Edgardo Malaver Lárez

“¡Vaya,
Betty, quinientos machacantes nuevecitos!”
Creo que tardé en percibirlo,
pero una vez percibido... Tardé en darme cuenta de que en Venezuela estaban
dándole un tratamiento, digamos, especial a la moneda de Estados Unidos, ya que
era la que se estaba usando con más frecuencia. Así como antes se decía
“Necesito cien bolivitas”, ahora oigo decir “Préstame diez dolitas”.
¿Y por qué digo que es un “tratamiento especial” a la moneda extranjera? En el
tratamiento que se le ha dado siempre a la moneda propia está la respuesta.
En Venezuela podemos
llamar a la moneda, que está con nosotros desde 1879, bolivita —quizá el
más cariñoso, se me antoja a mí—, bolo —quizá el más “malandro”—, bolivacho
—quizá el más coloquial—, bolivarito, bolivarillo, alguna vez he
oído bolantes y tiene que haber otros que ahora se me escapan. Por más
resistencia que haya habido, que no creo que haya habido mucha, cantidad de
venezolanos ahora han comenzado a llamar dolita al dólar estadounidense.
¿Será “cariñoso”, como dije sobre bolivita? ¿Será un esfuerzo por
“hablar mal”? ¿Será economía del lenguaje? No, porque el término formal tiene
menos sílabas. Quién sabe si es así porque así es como, sin saberlo, el hombre
va cambiando la lengua, lanzando en la mesa muchas variantes y las que se caen
al piso se pierden y las que quedan encima sobreviven siglos y siglos.
Los propios hablantes del
idioma del país de donde nos viene el dólar tienen varios otros términos para
llamar su moneda. Yo conozco, al menos dos: buck y greenback
(aunque esta me atrapa siempre desprevenido cuando la oigo en una película, por
ejemplo). Por supuesto, me gusta más cuando, en aquel capítulo sobre las bromas
pesadas de su amigo Pedro, el entrañable Pablo Mármol exclama: “¡Vaya, quinientos
machacantes nuevecitos!”.
Es curioso que este
neologismo tenga terminación femenina, aunque se le anteponga el artículo
masculino: el dolita, en lugar de la dolita. Es fácil entender
que la a se debe a que la sílaba final de dólar contiene esa vocal,
aunque lo lógico en español sería que su diminutivo fuera dolarito.
(Nuestra edición 436, “Tres diminutivos más bien singulares”, podría ampliar
esta idea.)
En cuanto a los nombres,
dentro del hiperónimo bolívar, hay toda una manada de denominaciones,
que todos conocemos, que por tanto no voy a definir aquí, pero sí las voy a
enumerar, aunque sea sólo por el placer de saborearlas y apoyar la pervivencia
del bolívar sobre la otra moneda. Existen (o existieron, como prefiera): puya,
centavito, locha, centavo, diez céntimos (este es
literal), medio, medio real, cuartillo, real, real
y medio, medio real y cuartillo, bolívar, [peseta,
término no muy frecuente], cinco reales, fuerte; y si pensamos en
los billetes, hay más nombres: marrón, tabla, palo, luca,
orquídea, tinoco, tinoquito, y genéricos como plata,
real, cobre, billete (y su variante billuyo).
El dólar se utiliza en
Estados Unidos desde antes de 1785, cuando se adoptó oficialmente —antes se
utilizaba el dólar español, historia muy interesante que habría que contar aquí
pronto—. El bolívar se comenzó a utilizar en Venezuela casi cien años después
—antes circulaba el venezolano, historia que también hay que contar—. Hoy
parece que se han encontrado en el territorio de las manos de los venezolanos,
y ahí juegan, compite, se ayudan, cambian posiciones... y nombres, porque por
el nombre se comienza. Ha comenzado, parece, a recibir en la imaginación
venezolana las denominaciones que lo van acercando a lo emocional. ¿Ya van los
venezolanos teniéndole cariño a la moneda de Estados Unidos? Ya lo sabremos con
el tiempo.
No es que los venezolanos acaben
de conocer los dólares, ni que lo estén cogiendo cariño gracias a la crisis que
los ha obligado a pagar cotidianamente con dólares. ¿Quién puede creer
cualquiera de las dos cosas? Lo que observo, lo que señalo, lo que me intriga
es el hecho de que, a pesar de haber tenido moneda propia durante más de 140
años, con períodos de profundo orgullo por ella y por su nombre, ahora le hayan
puesto un sobrenombre, un hipocorístico. ¡Y el sobrenombre es un diminutivo!
Ahí hay una relación emocional, y no puede deberse a la mera posesión reciente de
la moneda porque eso no es nuevo. Y no puede ser por las ventajas que da
utilizar el dólar, porque parece que son más las desventajas. ¿Será la convivencia?
Todo eso influye en la lengua, y por el nombre comienza también el amor.
En suma, me intriga mucho
este nuevo “romance”, tan claramente manifiesto en la lengua. Ojalá que como
resultado del huracán en el que amaneció el año 2026, la recién dolarizada economía
venezolana se regularice, al menos un poco, lo suficiente como para que se
vuelva a bolivarizar.
emalaver@gmail.com
Año XIII / N° DXXXII / 5 de enero del
2026