
4. m. Persona o cosa a la que se atribuyen cualidades o excelencias que no tiene.
Su fortuna económica es un mito.
En las acepciones 1 y 2, la
idea de falsedad, o, mejor dicho, de ficción, sí está implicada (para decirlo en
términos lingüísticos, es uno de los semas que componen los sememas), pero no agota
su significado. De hecho, observemos que en la acepción 1 no se emplea el adjetivo
falsa, ni siquiera ficticia, sino maravillosa. Lo que se narra
en un mito cosmogónico no ocurrió en realidad, pero eso no es relevante, pues el
mito se sitúa “fuera del tiempo histórico”.
En la acepción 3, la idea de
falsedad no está presente en absoluto. Cuando alguien afirma que “Simón Díaz es
un mito de la música venezolana”, no quiere decir que el entrañable Tío Simón no
haya existido; por el contrario, resalta el lugar privilegiado que ocupa su música
en la cultura venezolana.
La acepción 4 es la única que
tiene la idea de falsedad como componente principal. Y aun en este caso, mito
no es sinónimo absoluto de mentira, pues implica un rasgo adicional: se trata
de una creencia ampliamente aceptada.
En el discurso, lo que determina
la acepción o connotación que debe activarse en las palabras polisémicas es el contexto.
Si oponemos la palabra mito a otra que incluya la idea de veracidad, el contraste
hará que resalte su carácter ficticio (como en la frase “¿mito o realidad?”). Si
un ateo afirma que “el Evangelio es un mito”, probablemente intenta descalificar
el relato bíblico, pues existe la opinión generalizada de que dichos libros tienen
una base real. En cambio, un antropólogo que dicta una conferencia sobre “el mito
bíblico de la creación” propone cierto tipo de acercamiento neutro a dicha narración,
no cuestionar su historicidad. Por último, un sintagma como “Di Stéfano, mito del
fútbol mundial”, solo tiene connotaciones positivas (a menos que el hablante se
proponga cuestionar la existencia o el talento de dicho jugador).
Calificar al sustantivo mito
con el adjetivo falso será redundante o no según la situación discursiva.
Por ejemplo, si yo presento una narración original como un mito antiguo, o bien
exagero las cualidades de algún personaje real, podré ser acusado de estar forjando
un “mito falso” sin incurrir en redundancia. En cambio, si utilizo la palabra mito
con el significado de “falsa creencia ampliamente difundida”, añadirle el adjetivo
falso sí será redundante. ¿Es, pues, una incorrección?
En español, no es inusual que
los adjetivos explicativos (también llamados epítetos), sean redundantes y meramente
enfáticos, sobre todo cuando se anteponen al sustantivo. El pleonasmo puede ser
un vicio que atenta contra la economía del lenguaje, pero también, cuando se usa
conscientemente, un recurso estilístico para añadir expresividad. ¿Cuántas veces
no hemos oído hablar del “inmenso mar” y el “brillante sol”? Con todo, hay algunos
pleonasmos, como el famoso “funcionario público”, en los que el argumento estilístico
es difícil de sostener.
A veces la redundancia puede
ayudar a reducir el riesgo de ambigüedad. Por ejemplo, en el sintagma “falsos mitos
de la literatura venezolana”, podríamos argumentar que el uso del adjetivo aclara
que nos referimos a creencias falsas y no a grandes escritores. Sin embargo, también
existe una solución menos conflictiva (“mitos sobre la literatura venezolana”)
que nos evita el riesgo de parecer ignorantes.
¿Cuál es mi conclusión? No
use la expresión “falsos mitos”. Evítese problemas. Sin embargo, si por desgracia
se le escapa alguna vez, no se preocupe demasiado. Siempre puede exclamar, como
el Chapulín Colorado: “¡Lo hice intencionalmente!”.
llaverde2@gmail.com
Año II / Nº XV / 21 de julio del 2014
lunes, 14 de julio de 2014
El verbo de la verdad [XIV]
Edgardo Malaver Lárez
En el blog del escritor Armando José Sequera, Caravasar, hay un comentario del 21 de septiembre del 2007 que se titula “Nos falta un
verbo”. Se pregunta Sequera por qué si tenemos un verbo para decir
mentiras, mentir, no tenemos uno para decir la verdad. Teme que
esto pueda deberse a que en la lengua española no acostumbramos decir la verdad
o que estemos más inclinados hacia la mentira.
Toda una particularidad de la lengua,
pero no lo es sólo de la española. En francés existe el verbo mentir,
pero no existe su antónimo como lexema, es decir, como una sola palabra: se
utiliza una locución: dire la verité. En portugués y en italiano
pasa igual. En inglés y en alemán, que pertenecen a otra familia de lenguas,
pasa lo mismo. En otras palabras, la razón probablemente no esté supeditada a
las particularidades de cada lengua (o a la lengua de la que pueda haber
derivado la de cada quien) sino, parece, a algo que está fuera de ellas... si
es que tal cosa existe.
En la Roma clásica, la diosa Veritas
(Verdad), que era representada desnuda y saliendo de un profundo pozo, era hija
de Saturno, dios del tiempo, y madre de Virtus, diosa del valor. La veracidad
era, en aquellos tiempos, una virtud que debía distinguir al auténtico romano
como ser civilizado.
No será ésta, quizá, la verdad última en este asunto, pero
es sencillo pensar que cuando nos comunicamos con los demás, esperamos que nos
digan la verdad. A nadie se le ocurre preguntarle nada a nadie con la esperanza,
la ilusión o el deseo de que le respondan otra cosa que la verdad. De esa
manera, en la conciencia más profunda de cada uno de nosotros no existe razón
para poner a ese acto ningún nombre que no sea el mismo del que estamos
realizando: hablar, decir, conversar, responder, comunicarse, dialogar. Decir
la verdad, en el fondo, es, dicho así, simplemente decir.
Es lo que en lingüística se llama un término no
marcado. Son las acciones aledañas, diferentes, contrarias, las que
necesitan otra denominación. Usted habla de las jirafas en general utilizando
ese nombre. Sólo cuando necesita hacer alguna distinción busca otra manera de
nombrarlas: jirafa macho, jirafa bebé, jirafa blanca. Lo que tiene que tener un
nombre diferente a lo genérico es lo que es diferente. Decir la verdad es lo
“genérico”, mentir es lo peculiar.
También es significativo que se diga,
por un lado, decir LA verdad (con artículo definido en
singular, lo cual implica que estamos pensando en una sola) y que, por el otro
lado, se diga decir mentiras (sin artículo, pero en plural, lo
cual implica que la mentira es diversa y difusa, incalculable por el que espera
otra cosa).
Es cierto que existe el verbo verificar,
que proviene de veritas (verdad) y pareciera ser antónimo
de mentir. Sin embargo, la existencia de este verbo significa que,
en algunas circunstancias, cuando existe una duda respecto a un hecho, vamos a
ver si es verdad. No es lo mismo que decir la verdad.
Por tanto, y después de todo esto, la
razón más primordial de que no exista un verbo sino una locución verbal para
hablar con veracidad debe ser el sentido común. En la mente de los hablantes es
así por lógica, por intuición, por sensibilidad y vinculación interior con el
fondo del asunto... con la verdad.
Quizá no sea, entonces, que nos falta
un verbo sino hacernos sujetos de él... aunque no exista.
emalaver@gmail.com
Año II
/ Nº XIV / 14 de julio del 2014
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Electroencefalografistas
y más récords
Tu
misión, Jim, si decides aceptarla...
Que
tu ‘y’ sea ‘y’ y tu ‘o’ sea ‘o’