miércoles, 25 de febrero de 2015

Cumpleaños, aniversario, onomástico

     Hoy está Ritos de Ilación cumpliendo dos años. De haber sido un ser humano, hubiera podido llamarse Jacinta. Y tal como en la vida de la santa italiana, Ritos ha pasado por dos períodos importantes: el inicial, hasta abril del 2014, en que la periodicidad fue muy irregular, y el actual, en que, gracias al entusiasmo e impagable cariño que le ponen los autores, se ha vuelto constante y uniforme. El lunes que viene alcanzamos 30 lunes ininterrumpidos de publicación.
     Gracias a todos. Muchas gracias, Ramón Aparicio, Luisa Teresa Arenas, Daniel Avilán, Elizabeth Cornejo, Joana Do Rego, Laura Jaramillo, Leonardo Laverde, Isabel Matos, José Antonio Millán, Miguel Ángel Nieves, Sara Cecilia Pacheco y Aurelena Ruiz, que han desplegado aquí sus ideas y palabras; gracias a los lectores, que nos animan y nos recompensan con sus comentarios e incluso con sus objeciones.
     Hasta el lunes.


Edgardo Malaver

lunes, 23 de febrero de 2015

¿Pronombre de lugar en español? [XLV]

Daniel Avilán

 

 

 

 

 

         Para aquellos que hemos estudiado francés siempre ha resultado muy chocante que existan en ese idioma cosas que no existen en español y que, además, en alguna altura de la vida, estas cosas nos resulten hasta necesarias en nuestra lengua. Entre todas esas cosas que me hacen falta en español está el pronombre y de lugar del francés, que reemplaza, entre otras cosas, los complementos circunstanciales de lugar como referencia anafórica, por lo general.

         En una conversación en francés, por poner un ejemplo común, en la que hablemos de Venezuela, este sustantivo podría convertirse más adelante en el discurso en y, cuando cumpla función de complemento circunstancial de lugar, eg. Le Venezuela, j’y habite dès que j’y suis né. Pero en español se hace difícil retomar el mismo referente de la misma manera: Venezuela, yo vivo (ahí, aquí, allá...) desde que nací (ahí, aquí, allá...). Con toda certeza, existen en español varios elementos deícticos que cumplen funciones similares, pero, no en forma de pronombre, por lo que se ve en el ejemplo, al menos no que yo recuerde.

         Un día que me topé con un poema de Gonzalo de Berceo (Los milagros de nuestra Señora) noté este verso: “Avién y grand abondo de buenas arboledas” y me di cuenta, tal vez por mi ojo demasiado buscón, de que estaba ahí, en ocurrencia con el verbo aver de existencia, un pronombre y de lugar. No lo podía creer, pero estaba ahí: aver como avoir; entonces me resultó lógico: avoir en tercera persona del singular en presente del indicativo es il a, pero para existencia está il y a, justo como en español haber (o aver para Berceo) en tercera persona del singular en presente del indicativo es (él o ella o eso) ha, y para existencia está el pronombre y, que no pudo desaparecer por cosas de lógica lingüística, tal vez. Así, en español tenemos hay que en francés es il y a.

         Como con la lengua no debe uno dejar de ser curioso, y como yo soy además hasta obsesivo, me puse a buscar de manera poco seria y sin método alguno, ocurrencias del mismo pronombre en español donde se expresara existencia y encontré esto: estoy, soy, voy, doy, curiosamente todas en la primera persona del singular yo y en presente del indicativo.

         Esto me hace pensar en la profundidad con la que nuestra lógica morfosintáctica española (castellana acaso) expresa una manera particular de entender la existencia: estrechamente ligada con el espacio; el único espacio del que se tiene certeza, deícticamente hablando, el mío, el de la primera persona, en torno a la que todo el universo lingüístico gira.

         Si la lengua materna de Heidegger hubiera sido el español, su estudio sobre Ser y tiempo no habría sido el mismo.

 

daniel.avilan@gmail.com

 

 

 

Año II / Nº XLV / 23 de febrero del 2015

EDICIÓN DEL SEGUNDO ANIVERSARIO


lunes, 16 de febrero de 2015

¡Zapatazos! [XLIV]

