martes, 15 de septiembre de 2020

Tonto y atónito [CCCXVI]

Ariadna Voulgaris

  

Un número de la revista Thor en 1962


 

        Después de escribir la semana pasada el artículo sobre la idiocia y la imbecilia, se me metió en la cabeza la idea de escribir durante varios lunes (aunque ya hoy es martes) sobre algunos insultos.

        Y esta semana le toca a tonto. Es un insulto bien tonto, ¿no creen?, es como lo mínimo que hay en insulto. De tonto para abajo, es chiste, me imagino. Si fuéramos un poquitín más tontos, quizá, podríamos hacer con tonto lo que han hecho muchos imberbes con marico, que dejó de ser un tratamiento despectivo más bien fuerte para ser, según mucha gente, hasta cariñoso.

        Entonces, mejor me dejo de tonterías y digo por fin la tontera que vengo a decir. La palabra tonto como que proviene de atónito, o, mejor dicho, de atonitus, que, según gente que sabe de latín, es el participio de attonare. Attonare (ad + tonare) significaba ‘producir un gran ruido’, como un trueno (imagínense ustedes que Thor parece que es descendiente de él). Quedar atónito, como sabe todo el mundo, es quedar como pasmado, como paralizado por una impresión muy grande. Imagínense los ojos redondos y la boca abierta.

        En alguna parada del camino, quién sabe si entre la Edad Media y el Renacimiento, el descuidado atónito perdió una sílaba y mas tarde, su esdrujulez inspiró a los hablantes de la Madre Península a ir borrando la i. “¡Hombre, que cuatro sílabas es demasiao pa el calor que hace aquí!”, me los imagino diciendo.

        Y, bueno, así más o menos debe haber llegado a nosotros esta palabra, a la que después los hablantes de las España y los de las América comenzaron a atribuir significados insultantes o peyorativos. Me imagino que en aquellas mentalidades, el tonto tenía la cabeza tan hueca que podía hacerse un ruido como un trueno si se le golpeaba. Me quedo atónita.

        Y no lo quería citar porque muchos lo hacen, pero es la prueba perfecta de lo que luce: en esa época, Sebastián de Covarrubias escribió en 1611 que el tonto no es “furioso” como el loco, pero “el tonto tiene vacía la cabeza, por carecer de entendimiento, el cual en él es redondo, en oposición a los que tienen buen entendimiento, que llamamos agudos”.

       

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año VIII / Número CCCXVI / 15 de septiembre del 2020

 

lunes, 7 de septiembre de 2020

Idiocia e imbecilia [CCCXV]

Ariadna Voulgaris

 

 

Charles Chaplin y Virginia Cherrill en
Luces de la ciudad (1931)

 

 

 

         A mí hubo un tiempo que me tenía deslumbrada este asunto cuando estudiaba Educación. Cuando descubrí la clasificación de los retrasos mentales, me quedé enganchada con dos palabras que aparecieron en el siglo XIX para designar a pacientes “anormales”, o con facultades disminuidas respecto a la mayoría “normal”. Las palabras eran idiocia e imbecilia.

         Es curioso que los propios psicólogos, al definir estos conceptos, recurren casi siempre la etimología (griega, latina o grecolatina); en el caso de idiocia, la raíz es idio-, que significa ‘lo propio’, ‘lo individual’. En griego, la palabra implica total ausencia de inteligencia y razón; pero el concepto abarca también la indiferencia social y política, el desinterés hacia la comunidad o la incapacidad de ejercer la ciudadanía. En la antigüedad, todo varón adulto griego libre tenía que tener participación pública, la cual presuponía domino sobre sí mismo, sobre su vida y sus propiedades, que incluían su mujer, sus hijos y sus esclavos; sin embargo, esta mujer, estos hijos y estos esclavos, al no ser ‘varones adultos libres’, al no tener control de sí mismos, eran una especie de discapacitados, se circunscribían a la esfera de otro ser y no podían ocuparse más que se sus propios asuntos, no tenían vida pública, eran idiotas.

         La palabra imbécil, por su lado, proviene de baculum, ‘bastón’ en latín; con la negación im-, indica en castellano ‘el que no lleva bastón’; la imagen que evoca es la de los ancianos que se ayudan de un bastón para caminar; son los más sabios de la comunidad, así que los ‘sin bastón’, los ignorantes, los inconscientes, los no aptos para la vida en sociedad son los imbéciles.

