Año
I / Nº V / 13 de mayo del 2013
Update
Año
I / Nº V / 13 de mayo del 2013
Update
Edgardo Malaver Lárez
Una de nuestras lectoras, Joana Do
Rego, nos escribe desde Venezuela. Muchas gracias, Joana, por los saludos y por
tenernos presentes.
Dice Joana que le gustó una de las curiosidades lingüísticas a las que dedicamos el número 3 de Ritos de Ilación: la de la palabra más larga de todas las incluidas en el Diccionario de la Real Academia Española, electroencefalografista, y que pudo incluso utilizarla en una oración: “El electroencefalografista estará ocupado hasta las tres”. Debe trabajar en una oficina. Despide su mensaje solicitando más comentarios nuestros sobre esta y otras palabras particularmente largas.
Para responder a esta lectora,
iniciamos una paradójicamente breve investigación que nos dio varias sorpresas.
Por ejemplo, encontramos en la página 11 del diario Notitarde, de
Venezuela justamente, del 21 de enero de este año, una nota que habla de los
vocablos más largos del mundo. Dice que se lleva la palma la palabra lopadotemachoselachogaleokranioleipsanodrimhypotrimmatosilphioparaomelitokatakechymenokichlepikossyphophattoperisteralektryonoptekephalliokigklopeleiolagoiosiraiobaphetraganopterygon,
que, como se ve, contiene 182 letras. Es un término del “griego antiguo, que
fue inventado con fines humorísticos por el escritor Aristófanes, para designar
una comida ficticia”. Aristófanes vivió entre el 444 y el 385 antes de Cristo,
pero de haber vivido en el actual siglo y de haber escrito en español,
probablemente habría tenido que sustituir algunas k por c o por qu, algunas ph por f, etc., con lo
cual la dichosa palabra terminaría teniendo, en nuestra lengua, apenas 177
caracteres. Bastante.
Notitarde habla también de
una palabra sueca que requiere 130 caracteres para escribirla.
En español, a pesar de que existen (o
por lo menos pueden construirse cuando se necesitan, gracias a la composición o
la derivación) palabras más largas que electroencefalografista,
pero lo que deseábamos destacar la semana pasada era que es ésta la más larga
que se encuentra en el diccionario; el español es un idioma, al parecer, mucho
más sintético que algunos otros. Otra palabra que parece estirarse mucho es nicenoconstantinopolitano, de 25 letras, que no ha aparecido
nunca en ninguna edición del diccionario de la Academia a pesar de pertenecer
al ámbito religioso —el credo católico se llama así desde el año 381—. También
es posible componer: otorrinolaringológicamente y contra-rrevolucionariamente,
de 26; electroencefalográficamente, de 27, e incluso anticonstitucionalísimamente,
¡de 28!
Este parece ser el máximo de longitud
en español. Un profesor de morfosintaxis, sin embargo, se daría banquete
“desarmando” esta palabra en sus numerosos componentes y demostraría que la
lengua española es capaz, así, de concentrar una inmensa variedad semántica en
formas léxicas verdaderamente reducidas.
Hemos encontrado, a pesar de todo esto, la exageración de las exageraciones en español: pentaquismiriohexaquiskiliotetracosiopentaquismiriohexaquiskilotetracosiohexacontapentagonal.
Si estuviera en el diccionario, diría: ‘perteneciente o relativo al polígono de
56.645 lados’. Noventa y dos caracteres apenas, ¡en singular!
emalaver@gmail.com
Año I / Nº IV / 22 de abril del 2013
Otros
artículos de Edgardo Malaver Lárez
Electroencefalografistas
y más récords
Edgardo
Malaver Lárez
Otros
artículos de Edgardo Malaver Lárez
José Antonio Millán
El Diccionario de la
Real Academia contiene más de millar y medio de diminutivos.
Muchos de ellos son diminutivos de
sustantivos que hoy ya no existen, o son poco usados, lo que hace que no sean
reconocidos como formas derivadas. Veamos algunos casos curiosos.
Ardilla, el conocido roedor, es
un diminutivo de arda o harda (que refiere
precisamente al mismo animal, pero que es un nombre que ya nadie utiliza).
Abanico viene de abano,
que era precisamente el mismo instrumento Abanar venía del
portugués abanar, ‘aventar’, ‘cribar’, y abano se utilizaba aún en el
español del Siglo de Oro.
Cangrejo es el diminutivo
de cangro, que se refería al mismo animal.
Observemos que la mayoría de los
diminutivos fósiles provienen de los sufijos -ico, -illo, -ejo,
que eran los más usuales en el español antiguo, en vez del moderno -ito.
Rinconete (Centro Virtual Cervantes),
16 de octubre del 2000
http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/octubre_00/16102000_03.htm
4 de marzo del 2013