lunes, 11 de agosto de 2014

Et cetera [XVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

         Hace quizá más de un año comencé a oír decir, y fue en clase, que la palabra etcétera ya no se usaba; peor: que no debía usarse; y peor aún: que era un error. Y mucho peor: que no debía usarse porque la Real Academia había dicho que ya no se usaba y que no debía usarse porque era un error. Lógicamente, mi reacción inmediatamente fue detener la clase para preguntarle al estudiante que hacía semejantes afirmaciones: “¿Dónde leyó usted eso?”. La respuesta aquel día fue: “Lo oí decir”. Al día siguiente la respuesta fue: “La profesora de Castellano lo dijo en la clase del jueves”. Dos días después fue: “No sé, simplemente no se usa”. Considerando que la obligación de todo estudiante es cuestionar siempre lo que el profesor dice en clase, me sentí triste.

         Como una semana después comencé a observar que los periodistas de los noticieros de televisión evitaban el uso de etcétera en los momentos en que era más natural usarlo y que, como consecuencia, les salían unas oraciones... fatales. Repentinamente, sin que nadie supiera cómo ni desde cuándo ni por qué, etcétera estaba obsoleto y, ergo, proscrito. Todos, de repente, comenzaron a sustituir esta palabra que nos acompañaba desde los tiempos de Adriano por entre otros, como si ésta tuviera algo que ver con aquélla. Lo indeseable, sin embargo, no era lo obsoleto, sino la vaciedad de los argumentos.

         Etcétera no puede ser un error. Y la Academia no puede prohibirla. Y si se atreviera a prohibirla, dado que no se le hace caso en casi nada, ¿por qué en esto sí? ¿Qué significa etcétera? En primer lugar, son dos palabras que con el tiempo se han unido en una sola: et y cetera. Como muchos saben, et es, en latín, la conjunción equivalente a nuestra y. (En francés, a pesar de los siglos que han pasado, aún se escribe así.) La palabra cetera es el plural de ceterus, que  puede traducirse como ‘lo demás’, ‘el resto’, ‘lo que falta’, siempre de la misma clase. Se usa para no tener que mencionar todos los elementos de un conjunto cuando esto no es necesario para la comprensión.

         No logro comprender por qué, pero los que de repente comenzaron a decir que etcétera era un error creen que puede y debe sustituirse por entre otros, expresión que significa, ni más ni menos, ‘entre otros’, no ‘lo demás’. Eso no tiene sentido. El sentido de etcétera no es que los elementos nombrados se encuentran entremezclados con ‘otros’ elementos, aunque lo están o pueden estarlo. Ese es el sentido de entre otros. El de etcétera, que ya ha sido explicado, es que no nos hace falta mencionar eso que incluimos en el etcétera.

         Hay dos formas de reconocer la necesidad de un etcétera de la de un entre otros, que tiene otros usos. Fíjese en estas dos oraciones:

 

·     Se ha registrado una amplia expansión de Internet en los países de América del Sur: Chile, Argentina, Colombia, etc.

·     Se ha registrado una amplia expansión de Internet en los países de América del Sur: Chile, Argentina, Colombia, entre otros

 

         No puede usted decir que en la primera dice lo mismo que en la segunda. Este entre otros no es buen sustituto para aquel etc., y las dos oraciones no son sustituibles una por otra. La primera tiene sentido y la otra no. En la primera, el emisor del mensaje comienza a enumerar los países sudamericanos y se da cuenta de que sería demasiado largo mencionarlos todos, de modo que lo resume diciendo ‘et cetera’. Chile, Argentina, Colombia... y los demás de ese grupo, el especificado, y no voy a mencionarlos todos porque mi interlocutor no lo necesita. Es un grupo tan preciso, que ni siquiera hace falta que mencione ninguno. Haga la prueba: quite los nombres de los países y observe si la oración anterior a los dos puntos es suficiente.

 

(Este artículo continuará la próxima semana.)

