Edgardo Malaver Lárez

Luisa del Valle Silva (1896-1962)
“Caminante, no hay
camino”, dice Antonio Machado, y cualquiera diría que deja al caminante en el
aire, en mitad del mundo sin tener hacia dónde dirigir sus pasos; pero el poema
sigue y nos abre las puertas con lo que podría ser un aprendizaje del poeta de
Sevilla: “se hace camino al andar”. El hombre, el caminante, es puesto en la
vida para descubrir que la vida ofrece tantas formas posibles de vivirla que, por
sí sola, no señala camino alguno, sino que cada quien escoge el suyo, cada
quien forja el suyo, cada quien se vuelve el suyo.
La conclusión más natural
es que la vida es un camino, un viaje, un constante movimiento hacia algo más,
ojalá mejor. Y, ergo, el hombre es un viajero y no deja de viajar, de moverse,
de buscar mientras vive. Esta idea es la que durante siglos hemos conocido como
el tópico literario del Homo viator, el hombre que viaja.
El hombre se va moviendo
en el tiempo, en el espacio, en su interior, hacia el más allá, hacia lo
desconocido... desconocido pero inevitable... inevitable pero más grande. Esa
idea del hombre que no hace otra cosa que caminar, que transitar de un estado a
otro, que sea exterior o interiormente trasiega y se traslada, que se mueve por
el mundo y también por las sendas del corazón y del espíritu, que busca el
camino para llegar más alto, para llegar donde parece imposible llegar, al
cielo... eso llamaban los romanos Homo viator, el hombre como viajero, la
vida del hombre como un eterno viaje que lo hace sabio y que también consume
sus fuerzas.
Luisa del Valle Silva lo
ve claro —a su manera, e “intenta” aclarárnoslo— en su poema “Tres caminos”:
Son tres
caminos paralelos
que están
tendidos frente a mí,
por donde a
trechos va mi alma
haciendo el
viaje del vivir.
Y a continuación nos describe
cada uno de ellos:
Es uno llano,
claro, fácil,
sin un temblor
de brusquedad,
como una
cinta, a flor de tierra
tiende su
plácida igualdad.
Ciertamente, en este viaje, que no derrocha creatividad ni osadía, deben
aparecer pocas dificultades; de hecho hasta suena a que no hay más que mirar un
poco a otros... y caminar:
Es el camino
abierto, donde
mi vida se
deja llevar
pisando sobre
las trilladas
huellas que
dejan los demás.
Sin embargo, no es muy inspirador. Silva siente que es un “camino sin
abrojos... pero sin flores”. Y
así, siente un “soplo de rebeldía” que es como “un beso de huracán”.
El segundo camino es bien
oscuro y doloroso. Dice:
El otro es
hondo, subterráneo,
cerrado en
tétrico negror,
por donde va
mi vida en horas
estranguladas
de emoción.
Lo compara a un via crucis y a su correspondiente Calle de la
Amargura, en que el alma lucha con las sombras y lanza contra muros de piedra “golpes
de interrogación”. Todo sueño es aquí un “diamante de dolor”.
Y desemboca en el tercer
camino:
Alto, muy
lejos de la tierra,
mi otro camino
va a extender
su claridad
[...]
y en un minuto
de infinito
vive el mañana
y el ayer.
La poeta se mueve, viaja, hacia afuera, hacia adentro, hacia lo profundo,
hacia el infinito. Y evidentemente no acepta ni adopta la primera opción: la
pasiva. Busca en mundo tangible, busca en el mundo etéreo. Sueña con alcanzar
ese “minuto de infinito” que crece, nada menos, en el ser. Camina y hace camino,
su camino, al andar.
Sea cual sea el camino, la
vida es un viaje para quien se la toma en serio. El camino del que habla
Machado no es sólo el camino que va de su casa a la casa de un amigo suyo: es
también el camino del descubrimiento; el camino del que habla Silva no es un
camino sencillo; el viaje del que habla el tópico, que se replica en cada época
y puede manifestarse de formas muy similares o muy disímiles en cada autor, es
un viaje en busca de la verdad poética de la vida. E incluso se puede entrever
que la vida, entre viaje, sueño, tiempo, poesía, estuviera buscándonos también
a nosotros.
Por algo dice el siempre
luminoso García Lorca:
El sueño va sobre
el tiempo
flotando como
un velero.
[...]
El tiempo va
sobre el sueño
hundido hasta
los cabellos.
[...]
Sobre la misma
columna,
abrazados sueño
y tiempo,
cruza el
gemido del niño,
la lengua rota
del viejo.
emalaver@gmail.com
Año XIII / N° DXI / 28 de abril del 2025
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