Luisa Teresa Arenas Salas


            Un grito de nostalgia: ¡Zapatazos! Una palabra muy sentida hoy que quizás despierte en muchos de nosotros recuerdos de una travesura infantil: la voz de una madre cuya indignación quedó realizada en un hecho lingüístico convertido en acción al sentir el golpe de un zapato que lastima una parte del cuerpo simultáneamente con el eco del último sonido [áso] del enunciado irancundo: ¡Muchacho, te voy a dar un zapatAAAZO!, más el golpe certero, doliente, inesperado.
            Pero no es de ese “zapatazo” aleccionador del que deseo hablar, sino de ese otro ¡Zapatazo! nostálgico que produce la desaparición física del MAESTRO DE LA CARICATURA, Pedro León Zapata. El ¡Zapatazo! que ha golpeado durante 50 años nuestro país desde la página de opinión de El Nacional y que a partir de hoy, 6 de febrero de 2015, silencia sus golpes opinadores dejando un vacío editorial como “si perdiéramos un brazo”, en palabras de Miguel Henrique Otero, su director. Y, en mi caso, como si perdiera no solo el brazo sino la muleta en la que me apoyaba en mis clases: sus caricaturas como recurso didáctico.
            Al leer los Zapatazos de Zapata se activaba en mí el proceso dialéctico característico del humor: de la risa al pensamiento. Sucedía algo así como un minuto de risa y diez de reflexión sobre la Venezuela del momento dibujada en sus geniales trazos llenos de coraje y lucidez y la Venezuela utópica implícita en la intención de Zapata: una Venezuela próspera, plena de libertades. Luego de esto, afloraba en mí el rol docente: tijeras en mano, la caricatura pasaba a ser un recorte de prensa para mi portafolio escolar.
            Como dije antes, los Zapatazos constituyeron para mí un gran recurso didáctico durante mi largo recorrido docente, primero en las aulas de la llamada tercera etapa de educación básica y, luego, en las universitarias. De la observación práctica a la teoría era el proceso: el método inductivo para la construcción del aprendizaje de contenidos de fonología, morfología, semántica, pragmática, análisis textual y discursivo, a partir del más auténtico de los textos auténticos, la caricatura con su riqueza interpretativa. Los Zapatazos de Zapata no podían faltar tampoco en los libros de texto que produje en coautoría con colegas lingüistas y que hoy en día muchos estudiantes universitarios que recorrieron sus páginas en el bachillerato aprecian como el tesoro de la asignatura Castellano.
            ¡Cuánta falta me harán esos Zapatazos! Me embarga un sentimiento de pérdida, pero también de gratitud por el talento que me regaló Zapata con su verbo y sus trazos ingeniosos, que me permitieron recrearlo en las aulas para enseñar a mis estudiantes a reír reflexivamente con la caricatura como texto humorístico argumentativo. La gracia, la verdad, la bondad y la poesía como hilo conductor de la obra humorística desarrollada por Zapata se instalaban en el aula al leer las caricaturas. ¡Qué gran aprendizaje obtuve en ellas y con ellos! La añoranza se instala en mi alma.
            ¡Gracias, Zapatazos! ¡Descansa en paz, Zapata!

Viernes 6 de febrero de 2015


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Año II / Nº XLIV / 16 de febrero del 2015

lunes, 9 de febrero de 2015

Música, lengua y significado [XLIII]

Leonardo Laverde B.

            Hace unos días conversaba con mis estudiantes sobre las nociones de lenguaje y lengua. La definición de lenguaje que yo acostumbro usar es “tipo de comunicación que involucra el uso de una lengua”. A su vez, una lengua es un “sistema de signos arbitrarios, lineal y doblemente articulado”. Tomando esto como punto de partida, les pregunto a mis estudiantes qué otros códigos, además del lenguaje oral y su representación escrita, encajan con dicha conceptualización. Las respuestas típicas suelen ser: las lenguas de señas, el Braille y el código Morse (estos dos últimos como representaciones de una lengua oral). Sin embargo, en esta oportunidad un estudiante me preguntó: “¿Y la escritura musical?”.
            Reflexionando sobre el asunto, me dije: la escritura musical es arbitraria y lineal pero, ¿es articulada? Algunos estudiantes recordaron que varias notas forman un acorde. También —lo pienso ahora— se podría mencionar la conjunción de la clave y las notas en la representación de cada sonido (un músico podría orientarnos mejor al respecto). Sin embargo, como apuntó otra estudiante, la respuesta final dependerá de si consideramos que la música transmite significado. Cada grafema musical, individualmente, transmite significado, pues alude a una nota. Ahora bien: el conjunto de las notas, ¿tiene significado? ¿Una pieza musical puede considerarse un mensaje?
            Cierto tipo de música, la música programática (que pretende evocar imágenes extramusicales en la mente del oyente) aspira, ciertamente, a alguna clase de significado. En cambio, la música absoluta (como el arte no figurativo en general) renuncia a transmitir algo más allá de sí misma.
            Indudablemente, para la persona que compone o gusta de la música, una pieza, por más absoluta que fuere, puede llegar a tener significado. Sin embargo, a diferencia de las lenguas, ese significado no descansa en convenciones que permitan “decodificar” el mensaje de la melodía. La música, por sí sola, no es referencial, no tiene un significado denotativo; sin embargo, puede llegar a asociarse con representaciones internas individuales.
            Concluyo entonces que, en realidad, la escritura musical no es una lengua, y la música no es un lenguaje. Sin embargo, no cabe duda de que implica alguna forma de comunicación emotiva.
            En este punto, me viene a la memoria un poema de Fernando Pessoa. Dado que hablamos de música y estamos en el mes del amor, van a permitirme que lo transcriba con toda la musicalidad de su lengua original:


