martes, 25 de febrero de 2025

Tengo una muñeca vestida de azul [DI]

Edgardo Malaver


Una clase con niños de otra lengua puede ser
un laboratorio para una nueva lengua


Me tropiezo y me pongo a leer un artículo sobre las dificultades de aplicar las teorías de la educación de Jean Piaget a los niños andinos y amazónicos y que viven en sus comunidades originarias y, por tanto, son hablantes nativos del aimara, del quechua y lenguas del Amazonas (y, ergo, partícipes de las culturas que rodean a esas lenguas). “¿De cuál niño se trata?”, se pregunta el autor del artículo, Walter Quispe Santos. “Los niños de la Suiza francesa a los que investigó Piaget” no son los mismos “que observan los psicólogos y educadores en una realidad histórica y ecosociocultural variada como la nuestra [...]. Entonces, ¿a quién enseñamos?”.

Quispe Santos cita a continuación un poema de Efraín Miranda en el que una niña indígena siente que en la escuela ponen a una niña blanca delante de ella, una niña que el maestro ha creado para educarla; pero esa niña blanca existe también dentro de la niña india, porque ahí la ha puesto el maestro, y es a ella a quien se dirige cuando le habla a ella; sólo cuando el maestro no le habla a ella, la otra niña desaparece. “El maestro se olvida de mí y de todos los alumnos”, dice, porque “para los indios no se ha inventado nada”. Sin embargo, la niña indígena resiste: “está dentro de mí, pero no me puede”, y “al concluir mis estudios, se extinguirá”.

Y luego el autor reflexiona sobre el punto que me convence de seguir leyendo el artículo: la narración de un “experimento” ideado y aplicado por el profesor Luis Enrique López durante una investigación académica (“Tengo una muñeca vestida de azul: ¿kuns uka siñurita parlpachaxa?”):


La profesora pidió a sus alumnos que prestaran atención a lo que ella escribía en la pizarra. “Tengo una muñeca vestida de azul, zapatitos blancos y velo de tul”. Puntero en mano, la profesora hizo que los alumnos repitieran, por lo menos unas cinco veces, cada uno de los versos de la pizarra, sin percatarse siquiera de si sus discípulos entendían o no lo que decían. Nunca se dio explicación alguna sobre el contenido de los versos (…) Sin embargo, nadie parecía aburrirse y el “loreo” continuaba, con los alumnos que creían que imitaban a su profesora a perfección y con ella sin darse cuenta de los obvios problemas que tenían sus alumnos para emitir sonidos castellanos. A la voz de vestido, los niños decían wistiru; de muñeca, moñica; y de tul, yol. (...) Darío, imitando a su maestra, puntero en mano y presto a demostrar lo que sabía, leyó de corrido los versos de la pizarra: “Tinku u-na moñica wistiro de a-sol saptitus lancus y wilu de tol” (...).


¿Qué interpreto yo? Los niños, sin saber lo que hacía, terminaron escogiendo lo mejor de los dos mundos: la musicalidad y la rima de los versos, desconocidos hasta ahora que les hacen repetirlos, y la sonoridad y la pronunciación que para ellos era propia, la que conocen de casa, de la comunidad, de su vivencia cotidiana. Casi se puede decir que han creado una lengua nueva a partir de los sentidos de la lengua recién llegada a ellos y los sonidos que han heredado de sus antepasados. Una vez en sus labios estos versos, no sabría yo decir cuál de las lenguas se adaptó a la otra, cuál de las dos se sometió a la otra, es decir, o hubo una penetración mutua, en la que una lengua entra hasta donde puede en territorio extraño, o hubo una invitación mutua, en la que cada una de ellas se sintió en casa en los nuevos espacios. Muñeca, moñika; zapatitos blancos, saptitus lankus. ¿No es, poco más o poco menos, lo mismo que, hace tanto tiempo y guardando las proporciones, debe haber sucedido entre mater y madre, sukkar y azúcar?, aide-de-camp y edecán?

¿Qué me pregunto? Las lenguas que llegan a un lugar nuevo, ¿a quién pertenecen? Pertenecen a quienes las han traído hasta que los que estaban ya ahí comienzan a adoptarla y, sin querer siquiera, pero con pleno derecho, por causa del frote y del saboreo, de la resistencia y del amor nuevo que comienzan a sentir, a modificarla para que ella hable con propiedad del nuevo contexto y respire holgadamente la nueva atmósfera. Amor y resistencia, atracción y distancia, permanencia y peregrinación se convierten así en fuerzas que tallan las lenguas a medida que pasan los siglos. Y como brotando de los labios de los niños, florecen de las mismas semillas pero con nuevos colores.


emalaver@gmail.com




Año XIII / N° DI / 25 de febrero del 2025

EDICIÓN DEL DUODÉCIMO ANIVERSARIO



martes, 31 de diciembre de 2024

Yo no olvido el año viejo [CDXCIII]

Edgardo Malaver Lárez



Fiesta de fin de año en la Plaza Bolívar de Caracas
en los años 1940. Foto: V. Torrealba




Los últimos días de diciembre, como todos los años, han sido muy musicales. En realidad eso no depende de la música, sino de cuán abierto está uno a percibirlo. Y este año se nota que la música que flota a mi alrededor fluctúa de lo clásico a lo popular con facilidad, casi siempre muy a mi gusto.