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año II / Nº XVII / 11 de agosto del 2014

 



martes, 5 de agosto de 2014

Desfazedor de tuertos [XVI]

Edgardo Malaver



     A un mismo tiempo, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es un libro feliz y desafortunado. Es tan feliz que, 410 años después de su edición príncipe, sigue celebrándose, como si fuera el natalicio de una persona importante, su primera salida de la imprenta. En todo este tiempo, ¿qué no ha hecho Don Quijote en el mundo, qué monstruo no ha derrumbado, en qué pendencia no se ha involucrado, qué injusticia no ha combatido? El 3 de febrero de este año se cumplieron 400 años de la segunda parte, que es también como su segunda salida, la que Cervantes hizo para poner los puntos sobre las íes con respecto a su autoría.
     Y es un libro desafortunado porque a pesar de su fama de joya de la literatura del mundo entero, muy poca gente lo lee. Y muchos que hablan de él simplemente repiten, con pocas modificaciones, lo que han oído decir a otros. Se suman con esta actitud a la procesión de cegatos que se oponen, con ínfulas modernas y postmodernas, a curiosear en un tesoro que los sacaría a la luz que rebosa el espíritu humano.
     Desafortunada es también la frase más citada de la obra, la cual ni siquiera se cita tal como aparece en la novela. Cuando alguien que no ha leído Don Quijote quiere presumir de haberlo hecho, hablará de él diciendo, por ejemplo, que el afamado hidalgo iba por ahí “deshaciendo entuertos”. ¿Qué significa esto?
     En realidad no significa nada porque no tiene sentido. Lo que dice en la obra, en primer lugar, no es entuertos, sino tuertos. Y no dice deshacer, sino, como se decía en el siglo XVII, desfacer, o incluso desfazer. También dice en algunos puntos enderezar tuertos, que sería mucho más lógico, pero esto no llega nunca a oídos tan desinteresados en lo que están diciendo.
     La primera vez que aparece esta expresión en Don Quijote es en el soneto que le dedica Solisdán a nuestro protagonista, en esa doblemente ficticia parte del libro, que algunas ediciones llaman “Versos preliminares”, en que personajes de otras obras de caballería se dirigen al justiciero Alonso Quijano y otros personajes, les hacen alabanzas y dialogan con ellos. Solisdán, el héroe de Espejo de príncipes y caballeros (1555), le ha escrito a don Quijote: “Serán vuesas fazañas joeces, / pues tuertos desfaciendo habéis andado” (Cervantes, 2005, 24). Francisco Rico explica en una de sus notas a la edición cuatricentenaria: “La palabra entuerto, que se ha hecho popular [...], no aparece nunca en la obra” (2005, 24). Agrega Rico que en la época de Cervantes entuerto significaba ‘retorcijones del embarazo’.
     He ahí la clave. Fíjese usted: la raíz de tuerto (tuert- o tort-), es, aunque no lo parezca por los rasgos latinos que conserva, la misma de torcer y todos sus derivados, con lo cual podemos deducir ya que tuerto ha de significar ‘torcido’. Podríamos entenderlo como un participio irregular de torcer (lo que pasa con romper y roto, elegir y electo, freír y frito).
     Usted habrá sentido alguna vez un retorcijón (o aun retortijón), es decir, habrá sentido que se le tuercen las tripas. También habrá tenido tortícolis, tort-colis, el cuello torcido. Y se habrá visto en alguna situación que es para usted una tortura o habrá conocido a alguien que tiene un pasado tortuoso. Todas esas palabras tienen esa raíz. Hasta la sencilla y cotidiana palabra torta, según algunos autores, guarda su parentesco con esas torceduras, si pensamos que la masa con que se hace es resultado de una buena sesión de revolvimientos y batidas.
     Teniendo en mente todo este paradigma, tiene sentido el uso del verbo enderezar en la expresión que utiliza Cervantes: desfacer tuertos es, entonces, para don Quijote, enderezar lo que está torcido: las injusticias, los agravios, la inhumanidad.
     La siguiente vez que el narrador acude a la expresión es en el segundo capítulo cuando dice: “no quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, aprentándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba desfacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar y abusos que mejorar y deudas que satisfacer” (Cervantes, 2005, 34). Semejante actitud luce, cuando menos, desproporcionada... es un tuerto en sí misma.
     La usa, por lo menos, otras nueve veces en toda la obra, pero nunca utiliza entuerto.
     Póngase a pensar: ¿qué cita recuerda usted de Don Quijote? ¿La cita bien? ¿Está seguro de lo que está diciendo? ¿De veras viene de la obra de Cervantes? Si su respuesta es que no o que no está seguro, quizá tenga usted un tuerto que enderezar en su relación con los libros.


