sábado, 25 de diciembre de 2021

DECEMBRIS [CCCLXXIII]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

Todo nacimiento es un nuevo comenzar.
Madona Tempi (1508), Rafael Sanzio

 

 

         Lo primero es disculparme con mis lectores de Ritos de Ilación porque en el mes de noviembre no publiqué la acostumbrada nota sobre del nombre del mes. Ya he explicado en meses anteriores que los nombres de los últimos cuatro meses del año son más bien aburridos. Casi no hay ninguna curiosidad de la cual pueda colgarse uno para comentarla como parte de la lengua. Siendo así, he seguido desde septiembre la sugerencia del director de hablar de cosas que normalmente suceden en cada uno de esos meses.

         En el mes de diciembre, a parte de la fundación de “la mil veces bendita Universidad Central de Venezuela” (Malaver dixit), tenemos el acontecimiento histórico más importante que puede recordarse: el nacimiento de Jesucristo. Sí, ya sabemos que en realidad Jesús no nació en diciembre, pero con toda la precisión que quisiéramos no lo sabemos, y la verdad es que no importa; pero la tradición que ha celebrado el acontecimiento el 25 de diciembre es tan larga que lo mejor que se puede hacer es dejar las cosas tal como están.

         En Roma se celebraba el 25 de diciembre la fiesta del Sol Invencible, probablemente la más importante del calendario de Julio César. Los cristianos, intentando disminuir la idolatría que suponía la adoración al dios Sol y a otros dioses romanos, decidieron celebrar la fiesta por el nacimiento del Hijo de Dios, el único dios verdadero, en la fecha del dios pagano. Esto sucedía en el siglo IV, y vistos el tiempo que ha pasado desde entonces y la costura con que está pegada a nuestra mente la celebración (para la cual, además, hubiera sido buena cualquier fecha), no vale la pena, a mi juicio, detenerse a discutir sobre el punto. (Que no es lo mismo que satisfacer el deseo de conocer aquella fecha. Hay voces autorizadas que hablan de los meses de verano del año 4 antes de Cristo... que parece una broma, pero es lo más aproximado y creíble que tenemos.)

         Por lo tanto, el mes de diciembre, que, para conservar la uniformidad con los textos anteriores de la serie, decíase DECEMBRIS en latín, es el sinónimo más presto a salir de nuestros labios cuando pensamos en fiesta. También es sinónimo de vacaciones, aunque en Venezuela sean las vacaciones cortas del año. Para otros, supongo yo que será una minoría, es sinónimo de recogimientos, de generosidad, de búsqueda de paz. Incluso en la larga tradición romana, la fiesta del 25 de diciembre era vista como la victoria del dios Sol sobre las tinieblas que parecían vencerlo cada día al llegar la noche. En la tradición cristiana, es Cristo, “la luz del mundo”, quien vence sobre la oscuridad de la muerte y da, así, comienzo a una nueva vida para los creyentes. Por eso tiene sentido la asignación de la fecha de hoy al nacimiento de nuestro humilde Jesús.

         ¿Ustedes no han visto? Todos hemos utilizado la expresión ¿cuándo no hay Pascua en diciembre? cuando queremos recriminarle a alguien que siempre, cíclicamente, hace lo mismo, y mal, por supuesto. Y un año es un ciclo ineludible. Pero la Pascua también es una ocasión para volver a empezar, para iniciar como niños, desde cero, una vida más responsable o menos estéril. Hay quienes lo van a dejar para la semana entrante, que también es diciembre. Es la ventaja que tiene ser el último mes del año (que lo era también en Roma, incluso cuando era el décimo y no el duodécimo), que puede marcar un cambio en algunas personas, ser recordado como un golpe de viento en las velas.