         Pero eso era en el siglo XIX; después las clasificaciones han sido menos amagas; para “objetivizar” el estudio de los retrasos mentales (término que solo indica velocidad de aprendizaje), muchas clasificaciones se han basado en la medición del cociente de inteligencia (y en este caso, inteligencia significa, en resumen, capacidad de resolver problemas). La primera de estas mediciones fue la ideada por los franceses Alfred Binet (1857-1911) y Theodore Simon (1873-1961), que ha tenido siempre la buena reputación de que sus autores pretendían aplicarla a los niños “anormales” (así decían) para prestarles ayuda; pero quizá fueron ellos los primeros que usaron los socorridos términos idiocia e imbecilia en psicología; otros, tergiversando su fin inicial, discriminaron, insultaron y maltrataron a los retrasados mentales. Hasta el presente se usan aquellos exámenes de Binet y Simon para rechazar candidatos en los empleos, en los ejércitos y hasta en las propias escuelas.

         Después se trató a los pacientes de retraso como mascotas: se les llamó, por ejemplo, custodiables, educacables y entrenables; y más tarde han venido nombres menos agresivos, pero la marginación y la estigmatización han persistido.

         Esos apelativos, muy científicos y todo, ahora nos suenan referidos a bestias salvajes o animales en general que pueden domesticarse; quien los usa se cree tan superior (y con el apoyo de la ciencia) que, además de llamar locos a sus semejantes, los ve como seres desprovistos de razón, ajenos a la humanidad. Toda una abyección, pero eso también somos los seres humanos... los psicológicamente normales, quiero decir.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año VIII / N° CCCXV / 7 de septiembre del 2020

 


lunes, 31 de agosto de 2020

La manzana y la mujer [CCCXIV]

Luis Roberts

  

 

“La creación del hombre”, detalle de El jardín
de las delicias (1450), de Jerome Bosch
 
 



         He leído con delectación, como siempre, el último y divertido artículo de Ariadna Voulgaris, “La manzana de la discordia”. Como ando inmerso en lectura pandémica, ahora con el último de los libros del genio Yuval Harari, el artículo de Ariadna me impulsa a hacer ciertas reflexiones.

         En primer lugar, el rol de la pobre manzana que, para bien o para mal, aparece en todas las culturas antiguas. En este caso, como objeto de disputa de tres mujeres por su belleza, que pasaría a ser un símbolo de amor en la antigua Grecia. En el Renacimiento, la Iglesia Católica desaconsejó, o tachó de pecaminosa, a la pobre berenjena, al parecer por su forma, llamándola mela insana, o “manzana loca, o insana”, de donde viene su actual denominación italiana: melenzzana. También proscribió al pobre tomate por su color rojo, diabólico, y los marinos italianos se abastecían en el puerto de Tánger, al igual que los españoles, del tomate amarillo que llegaba de México, que llamaban pomma d’oro, o “manzana dorada”, de donde su actual nombre pomodoro; eso sin olvidar uno de los peores errores de traducción, uno más, de la Biblia, que nos persigue hasta hoy, el de la famosa manzana de Eva, pues en el original no se refiere a una manzana para nada.

         Pero volvamos al tema principal. Cuando el homo empieza a ser sapiens, en la revolución cognitiva, con el habla y la simbología como novedades, este se considera como formando parte del universo que le rodea: las plantas, las piedras, las aguas, los animales, etc., a quienes, por lo tanto, respeta como iguales, incluso en sus ritos de caza, pidiendo perdón al animal por matarlo, pues tenía que comer, como atestiguan variedad de pinturas del neolítico. Era una especie de “religión”, que aún perdura en algunas partes de África, y a la que se ha llamado “animismo”. Por los vientos que corren y el auge del ecologismo, como única manera de que el sapiens sobreviva, no sería extraño que este “animismo” se impusiera a las aburridas religiones monoteístas.

         Cuando el sapiens cazador-recolector desaparece con la revolución agrícola, hace 11.000 años, aparecen las religiones, todas politeístas, pues la simbología obliga a antropoformizar a los fenómenos naturales y a darles nombres, y todos, todas, absolutamente todas las deidades son femeninas, los primeros dioses fueron diosas, la agricultura crea la diosa tierra, la diosa madre. Maat en Egipto, Gaia o Gea en Grecia, Ishtar en Caldea, Babilonia, la Pachamama en los Andes y, sobre todo, Astarté, la Astoret de la Biblia. La sociedad es matriarcal, hasta que se descubre el papel del hombre en la procreación y empieza el dominio del hombre en la Tierra y en el Olimpo.