Bibliografía
Cervantes, M. (2005). El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Madrid: Real
    Academia de la Lengua.
Rico, F. (2005). “Notas [a Don Quijote]”. En Cervantes, M. El ingenioso hidalgo
    don Quijote de la Mancha. Madrid: Real Academia de la Lengua.


emalaver@gmail.com




Año II / Nº XVI / 4 de agosto del 2014

lunes, 21 de julio de 2014

¿Todos los mitos son falsos, o eso es un falso mito? [XV]

Leonardo Laverde B.

 

 

 

—Los escritores son seres solitarios e introvertidos...

—Eso es un falso mito.

—¿Y eso no es una redundancia?

 

         Se suele decir que la expresión “falso mito” es incorrecta porque es redundante, pues se supone que los mitos son falsos por definición. Así, al emplear el adjetivo estaríamos repitiendo información innecesariamente.

         ¿Es siempre correcta esta apreciación? Según el DRAE, en su edición de 2001, la palabra mito tiene cuatro acepciones:

 

1. m. Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico.

2. m. Historia ficticia o personaje literario o artístico que encarna algún aspecto universal de la condición humana. El mito de don Juan.

3. m. Persona o cosa rodeada de extraordinaria admiración y estima.

4. m. Persona o cosa a la que se atribuyen cualidades o excelencias que no tiene. Su fortuna económica es un mito.

 

         En las acepciones 1 y 2, la idea de falsedad, o, mejor dicho, de ficción, sí está implicada (para decirlo en términos lingüísticos, es uno de los semas que componen los sememas), pero no agota su significado. De hecho, observemos que en la acepción 1 no se emplea el adjetivo falsa, ni siquiera ficticia, sino maravillosa. Lo que se narra en un mito cosmogónico no ocurrió en realidad, pero eso no es relevante, pues el mito se sitúa “fuera del tiempo histórico”.

         En la acepción 3, la idea de falsedad no está presente en absoluto. Cuando alguien afirma que “Simón Díaz es un mito de la música venezolana”, no quiere decir que el entrañable Tío Simón no haya existido; por el contrario, resalta el lugar privilegiado que ocupa su música en la cultura venezolana.

         La acepción 4 es la única que tiene la idea de falsedad como componente principal. Y aun en este caso, mito no es sinónimo absoluto de mentira, pues implica un rasgo adicional: se trata de una creencia ampliamente aceptada.

         En el discurso, lo que determina la acepción o connotación que debe activarse en las palabras polisémicas es el contexto. Si oponemos la palabra mito a otra que incluya la idea de veracidad, el contraste hará que resalte su carácter ficticio (como en la frase “¿mito o realidad?”). Si un ateo afirma que “el Evangelio es un mito”, probablemente intenta descalificar el relato bíblico, pues existe la opinión generalizada de que dichos libros tienen una base real. En cambio, un antropólogo que dicta una conferencia sobre “el mito bíblico de la creación” propone cierto tipo de acercamiento neutro a dicha narración, no cuestionar su historicidad. Por último, un sintagma como “Di Stéfano, mito del fútbol mundial”, solo tiene connotaciones positivas (a menos que el hablante se proponga cuestionar la existencia o el talento de dicho jugador).

         Calificar al sustantivo mito con el adjetivo falso será redundante o no según la situación discursiva. Por ejemplo, si yo presento una narración original como un mito antiguo, o bien exagero las cualidades de algún personaje real, podré ser acusado de estar forjando un “mito falso” sin incurrir en redundancia. En cambio, si utilizo la palabra mito con el significado de “falsa creencia ampliamente difundida”, añadirle el adjetivo falso sí será redundante. ¿Es, pues, una incorrección?

         En español, no es inusual que los adjetivos explicativos (también llamados epítetos), sean redundantes y meramente enfáticos, sobre todo cuando se anteponen al sustantivo. El pleonasmo puede ser un vicio que atenta contra la economía del lenguaje, pero también, cuando se usa conscientemente, un recurso estilístico para añadir expresividad. ¿Cuántas veces no hemos oído hablar del “inmenso mar” y el “brillante sol”? Con todo, hay algunos pleonasmos, como el famoso “funcionario público”, en los que el argumento estilístico es difícil de sostener.