La semana pasada hasta me puse a traducir el Adeste fideles, y este lunes 30 de diciembre, las piezas que me han atrapado no necesitan traducción. Voy a dejar que sea su belleza y su dulzura las que se luzcan delante de ustedes:


Traigo un ramillete de un lindo rosal

un año que viene y otro que se va.

Vengo del olivo, voy pal olivar,

un año que viene y otro que se va.


Ay, qué grato es pasar diciembre en Margarita

cantándote al oído esta bella canción.

Pasear por La Arestinga, laguna tan bonita,

igual por Las Marites, que es una ensoñación.


Faltan cinco pa las doce,

el año va a terminar.

Me voy corriendo a mi casa

a abrazar a mi mamá.


Al llegar aquí,

al llegar aquí,

me saco el pañuelo

para dar a todos

feliz Año Nuevo.


Se fue el año veinte, que viva el veintiuno,

Se fue al año veinte, que viva el veintiuno,

que viva Cuyagua, que todos son uno.


Cinco minutos más

para la cuenta atrás, [...]

Uno, dos, tres y cuatro

y empieza otra vez,

y la quinta es la una

y sexta es la dos

y así, la siete es tres.


Año nuevo, vida nueva

más alegres los días serán

año nuevo, vida nueva

con salud y con prosperidad...

Entre pitos y matracas,

entre música y sonrisa,

el reloj ya nos avisa

que ha llegado un año más.

Las mujeres y los hombres

un besito nos daremos

y entre todos cantaremos

llenos de felicidad.

¡Vamos todos a cantar!


Cuando sean las dos de la noche

y el año barbudo se vaya,

agarro mi cuatrico y mi ron

y me voy a abrazar a mamá.

Son para gozarlas estas Navidades

porque el año que viene

se acaban los pesares.


La Billo’s Caracas pide a Dios del cielo

que todos pasemos feliz Año Nuevo,

y cantemos todos con el corazón,

comiendo hallaquitas y tomando ron.


Compae, venga un abrazo

que esta noche el año se termina.

A las doce lo espero en la esquina

para que brindemos, para que brindemos.


Por todo lo bueno y lo bonito que nos pasó en el año 2024, de parte de Ritos de Ilación, les doy a todos un abrazo de Año Nuevo.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDXCIII / 31 de diciembre del 2024


martes, 24 de diciembre de 2024

Una de traducción... y Navidad [CDXCII]

Edgardo Malaver Lárez



VOCATI PASTORES ADPROPERANT



He oído tanto aguinaldos y villancicos en estos días, algunos de ellos en lenguas extranjeras, que me decido a buscar las letras de algunos que me parecen particularmente hermosos. Como no tengo esperanza de desentrañar pronto, por mucho que la estudie durante esta Navidad, los alegres versos escritos en la lengua de los antiguos incas, me pongo a escudriñar algunos que los niños del coro de la iglesia cantan en latín. El primero, el que más me atrae, el archiconocido Adeste fideles, ha sido traducido por cientos de personas, algunos con suma habilidad para adaptarlos al canto coral (aunque limitando la fidelidad a la métrica), otros con resultados bastante pobres pero relativamente útiles, y luego quedan aquellos que pretendían “solamente dar idea de lo que decía el poema”, pero cuya intuición no acertaba ni en lo más obvio.

Saltando atléticamente por encima de mi amplia ignorancia del latín, después de examinar unas cuantas traducciones de las que juzgo mejor hechas, y apoyándome en el precedente de Luis Cernuda (1902-63) y Ezra Pound (1885-1973), que tradujeron respectivamente a Wordsworth y a Confucio casi en las mismas circunstancias que yo —¡casi!, porque nada como el descaro mío—, intento construir mi propia versión del hermoso canto de Navidad. La composición del Adeste ha sido atribuido al rey Juan IV de Portugal (1604-56) y la melodía al músico inglés John Francis Wade (1711-86). Por los momentos, voy a sumar mi propia traducción, aunque la métrica es irregularísima y la rima aún no encuentra su rumbo. El año próximo, quizá, avance un poco en eso. Aquí lo tienen: el Adeste fideles, con mi deseo de que disfruten la Navidad abrazados con vuestras familias y amigos:


ADESTE FIDELES LÆTI TRIUMPHANTES

Acudan, creyentes, alegres, triunfantes.

VENITE, VENITE IN BETHLEHEM

vengan, vengan a Belén y vean

NATUM VIDETE REGEM ANGELORUM

que ha nacido el rey de los ángeles.


VENITE ADOREMUS VENITE ADOREMUS

¡Vengan y adoremos, vengan y adoremos,

VENITE ADOREMUS DOMINUM

vengan y adoremos al Señor!


EN GREGE RELICTO HUMILES AD CUNAS

Dejando el rebaño, a la humilde cuna

VOCATI PASTORES ADPROPERANT

llamados, se acercan pastores;

NOSQUE OVANTI GRADU FESTINEMUS

nosotros también, jubilosos corramos.


VENITE ADOREMUS VENITE ADOREMUS

¡Vengan y adoremos, vengan y adoremos,

VENITE ADOREMUS DOMINUM

vengan y adoremos al Señor!


ÆTERNI PARENTIS SPLENDOREM ÆTERNUM

Eterno resplandor del Padre Eterno

VELATUM SUB CARNE VIDEBIMUS

oculto en la carne observamos:

DEUM INFANTEM, PANNIS INVOLUTUM

el infante Dios envuelto en pañales.