         Homero escribe la Ilíada, hacia el 800 antes de Cristo, cuando ya Zeus se había hecho el amo del Olimpo, y a las pobres diosas les habían dejado, las labores domésticas: “Tú ocúpate de la casa, de estar bella y de criar niños sanos”. El dios jefazo de los pueblos semíticos era ÉL, y en los textos más antiguos de la Biblia en hebreo se refieren a él como Elohim, en plural, los dioses. De ahí se deriva, Elah y Allah. Bien era verdad que el pueblo hebreo, nómada, peleón y fanático, según como le iba en las guerras o en las cosechas, se pasaba de Yaveh, o Adonai, a Baal, el becerro o toro, con una frecuencia pasmosa para la gran indignación y maldición de Yaveh y de sus cronistas bíblicos, a pesar de que ya tenían, desde el 1400 antes de Cristo, aproximadamente, el Deuteronomio, que decía que sólo adorasen a Adonai y se dejasen de monsergas, pero solo fue hasta el reinado de Josías, hacia el 622 antes de Cristo, que se impuso el monoteísmo como obligación sin marcha atrás y con ejemplares castigos divinos y humanos a quien lo incumpliese. Había nacido oficialmente el monoteísmo y con una carga machista absolutamente innegable, como destila toda la Torá, la Biblia, y que heredarían más tarde sus secuelas abrahamánícas: el cristianismo y el islam.

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año VIII / N° CCCXIV / 31 de agosto del 2020

 

lunes, 24 de agosto de 2020

La manzana de la discordia [CCCXIII]

Ariadna Voulgaris



Irene Papas como Helena en Las troyanas (1971),
de Michael Cacoyannis




         Chicas, si están leyendo la Ilíada por primera vez y no comprenden cómo fue que estalló una guerra tan sangrienta, que duró diez largos años y en la que se supone que se disputaban a una mujer —¡por Zeus!, qué halagador, ¿se imaginan, chicas, miles de hombres despedazándose por ustedes?—, si no ven en el poema la causa de tanta calamidad, tienen que ir a buscar esa causa en otro libro, como muchas cosas en la mitología griega. Y al comprender el porqué de la guerra de Troya, comprenderán también el origen de la expresión la manzana de la discordia.

         ¿Cómo fue que a Paris se le ocurrió robarle la mujer a Menelao? Ante París, considerado por las tres el más hermoso de los mortales, se presentaron una noche Hera, Atenea y Afrodita para pedirle que juzgara quién de ellas era la más bella del Olimpo. Y pusieron en las manos del joven príncipe troyano una manzana de oro que él debía entregar a la elegida. Hera entonces habló la primera y le prometió que si la elegía a ella le daría un poder incalculable y el trono de cien naciones de la tierra. Atenea después le dijo que ella, a cambio del premio, lo haría el hombre más sabio del mundo y su protegido. Y finalmente, Afrodita, desdeñosa, le ofreció entregarle el amor y la máxima felicidad al lado de la mujer más bella del mundo. Y entonces Paris, sin dudarlo un instante, le extendió la manzana a Afrodita.

         Fue así como Hera y Atenea se enfurecieron en contra de Paris y acudieron a Zeus para vengarse de él, de su padre, el rey Príamo, y de todos los troyanos. Afrodita, por su lado, condujo a Paris a Esparta, de donde, a pesar de la amistosa recepción que le dieron los espartanos, raptó a Helena, la bella mujer de su rey, Menelao.

         Y así comenzó la discordia, por causa de una manzana.

         Y la verdad es que Helena se ve muy tranquila y contenta en Troya, no se diría que sufre y llora porque aquel seductor de Paris se la robó. Por culpa de Afrodita, se olvidó incluso de su hija, Hermiona (sí, como la amiga de Harry Potter). La locura en realidad fue iniciada por Menelao, que emprende una gira geopolítica por Grecia en busca de apoyos (entiéndase: financiamiento, soldados y aperos de guerra).