         A veces la redundancia puede ayudar a reducir el riesgo de ambigüedad. Por ejemplo, en el sintagma “falsos mitos de la literatura venezolana”, podríamos argumentar que el uso del adjetivo aclara que nos referimos a creencias falsas y no a grandes escritores. Sin embargo, también existe una solución menos conflictiva (“mitos sobre la literatura venezolana”) que nos evita el riesgo de parecer ignorantes.

         ¿Cuál es mi conclusión? No use la expresión “falsos mitos”. Evítese problemas. Sin embargo, si por desgracia se le escapa alguna vez, no se preocupe demasiado. Siempre puede exclamar, como el Chapulín Colorado: “¡Lo hice intencionalmente!”.

 

llaverde2@gmail.com

 

 

 

Año II / Nº XV / 21 de julio del 2014


lunes, 14 de julio de 2014

El verbo de la verdad [XIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 



         En el blog del escritor Armando José Sequera, Caravasar, hay un comentario del 21 de septiembre del 2007 que se titula “Nos falta un verbo”. Se pregunta Sequera por qué si tenemos un verbo para decir mentiras, mentir, no tenemos uno para decir la verdad. Teme que esto pueda deberse a que en la lengua española no acostumbramos decir la verdad o que estemos más inclinados hacia la mentira.

         Toda una particularidad de la lengua, pero no lo es sólo de la española. En francés existe el verbo mentir, pero no existe su antónimo como lexema, es decir, como una sola palabra: se utiliza una locución: dire la verité. En portugués y en italiano pasa igual. En inglés y en alemán, que pertenecen a otra familia de lenguas, pasa lo mismo. En otras palabras, la razón probablemente no esté supeditada a las particularidades de cada lengua (o a la lengua de la que pueda haber derivado la de cada quien) sino, parece, a algo que está fuera de ellas... si es que tal cosa existe.

         En la Roma clásica, la diosa Veritas (Verdad), que era representada desnuda y saliendo de un profundo pozo, era hija de Saturno, dios del tiempo, y madre de Virtus, diosa del valor. La veracidad era, en aquellos tiempos, una virtud que debía distinguir al auténtico romano como ser civilizado.
     No será ésta, quizá, la verdad última en este asunto, pero es sencillo pensar que cuando nos comunicamos con los demás, esperamos que nos digan la verdad. A nadie se le ocurre preguntarle nada a nadie con la esperanza, la ilusión o el deseo de que le respondan otra cosa que la verdad. De esa manera, en la conciencia más profunda de cada uno de nosotros no existe razón para poner a ese acto ningún nombre que no sea el mismo del que estamos realizando: hablar, decir, conversar, responder, comunicarse, dialogar. Decir la verdad, en el fondo, es, dicho así, simplemente decir.

     Es lo que en lingüística se llama un término no marcado. Son las acciones aledañas, diferentes, contrarias, las que necesitan otra denominación. Usted habla de las jirafas en general utilizando ese nombre. Sólo cuando necesita hacer alguna distinción busca otra manera de nombrarlas: jirafa macho, jirafa bebé, jirafa blanca. Lo que tiene que tener un nombre diferente a lo genérico es lo que es diferente. Decir la verdad es lo “genérico”, mentir es lo peculiar.

         También es significativo que se diga, por un lado, decir LA verdad (con artículo definido en singular, lo cual implica que estamos pensando en una sola) y que, por el otro lado, se diga decir mentiras (sin artículo, pero en plural, lo cual implica que la mentira es diversa y difusa, incalculable por el que espera otra cosa).

         Es cierto que existe el verbo verificar, que proviene de veritas (verdad) y pareciera ser antónimo de mentir. Sin embargo, la existencia de este verbo significa que, en algunas circunstancias, cuando existe una duda respecto a un hecho, vamos a ver si es verdad. No es lo mismo que decir la verdad.

         Por tanto, y después de todo esto, la razón más primordial de que no exista un verbo sino una locución verbal para hablar con veracidad debe ser el sentido común. En la mente de los hablantes es así por lógica, por intuición, por sensibilidad y vinculación interior con el fondo del asunto... con la verdad.