         Como cada diciembre, quiero desear a los lectores de Ritos de Ilación una Navidad con olor de flores y un 2022 feliz, lleno de momentos memorables.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXXIII / 25 de diciembre del 2021

EDICIÓN DE NAVIDAD

 

 

 

 

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miércoles, 22 de diciembre de 2021

La mil veces bendita [CCCLXXII]

Edgardo Malaver

 

 

 

La universidad es el mediodía de Venezuela

 

 

         Hace unos 10 años, quién sabe si 15, tomé un taxi desde el Teatro Teresa Carreño hasta La California Norte; por alguna razón que no logré descubrir, el taxista quiso tratarme como turista y desde el principio estuvo describiéndome lo que íbamos encontrando. Me fastidiaba un poco oír nombres y datos que yo conocía tan bien como él, así que no le ponía mucha atención: teatro, mezquita, Parque Los Caobos, Jardín Botánico, pero cuando, casi inmediatamente, mencionó el mural de Zapata, levanté las antenas para oír lo que pudiera decir sobre la universidad. Y dijo: “Ahí detrás de ese mural está la Universidad Central de Venezuela, una universidad muy famosa que fue fundada por Marcos Pérez Jiménez como en los años 50, más o menos”.

         ¡¿Pérez Jiménez?! ¡¿Los años 50?! Era lo primero en lo que se equivocaba, y fue entonces cuando comenzó nuestra conversación. “No, señor”, le dije yo, “la Universidad Central fue fundada por un rey de España en 1721. O sea, la universidad es anterior a la independencia”. Disfruté mucho la sorpresa de aquel hombre y su deseo de saber más y el millar de preguntas que me hizo. Y la broma que hizo cuando nos despedimos: “Usted no se imagina lo que voy a presumir yo ahora que sé tantas cosas de la UCV, cuando me reúna con los compañeros de la línea”.

         La UCV es un concepto tan impresionante para los ciudadanos de Venezuela que hasta los que, tristemente, nunca han tenido la oportunidad de estudiar siquiera en otra institución desean conocerla, verla de algún modo cerca de ellos, buscar algo que los vincule con ella. Es natural que sea así, puesto que la vida de la universidad ha sido testigo, protagonista y promotora de la vida de Venezuela.

         Cuando se inundó el estado Vargas, cuando Irene Sáenz ganó el Miss Universo, cuando Pérez Jiménez llegó al poder, cuando los trabajadores petroleros hicieron aquella huelga contra López Contreras, cuando nació la Generación del 28, cuando los andinos entraron en Caracas con Cipriano Castro a la cabeza, cuando la familia de Teresa de la Parra volvió a Venezuela, cuando José Gregorio Monagas decretó la abolición de la esclavitud, cuando murió Bolívar, cuando se firmó el Acta de Independencia, cuando Humboldt subió el Ávila, cuando José Leonardo Chirinos tomó las armas, cuando nació Bolívar, cuando se conformó la Capitanía General, cuando Teresa Carreño debutó en París, cuando nació Francisco de Miranda, cuando Andresote y De León se opusieron a la Compañía Guipuzcoana, cuando se estableció la Compañía Guipuzcoana... cuando sucedieron todas estas cosas, ya existía la Universidad Central de Venezuela, y en muchas de ellas tuvo participación. Es natural que todos tengamos, o queramos tener, algo que ver con ella.

         La universidad, además, es para muchos de nosotros un hogar, un jardín, un nido. No se limita a ser una institución de educación superior, que crea y difunde conocimiento científico, humanístico, reflexión sobre la sociedad, la historia y el mundo, un ancla que nos mantiene conscientes de la realidad. Su significación es mucho mayor para quienes vivimos a su amparo y su sensibilidad nos atiende casi como una familia. Habrá quienes tengan otra visión, y habrá problemas que en épocas sombrías hayan aminorado esa sensibilidad y la hayan hecho parecer otra cosa, pero al menos a mí la universidad me ha protegido, me ha alimentado y ha dado luz durante dos tercios de mi camino. Sin esa sensibilidad hacia los más jóvenes, los más débiles y también los más talentosos, la vida de muchísimos de nosotros, que vivimos aún, y la de quienes la han vivido en períodos más felices o más dolorosos, habría sido otra vida, y no habríamos sido capaces de llegar a este día.