VENITE ADOREMUS VENITE ADOREMUS

¡Vengan y adoremos, vengan y adoremos,

VENITE ADOREMUS DOMINUM

vengan y adoremos al Señor!


PRO NOBIS EGENUM ET FŒNO CUBANTEM

Por nosotros pobre, sobre heno es arrullado,

PIIS FOVEAMUS AMPLEXIBUS

a él con ternura calurosa cobijémoslo.

SIC NOS AMANTEM QUIS NOS REDAMARET

Al que tanto nos amó, ¿quién no lo amaría?


VENITE ADOREMUS VENITE ADOREMUS

¡Vengan y adoremos, vengan y adoremos,

VENITE ADOREMUS DOMINUM

vengan y adoremos al Señor!


STELLA DUCE MAGI CHRISTUM ADORANTES

Guiados por la estrella, sabios adoran a Cristo,

AURUM THUS ET MYRRHAM DANT MUNERA

y con oro e incienso y con mirra le obsequian.

IESU INFANTI CORDA PRÆBEAMUS

Ofrezcamos al pequeño Jesús nuestros corazones.


¡Feliz Navidad!


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDXCII / 24 de diciembre del 2024

VÍSPERA DE NAVIDAD


lunes, 7 de octubre de 2024

¡Vuela, pajarito grande! [CDLXXXI]

Ariadna Voulgaris



La frase por la cual Ryoichi Sasakawa
se ganó el respeto de Costa Rica




Ahora resulta que no, que en contra de la evidencia lingüística frontal que muestra la palabra, un avión no es un ave grande. ¿Habrase visto?, como dice la Sole.

Hace unos días me llegó al correo una especie de infografía —¿de dónde sacan tantas horas de ocio?— en que se pretende demostrar que la palabra avión, en español proviene del francés y no del latín. Es decir, dizque no proviene del sustantivo avis que hemos conocido desde siempre, y que usamos cuando queremos decir que algo o alguien es como peculiar: “Costa Rica es una rara avis en América Latina”.

El autor de la susodicha, que no declara el origen de su información, dice que avión es en realidad un acrónimo (¿no serán más bien siglas?) de appareil volant imitant l’oiseau naturel, que traduce como “aparato volador que imita al ave natural”.

¿El “ave natural”? Entonces, ¿el fulano “aparato volador” es un “ave artificial”? Claro que lo es. Y bien grande. Pues, mira, ya está dicho todo: es un avión, un ‘pájaro grande’, ¡y más grande que un pterodáctilo! Y el dibujo que ponen se parece más a un pajarraco de aquellos que a un avión.

Es lo que nuestra recordada señorita Jimena llamaba un aumentativo. Existiendo ese camino tan corto para llegar a la metáfora, al significado, al significante y a la imagen en la mente de todos los hablantes, ¿por qué íbamos los hablantes del español a irnos por aquella ruta tan larga que se supone que tomaron los franceses para llamar aquel nuevo vehículo? Que en francés el animal al que se parece el dichoso vehículo se llame oiseau podría ser evidencia de que el camino por el que los hablantes del francés llegaron a su avion fue más largo... Pero no... ¡Ellos también tenían el latín a mano!

O sea, no es razonable pensar que nuestro avión provenga del francés.

Ah, otra cosa (ojalá que el director no me censure porque digo esto sin investigar lo suficiente): me pregunto (no es que niegue, ¡me pregunto!) cómo es que un francés se puso a crear esta palabra unos seis años antes de que los hermanos Wright crearan por fin un artefacto que verdaderamente pudo volar llevando a una persona adentro. No me hace clic.


ariadnavoulgaris@gmail.com






Año XI / N° CDLXXXI / 7 de octubre del 2024


lunes, 30 de septiembre de 2024

La madre de las literaturas [CDLXXX]

Edgardo Malaver

 

 

“Esos genios de la lámpara maravillosa...”.
Barbara Eden en 1966

 

 

 

         Uno tarda en darse cuenta, pero el mundo rebosa de evidencias de que la literatura nace de la traducción. No habrá sido siempre ni en todas las civilizaciones, pero donde una estirpe humana, en su desarrollo, en su expansión, ha tenido dificultades en el parto, siempre ha venido en su auxilio la traducción para traer al mundo un nuevo vástago que la haga grande y la eternice; pero a veces le ha tocado a la traducción sentir los dolores y parir la literatura y después velar el embellecimiento progresivo de la criatura poética que el pueblo venera y multiplica sin darse mucha cuenta de su valor.

         Miren cómo los romanos llegaron a Grecia —nada menos—, la vencieron, la dominaron, y Grecia, que era la que ya poseía una literatura madura y florecida, contagió la literatura al pueblo latino. Qué caso tan curioso de pueblo conquistador que adopta la cultura del pueblo conquistado en lugar de imponerle al otro sus dioses, su forma de alimentarse, sus letras. Los romanos se llevaron a la ciudad de Roma toda la poesía y todo el teatro de los griegos y se lo entregaron a los esclavos traductores y, en un primer tiempo, lo que hicieron fue leer traducciones y escribir imitando lo que habían escrito los griegos. Fue bastante rato después cuando los poetas latinos se emanciparon de los modelos de Homero y Aristófanes, y sólo así comenzaron a germinar los Virgilios y los Horacios.