A tua voz fala amorosa...
Tão meiga fala que me esquece
Que é falsa a sua branda prosa.
Meu coração desentristece.

Sim, como a música sugere
O que na música não está,
Meu coração nada mais quer
Que a melodia que em ti há...

Amar-me? Quem o crera? Fala
Na mesma voz que nada diz
Se és uma música que embala.
Eu ouço, ignoro, e sou feliz.

Nem há felicidade falsa,
Enquanto dura é verdadeira.
Que importa o que a verdade exalça
Se sou feliz desta maneira?

llaverde2@gmail.com





Año II / Nº XLIII / 9 de febrero del 2015

lunes, 2 de febrero de 2015

¿Español o castellano? [XLII]

Luisa Teresa Arenas Salas

            ¿Será esta “la pregunta de las 64.000 lochas”, tal como leímos en el primer rito de este año escrito apasionadamente por el padre de los ritos, Edgardo Malaver? Realmente, no. Esta no es una pregunta “muy difícil de responder”, ni su respuesta es “imposible o casi imposible adivinar”. ‘Español o castellano’ es una polémica muy antigua, que llega hasta nuestros días.
            ¿Has sido tú en algún momento protagonista de esta polémica? ¿Cuál de los dos términos empleas? ¿Qué razones has utilizado para justificar ese uso?
            En principio podemos decir que los términos español y castellano se consideran sinónimos para referirnos al nombre de nuestra lengua. Pero es interesante conocer un poco de historia para dilucidar la controversia.
            A finales del siglo XV, el enlace de los Reyes Católicos produce la unificación de los reinos de Castilla y Aragón, quienes convierten a España en una gran potencia, hecho que, como corolario, conduce a la unidad lingüística española. “El castellano, que comienza a llamarse español, se propagó entonces por Flandes, Italia y Francia, sus gentes aprendían el español con agrado y tenían a gala saber hablar castellano” (Gutiérrez y otros, 2007: 24). Ya en el siglo XVI se consolida la unificación literaria y adquiere plena justificación el uso del nombre de lengua española. Se originó el sentimiento colectivo que llevó a ver en el romance castellano una significación más amplia que sobrepasaba lo regional, y un contenido histórico cultural más rico que el estrictamente castellano (2007: 25).
            Enrique Obediente Sosa (1997: 408), con base en esos criterios históricos, afirma:

el término castellano hace referencia a la región de origen, a Castilla; español, por su parte (en boga desde el Renacimiento, es decir, desde la época del despertar de las nacionalidades), hace referencia a la nación, a algo histórico-cultural de significación suprarregional.

            Pero aun así, la polémica se mantiene vigente no solo en España, sino también en Venezuela sustentada en que la constitución de ambos países consagra el término castellano para denominar su lengua oficial, la cual coexiste con las otras lenguas acuñadas como oficiales a nivel regional. Para cotejar esta afirmación puedes revisar el artículo 3 de la Constitución española y el 9 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela del año 1999. Esta disposición constitucional ha llevado a estudiosos de la lengua a argumentar la validez de los dos vocablos basados en la sinonimia existente entre ellos. No obstante, en la actualidad se prefiere el nombre español, porque tiene un carácter más internacional.
            Por ello, yo acepto con normalidad que se diga castellano al mencionar nuestra lengua, de acuerdo con la Constitución; sin embargo, prefiero hablar de español, como dice el académico Luis Barrera Linares: “por ser este el nombre más universal de nuestra lengua” (2013: 46). Y, para ser más específica, utilizo “español de Venezuela”. Dejo aquí en el espíritu de los lectores una nueva inquietud, quizás materia para otro rito de ilación, que bien podría satisfacer, por ejemplo, la gran defensora de esta denominación, la lingüista venezolana Minelia de Ledezma.