         Uno no se imagina que va a ver tantas fechas importantes, pero los venezolanos que hemos sido adultos en este siglo hemos podido celebrar ya los 500 años de Cumaná, los 200 años de la independencia y hoy los 300 de la UCV.

         Esta universidad, la cuarta que se fundó en lo que hoy se conoce como América Latina —antes de ella apenas había universidades en México y en Lima desde 1551 y en Santo Domingo desde 1558—, reúne en cada aula a estudiantes y profesores que provienen de los más disímiles lugares de toda Venezuela, y también de fuera de ella. Con 300 años de historia, se puede abarcar la biografía de ciudadanos comunes y de grandes figuras, muchas de las cuales han nacido en sus pasillos y bibliotecas... y en su hospital. Razón tenía aquella campaña publicitaria de los años 90 que decía: “La Universidad Central es Venezuela”.

         Aun si no fuera así, da un gusto y una dulce confianza saber que uno se ha sentado en los mismos pupitres que José Gregorio Hernández, Ida Gramcko, Juan Germán Roscio, Jacinto Convit, Luz Marina Rivas y Lya Ímber. La universidad colonial de los primeros tiempos, la universidad republicana que Simón Bolívar puso en las manos de José María Vargas en 1827 y la universidad que está “detrás del mural de Zapata” ha dado al mundo tantos frutos, tantas mentes, tantos espíritus, que no alcanzaría el día de hoy para que todos fuéramos a besar su mano.

         En la Escuela de Idiomas Modernos, un día invitamos a Rodrigo Blanco Calderón a nuestro Club de Lectura para que les hablara a los estudiantes de sus cuentos, y uno de los muchachos le preguntó: “¿Cuál es su parentesco con la Universidad Central de Venezuela? El escritor, sin vacilar un instante, respondió: “Yo soy hijo de la UCV”. Ese es también mi parentesco con ella.

         Yo cumplo años en mayo, pero en años como este del 2021, me dan ganas de cambiarlo para el 22 de diciembre para celebrar el mismo día que la mil veces bendita Universidad Central de Venezuela.

 

emalaver@gmail.com

 

 



Año IX / N° CCCLXXII / 22 de diciembre del 2021




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martes, 23 de noviembre de 2021

Ochocientas velitas [CCCLXXI]

Edgardo Malaver

 

 

 

Alfonso X el Sabio, el primer defensor del “castellano derecho”

 

 

         A uno le cuesta siempre encontrar al menos un poco de información sobre sus bisabuelos, y mucho más sobre sus padres y sus abuelos. Cuando se tiene la suerte de tener una abuela que se interesa en esas cosas, es uno el que tarda años y décadas en darse cuenta de la importancia de esa información, patrimonio ignorado por la mayoría, y para entonces la abuela ha comenzado a perder facultades, le falla la memoria, se fatiga de nuestras preguntas, se desvía hacia otros recuerdos, mezcla datos reales con hechos imaginados, con dudas, con cuentos que contaban sus propios viejos, y llega el momento en que son tantas las preguntas e hipótesis que nacen en nuestra mente y son tan pocas las respuestas que conseguimos, que es mejor lanzarse en el mar de la ficción e imaginar un mundo que sea, para robarle miel a la literatura, como quisiéramos que haya sido.

         Imagínense ustedes la oscuridad, la vaguedad que podemos encontrar si tratamos de rastrear un antepasado que cumple 800 años de nacido. Por fortuna, este antepasado fue rey de Castilla, de modo que hubo en su tiempo, y ha habido desde entonces todo el tiempo y hay aún hoy, gente que se ocupa de investigar con seriedad la vida pública y privada del personaje, su contexto, su reinado, su descendencia, sus anhelos... y su obra. Y la obra de don Alfonso X el Sabio es precisamente lo que más nos interesa de él 800 años más tarde. Si Alfonso el Sabio no se hubiera empeñado hace tanto tiempo en convertir su forma de hablar y la de sus súbditos en una lengua capaz de expresar toda la ciencia y el arte, la historia y la filosofía existentes en su tiempo, no habría recibido el apodo de “el Sabio”, quizá ni siquiera recordaríamos su nombre de pila, mucho menos su fecha de nacimiento: 23 de noviembre de 1221.