         La pieza literaria árabe más conocidas de todas, Las mil y una noches, es también un parto de la traducción. Esta obra no nos llegó ya formada del Medio Oriente. Fueron los traductores europeos, especialmente los ingleses y franceses, los que la fueron moldeando, podando, ajustando a la moral y al carácter de su época, hasta fijarla en la forma que exhibe hoy y que nos habla, como debe una obra de arte de buena ley, del espíritu humano, de lo mejor y lo peor que habita en el hombre. Es decir, la fórmula mágica de Alí Babá, el arrojo de Simbad, la picardía de la propia Sherezade, al final, han llenado nuestras noches y han visto aparecer el sol en Occidente gracias al talento de mil y un traductores, esos genios de la lámpara maravillosa que son también como vivas imágenes del misterioso poder que contienen las palabras.

         La propia Biblia, el texto literario escrito en Oriente que por más que se le evada ha terminado permeando las fibras de todo lo que se ha escrito en Occidente durante los últimos dos mil años, es resultado de una traducción constante durante todo su lento itinerario de escritura. Mil años estuvo creciendo en ese útero nutricio que es la cultura hebrea, escribiéndose a sí misma en la pluma de autores que citaban a lejanos antepasados que habían escrito en otros idiomas, hasta llegar a la era cristiana, protagonizada por gentes que se comprendían aunque se hablaban en lenguas extranjeras. Y en el presente, ninguno de nosotros tiene en casa una Biblia que no sea una multitraducción literaria —¿o una traducción multiliteraria?— de todas sus narraciones y poemas a la lengua de cada quien.

         Y Don Quijote... Usted que ya tuvo, como diría Unamuno, la dicha de leer Don Quijote por primera vez, se habrá quedado con la boca abierta al oír al narrador, a pocos capítulos de principio, que aquel libro que tenía entre manos era, ni más ni menos, una traducción. Se habrá reído con las risas del muchacho que el narrador contrata para que traduzca la “verdadera historia del ingenioso hidalgo”, que con tanta inocencia se mete en cada pleito que existe, que se embarca en cada locura que se le atraviesa, que dice cada palabra sabia que se le adhiere a los labios. Y es la obra más grande que se haya escrito jamás y al mismo tiempo es una traducción, al menos dentro de la ficción, donde el protagonista diserta con tanto acierto sobre la traducción como actividad intelectual y como producto literario.

         El camino por el cual hemos llegado a la concepción de la cultura en todos los países discurre de vez en cuando por trechos y parajes circundados de traducción, cubiertos de poesía traída de otras tierras y enamorada de la lengua del nuevo lugar que habita, olorosos sus campos y ciudades del saber de otros pueblos, tapizados sus muros de palabras traducidas, que es casi lo mismo que decir, como Zorrilla, que “están respirando amor”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXXX / 30 de septiembre del 2024

  

lunes, 23 de septiembre de 2024

Palabras (II) [CDLXXIX]

Luis Roberts

 

 

Salona, Croacia, con las ruinas del antiguo anfiteatro romano

 

 

 

         Volvemos.

         Pasamos a la literatura.

         Una de las mejores, si no la mejor, escritora inglesa del siglo XX, Rebecca West, es la autora de un monumento histórico-cultural y viajero: “Cordero negro y halcón gris”. Dos volúmenes de 800 y 700 páginas donde disecciona con una profundidad y una belleza exquisita los Balcanes en 1937. Uno, que ha conocido de cerca un poquito de lo que Rebecca recorrió, entiende por qué los croatas son tan admirables y despreciables al mismo tiempo, igual que los serbios, casi. Como Roma sojuzgaba y despreciaba a Iliria, la antigua Dalmacia, donde Diocleciano decidió morir y ser enterrado, y como Europa esclavizó, utilizó, dividió e ignoró a Dalmacia, Serbia, Moldavia, Montenegro, etc., presas de los turcos, los venecianos, los austríacos y los húngaros, hasta llegar a ser Yugoslavia, los eslavos del sur, igual que pocos años más tarde abandonarían a España en manos de una dictadura criminal.

         Pero lo nuestro son las palabras y hasta ahora me he encontrado con un par de ellas a resaltar. Una, casi fósil, sobre todo para los urbanitas: collalba, para la RAE: “mazo de madera con el cual los jardineros desmenuzan los terrones”. Reconozco que es posible que no la volvamos a encontrar, ni falta que nos hace.

         La segunda, por ahora, es más jacarandosa: hidrópico, que para la RAE es “insaciable, ávido voraz y sediento en exceso”. Esta sí la pueden utilizar y a menudo: “No seas hidrópico, chico”, y esperar a ver la cara de perplejidad del aludido.

         No quiero terminar, por ahora, las citas a Rebecca West sin transcribir, sic, un párrafo que me parece de una belleza total y que, palabras, al fin y al cabo, la semántica y las palabras nos describen algo maravilloso por lo duro y lo exacto. El contexto es que el grupo de turistas se refugian de un diluvio en una casita museo en Salona, cerca, muy cerca de Split, donde coinciden con unas monjas y unas colegialas que se habían refugiado igualmente, y Rebecca especula sobre lo que las monjas estarían diciendo a las niñas, a saber: “Desconfiad de los engaños de quienes tratan de enamorar”, a lo que Rebecca puntualiza: “...recordad que la mente del hombre es en conjunto mucho menos tortuosa cuando se dedica al amor que en cualquier otro momento. Es cuando habla de gobiernos y ejércitos cuando dice extrañas y peligrosas tonterías para complacer a los fantasmas que habitan su propia alma”. Que nadie se dé por aludido... por lo del amor, digo.