         Quizá no sea, entonces, que nos falta un verbo sino hacernos sujetos de él... aunque no exista.


emalaver@gmail.com

 

 


lunes, 7 de julio de 2014

Al final no fuimos a la final [XIII]

Sara Cecilia Pacheco



         Cuando la lengua no te es extraña, cuando te maravilla, te inquieta…, te encuentras inconscientemente analizando cada cartelito, valla o publicación. Eres un observador (algunas veces un inquisidor) de cada palabra que se te atraviesa, de cada grupo de palabras, ves la forma, ves el fondo… Y (clic) le tomas una foto para comentar o reírte con otros de tu especie.
         Lo mismo nos pasa con las conversaciones. Por más bien educado que hayas sido en casa, te sorprendes escuchando conversaciones ajenas. Sin intervenir, claro está. Es así como uno se queda con cada perla. Como en mi caso con la archirrepetida expresión a la final para decir la conclusión de lo dicho, una especie de en fin que está muy de moda.
         En todas partes escucho ese a la final: “A la final no viniste…”, “A la final me salí de la cola…”, “Ni pudimos comprar a la final…”; sin haber notado quizá que la expresión es al final. Si la analizamos, se trata de la preposición a y el artículo el en su forma contraída al, junto al sustantivo final que según la RAE, es “m. Término y remate de algo”. En esta acepción, la palabra final es masculina y no femenina. En elDiccionario de uso del español de María Moliner aparece la expresión al final: “Como conclusión de todo lo hablado, ocurrido, etc. Implica frecuentemente que la conclusión de que se trata es absurda o inadmisible: ‘¡No... si al final resultará que quien tenía razón era él...!’”.
         No faltará quien diga que la final existe y por tanto se puede decira la final. Sí, claro, se puede decir, pero no tendrá el significado que quieres porque la final es, según la RAE: “3. f. Última y decisiva competición en un campeonato o concurso”. La final es la que se jugará este domingo 13 de julio en el Maracaná, una final a la que, al final, esta vez tampoco vamos.

sarace.pacheco@gmail.com


Bibliografía
Moliner, M. (2000). Diccionario de uso del español. Madrid: Gredos.
Real Academia Española (2001). Diccionario de la lengua española. Madrid: Espasa Calpe.



Año II / Nº XIII / 7 de julio del 2014

lunes, 30 de junio de 2014

Que tu ‘y’ sea ‘y’ y tu ‘o’ sea ‘o’ [XII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

 

 

         Es una cuestión de sentido común. Y/o, y/u, e/o, e/u... u, o, y, e... ah... ¿U o e i...? ¿No es demasiada complicación, cuando, utilizando el sano sentido lógico, sería tan sencillo?

         Ya habrá visto usted algún letrero en algún quiosco cerca de su casa que ofrezca “malta y/o refresco”, con lo cual el comerciante debe tener la ilusión de que les expresa a sus posibles clientes que están en la libertad de comprar, si lo desean, las dos cosas, pero que pueden, también, decidirse por una sola de las dos opciones. Qué amable.

         Los habitantes del mundo de la banca se comportan a veces como si tuvieran resguardada en sus bóvedas la partida de nacimiento de esta curiosa... ¿conjunción?, y es fácil imaginarse —aunque esto está por demostrarse— que aparecerá en el custodiado documento el nombre de algún banquero conocido... o de un gerente financiero... o de un abogado mercantil.

         ¿De dónde viene este constructo bicéfalo, esta especie de vacilación conjuntiva, de disyuntiva doblemente bifurcada (puesto que una de sus sendas es ya, por sí sola, una bifurcación)? Viéndola con cuidado —con algo de cariño, como si deseáramos utilizarla seriamente—, la construcción y/o es toda perplejidad y toda confusión. Más allá del quiosco y el banco, si la palabra que la sigue es, por ejemplo, oscuro, ¿habrá que escribir “misterioso y/u oscuro”? Y si sigue, por ejemplo, inmenso, ¿tendrá que ser “solitario e/o inmenso”? Ya a esta corta distancia, pareciera que algo nos falta, que alguna fibra de ella nos fuera extraña. Algo de esquemático tiene, que no es armonioso.