Bibliografía
Barrera Linares, Luis (2013). La duda melódica. Crónicas malhumoradas. Caracas: Academia Venezolana de la Lengua.
Gutiérrez, María Luz y otros (2007). Introducción a la lengua española. Madrid: Editorial Universitaria Ramón Areces.
Obediente Sosa, Enrique (1997). Biografía de una lengua. Nacimiento, desarrollo y expansión del español. Mérida: Universidad de los Andes.

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Año II / Nº XLII / 2 de febrero del 2015

lunes, 26 de enero de 2015

Puchecas [XLI]

Laura Jaramillo




         Una tarde calurosa de abril, recibo la llamada de la vecina fufurufa, aquella de Barquisimeto, a quien de cariño le digo Fufu, preguntando a modo de recocha: “Buenas tardes, ¿Peluquería Puchecas Apretadas?”. Por supuesto que mi reacción fue una estruendosa carcajada.
         Pues bien, la Fufu y yo, como siempre nos la pasamos echando varilla, más bien recochando, desde esa hermosa tarde ‘abrilera’ vivimos haciendo chistes sobre las puchecas: que si puchecas caídas, puchecas asustadas, puchecas que dan vueltas, puchecas arriba, puchecas abajo, puchecas alegres, puchecas tristes, puchecas acaloradas, puchecas con frío y cualquier otra que se nos ocurra. Tanto la vecina como yo somos asiduas a la programación colombiana, así que compartimos el mismo código de comunicación.
         Como cosa rara, esos colombianos hacen uso espectacular de su lengua, y tienen esta palabra que para mí es magnífica, porque es un neologismo, es decir, que el DRAE aún no la registra, al igual que fufurufa y recocha, aunque estas dos últimas sí las registra el diccionario, pero son casos de neologismo semántico.
         Así como los colombianos, también me gusta inventar, y al igual que en el caso de fufurufa, les quiero indicar el significado de puchecas, a través del título de un libro ampliamente conocido, escrito por el colombiano Gustavo Bolívar: Sin puchecas no hay paraíso.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XLI / 26 de enero del 2015

lunes, 19 de enero de 2015

La susodicha [XL]

Edgardo Malaver Lárez

Para Abigaíl

            Algún documento legal debo haber estado leyendo yo en el momento en que me alcanzó por primera vez la palabra susodicho. Decía: “...la declaración que hace el susodicho ciudadano...”. ¿Sería un parte policial, una denuncia, una relatoría de tribunal? ¿De dónde lo habré sacado? Sin duda la fascinación del recién comprendido sistema que permitía convertir en sonidos comprensibles aquellos trazos negros sobre papel blanco me llevaba a desear convertirlo, traducirlo, leerlo todo, todo, todo. Y en una de esas me toparía con una partida de nacimiento, con una sentencia, un informe de comisario. ¿Desde qué antigua edad me habría estado esperando? ¿Qué intrincado azar habrá ideado la ruta por la cual lanzaría sobre mí su tentador anzuelo?
            Lo cierto es que la palabra susodicho me ha acompañado desde aquel día en que la vida la atrajo a mi vista. Cuando no había estudiado francés, me eran algo ajenas esas primeras sílabas que antecedían al archiconocido participio del verbo decir. Suso- apenas me hacía pensar en el nombre de la única reina de belleza que yo pensaba que existía, Susana Duijm, que era ya una mujer elegantísima cuando abrió los ojos al mundo; en bachillerato, cuando el profesor Alberto Marín, que nunca me dio clases pero era amigo de mi madre, dijo en un discurso del día de Juan de Castellanos: “Haré una sucinta reseña de la historia de este liceo...”, mi mente me disparó, una vez más, como lo hacía cada cierto tiempo, la palabra susodicho y se preguntó si las dos tendrían algún parentesco, si sería consanguíneo o por afinidad, si habrían coincidido antes en la vida de otra gente, si tendrían el mismo origen o era un “evento de la casualidad” que se parecieran tanto. Necesité ver en el periódico poco después que alguien usaba otra vez la palabra sucinta para entender que no podían ser de la misma familia porque, en realidad, ahora que la veía escrita, no comenzaban igual. Y un día Arturo Úslar Pietri dijo en Valores humanos que la I Guerra Mundial había suscitado en el mundo una inmensa desconfianza. ¡Otra palabra...!
            Susodicha, Susana, sucinta, suscita. Ya podía —¿cuándo no había podido, cuándo no lo había hecho?— jugar con aquellos sonidos y aquellas imágenes, que, en lugar de confusión, creaban alegría en la mente. La susodicha Susana suscita sucintos suspiros, sutiles susurros y suspensos sucesos de surtidas sustancias en susceptibles sustitutos. Al llegar por fin a mis manos, comenzando cuarto grado, el diccionario se convirtió en mi juguete favorito.
            Cuando comencé a aprender francés y me enteré de la existencia de las palabras sur y sus, deduje que aquel susodicho... ¿prefijo? de mis trabalenguas tenía que tener algo en común con ellas. Si éstas eran equivalentes a ‘sobre’, ‘arriba’, ‘encima’, susodicho tenía que ser ‘lo dicho arriba’, ‘lo mencionado antes’. Y creó Dios la luz y vio que era buena.
            Después la palabra habrá decidido irse al desierto a meditar, porque hacía tiempo que no se me atravesaba en el camino. Hace 11 días, sin embargo, Abigaíl, mi hija mayor, me reveló en medio de una conversación electrónica que “le encanta esa palabra”, y esto ha resucitado en mí aquella ruleta de los sonidos y las imágenes. Los usos dichos; las uso dichas; las uso, oh, dicha; las u, so dicha; él, su uso dicho...
            Todo lo antes dicho revela cómo urden las palabras para sobrevivir a los hombres. La susodicha niña conservará esta palabra cuando yo me vuelva silencio en la tierra, y sus hijos y sus nietos jugarán con ella, como yo, ojalá, generación tras generación, hasta que carne y palabra sean, otra vez, uno solo y el mismo ser.


