lunes, 5 de enero de 2026

Bolivitas y dolitas

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

“¡Vaya, Betty, quinientos machacantes nuevecitos!”



 

 

         Creo que tardé en percibirlo, pero una vez percibido... Tardé en darme cuenta de que en Venezuela estaban dándole un tratamiento, digamos, especial a la moneda de Estados Unidos, ya que era la que se estaba usando con más frecuencia. Así como antes se decía “Necesito cien bolivitas”, ahora oigo decir “Préstame diez dolitas”. ¿Y por qué digo que es un “tratamiento especial” a la moneda extranjera? En el tratamiento que se le ha dado siempre a la moneda propia está la respuesta.

         En Venezuela podemos llamar a la moneda, que está con nosotros desde 1879, bolivita —quizá el más cariñoso, se me antoja a mí—, bolo —quizá el más “malandro”—, bolivacho —quizá el más coloquial—, bolivarito, bolivarillo, alguna vez he oído bolantes y tiene que haber otros que ahora se me escapan. Por más resistencia que haya habido, que no creo que haya habido mucha, cantidad de venezolanos ahora han comenzado a llamar dolita al dólar estadounidense. ¿Será “cariñoso”, como dije sobre bolivita? ¿Será un esfuerzo por “hablar mal”? ¿Será economía del lenguaje? No, porque el término formal tiene menos sílabas. Quién sabe si es así porque así es como, sin saberlo, el hombre va cambiando la lengua, lanzando en la mesa muchas variantes y las que se caen al piso se pierden y las que quedan encima sobreviven siglos y siglos.

         Los propios hablantes del idioma del país de donde nos viene el dólar tienen varios otros términos para llamar su moneda. Yo conozco, al menos dos: buck y greenback (aunque esta me atrapa siempre desprevenido cuando la oigo en una película, por ejemplo). Por supuesto, me gusta más cuando, en aquel capítulo sobre las bromas pesadas de su amigo Pedro, el entrañable Pablo Mármol exclama: “¡Vaya, quinientos machacantes nuevecitos!”.

         Es curioso que este neologismo tenga terminación femenina, aunque se le anteponga el artículo masculino: el dolita, en lugar de la dolita. Es fácil entender que la a se debe a que la sílaba final de dólar contiene esa vocal, aunque lo lógico en español sería que su diminutivo fuera dolarito. (Nuestra edición 436, “Tres diminutivos más bien singulares”, podría ampliar esta idea.)

         En cuanto a los nombres, dentro del hiperónimo bolívar, hay toda una manada de denominaciones, que todos conocemos, que por tanto no voy a definir aquí, pero sí las voy a enumerar, aunque sea sólo por el placer de saborearlas y apoyar la pervivencia del bolívar sobre la otra moneda. Existen (o existieron, como prefiera): puya, centavito, locha, centavo, diez céntimos (este es literal), medio, medio real, cuartillo, real, real y medio, medio real y cuartillo, bolívar, [peseta, término no muy frecuente], cinco reales, fuerte; y si pensamos en los billetes, hay más nombres: marrón, tabla, palo, luca, orquídea, tinoco, tinoquito, y genéricos como plata, real, cobre, billete (y su variante billuyo).

         El dólar se utiliza en Estados Unidos desde antes de 1785, cuando se adoptó oficialmente —antes se utilizaba el dólar español, historia muy interesante que habría que contar aquí pronto—. El bolívar se comenzó a utilizar en Venezuela casi cien años después —antes circulaba el venezolano, historia que también hay que contar—. Hoy parece que se han encontrado en el territorio de las manos de los venezolanos, y ahí juegan, compite, se ayudan, cambian posiciones... y nombres, porque por el nombre se comienza. Ha comenzado, parece, a recibir en la imaginación venezolana las denominaciones que lo van acercando a lo emocional. ¿Ya van los venezolanos teniéndole cariño a la moneda de Estados Unidos? Ya lo sabremos con el tiempo.

         No es que los venezolanos acaben de conocer los dólares, ni que lo estén cogiendo cariño gracias a la crisis que los ha obligado a pagar cotidianamente con dólares. ¿Quién puede creer cualquiera de las dos cosas? Lo que observo, lo que señalo, lo que me intriga es el hecho de que, a pesar de haber tenido moneda propia durante más de 140 años, con períodos de profundo orgullo por ella y por su nombre, ahora le hayan puesto un sobrenombre, un hipocorístico. ¡Y el sobrenombre es un diminutivo! Ahí hay una relación emocional, y no puede deberse a la mera posesión reciente de la moneda porque eso no es nuevo. Y no puede ser por las ventajas que da utilizar el dólar, porque parece que son más las desventajas. ¿Será la convivencia? Todo eso influye en la lengua, y por el nombre comienza también el amor.

         En suma, me intriga mucho este nuevo “romance”, tan claramente manifiesto en la lengua. Ojalá que como resultado del huracán en el que amaneció el año 2026, la recién dolarizada economía venezolana se regularice, al menos un poco, lo suficiente como para que se vuelva a bolivarizar.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXII / 5 de enero del 2026

 

 

 

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