         La revista Punto y Coma publicó en 1991 una nota sobre este fenómeno, que parece una orden de fusilamiento en su contra:

 

y/o. Un «aviso» destinado a los traductores de la antigua división de traducción española de Luxemburgo establecía «la abolición, salvo petición expresa del servicio interesado, del uso de la expresión “y/o”, que deberá sustituirse siempre por “o”. La razón de ello es que en español la conjunción “o” tiene ya de por sí carácter no excluyente (la expresión “comer manzanas o peras” puede equivaler indistintamente a “comer manzanas”, “comer peras” o “comer manzanas y peras”)». El rechazo de este esperpento lingüístico no es nuevo ni exclusivo de los traductores españoles: nuestro compañero Carlo Gracci (SdT B-7) publicó unas reflexiones sobre ese tema en el último número de Aperture, la hoja de información de los traductores italianos, y el Diccionario de dificultades del inglés de Torrents del Prats le dedica un artículo bastante detallado en el que propone algunas soluciones (párr. 5).

 

         Parece convincente; sin embargo, el Manual de estilo y normas editoriales (2009) del Colegio de Sonora, México, lo es más:

 

y/o. La expresión y/o es una fórmula inventada por los estadounidenses para economizar palabras; indica la posibilidad de que suceda la situación A o la situación B, pero sin escribir sendas oraciones. En español dicha expresión es innecesaria, y su uso se presta a confusiones. Si en la lista de requisitos para un empleo se solicita persona que sepa hablar francés y/o inglés, puede entenderse que hable uno de los dos idiomas, en cuyo caso bastaría con decir: se solicita que el candidato hable francés o inglés. En cambio, si se requiere a alguien que maneje los dos idiomas, el anuncio podría decir: se solicita que el candidato hable inglés y francés (Quiroz Trujillo, 2009, p. 51).

 

         ¿Inventada por los estadounidenses? Entonces, funcionará en Estados Unidos (a lo sumo, en países de habla inglesa), y quién sabe por qué; será lógico y natural en inglés, pero en español no funciona y no hace falta. Ya está todo claro. Era de sentido común.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Bibliografía

Punto y Coma (1991). “Y/o”. Nº 4 (dic.). Disponible en http://ec.europa.eu/translation/bulletins/puntoycoma/04/pyc041.htm#y/o.

Quiroz Trujillo, Alma Celina (2009). Manual de estilo y normas editoriales. Hermosillo, México: El Colegio de Sonora.

 

 

 

Año II / Nº XII / 30 de junio del 2014

 



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lunes, 16 de junio de 2014

Confusión remota entre 'b' y 'v' [XI]

Luisa Teresa Arenas Salas


     ¿Cómo dices tú: [benesla] o [venesuéla]?
     ¿Cómo debe decirse: [benesuéla] o [venesuéla]?
     ¡Pon atención a lo que dice la gente a tu alrededor! ¡Escúchate a ti mismo y observa tu pronunciación! ¿Cómo pronuncia la gente la letra <v> chiquita, <v> de vaca, como la llamamos en Venezuela, o letra uve, como se recomienda en la última edición de la Ortografía de la lengua española (2010)? Anota cuántas veces escuchas que pronuncian la <v> como bilabial [b] o como labiodental [v]. Compara tu observación con la argumentación que a continuación escribo.
     No existe en español ninguna diferencia en la pronunciación de las letras <b> y <v>; ambas representan el fonema bilabial, oclusivo, sonoro, oral /b/. ¿Por qué?, se preguntarán muchos de ustedes. Porque la articulación labiodental de la <v> no es propia del sistema fonológico del español. Pronunciarla así: [viviénda] es “un error que comenten muchas personas por un equivocado prurito de corrección” (RAE, 2010: 92), basado en recomendaciones que en el pasado se hacían en la Ortografía y la Gramática de la Academia. O también por imitación de otras lenguas como el inglés y el francés, en las que la pronunciación labiodental sí es propia. Esta confusión remota existe, a pesar de que en el Diccionario de autoridades (1726-1739) se reconoce que “los españoles no hacemos distinción entre estas dos letras”.
     Ahora bien, si tu hábito lingüístico es la pronunciación labiodental de la <v>, no te angusties, es parte de tu idiolecto producto de esa confusión que viene de tu tránsito por la escuela, en la que tus profesores de español insistían (y aún insisten) en la pronunciación labiodental de la <v>, bien sea como recurso mnemotécnico para la correcta escritura o simplemente para hacer real distinción entre los dos grafemas. También, actores, personalidades de la televisión y hablantes quienes, pretendiendo mostrar una buena dicción, caen en el vicio de la ultracorrección. Se inicia, pues, para todos, un proceso de reaprendizaje.
     Ahora tienes el conocimiento: “la pronunciación correcta de la letra <v> en español es idéntica a la de la letra <b>, por lo que no existe diferencia de pronunciación en nuestro idioma entre palabras como bello [béјo] (hermoso) y vello [béјo] (pelo)” (RAE, 2010: 92), bota [bóta] (calzado) y vota [bóta] (acción de depositar el voto). ¡¿Cómo diferenciarlas, entonces?! La respuesta a esto podría ser tema de otro Ritos de Ilación.
     Lo que sí no debe hacerse, queridos y respetados colegas lectores, es obligar a nuestros pupilos a una pronunciación labiodental de la <v>, pues, “sin querer queriendo”, por falta de conciencia de lo comunicado aquí, sostenemos esa remota confusión en el aula, pretendiendo mejorar la ortografía. Ahora, apreciados lectores, especialmente mis colegas docentes y locutores, les digo: [benesla], [bída], [abentúra], [bitalidád]... es la pronunciación correcta de las palabras Venezuela, vida, aventura, vitalidad, en cualquier situación de habla sea esta formal o informal.