emalaver@gmail.com



Año II / Nº XL / 19 de enero del 2015

lunes, 12 de enero de 2015

El arroz nuestro de cada día [XXXIX]

Isabel Matos

            Ya sé que así no dice el Padre Nuestro, pero es que la palabra que me maravilla no es nuestra, y no es pan ni es arroz. Aunque no es arroz, en realidad sí se trata del arroz, el que preparan y comen en Japón.
            En Caracas, Japón sabe a sushi, que se ha convertido en su plato más popular; también tienen sopas, fideos, pasteles, pero no son igualmente conocidos. Lo que muchos no sabíamos es que el sushi es algo que los japoneses comerían en ocasiones especiales, no a diario y seguramente no tan a menudo como algunos visitantes asiduos de nuestras mejores cadenas de comida rápida japonesa. Lo que sí comen todos los días es arroz. El arroz está en el desayuno, el almuerzo y la cena. Es tan importante el arroz blanco en la dieta y vida de Japón que la palabra que utilizan para designarlo también es sinónimo de comida. Comida y arroz es lo mismo. El grano sagrado de arroz es komé, y de esos hay más de 300 tipos. Los cultivan en Japón, California y España. Son granos más cortos que los que comemos nosotros en nuestro querido pabellón, granos que fueron desarrollados para adaptarse al clima y paladar nipón[1].
            Todo esto te puedo decir y todavía no he llegado a la palabra que me maravilla, el arroz cocido, sinónimo de comida, es gohan. Y sí, ese también es el nombre del hijo de Goku[2], pero de ese hablaremos en otro rito de ilación.

isabelmercedes@gmail.com



Año II / Nº XXXIX / 12 de enero del 2015



[1] Kazuko, E. (2008). Todo el sabor de Japón. Barcelona: Duncan Baird Publishers.
[2] Son Goku: personaje principal de la serie de Akira Toriyama, Dragon Ball.

lunes, 5 de enero de 2015

La pregunta de las 64.000 lochas [XXXVIII]