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXXIX / 23 de septiembre del 2024

 

lunes, 16 de septiembre de 2024

Palabras (I) [CDLXXVIII]

Luis Roberts

 

 

 

Un paramecio como este habita en el agua de lluvia que queda
frente a tu casa. Foto: Biología 3.0 (UNAM)

 

 

         El decano de la Facultad de Medicina de Valladolid, España, en su discurso de inauguración del curso, dirigiéndose a los alumnos, dijo, más o menos: “Siento dolor al decirles esto, pero no puedo engañarles: dentro de diez años les será muy difícil conseguir trabajo”. La IA de nuevo. Yo he tenido en este curso la tentación de decirles a mis alumnos más o menos lo mismo, pero solo lo he insinuado de manera sutil; no me daba el ánimo para más, además de que el plazo era más corto, casi inmediato.

         Yo mismo he sido víctima de la IA y de la indiferencia de todo el mundo hacia la calidad. La contrapartida es que queda tiempo libre para retomar con avidez la lectura: literatura, historia, filosofía, ciencia. Desde las relecturas de Kant y Goethe, hasta las novedades sobre si la conciencia es un fenómeno cuántico, si los neandertales enseñaron la pasión al homo sapiens, la historia general de Al Ándalus, o La actitud intencional, de Daniel C. Dennett, el filósofo más importante del momento, que polemiza con otros colegas sobre sus ideas acerca de la intencionalidad, la creencia y el deseo del humano comparados con la rana, que no los tiene. No es una broma: la bibliografía sobre la psicología de la rana es ingente. Pero traductor y corrector, al fin y al cabo, me dedico a subrayar y buscar en lo que leo palabras desconocidas o raras. Si quieren darle un susto a su abuela o a su anfitrión que les ha preparado una magnífica comida, díganles que sienten “eupepsia” y, alarmados, querrán llevarles a la clínica. Aclárenles, por favor, que eupepsia significa ‘buena digestión’.

         Mi favorita, hasta ahora, encontrada en Dennett, es paramecio. Al principio leí mal y vi “paranecio”, como “paragafo”, como “paramilitar”, pero no, es paramecio, que según la RAE es: ‘protozoo ciliado (pelúo) con forma de suela de zapato’. Descargué el ChatGPT gratuito y se me ocurrió hacerle una maldad, para ratificarme en que la IA no va tan adelantada como la gente cree. Le pregunté a cuáles políticos mundiales y españoles con determinadas características —no las señalaré pues son de mi apreciación subjetiva; aunque sí, es importante, señalé que debían ser huevones (“güebones”, en venezolano)— se les podría calificar ofensivamente de paramecios. Me dio una explicación larga y detallada y al final me dio los nombres: Donald Trump, Vladimir Putin y Alberto Núñez Feijóo.

         La respuesta es oral, pero con su copia escrita. Mi estupefacción fue tal que tardé minutos en reaccionar. Como lo descargué en mi celular, creo (a vueltas de nuevo con Dennett) que lo voy a utilizar como reto y para asombrarme y divertirme. Nos vemos luego.


luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXXVIII / 16 de septiembre del 2024

 

lunes, 9 de septiembre de 2024

El guion de la ciencia-ficción [CDLXXVII]

Edgardo Malaver



Primera novela de ciencia-ficción de autor
venezolano: Pepe Alemán (1933)




No bien apareció, la semana pasada, el breve comentario que hice sobre la palabra robot, me escribió nuestra amiga Ariadna Voulgaris para preguntarme por qué le ponía guion al término ciencia-ficción. Aunque la alegría mayor es que me haya preguntado, le he explicado que es ahora, en el siglo XXI, cuando veo que otros escriben el término sin guion. Traigo la costumbre de ponerle guion a este término desde la época en que comencé a leer las novelas de Isaac Asimov y de Robert Heinlein, en mi adolescencia, y aunque la memoria hace con los recuerdos lo que le da la gana, yo recuerdo que en aquellos días siempre veía unidas con guion las dos palabras. La memoria es tan tercamente fiel a lo que uno quiere recordar que hasta recuerdo haberle explicado a alguien en el liceo —¿habrá sido a mi compañera Paula Rojas, de quinto año?— que, escrito así, significaba que las historias eran “al mismo tiempo científicas e imaginarias”. Así lo sentía yo al leerlas, así parecían querer mostrárnoslas los autores. Me encontraba en aquellos textos aparatos que, sin fuego, sin ingredientes, sin habilidades culinarias, ofrecían a los personajes exquisitos y nutritivos platos, para lo cual estos apenas tenían que tocar un botón. Estos aparatos, sin embargo, respetaban por ejemplo la ley de la gravedad. Si algo tropezaba con ellos, se caían al piso, incluso se estropeaban. Había personajes que ni siquiera sabían que en un pasado remotísimo había existido la Tierra, pero eran capaces de explicar la naturaleza del sonido de la Pequeña serenata nocturna que era perfectamente racional y perfectamente artística. Los personajes pertenecían, por ejemplo, a una especie del futuro, heredera nuestra, pero las emociones y el arte eran parte de su ciencia.