         De los reyes de Castilla del siglo XIII, que es cuando comenzó el castellano a transformarse en lengua estándar, afirma Inés Fernández Ordóñez que ninguno destaca como Alfonso X, coronado en 1252, pues él institucionalizó “el uso del castellano y [promovió] la creación de una serie de producciones textuales sin parangón en su tiempo” (2009, p. 1). Desechando la práctica de todo el mundo “civilizado” de escribir en latín aunque se hablara ya alguna lengua vulgar, Alfonso decretó para su pequeño reino que las comunicaciones de todo tipo se hicieran en “castellano derecho” —“derechura” en la cual el primer y principal artífice sería él mismo.

         La escritura en lenguas locales, explica Fernández Ordóñez, comenzó en la primera mitad del siglo XIII, cuando Alfonso era un niño. En el reino de León se hablaban variedades que hoy se llamarían gallego-portuguesas y astur-leonesas; en Castilla, variadas formas de castellano, no una sola, repartidas desde el este hasta el oeste del reino; en Navarra, el vascuense y una modalidad navarro-aragonesa, y en Aragón, aragonés y catalán. Que una de esas limitadas variedades lingüísticas se haya desarrollado hasta llegar a cubrir una gran parte del territorio no conquistado por los árabes se debió, antes que a otras causas, a decisiones reales y al trabajo intelectual que realizaba y dirigía personalmente el propio rey. No parecen existir muchas evidencias confiables de que Alfonso el Sabio haya escrito todos los textos que se le atribuyen, pero sí está establecido que todo el trabajo que hacían los redactores, recopiladores, traductores, poetas, artistas, filósofos, historiadores, médicos, matemáticos, juristas e incluso lo que hoy llamaríamos astrólogos que trabajaban para él era planificado y pasaba por las manos y los ojos de Alfonso, que le hacía modificaciones y aportes, unos más creativos que otros, a veces de forma, otras de fondo (Arconada y Páez, 1971). “A cargo del soberano corrió, pues, la tarea de dar al vasto volumen de los materiales reunidos dirección, unidad y estilo” (p. 230).

         Nada más coronarse, Alfonso X inicia la reorganización de la célebre Escuela de Traductores de Toledo, que ya había hecho trabajos para él. Esta no era en realidad una escuela compacta en sentido estricto, sino más bien una “oficina” que había dado a Europa versiones en latín de magníficas obras filosóficas y poéticas de la cultura árabe. Alfonso redirige a aquel grupo, que incluía sabios y traductores árabes, hebreos y cristianos, hacia las lenguas vulgares, con privilegiado favor hacia la castellana, y los concentró bajo su autoridad como recopiladores, ordenadores, exégetas y productores de material literario y científico, todo con el propósito de difundir este conocimiento expresado en “vulgar e plano lenguaje”, a decir del propio rey.

         Detalle importantísimo es que, a partir de Alfonso, los traductores de Toledo abandonan la práctica de traducir a la lengua vulgar y luego traducir al latín, lo cual, por cierto, exigía un equipo de hasta cuatro personas que casi nunca hablaban todas las lenguas involucradas. Este salto, respaldado por el prestigio del monarca poeta, sirvió de inspiración para autores de generaciones siguientes que comienzan a escribir su obra prescindiendo del latín.