Edgardo Malaver Lárez


            Ya va quedando poca gente que recuerde lo que era una locha, que las haya usado para comprar o que las haya recibido de una tía generosa, de un padrino soltero o de una abuela que nos hubiera enviado a hacer un mandado. Para los niños de mi infancia era como una bendición recibir en esas circunstancias la peculiar moneda: cantidad insignificante para el que la daba, inmensamente valiosa para el que la recibía. Con una locha, estando en primer grado, por ejemplo, merendaba uno como un príncipe en el recreo y regresaba a casa sin depender de los adultos, lo cual era mejor que ser uno de ellos.
            Una locha era la octava parte, es decir, 125 milésimas, de un bolívar. Yo, con dos lochas, o sea, con medio real, era rico. Y rico precisamente se hacía también el que lograba responder todas las preguntas que se le hacían en un programa de televisión que comenzó a emitirse en Venezuela al final de los años 50, Monte sus cauchos Good Year, puesto que la última de ellas era lo que el presentador, Néstor Luis Negrón, llamaba “la pregunta de las 64.000 lochas”. Sesenta y cuatro mil lochas son 8.000 bolívares, que en este momento quizá no alcancen para comprar, por ejemplo, muchos pares de pantalones (a lo sumo dos, regateando bastante), pero en la década de los 50, esa cantidad habría sido suficiente para comprar, al menos, una casa de tres habitaciones. Desde entonces, la expresión ha designado, aunque los venezolanos han olvidado su origen, las preguntas de importancia capital o aquellas que son muy difíciles de responder o cuya respuesta es imposible o casi imposible adivinar.
            El programa, que se mantuvo 12 años en las pantallas de Radio Caracas Televisión, era presentado por Negrón junto con la elegantísima Cecilia Martínez, la primera locutora de la televisión venezolana —que en noviembre del año pasado alcanzó la edad de 101 años—.
            La expresión del profesor Negrón provenía de programas de concurso del mismo estilo que antes que el suyo había habido en la radio de Estados Unidos, el primero de los cuales se titulaba Take It or Leave It (Tómelo o déjelo), transmitido desde 1940. En 1950, se convirtió en The $64,000 Question (La pregunta de los 64.000 dólares) y en 1955 saltó a la televisión. Se hicieron tan populares el programa y el tipo de programa, que fue imitado en muchos lugares: en el Reino Unido (The 64,000 [Sixpence] Question), en Australia (Coles £3,000 Question), en México (El Gran Premio de los 64.000). Y en Venezuela.
            Hay otras expresiones venezolanas que incluyen la palabra locha. Cuando un producto es muy barato o cuando es posible encontrarlo en cualquier parte, decimos que lo venden “a tres por locha”. Cuando intentamos entender alguna situación compleja y finalmente lo logramos, decimos: “Me cayó la locha”. En la lucha por la locha es equivalente a estar trabajando duro para ganar el diario sustento. En esta Navidad, que en rigor termina mañana, ha vuelto oírse aquella gaita que dice: “¿Qué haré yo cuando no tenga / en el bolsillo tres lochas / para comprarte una brocha / y pintura pa la bemba?”.
            Cuando yo era niño, mi hermano, queriendo que su padrino le diera dinero, le decía al tropezárselo en cualquier lugar: “Padrino, la bendilocha”, y éste, queriendo evadirlo, le respondía: “Dios me lo bendilimpie, hijo”.


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Año II / Nº XXXVIII / 5 de enero del 2015

lunes, 29 de diciembre de 2014

Un año pasado que se queda [XXXVII]

Edgardo Malaver Lárez



         Siempre se tropieza uno con la misma disyuntiva en la noche de san Silvestre, la misma dubitación, la misma ambigüedad: ¿estar contento porque se aproxima un tiempo nuevo o entristecerse porque está a punto de acabar una época que, a fin de cuentas, no nos ha tratado tan mal? Maracaibo 15 lo pone en términos diáfanos, al cantarle al viejo año lo que todos podríamos decirnos a nosotros mismos:

Las cosas viejas como tú las botan
y más si saben que otro llegará,
pero no llores, échate un trago,
que yo te recordaré
por los ratos que de felicidad
en tus días yo pasé”.

         La noche del 31 de diciembre se encuentra, como bien dijo Rubén Darío, “a la orilla del abismo misterioso de lo eterno”. Nos levanta, como a Jorge Luis Borges, “la sospecha general y borrosa del enigma del tiempo”. Es un instante infinitamente efímero en que estamos en el borde entre lo enteramente conocido y lo totalmente por conocer. Es el “mezzo del camin” de Dante revivido cada año, en un solo minuto.
         El eslabón entre una cosa y la otra, entre los significativos “ratos que de felicidad en sus días hemos vivido” y los enigmáticos y borrosos siglos que nos ofrece ahora el abismo de lo eterno, entre el más acá y el más allá de esa orilla, entre la certeza de lo vivido y el vacío de lo aún por vivir, tiene que ser la memoria, que reconoce lo primero y no se halla a gusto, aún, en medio de lo último. La memoria, que a nada se aferra como a lo vivido, bello o macabro, nos lleva a sentir aprehensión respecto de lo que ha de venir después de las “doce irreparables campanadas”.
         Andrés Eloy Blanco, solo en Madrid a medianoche del 31 de diciembre de 1923, recuerda a su madre y no puede disfrutar la fiesta que lo circunda. Como el gaitero, observa que el mundo está contento en un momento en que él está triste. El año termina y el poeta mira hacia atrás, que es como mirar hacia sí mismo, hacia su interior. Se da cuenta de que “por aquella balumba en que da gritos la ciudad histérica”, su soledad y el recuerdo “marchan como dos penas”. Y esta soledad es más solitaria por la presencia de la memoria, la que no se acostumbra con docilidad a lo nuevo, por más alegría que nos prometa:

Yo estoy tan solo, madre,
¡tan solo!, pero miento, que ojalá lo estuviera;
estoy con tu recuerdo y el recuerdo es un año
pasado que se queda”.