Además de esto, que debería ser suficiente para usar el guion, ¿qué habrá influido en mí para que lo hiciera con tanta convicción hasta ahora? ¿Habrá sido la forma sci-fi, en inglés, que nadie escribe de otro modo? (Cosa curiosa, por cierto, porque, observo ahora, al nombre completo tampoco le ponen guion en inglés.) Ariadna cree que es “un caso de rebeldía galileana”, pero yo no soy capaz de tanto heroísmo. Tiene que haber alguna otra razón... que implique menos riesgo.

Como todas las fuentes que lo mencionan, leo lo que dice la Academia al respecto. Para resumir, afirma que hay que escribirlo sin guion (ver 1.3.a. Sustantivos). Sin embargo, la explicación que da me convence precisamente de lo contrario, y los ejemplos que pone me hacen pensar que tan loco no estoy. La Academia lo trata de simple “composición” de sustantivo más sustantivo, y no sé si se refiere a lo que en otros momentos se ha llamado aposición. Lo que sí es coherente en la explicación de la Academia es la distinción que hace entre las uniones ocasionales y las permanentes entre dos sustantivos, pero ciencia ficción se distingue en ambos conjuntos por el hecho de que el núcleo del sintagma es el segundo sustantivo y no el primero, como en todos los demás casos. En ese detalle puede estar la falla del argumento.

Ya estaba a punto de admitir ante mí mismo que había cometido ese error tan sencillo durante toda mi historia de lector —y claro que sí, considerando la norma, es un error—, cuando descubrí en mi computadora un artículo de esos que voy recolectando porque pienso que pueden ser útiles para mis clases y luego, sin que yo lo decida, pasan meses antes de que los lea. El artículo se titula “¿Qué clase de ciencia es la ciencia ficción?”, de Guillermo Rojo, aparecido en la revista española ABC Cultural el 15 de octubre del 2022. Aunque este autor está más interesado en expresar que el término science fiction debería llamarse más bien ficción científica, que es lo que significa, me da la idea de que, expresándolo así, el proceso de comprensión del nombre es sencillo y natural, típico de la lengua española, mientras que la “defectuosa” traducción como ciencia ficción (que ciertamente es defectuosa) requiere un esfuerzo que no muchas veces llega a buen puerto en la mente del lector. Es cierto que un coche bomba es un vehículo automotor que en algún momento explotará, y un perro guía es un animal que conduce a una persona ciega por la calle, pero la ciencia ficción no es una ciencia que existe solamente en la imaginación de un escritor. El solo título de Rojo, que con razón es interrogativo, nos revela desde antes de empezar a leer, este “pequeño” “problema” que no es únicamente terminológico. También es de traductivo y a mí me da la valentía que me faltaba para conservar mi visión sobre el guion de ciencia-ficción.

En mi mundo, donde la ciencia es tan importante como la ficción, la definición de la ciencia-ficción como subgénero literario narrativo y toda su evolución (que no esperó el siglo XX para iniciarse) admiten pocos desvíos de aquella idea elemental que debo haber encontrado en algún texto de los que leía en antes de terminar la secundaria: “historias que son al mismo tiempo científicas e imaginarias”. Estas historias contienen de todo, menos especulación vacía o superficial. Cuando es así, no son literatura y, por ende, no tienen nada que buscar en nuestros análisis. Lo que no puede dudarse es que juntos, conocimiento científico e imaginación artística componen un híbrido fascinante y notable. Sea, pues, también su nombre un híbrido que exprese cohesión y no dispersión entre sus componentes.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXVII / 9 de septiembre del 2024


lunes, 2 de septiembre de 2024

Una de ciencia-ficción (o sea, de teatro) [CDLXXVI]

Edgardo Malaver



Escena de la representación de R.U.R.
en Praga, en 1922





¿No es extraña la palabra robot? No, ya no, pero a los primeros hablantes del español que la oyeron, hace cien años... ciento cinco, ¿noventa y cinco?, deben haber pensado que les hablaban de un resorte. Robot, rebot, rebota, resorte. ¿No? Esta palabra apareció por primera vez en la obra de ciencia-ficción R.U.R. (1920), escrita por el checo Karel Capek (1890-1938). El autor tomó la palabra, que ahora nos parece que encaja tan bien, de su lengua materna. En checo, robota equivale a servidumbre, trabajo forzado, esclavitud, lo cual cuadra muy bien con el concepto de robot que en la actualidad tiene uno en la mente. Un detalle muy atractivo de R.U.R. (Robots Universales de Rossum, el nombre de la fábrica de robots donde se desarrolla la historia) es que se trata de una pieza de teatro y no de una novela, como uno tiende a imaginar al principio, y que los personajes mecánicos de la historia, desde el principio, están dotados de la capacidad de sentir dolor. Posiblemente este elemento y el hecho de que Capek intenta siempre profundizar en la actitud de sus personajes respecto a su destino (y aquí los pocos personajes humanos representan a la humanidad entera) dan como resultado nada inesperado que los robots terminan dominando al hombre. Cuarenta años más tarde, en Francia, otra obra, una novela ahora conocidísima, exploraría esa misma posibilidad (que más bien parece un temor), pero curiosamente protagonizada por animales que también comienzan siendo sirvientes de los humanos y terminan sometiéndolos. En El planeta de los simios, el autor, Pierre Boulle, ni siquiera tenía el problema de atribuir sensaciones a “seres” hechos de metal. No recuerdo ningún neologismo que nos haya dejado la novela francesa, pero el de Capek, robot, como todo buen fruto de una obra de arte de buena ley, parece dispuesto a llevarse todo por delante.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXVI / 2 de septiembre del 2024


lunes, 26 de agosto de 2024

Una de terminología (o sea, de beisbol) [CDLXXV]