         Más de un investigador de la vida y obra del rey Alfonso, incluso Alan Deyermond, quizá el más detallista de todos, aseveran que la elección del castellano como lengua para la erección de su obra cultural fue una decisión política y no de otra naturaleza. “La lengua romance del siglo XIII, derivada del latín vulgar”, dice José Miguel Carrión Gutiérrez, “era una lengua popular, con un léxico muy reducido y una gramática tosca: en definitiva, era la lengua creada y usada por la gente ‘menos alfabetizada’” (1997, p. 104). Esa lengua, sin embargo, parece haber estado creciendo, gracias a la empresa cultural de Toledo, que es lo mismo que decir gracias a la traducción. Lo más probable es que, como asegura Deyermond, el castellano fuera lo que proporcionaba un coherente elemento común que mantenía cohesionadas a las mentes más brillantes de la época: judíos, árabes y cristianos, que en el reinado de Alfonso, a pesar de las diferencias raciales y religiosas, pudieron trabajar juntos.

         Se entiende en general que en el terreno político, el reinado de Alfonso X el Sabio no fue precisamente exitoso. Se le criticaba, por ejemplo, que incluso descuidó derechos hereditarios que lo habrían hecho más poderoso por estudiar las estrellas, indagar en la historia y leer y escribir poesía. No fue quizá el gobernante más habilidoso, pero presidió un esfuerzo cultural que aceleró enormemente el proceso por el cual la lengua romance hablada en Castilla alcanzaría más tarde su carácter de lengua estándar y, luego, pronto, de lengua literaria. No habrá resuelto a tiempo el siempre espinoso problema de la sucesión entre sus descendientes, pero creó cantidad de neologismos, introdujo mayor soltura sintáctica en la frase, hizo avances notorios hacia “las finuras de la subordinación” (Arconada y Páez, 1971, p. 231), fijó la grafía de muchas palabras.

         Hoy, exactamente 800 años más tarde, cual si se tratara de un bisabuelo cuya partida de nacimiento se ha perdido pero que nos ha dejado en herencia más libros en la sala que dinero en el banco, más palabras sabias en la memoria que propiedades costosas en el sur de Francia, tendríamos que brindar en su honor esta noche, tendríamos al menos que aplaudir al pronunciar su nombre.

         ¡Salud, don Alfonso!

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Referencias bibliográficas

Arconada, L. y Páez, R. (1971). Historia y antología de la literatura española con referencias a la universal. Caracas-Madrid: Mediterráneo.

Carrión Gutiérrez, J.M. (1997). Conociendo a Alfonso X el Sabio. Murcia: Editora Regional de Murcia.

Deyermond, A. (2001). Historia de la literatura española (vol. 1: La Edad Media). Barcelona: Ariel.

Fernández Ordóñez, I. (2009). “Alfonso X el Sabio en la historia del español”. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Descargado de http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc5b0k8.

 

 

 

Año IX / N° CCCLXXI / 23 de noviembre del 2021

 

 

 

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martes, 9 de noviembre de 2021

Verbo más sustantivo [CCCLXX]

Adrianka Arvelo y Edgardo Malaver

 

 

 

Según el diccionario, esta es la elegante
apariencia de un parapeto

 

 

 

         Sin que lo supiéramos, escribimos en el año 2007 el artículo de esta semana. Aquí lo dejamos, por si alguien le encuentra algún interés:


 

De: Adrianka E. Arvelo <adriank_3@hotmail.com>

Para: Edgardo Malaver <emalaver@gmail.com>

Fecha: 1 marzo 2007, 16:11

Asunto: Para

 

¡Megaprofe!

 

El otro día que estábamos hablando después de la clase dije que te iba a preguntar algo y me dio pena decirte, porque ya te había preguntado muchas cosas. Pero es que de verdad no me quiero quedar con la duda. Perdón en serio por el fastidio =( Lo que pasa es que el otro día en mi clase de Lengua Española estábamos hablando sobre parabrisas, que unos decían que eso era un prefijo y otros que era del verbo parar y yo creo que es del verbo, pero ya siento que no sé nada. Entonces… eso. Jajajajaja Gracias y perdón por el fastidio otra vez. Te debo un café jeje.