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Año II / Nº XXXVII / 29 de diciembre del 2014

lunes, 22 de diciembre de 2014

La sílaba que se le perdió a la Navidad [XXXVI]

Edgardo Malaver Lárez



         Según Benedicto XVI (2012), lo más probable es que Jesús haya nacido en el año 6 antes de Cristo. No es una broma, ni siquiera una perogrullada. Es la evidencia de que la práctica de registrar el día del nacimiento de la gente, recordarlo cada año e incluso celebrarlo, por lo menos en el caso de los pobres, es más reciente, quizá posterior al Imperio Romano. La Navidad, posiblemente por esa razón, comenzó a celebrarse en el año 345. Antes de esta fecha, parece, los cristianos se dedicaban a cosas más serias, quizá a lo verdaderamente importante: ser cristianos. No trato de decir que la Navidad no sea cosa seria o importante, porque lo es muchísimo, sino que inmensamente más importante que la fecha y las celebraciones, que son la superficie del asunto, es el significado de aquel acontecimiento, que puede ser personal e íntimo para cada quien.
         En esta ocasión pretendo, apenas mencionar, ni siquiera examinar, un detalle totalmente superficial: la mera palabra Navidad... y, más superficial que eso, una sílaba de esta palabra que ni siquiera aparece en ella.
         Navidad proviene de la palabra latina nativitas, es decir, ‘natividad’. Sin buscar en el diccionario, puede uno imaginarse que dirá: acción y efecto de nacer. Nativitas es un sustantivo que deriva de natus, participio del verbo nasci (nacer). Se ve, ¿verdad?, que, entonces, de ella han de venir nuestras contemporáneas y utilizadísimas nación, connacional, renacimiento, natural, naturaleza, nativo, nato, neonato, natalicio, natal e incluso los nombres propios Natalia y Renato. Etcétera.
         Además, en italiano la Navidad se llama Natale; en portugués, Natal; en catalán y en gallego, Nadal. Se ve, ¿verdad?, que en esas lenguas la palabra que se utiliza en la actualidad deriva, como en español, de la latina. Todas conservan la raíz que tenía en latín. La sílaba ti de nativitas ha subsistido en todas ellas, sea que se la pronuncie con consonante sorda o sonora. Subsiste.
         Siendo así, ¿qué pasó con la sílaba ti en español?


Bibliografía
Benedicto XVI (2012). La infancia de Jesús. Trad. J. Fernando del Río. Barcelona: Planeta.


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Año II / Nº XXXVI / 22 de diciembre del 2014


lunes, 15 de diciembre de 2014

El lenguaje metafórico del beisbol (y III) [XXXV]

Laura Jaramillo



            Ahora veamos un poco el lado periodístico del tema, ya que el beisbol por ser el evento más esperado por venezolanos, el discurso deportivo hace gala de innumerables creaciones lingüísticas, siendo la metáfora la mamá de los helados.
            A diario, y aproximadamente por tres meses, las crónicas deben narrar lo acontecido, tomando en cuenta que el lector, que primero es fanático, necesita de una lectura que le rememore lo ya vivido. Por esta razón, el periodista hace uso de un lenguaje bastante particular, ya que, analizando la cosa, es posible observar un cierto canibalismo[1].
            La metáfora cognitiva es el vehículo perfecto para desarrollar las crónicas del beisbol, así como sucede con las crónicas del fútbol. Para el beisbol, la metáfora es lo caníbal, y para el fútbol, la metáfora es lo bélico. Aunque, en ambos discursos deportivos existen más metáforas deportivas pertenecientes a distintos campos semánticos.
            En nuestro beisbol tenemos ocho equipos: Leones del Caracas, Navegantes del Magallanes, Tiburones de La Guaira, Bravos de Margarita, Águilas del Zulia, Cardenales de Lara, Caribes de Anzoátegui y Tigres de Aragua.
            Podemos observar que cinco equipos son representados por animales (leones, tiburones, águilas, cardenales, tigres) y los otros por hombres (piratas e indios).
            Veamos algunos ejemplos de este canibalismo en titulares tomados de uno de los principales diarios deportivos de Venezuela, Meridiano:

“Tigres devoró al Caracas” (11/01/2007).
“Luis Raven mató al Tigre” (14/01/2007).
“Magallanes golpeó al Caracas” (03/12/2008).
“Magallanes al acecho” (21/12/2008).
“Estacazos de invictos para Águilas del Zulia” (16/10/2014).
“Caribes mató en extrainning” (16/10/2014).
“Tiburón alzado” (19/10/2014).
“Magallanes ligó su tercer triunfo al hilo al masacrar a Bravos” (09/11/2014).