         La manzana de la discordia, aunque representa ‘un origen simple de un gran conflicto, no tiene que ser tan literalmente la manzana de oro que entregó Paris a Afrodita. Pueden asociarla a la propia Helena, que, sin proponérselo (porque sabemos que fue víctima del encantamiento de Afrodita), simboliza un trofeo (esto ya no es halagador, pero pone a la mujer en el centro de la acción de los varones), la guerra dizque gira en torno a ella.

         Otra cosa que no se cuenta en la Ilíada es cómo los aqueos, habiendo entrado en la ciudad, fueron a buscar a Helena para conducirla, llena de mimos, ante su legítimo marido (nunca hay que olvidar los objetivos de empresas tan ambiciosas, ¿verdad?). Uno supone que la bella muchacha terminó volviendo a su lecho de Esparta, pero a mí me hubiera gustado sugerirle a Homero, para condenar la vaciedad de la guerra, un final alternativo: que presuroso entrara Menelao en la cámara de Paris buscando a su mancillada reina y, por ejemplo, la encontrara difunta.


ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año VIII / N° CCCXIII / 24 de agosto del 2020

 

jueves, 20 de agosto de 2020

Cóvid… con acento [CCCXII]

Edgardo Malaver

 

  

¿La acentúo, no la acentúo?

 

 

         Hemos ido pasando la pandemia de la enfermedad del coronavirus —para traducirla literalmente del inglés, el idioma en que le pusieron nombre—, hemos ido leyendo de todo sobre ella, hemos ido cambiando nuestros hábitos en casi todos los campos por causa suya, hemos ido renunciando hasta a pasear tomados de la mano por la playa, por un parque, por la calle en que vivimos, hasta hemos ido dando consejos y filípicas a nuestros vecinos, amigos y parientes que cumplen o no los “protocolos de seguridad sanitaria”, algunos hemos llegado al extremo de aprovechar la situación para escribir, y después de tanto esperar y tanto hacer, no hemos reparado en que escribimos mal el nombrecito de nuestros tormentos. No me refiero a su género gramatical, que otro no tiene y ya lo he tratado en otro rito. Me refiero a la ortografía de la dichosa palabra —dichosa porque pocas palabras han sido pronunciadas tantas veces por hora en una sola mitad de año en todos los países del mundo al mismo tiempo durante las 24 horas de cada día sin casi ningún cambio fonético, morfológico ni, desde luego, semántico, aunque seguramente sí pragmático, como esta, que pasará a la historia como la marca registrada del año 2020—. La forma en que escribimos la dichosa palabra en el mundo entero es, por lo visto, la misma. Sin embargo, en los lugares de habla española donde la pronunciamos como palabra grave —hasta ahora luce como lo más frecuente—, habría que escribirlo cóvid, porque las palabras graves, ¿para qué lo repito?, se acentúan cuando no terminan en ene ni en ese ni en vocal. Para que nadie me los objete, pongo ejemplos que terminan también con de: áspid, césped, récord. Si en algún lugar la pronuncian como palabra aguda, entonces no hay más camino que escribirla sin tilde, como unidad, comed, ardid, también para usar sólo ejemplos que terminen con la misma consonante. ¡Esto es todo, amigos!

 

emalaver@gmail.com



Año VIII / N° CCCXII / 20 de agosto del 2020



Otros artículos de Edgardo Malaver

Qué arrecho

Animales y lengua humana

Los más pendejos

Tiros que salen por la culata

Ah, su madre

 

lunes, 3 de agosto de 2020

Traductores de lo intraducible [CCCXI]

Edgardo Malaver

 

 


 
Merryl Streep en La decisión de Sophie (1982),
de Alan Pakula

 

 

         El jueves de la semana pasada, buscando ejemplos para una clase, el azar me condujo a diez, veinte, treinta de esas páginas que presumen de presentar mucho contenido con “lectura ágil y breve”, en las que, en su mayoría anónimos, los redactores enumeraban las 29, 42, 55 “palabras más intraducibles” del mundo. Mero plumaje publicitario, porque resulta que apenas trataban, somerísimamente, y sin ninguna uniformidad, ocho o nueve lenguas, incluyendo el inglés y el español y siempre comparándolas, justamente, con el inglés o el español. No saben lo que hacen, pero eso puede ser lo mejor.