Edgardo Malaver


Argudín, receptor, campo
corto y... neologista


Estas son cosas que le pueden pasar a cualquier ciudadano de país beisbolero en territorio futbolístico. Un amigo de un club de lectura, que comenzó a interesarse en el beisbol recientemente durante un viaje a Nueva York, me pregunta hace días: “¿Es cierto que en Venezuela llaman mascota al guante que utiliza el receptor?”. Pues sí, le respondo, y agrego que el de primera base se llama mascotín; “pero me desayuno con la noticia de que se llama así sólo en Venezuela, ¿en otros países no?”. Y entonces digo yo a investigar. Y descubro que muchos que han escrito sobre el asunto dicen claramente que así es. Y explican por qué. Acaso el más notorio sea Juan Vené, y quien lo cuenta con mayor sencillez: el término se lo debemos al beisbolista cubano Emérito Argudín, popularísimo en su país, que llegó a Venezuela al final del siglo XIX. El jugador cubano trabajó tan duro para promover el beisbol en Venezuela que, según Miguel Dupouy Gómez, en 1902 fundó el primer periódico venezolano dedicado exclusivamente al beisbol, Base Ball, y en 1908 tradujo y publicó las reglas del deporte, que en adelante adoptaron todos los equipos que se iban formando. Argudín, según Vené, Dupouy y otros autores, tenía la idea de que su guante de cátcher le daba suerte de la manera en que tener un animal pequeño en casa, como se creía en esos años, favorecía la buena fortuna de la familia. Así que lo llamaba “su mascota”. Esta costumbre suya se difundió entre los jugadores y por medio de los periódicos, y la gente terminó llamando mascota al guante de cualquier receptor. Es fácil suponer que la similitud del guate de primera base con el del receptor llevó a todos a llamarlo mascotín. Manuel Antonio Malpica dice que Argudín era “fornido, de ojos verdes y de pequeño bigote”, además de buen corredor de bases. Pero quien nos ofrece la joya de esta breve investigación es Adolfo Navas, que, además de confirmar que Argudín, probablemente nacido en 1878, se convirtió en traductor para publicar las reglas del beisbol en Venezuela, resulta que en realidad se había venido a Caracas para estudiar en la Universidad Central de Venezuela, porque en La Habana la guerra (contra España primero, por la independencia, y contra Estados Unidos después) no le daba esa oportunidad.


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Año XI / N° CDLXXV / 26 de agosto del 2024

lunes, 19 de agosto de 2024

Una del alfabeto [CDLXXIV]

Edgardo Malaver Lárez



La flor de la zanahoria ya no estaría al final de la lista



La semana pasada me preguntaba mi hija pequeña para que servía la letra K. (Agrego de una vez, desordenadamente, porque se me puede olvidar más tarde, que discutimos durante varios minutos si el nombre de la letra debía escribirse con ce o con la propia ca, y terminamos riéndonos mucho por causa de esas letras cuyos nombres comienzan, o pueden comenzar, con otras letras... “Es que no tienen mucha autoestima”, nos dijimos.) Ya se habrán imaginado que le expliqué que, al igual que la doble ve, la ca se utiliza para escribir palabras de origen extranjero que aún no nos hemos decidido a escribir con nuestra ce. Y le mencioné el artículo de Ritos sobre Catar del 2 de enero del año pasado, que no era buen ejemplo porque no involucra la doble ve pero que nos llevó al uso de la cu, que el alfabeto de Andrés Bello se utilizaría para escribir toda la serie de las sílabas ca-, que-, qui-, co-, cu- y sus emparentamientos con otras consonantes y vocales. O sea, se escribiría Qaraqas, saqeo, qinto, banqo y qualqiera.

—¿Y cereza?

Cereza se escribiría seresa. Y circo sería sirqo.

—¿Y zanahoria?

Sanaoria.

—¡¿Y entonces qué se escribiría con ce?!

—Pues nada. Dejaría de existir... y de confundir.

—Ay, qué bueno sería.

—Ciertamente, sólo que luego no seríamos capaces de leer todo lo que se ha escrito en el pasado, o nos costaría muchísimo. Lo que se está escribiendo hoy mismo sería casi incomprensible dentro de muy poco tiempo. Para muchos significaría volver a aprender a leer y escribir. Y una cantidad inmensa de gente se negaría a hacerlo.

Y termina diciéndome pícaramente, en voz bajita, como protegiéndose la boca con una mano: “Sería como un lenguaje secreto”.

¿Se imaginan? Que el alfabeto volviera a ser un lenguaje secreto, aunque todos sepamos leer y escribir... Fascinante.