Bibliografía
Real Academia Española (2010). Ortografía de la lengua española. Madrid: Espasa.

ltarenas13@gmail.com



Año II / Nº XI / 16 de junio del 2014

lunes, 2 de junio de 2014

Se armó la sampablera [X]

Aurelena Ruiz



         Cuando hay alguna revuelta por ahí —algo muy fácil de encontrar hoy en día en Venezuela— solemos escuchar a la gente decir que “se armó la sampablera”, pero ¿sabemos de dónde viene esa expresión?
         No es difícil deducir que viene del nombre de san Pablo, el apóstol que convirtió el cristianismo en una religión universal. San Pablo era hijo de judíos fariseos y participó en las primeras persecuciones contra los cristianos, pero, luego de escuchar a Jesús en su viaje a Damasco, “revolucionó” su vida y se convirtió a la nueva fe. Desde entonces, se dedicó a predicar la palabra de Dios por todas partes; fundó comunidades cristianas a lo largo de Asia Menor y Europa, hasta llegar a Roma.
         Durante su larga travesía san Pablo tuvo que “luchar” con muchos judíos y cristianos para liberarlos de algunos rituales del judaísmo, en dos oportunidades fue “encarcelado” y juzgado en Roma y, aunque su muerte no está muy clara, todo parece indicar que fue “ejecutado” en ese mismo lugar.
         A pesar de que la historia de san Pablo está muy asociada con la controversia, la lucha, la revolución y la violencia, no es directamente de este apóstol de donde viene la expresión, sino de la Plaza San Pablo, ubicada en el centro de Caracas, donde actualmente se encuentra el Teatro Municipal.
         Resulta que el 2 de agosto de 1859, ocurrió en Caracas un enfrentamiento entre liberales y conservadores, luego del golpe de Estado contra Julián Castro, dirigido por el conservador Manuel Vicente de las Casas.
         Castro, considerado como “antipartidista”, fue elegido como presidente interino tras la renuncia de Monagas en julio del 58. En febrero de 1859 Castro renuncia por aparentemente sufrir de una enfermedad, pero pronto recupera el cargo y les da su apoyo a los liberales.
         Luego de derrocar a Castro el 1° de agosto, De las Casas lo encarcela y se declara también a favor de los liberales; sin embargo, los civiles no lo apoyan y los conservadores retoman el poder.
         Por su parte, Pedro Vicente Aguado, jefe de los liberales en La Guaira, se entera del derrocamiento y decide ir con sus tropas a Caracas. Aguado esperaba encontrarse con una ciudad bajo el dominio de los liberales, pero, por el contrario, fue recibido en la Plaza San Pablo por los conservadores, trayendo como consecuencia una feroz batalla que generó una gran alteración del orden público.
         Aquiles Nazoa afirma que “de aquel suceso memorable se originó la palabra caraqueña sampablera”, dando a entender que existe alguna disputa, pleito o alboroto.
         En los últimos meses, son muchas las sampableras que se han armado en el país, especialmente en San Cristóbal y Altamira. ¿Será entonces que en unos cien o doscientos años nuestros descendientes dirán que se armó una “sancristobalera”?, ¿o quizás una “altamirera”?

aurelena.ruiz@gmail.com



Año II / Nº X / 2 de junio del 2014