         Para comenzar, me dije yo, hay que considerar de cuál lengua a cuál otra se hace la traducción para poder hablar de intraducibilidad. Quién sabe si, por esas carambolas de la voluntad independiente que parecen tener las lenguas, la palabra menos frecuente en Siberia resulta tener un equivalente de lo más cotidiano en Sudáfrica. Puede ser también a la inversa porque los seres humanos apenas hemos comenzado a conocernos.

         He seleccionado unos ejemplos que me llamaron la atención. Lo más gracioso en algunos casos es que las definiciones son tan precisas e ilustrativas que parecen revelar habilidades mayores de las que sus autores confiesan.

         En inglés aparecen palabras como facepalm (‘el gesto de llevarse la palma de la mano al rostro en un momento de incomodidad o decepción’), gobbledygook (‘cualquier discurso en apariencia inteligente pero ininteligible’) y bromance (‘afecto profundo entre dos hombres’). En francés ponen dépaysement (‘desorientación que sufre un viajero en un país extraño’), flâner (‘hacer turismo a pie por las calles de París’ —me entero de que era sólo por París—) y cartonner (‘comentar una película, un libro o un concierto’). En italiano encontré culaccino (‘el círculo líquido que deja un vaso sobre una superficie’), mozzafriato (‘cualquier cosa que nos sorprende hasta el extremo de paralizarnos’) y struggimento (‘estado confuso de dolor y ansiedad’).

         No puede ser la mar de sencillo traducir estas palabras, pero, buscando un camino para pensar en ellas, me acuerdo de la traducción al español de la novela Sophie’s Choice (1979), de William Styron, cuyo traductor no se detiene derrotada ante los intraducibles, ni siquiera los elude creando notas paratextuales al original, sino que suma al texto que sale de su mano “definiciones” sencillas y de resonancia poética similar a la del autor, armoniosas con él. Donde el narrador pone, por ejemplo, “(...) my father was drinking tea and Kazik was drinking slivovitz brandy and the printer (...)”, el traductor, Antoni Pigrau, dice: “(...) mi padre estaba tomando té y Kazik había pedido coñac slivovitz, ese incoloro, hecho de ciruelas, ¿sabes? En cuanto al impresor (...)”. La historia de Sophie es extensa, pero la habilidad literaria de Pigrau es grande y su aporte no desentona nunca con la prosa de Styron. Hay que nadar mucho para llegar vivo a esa orilla.

         Ojalá que, llegada la oportunidad, estos traductores que ofrecen datos semánticos tan sorprendentes y precisos, sean capaces de llegar tan lejos como Pigrau. Al final, quizá el problema de estos redactores de tantas páginas simples sobre la traducción sea que no se percatan de que desperdician su talento. Acaso sucede que no conocen la dimensión de su propio potencial.

 

emalaver@gmail.com

 

 

Año VIII / Número CCCXI / 3 de agosto del 2020

 

lunes, 27 de julio de 2020

Las palabras prohibidas del COI [CCCX]