 

Adri


 

 

De: Edgardo Malaver <emalaver@gmail.com>

Para: Adrianka E. Arvelo <adriank_3@hotmail.com>

Fecha: 2 marzo 2007, 18:18

Asunto: Los para, como dirían los panas colombianos

 

Hola otra vez, Adrianka.

Me escribiste para preguntarme sobre el prefijo para-. Sí, existe. Fíjate que con ese prefijo comienza, justamente, en la palabra PARAsíntesis. También está en paralelo, paranormal, paramédico y... parapeto. ¡¡¡Ja, ja, ja, ja, ja...!!! No, no, ese lo inventé yo. Ríete.

Para- es un prefijo griego que sugiere la idea de junto a, por un lado o, también, casi. (Se parece a meta-.) Fíjate en la palabra paramilitar. Significa, sin buscarla en el diccionario, algo así como “lo que está fuera de lo militar, al lado de lo militar, que no es militar, pero funciona igual o parecido, casi militar”. ¿No es cierto? Lo paranormal es lo que parece normal, pero sabemos que no es normal, es decir, que está como al lado, PARAlelo a los fenómenos NORMALes.

Pero hablábamos de parabrisas. No es lo mismo, no es el mismo prefijo, sobre todo porque ahí no hay prefijo. “Parabrisas” nace de la unión del verbo parar (conjugado en tal y cual persona, etc.) y el sustantivo brisas. Sucede con ella lo mismo que sucede con comedulce, tragaluz, sacapunta, pararrayos, recogebates, guardafango, portavasos. Un verbo más un sustantivo. Es sólo una coincidencia que el verbo parar se parezca tanto al prefijo para-.

Y repito, repito, repito: no me fastidia, no me fastidia, no me fastidia, sino que más bien me hace feliz, feliz, feliz que me preguntes.

Hasta luego.

 

Edgardo

 

aarvelo22@gmail.com

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXX / 8 de noviembre del 2021

 


  

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lunes, 11 de octubre de 2021

OCTOBRIS, October, 12 de octubre [CCCLXIX]

Ariadna Voulgaris

 

 

Como buena enredadera, el español
sigue creciendo en América

 

 

 

         Lo primero que he de decir sobre la etimología del nombre del presente mes es que, según la fuente que uno consulte, o es muy aburrida (como la de otros meses de los que hemos hablado este año) o demasiado complicada. En unas dice, escuetamente, que es derivación de OCTOBER, ‘octavo mes’ en latín; pero otras enrevesan la cosa de tal manera que uno pierde el hilo (y, como saben, la tradición no me permite ese lujo). Además, desde el mes de FEBRVARIVS estoy esperando para hablar de OCTOBRIS, porque es una palabra que me atrae y resulta que es la menos frecuente en la bibliografía. Así que este mes, no vamos a entretenernos con la etimología.

         ¿Qué se celebra en octubre que tenga que ver con la lengua española? Pues, lo único que encontré en mi calendario de mesita de noche fue el Día de la Raza... oh, perdón, el Descubrimiento de América... ¿Tampoco? Llamémoslo entonces Día de la Lengua Española en América. El 12 de octubre de 1492 sucedió un hecho que habría de salvar a España de aquella mala idea de Isabel la Católica de expulsar a los árabes y los judíos de su territorio (a menos que quisieran convertirse al cristianismo). Error porque esa medida cortó con sus propias tijeras un flujo de dinero que mantenía al reino a flote. Y ya saben ustedes de la adicción de los reyes al dinero. (Perdón, no logro derrotar mi tendencia a la generalización.)