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Año XII / N° CDLXXIV / 19 de agosto del 2024


lunes, 12 de agosto de 2024

Una de semántica [CDLXXIII]

Edgardo Malaver Lárez



Raskolnikov y su casera... otra palabra que va y viene





¿Qué edad tenía usted cuando se dio cuenta de que alquilar y alquilar significan acciones diferentes e incluso contrarias? Sí, sí, alquilar y alquilar, es decir, ‘ceder temporalmente y bajo ciertas condiciones una propiedad a alguien a cambio de dinero’ y ‘usar esa propiedad por el pago de una cantidad de dinero cada cierto tiempo’. Yo te alquilo la casa y tú me alquilas la casa. El propietario y el inquilino ejercen acciones diferente, incluso contrarias, pero las dos se llaman por el mismo nombre. ¿Se habrá quedado así esta situación —cuando sea que haya aparecido así, bajo la forma de coincidencia, que no de sinónimo— porque, cuando esta dichosa palabra saltó del árabe al español? Lo que sí coincidía era el nombre alquilé, es decir, la cantidad que tenía que cambiar de manos, que en ambos lados de la transacción se llamaba igual, aunque en este caso no se confundía ni se confunde nadie.

Pasa lo mismo con el sustantivo huésped, ‘el que se alberga, se hospeda, en un lugar’ y ‘el que lo recibe, lo hospeda’. Aunque no siempre hay transacción financiera en este caso, ¿será, como en el anterior, meramente cuestión de dinero?


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Año XII / N° CDLXXIII / 12 de agosto del 2024


lunes, 5 de agosto de 2024

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (IV) [CDLXXII)

Edgardo Malaver Lárez



Las lenguas nuevas nacen con olor a verduras




También desaparece el artículo algunas veces cuando se refieren a personas: Ayer hablé con Padre Juan. La persona mencionada parece cambiar de estatus al adquirir una profesión, de modo que su título comienza a formar parte de su nombre: En la tarde atiende Doctor González. Es muy poco frecuente oír el artículo en este caso y su uso no luce señal de nivel educativo ni condición social.

Los venezolanos, por otro lado, en los últimos 30 años o más, probablemente por influencia de las telenovelas colombianas, han comenzados a “imitar” un uso que hasta entonces parecía ser exclusivo del español de Colombia. Antes del auge de estas telenovelas, no se oía decir en Venezuela ¿Será que me esperas un minuto? La estructura interrogativa ‘será que + oración’ se utilizaba solamente para expresar duda sobre un acontecimiento del cual uno no podía tener certeza de si había sucedido o no, como en ¿Será que María llegó temprano y se cansó de esperarme? En Colombia, sin embargo, esta fórmula es más bien una invitación, una proposición, un pedido. Un hablante venezolano, sin esta influencia, diría ¿Me esperas un minuto? Es una diferencia que parece significativa, pero hasta donde puede verse desde aquí, sucede en estos dos países, no más allá. Es decir, si el español de Colombia o el de Venezuela está destinado a convertirse en otro idioma, este será un rasgo característico de esa lengua... más probable en el caso colombiano. Pero ¿cómo saberlo ahora?

Hay mil ejemplos de pequeñísimas variaciones precisas, que, al estar repartidas entre tantos pueblos —porque la subdivisión regional, a veces incluso municipal, también influye—, siempre van a estar contenidas por el “centro gravitatorio” de la norma culta de cada país, que se aproxima mucho más al español general. Existen otras fuerzas que halan la lengua —a todas, no sólo a la española— hacia el centro y hacia la periferia, pero dada la configuración del mundo actual, en que las comunicaciones son tan instantáneas, es seguro que el español y todas las demás lenguas se tarden mucho más que el latín en fragmentarse y alejarse de tal manera de lo que son y han sido hasta este momento. Eso no detendrá de ningún modo la evolución, pero las condiciones han cambiado, el ecosistema lingüístico cuenta ahora con otros elementos y los depredadores y las presas de la actualidad tienen otra conciencia y otros parámetros para medir su entorno y sus posibilidades de acción.

Algo que hay que tener presente es que en realidad no hay, en este terreno, nada de qué preocuparse. No existe de verdad eso que tantos llaman integridad de la lengua. Las lenguas se defienden solas de los “embates” a que supuestamente son sometidas, o ceden ante ellos en la medida en que sus hablantes son o no seducidos por esta o aquella variación, por esta o aquella novedad, por esta o aquella forma (porque la lengua es una forma, no un fondo). Ni siquiera es que se defienden o que cedan: evolucionan, pero esa evolución responde a fuerzas que la definen en procesos que se toman siglos y siglos.

Si un día, llegado el siglo indicado, se produjera un quiebre en la unidad del español, lo más probable sería que alguna de las variantes, o más de una de ellas, y no el español americano todo, llegara a ser considerada una lengua nueva. El español de América Latina es un organismo demasiado extenso para avanzar con la unanimidad y la uniformidad requerida hacia el punto, lejanísimo, de transformarse en otra lengua cuyas reglas, cuya sintaxis, principalmente, sean otras. Si sucediera, falta tanto tiempo, que, de todas maneras, lo que se estaría llamando español antes de eso sería ya algo que no es lo que hablamos nosotros en este instante, tal como no parece serlo ahora la lengua en que escribió el autor del Mío Cid.

¿Que si el español de América Latina “corre peligro” y puede convertirse en “otro idioma”? Peligro no corre de ninguna manera porque la evolución es señal de salud, y otro idioma es todo idioma cada día que pasa, como los ríos bajo cada puente. De modo que si el español, y más precisamente el inmenso número de variantes del español que se habla América Latina, ha de convertirse en otro idioma, como una vez sucedió con el latín, será lo que tenía que suceder, será ésa la “lengua de los padres” para los futuros hablantes y, por más que se lo intente, nadie podrá hacer nada para evitarlo.


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Año XII / N° CDLXXIV / 5 de agosto del 2024