Ariadna Voulgaris


La publicidad evadiendo ingeniosamente 
la prohibición de decir nombres



         Me llama la atención este asunto desde el año 2004, en que un primo de mi amiga Alejandra estuvo en la selección nacional venezolana de natación y regresó de Grecia quejándose de que el Comité Olímpico Internacional (COI) ponía “demasiadas prohibiciones a la libertad de expresión de los deportistas” durante las Olimpíadas. Alejandra y yo lo animábamos diciéndole que era un gran logro en su carrera haber estado en Atenas a los 18 años y que en el espíritu olímpico era más importante competir honestamente, como él, que la ceguera de los organizadores. Pero él quería libertad de expresión, quería que se eliminara la “regla 40”.
         El miércoles que acaba de pasar tenían que haberse inaugurado en Tokio los XXXII Juegos Olímpicos de la Era Moderna. Nadie necesita que se le explique por qué no se hizo. Se celebrarán el año que viene, del 23 de julio al 8 de agosto. Pero hay algo que mortifica a los participantes quizá más que la posibilidad de obtener una medalla. La aborrecida regla 40 del COI, por lo menos hasta los Juegos de Río de Janeiro, prohibían a los atletas, entrenadores o cualquier miembro de las delegaciones permitir que “su persona, imagen o actuaciones deportivas fueran explotadas con fines publicitarios durante los Juegos Olímpicos”. Por supuesto, la regla no era aplicable a los patrocinadores del COI.
         Justificada por la institución alegando que busca salvaguardar las fuentes de financiamiento y atajar la excesiva comercialización del evento para concentrarse en el desempeño de los deportistas, la rigidez de la norma llegó al extremo, en el 2016, de proscribir, incluso en mensajes personales de los participantes por las redes sociales, el uso de palabras como Juegos Olímpicos, Olimpíadas, medalla, oro, plata, bronce, victoria o verano. Ni siquiera estaba permitido para los no patrocinadores y si estaba relacionado con el evento, ¡escribir Río o Río de Janeiro! Por tanto, un patrocinante que no financiara al COI no tenía derecho siquiera a felicitar a sus patrocinados después de una buena actuación ni publicar sus resultados destacados. La sanción podía ser la expulsión de las competencias e incluso el retiro de las medallas ganadas.
         Afortunadamente, las autoridades alemanas lograron para sus atletas el año pasado una flexibilización de la funesta norma. En un gracioso gesto democrático, el COI se dignó conceder que los alemanes podían utilizar las citadas palabras y las redes sociales durante las competiciones, pero aseveró que no se extendería este beneficio a los competidores de otras nacionalidades. Sin embargo, en junio de 2019, la norma dio un vuelco y se volvió “positiva”, “flexible” y “abierta”. Íbamos a saber hasta qué punto era cierto en estos días, pero hubo que recogerse durante meses y en algunos países siguen encerrados.
         Por lo visto, Atenea intervino en favor de la razón. Es que está tan fuera de la sensatez prohibir palabras, que los publicistas ya habían comenzado a evadir la restricción con mejores resultados que la cerrazón del COI. Hasta el espíritu olímpico, que predica la salud de la mente en armonía con la salud del cuerpo, tenía que estar en contra de aquel desatino.

ariadnavoulgaris@gmail.com





Año VIII / N° CCCX / 27 de julio del 2020

lunes, 20 de julio de 2020

Ponerse hojas alrededor [CCCIX]

Edgardo Malaver



Notas sobre la lengua que deambulan por la casa




         Me tropiezo con una hoja suelta en un cuaderno viejo que desde hace meses deambula por la casa, como llamándome para que busque algo en él. La hoja contiene una nota que dice:

emperiollar
em-peri-follar
       alrededor-hojas
poner hojas alrededor

No quiero buscar la palabra en el diccionario para que no enturbie la belleza de este hallazgo que acaso había olvidado. Siento que es como una iluminación que no quiero ensombrecer con la verdad terrena.
         El verbo emperifollar es la imagen más nítida de la ornamentación esmerada a pesar de la escasez de recursos tangibles. Es el esfuerzo de embellecimiento más sencillo pero que por eso termina llamando la atención. En los lejanos orígenes de la lengua española, ¿qué podía haber más bello, mejor ornamentado que la naturaleza, impoluta aún y casi abrumadora de colores y fragancias? Me imagino a los primeros hablantes castellanos, en medio de su vida benditamente sencilla, en su entorno apenas urbanizado, oscilante entre aquella montaña de lengua que era el latín y el humilde latido de la lengua local que habían hablado sus abuelos, que hablaban aún ellos mismos y que hablaban cada día menos sus nietos, los imagino buscando entre las cuenta de su revuelto ábaco de palabras formas de describir cosas o personas de apariencia repentinamente ennoblecidas, circunstancialmente embellecidas, más agraciadas de lo acostumbrado. Las flores pueden haberles brindado la imagen ideal: hacer como las flores, que se rodean de hojas, que las reúnen en su periferia, para lucir más bellas de lo que por sí mismas son, sería algo así como emperifollarse, pensando ya en latín, como los jóvenes de ahora.
         Hicieron tal como los albañiles que comenzaron a decir empedrar cuando ponían piedras una sobre otra; como los soldados que al clavar el asta en el suelo enarbolaron su bandera, o como la madre que se encariña con el hijo de su hermana.
         Me vienen a la mente —y otra vez, rebeldemente, no quiero buscar, aunque sea mal ejemplo para los estudiantes— palabras que siento más recientes, como emplatar (‘poner en platos’), que oigo decir a los cocineros de restaurantes; ensobrar (‘meter en sobres’), de trabajadores de oficinas, o enrutar (‘escribir una ruta de acceso electrónico’), de los técnicos de computadoras. La mente de habla española, por lo que se colige, ha procedido más o menos de la misma manera a lo largo del tiempo, haya sido el latín, el francés, el inglés (o incluso el propio castellano en su contacto con las lenguas de Asia, África y América) el idioma de moda en el mundo.
         O sea, en todas partes cuecen habas y nadie mata al chef. Todas las lenguas se dan a sí mismas esos mecanismos para sintetizar lo que pasa por la mente de sus hablantes, y el español las tiene tan buenas y tan ingeniosas como los de los demás idiomas.