         Ese mismo año, unos meses después, un italiano que había logrado el apoyo de la reina llegó a las costas de América y declaró aquellas tierras (que él no sabía que eran tan grandes como son) propiedad del Estado español. Y con esto, sembró en ese suelo una enredadera que se expandiría por todo el continente (y como buena enredadera, sigue creciendo hoy). El idioma de Castilla, de la reina y del pueblo, se apropió de los territorios de América del Norte (eso fue después que ahí se habló inglés, pero, otra vez, ahora cada día se habla más español), de América Central (hasta en Belice se habla español), de América del Sur (toda la costa caribe, la pacífica y la mitad de la atlántica) y de la América antillana (tres de las cuatro islas más grandes hablan español).

         Mañana en la tarde, cuando los que viven cerca de la playa oigan a un loco gritando “¡Tierra, tierra!”, sepan que es la primera palabra castellana que oímos de aquel lado del mundo y hagan espacio en sus muelles para tres barquitos con nombres de mujer. Ah, y simulen, al recibir al capitán, que hablan latín, para que esta vez no crea el pobre que ha llegado a Japón.

         Mañana, para contradecir a un mar océano de gente inconforme, sí habrá algo que celebrar. Mañana vamos a celebrar la llegada del idioma español a la tierra donde mejor se alimentaría y donde fructificaría más allá de lo imaginable.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXIX / 11 de octubre del 2021

 

 

 

 

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miércoles, 6 de octubre de 2021

Mal de amores con tenguerengue [CCCLXVIII]

Edgardo Malaver

 

 

Dante y Beatriz a orillas del Leteo (1889),
de Cristóbal Rojas

 

 

 

         Desde el miércoles de la semana pasada tengo en la mente una campana que repite y repite una expresión que yo oía mucho cuando era pequeño. Me la repite, sin embargo, incompleta, me repite la primera mitad, y yo sé que me la repite tanto porque quiere recordar la segunda. Confía en mí para que le busque la respuesta... y yo que confiaría en ella. Más o menos el sábado en la mañana comenzó a sonarme que la palabra que le faltaba debía ser tetrasílaba y, horas más tarde, que todas las sílabas tendrían la e como única vocal. Pensé en el merequetengue del merengue ese; pero no, tenían que ser cuatro sílabas.

         La expresión, que les lanzaban los adultos a los muchachos cuando los veían medio lelos, dominados por la falta de sueño, por los suspiros del primer amor, por el calor del mediodía, era como sinónimo de “¡Despiértate!”. “¡¿Qué tienes, fulano, mal de amores con...?!”. Y esta mañana, de tanto intentarlo, comenzó a llegarme de la región oscura una palabra que se parecía a tenguerengue. La pronuncié mientras tomaba café. “¿Será tenguerengue?”, me pregunté en voz alta. La dije, la repetí, la escribí, intenté recordarla en labios de mi mamá, pero nada me daba la certeza.

         Les pregunté a varios parientes que crecieron cerca de mí y antiguos compañeros de escuela. Pronto me llegaron cinco o seis mensajes que afirmaban recordar la palabra claramente, y también la expresión: mal de amores con tenguerengue.

         Mientras esperaba las respuestas, la gran sorpresa me la dio el diccionario. Resulta que la dichosa palabra estaba ahí y yo buscándola en mi memoria. Aparece, para ser más más preciso, en la locución adverbial en tenguerengue, que significa ‘sin estabilidad. Puesto a investigar, descubro que en el 2006 una Escuela de Escritores, de España, la eligió como la palabra más bella del idioma. También he leído que en toda España la usan y que, allá también, puede referirse a un estado de ánimo, como la aflicción o el quebranto “causado por el amor”.

         Después de unos 40 años sin saborearla, sin sentir su tersura de vocales entre el cerebro y la lengua, una palabra ha vuelto a mí. Celebro como quien descubre que un amigo de la niñez se acaba de mudar a la casa de al lado, y desde el primer momento ese amigo recuerda nuestro nombre y poco a poco, juntos, vamos recordando episodios, nombres, temores, alegrías. Y palabras, que son las lámparas del recuerdo, la dulzura de los recuerdos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXVIII / 4 de octubre del 2021

 

 

 

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