            El lenguaje tiene tantos recovecos, que de dónde uno menos piensa salta la liebre, o sea, la lengua tiene muchos aspectos todavía por descubrir, especialmente del lenguaje deportivo, que cada día se reinventa, agregándole sabor al deporte y, por supuesto, a la lengua.

laurajaramilloreal@yahoo.com




[1] La idea  sobre el canibalismo deportivo es cortesía de la profesora Aura Marina Boadas, quien alguna vez me comentó sobre esta curiosidad del lenguaje deportivo.




Año II / Nº XXXV / 15 de diciembre del 2014

martes, 9 de diciembre de 2014

El lenguaje metafórico del beisbol (II) [XXXIV]

Laura Jaramillo

            Siguiendo con el tema, ahora veamos la incursión de la metáfora cotidiana en el lenguaje del beisbol, es decir, ahora es el lenguaje de nuestro día a día el que usamos cuando de beisbol se habla. Incluso, quizás, hay expresiones inventadas que nos sirven para describir esas diferentes situaciones que se presentan durante un partido de pelotas.
            Veamos algunas de estas expresiones metafóricas:

Carrera de caballito: cuando las bases están llenas y el bateador de turno recibe boleto o base por bolas, lo cual impulsa el movimiento de los jugadores hacia las bases siguientes, así, el de tercera se mueve anotando una carrera. También se le conoce como carrera de carrusel.
Caballo: así se le llama también al beisbolista.
Diamante: el terreno de juego. Si unimos imaginariamente todas las bases, tendremos un hermoso diamante.
Lomita: lugar de trabajo del pícher. No es que sea propiamente una loma, más bien, un montoncito de tierra, también conocido como morrito.
Serpentinero: pícher que tiene un movimiento especial del brazo al realizar el lanzamiento de la pelota.
Plato: se le dice a la base principal, el home, donde están el catcher, el umpire y el bateador.
Jardinero: jugador defensivo; hay jardinero central, jardinero derecho y jardinero izquierdo.
Abanicar: el movimiento que hace el jugador cuando lo ponchan.
Arepas: cuando un equipo hace 0 carreras en todo el partido.
Bambinazo: jonrón. Proviene del jugador Babe Ruth, gran jonronero conocido como el Bambino.

            No sé de dónde proviene tanta creatividad, pero pienso que la necesidad de apropiarnos de esta disciplina deportiva, proveniente principalmente de los Estados Unidos, ha facilitado la invención de palabras que sustituyan las del inglés, y así acercar cada día más el beisbol a nosotros, a nuestras hermosísimas cultura y lengua.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XXXIV / 8 de diciembre del 2014

lunes, 1 de diciembre de 2014

El lenguaje metafórico del beisbol (I) [XXXIII]

Laura Jaramillo


 

 

 

         El beisbol forma parte de nuestra cultura como venezolanos. La temporada del beisbol nos vuelca totalmente la vida, porque nos hace olvidar por instantes los problemas del día a día. El beisbol es nuestra excusa para burlarnos, después del partido, del compañero que recibió nueve arepas.
            Ahora bien, el beisbol como parte de nosotros, también es parte de nuestro lenguaje cotidiano, porque nos ayuda a expresarnos: cuando queremos que nuestro discurso quede bien clarito, el lenguaje del beisbol nos salva la partida. Veamos algunos ejemplos: 

 

• Cuando nos sorprenden en alguna situación indebida, decimos que nos agarraron fuera de base.

• Cuando tenemos que tomar una difícil decisión, nos encontramos en tres y dos.

• Si una persona está errada en lo que dice o hace, esa persona batea de foul.

• Si nos encontramos con una persona que lo único que hace es dormir, comer y más na, decimos que esa persona ni cacha ni picha ni batea la pelota.

• Cuando nos dan una información que no esperábamos, quedamos fly o ponchaos.

• Si una persona se pega la lotería, la sacó de jonrón.

• Si una persona comienza a decir incoherencias o burradas, decimos que se le hinchó el bolazo.

• Cuando un hombre, como cosa rara, pues, quiere tener más de una relación sentimental, decimos que juega doble play.

 

         Como podemos ver, la metáfora es cotidiana, el lenguaje es cotidiano y el beisbol también; entonces, el lenguaje deportivo es una fiesta social y forma parte de la idiosincrasia del venezolano.

laurajaramilloreal@yahoo.com

 


Año II / Nº XXXIII / 1° de diciembre del 2014