emalaver@gmail.com



20 de julio del 2020 / Año VIII / N° CCCIX




lunes, 6 de julio de 2020

La lengua es castigo del cuerpo [CCCVIII]

Edgardo Malaver



El teatro venezolano creció con la llegada
del gallego Alberto 
de Paz Mateos
a Venezuela




         Cuando yo era estudiante, había en la escuela una muchacha que, sintonizada con la moda lingüística del momento, no llamaba a nadie de otra forma que no fuera gallo. Era, para ser más preciso, una moda instaurada por la jerga juvenil y proveniente, he presumido desde entonces, de la hamponil, tan creativa y refinada.
         Gallo era, al principio, una especie de insulto más o menos moderado que se le lanzaba a quien era considerado el tonto del grupo, el torpe, el que no comprendía, por ejemplo, las bromas. Yo me preguntaba mucho qué tenía un gallo de torpe o de tonto, y nunca encontré el sema que me lo aclarara a primera vista.
         Sólo ayer, domingo 27 de junio, unos 30 años más tarde, vino a conectarse en mi mente este apelativo con otro, también utilizado de manera peyorativa pero con una tradición más larga: gallego. Era sencillo: gallo es como un apócope de gallego. Era —o se me ocurre ahora que era, que fue— el habla hamponil haciendo lo que quizá sea su rasgo más característico, su acto más frecuente: cambiar los significados de los signos más comunes para crear confusión mediante el significante —ojalá que Laura Pérez Arreaza me corrija—. Me da la impresión, además, de que en cada país hay un gentilicio extranjero al que se atribuye la falta de talento e inteligencia, y en Venezuela es el de Galicia. En España parece ser sueco; en Argentina, boliviano; en Estados Unidos, irlandés.
         Aquella estudiante terminó siendo apodada Galla, nadie la llamaba por otro nombre, y hasta debe haber habido alguno que nunca supiera cómo se llamaba de veras. Al final luchaba en vano para revertir un hábito que ella misma había inducido, lo cual es inmensamente difícil en cualquier comunidad, en cualquier lengua. Incluso se cambió de facultad, ojalá que no haya sido por esa razón. Yo recuerdo su nombre, pero siempre que oigo que preguntan por ella es con aquel infame e inmerecido apodo... señal clarísima de que hay que tener cuidado con lo que se dice porque la lengua es castigo del cuerpo.

emalaver@gmail.com




Año VIII / N° CCCVIII / 6 de junio del 2020



Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 22 de junio de 2020

Idioma inferior e idioma... inferior [CCCVII]

Edgardo Malaver


 
To... da… len… gua… tie… ne… su… en…
can… to… ¿No… cre… e… us… ted…?


         Una vez me quedé dormido dando una clase de inglés. No es que me parezca aburrido este idioma, ni que lo fuera mi alumna, ni siquiera que me aburriera dar clases —que en esa época me aburría de veras o me ponía de mal humor—, sino que trabajaba demasiadas horas al día y dormía muy poco en las noches. Mi alumna, que era, gracias a Dios, una pariente más o menos cercana que estudiaba turismo, me lanzó un cojín a la cara y me dijo: “Acuéstate en el sofá, y yo avanzo con matemática”.
         Lo que sí me aburría, y me aburre aún, son esos estudiantes de idiomas extranjeros que apenas descubren dos o tres peculiaridades muy curiosas y llamativas de esa otra lengua, comienzan a menospreciar la suya propia e incluso se convierten en embajadores de los países donde éstos se hablan por doquiera que van. Si siguen avanzando, pueden llegar a convencerse de que aquella lengua es superior a todas las demás, y no existe forma de hacer que se fijen en las peculiaridades, incluso más impresionantes, de otras lenguas, ni siquiera la que les es natural.
         También existen los hablantes que se consideran, ya de entrada, tan inferiores, tan mal dotados para el aprendizaje lingüístico, que ni con hipnosis se creen que sean capaces de aprender nada sobre otra lengua. Por nada del mundo se atreven a retirar de su camino la vara que, en su imaginación, sólo en su imaginación, les impide, no digo yo hacer un postgrado en morfofonología medieval comparada —si es que eso existe— sino apenas echar una mirada rápida a ese otro mundo sencillamente vecino que es una lengua cualquiera.
         No sé cuál de los dos grupo me desespera más.
         Gracias a Dios, el tedio y la molestia que me despertaba la docencia se extinguieron de mi espíritu —la docente que habita en mi madre me dijo un día que se lo conté: “Eso significa que has madurado”, y después de eso he dado clases con sueño, con fiebre (con chicunguña, para ser más preciso), con hambre, triste, de luto, y no me ha vuelto a lanzar cojines a la cara; pero no han dejado de aburrirme, como si leyera el Código Civil con la pereza burócrata de Zootopía, la gente que cree su propio idioma inferior a los demás.

