lunes, 10 de octubre de 2022

¡Stop! [CCCXCVI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Quién tuviera lápiz y papel para jugar stop, ¿verdad?
Los hijos de los barrios (1967), de César Rengifo

 

 

         Hoy, viernes, llega mi niña de la escuela, entusiasmada con un juego nuevo que ha conocido en el recreo. Dice que se llama tutti frutti, pero, apenas comienza a explicarme cómo se juega, adivino que se trata de nuestro recordado stop de los viejos tiempos. Y, después de almorzar, jugamos varias partidas. Es entonces cuando comienza la verdadera diversión, gracias a las trampas que hacemos los dos: ella preguntándonos a su mamá y a mí en voz baja algunas respuestas y yo saboteándoles el juego a las dos... porque no hay mejor modo de jugar stop que saboteándolo.

         ¡¿Qué?! ¡¿Cómo se atreven a decir que no hay que sabotear el juego?! ¿Cuántas partidas son capaces de jugar ustedes respondiendo solamente, guiados por el impoluto rigor alfabético y ortográfico, nombre con A, Andrés; apellido con F, Fernández; ciudad con M, Maturín, etc.? Eso puede funcionar e inyectarle a uno algo de adrenalina durante tres o cuatro partidas, pero a partir de entonces se acaba el combustible.

         El stop no es divertido si uno no hace trampa, y hay que entender trampa como picardía, como buen humor, como imaginación para tratar de demostrar que una respuesta es correcta, a pesar de que tengan todos claro que no lo es. También requiere que los demás se den cuenta de que lo que uno quiere es bromear, jugar por encima del juego. Por ejemplo, después de cantar ¡Stop!, el que está de turno pregunta: “¿Fruta con E?” (acaso lo más difícil de encontrar en la historia mundial del stop), y primos, tías y amigos responderán: “Ay, no se me ocurrió ninguna”, y usted, que se ha guardado para responder de último, lanza: “¡El tamarindo! ¡Gané!”. La persona más seria del mundo se va a reír, y ganamos todos. Preguntan: “¿Lugar con E?”, y su hermana mayor dice: “Ecuador”, y su tío: “Escocia”, y su amigo José: “¡El Tigre, estado Anzoátegui!”, y usted: “En un lugar de la Mancha...”, y eso ya termina de romper la bicicleta. Es decir, los que se quieran molestar se van a ir y los que quieran sumarse a la risa, van a comenzar a modificar sus respuestas para causar carcajadas. Y si alguno decide permanecer en el juego, sus protestas van a divertir a todos... y a él mismo.

         En la partida de hoy cuando tocó poner un país con H, yo puse Olanda, y mi niña no me la quería aceptar argumentando que ese nombre comenzaba con H. Yo, honestamente, no había oído nombrar esa letra antes en toda mi vida. Tampoco quería aceptar “Gordo” como animal con P. Yo le conté que una vez había conocido a alguien que tenía una mascota que se llamaba Gordo, y la mascota era un perro, y perro comienza con P. ¿No vale?, ¡¿por qué?!

         Haciéndome el loco con respecto a vuestra respuesta, voy a comentarles que fuera de Colombia, Venezuela, Puerto Rico, República Dominicana, Nicaragua y Costa Rica (o sea, la mitad del Caribe), no se utiliza el término stop para este juego que, por lo que leo, nació en Alemania en el siglo XIX. Un poco más allá, en México y Guatemala, por la información que me susurran, se popularizó como ya basta. Más acá, en Chile —a menos que alguno de mis conciudadanos venezolanos me corrija—, lo llaman pare el carrito, autopéncil, cancelado y... ¡bachillerato!, ¡como en francés! Los ecuatorianos pueden llamarlo chantón o párame la mano. En Perú, como ya oyeron, lo llaman tutti frutti, pero también lo hacen en Uruguay, Paraguay y Argentina. Es el único caso en que no logro comprender el porqué del nombre. Ah, en España le dicen alto el lápiz...

         ...Que es lo que voy a hacer ahora mismo, detener el lápiz, porque así es el stop, de un instante a otro, alguien grita: “¡Stop…!”, y se acabó.


(30 de septiembre del 2022)

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCVI / 10 de octubre del 2022

 



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