emalaver@gmail.com



Año VIII / N° CCCVII / 22 de junio del 2020

lunes, 8 de junio de 2020

Los varoncitos de las enfermedades [CCCVI]

Edgardo Malaver



En el mundo de las curvinas tampoco es fácil
reconocer el femenino del masculino




         El 4 de mayo de este año, Luis Roberts publicó aquí un artículo titulado “La RAE y el coronavirus”, cuya conclusión era que, como el sustantivo covid hace referencia a una enfermedad, su género debía ser femenino. Comentaba además que existe un grupo de académicos que argumenta que debía ser masculino “por tratarse de ‘un sustantivo’”, con lo cual el autor no está de acuerdo; pero en realidad lo único que es masculino en toda la discusión es el virus mismo y no la enfermedad. De modo que, diga lo que diga la Academia, ahora deberíamos decir la covid y no el covid, como tanta gente dice. Tengo que respaldar a Roberts en su rechazo a esa postura sobre el masculino de la recién nacida palabra porque es ridícula, pero me cuesta mucho apoyar la del femenino.
         Aunque parezca que no, aunque últimamente parecen ser los científicos, no los académicos (los de las universidades, no los de la academia, aunque también ellos, a veces) ni los movimientos sociales ni los promotores de ideologías ni los políticos bien vestidos los que deciden cómo van a llamar los hablantes a las cosas. Bien que pueden, lo malo es que tampoco sugieren, sino que pretenden imponer, como si tuvieran derecho a ello… o como si fuera posible. Hay, sin embargo, miles de casos en que la ciencia, el arte, la religión, la política han creado una cosa nueva, un concepto nuevo y se esmeran en ponerle como nombre una palabra nueva y, ¡pun!, viene la gente y la llama de otra forma. Hace como un año, una cajera de banco me corrigió malencarada: “Señor, esto no se llama dinero, se llama efectivo”.
         No me imagino si en el pasado, remoto o reciente, habrá habido esta discusión sobre el genero de las enfermedades, pero, tal como nos diría, una vez más, el viejo Saussure, no hay manera de preverlo: en esto manda la arbitrariedad. Para ahorrar tiempo y espacio, les pregunto: ¿todas las enfermedades tienen nombres femeninos? Vamos a ver: alzheimer, bocio, botulismo, cáncer, carbunco, catarro, dengue, lupus, resfriado común, sarampión, tétano, tinitus, vértigo, vitíligo son varoncitos. Hasta el acné y el alcoholismo son considerados enfermedades y no tienen nombres de niña. Incluso asma, cólera, ébola y sida, que terminan con a y todo, son palabras masculinas.
         Yo creo, por si fuera poco, que covid, además de que está destinado a perder ese número tan extraño —¿quién ha visto enfermedad numérica?—, más posiblemente termine llamándose coronavirus que covid: es demasiado difícil pronunciar esa de al final.
         No sé para qué lo repito. Siempre les digo a los estudiantes: uno no va a la pescadería y cuando por fin logra captar la atención del vendedor le pide un minuto para llamar al director de la Academia y preguntarle cómo se llama el pescado que quiere comprar. Uno llama el pescado como lo llaman las señoras que están alrededor y que saben prepararlo. Y eso es lo que hace, hacemos, con todas las demás cosas... y así aprendemos si son niñas o varoncitos.

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Año VIII / N° CCCVI / 8 de junio del 2020