Edgardo Malaver Lárez

Américo Montero (sentado)
interpreta a José Gregorio
Hernández en 1964. Lo rodean Mahuampi Acosta, Juan
Fránquiz
y Alejandro Cortina: Foto: RCTV
Entre los tres cuentos
conocidos de José Gregorio Hernández (san José Gregorio Hernández, para más
señas) quizá sea “Los maitines”, publicado por El Cojo Ilustrado en
septiembre de 1912, el que en tiempos actuales pueda parecer más “misterioso”,
más cinematográficamente “oscuro” e intrigante. Sin embargo, el texto es la
descripción detallada de una madrugada de concentrada oración en el monasterio
de la Cartuja, donde, como sabemos, el doctor Hernández pasó unos ocho meses entre
1908 y 1909. Con este dato en mente, es difícil no imaginarse al joven José
Gregorio presenciando la escena de aquel grupo de monjes que antes del amanecer
salen de sus celdas y desfilan en la oscuridad hacia el altar y hacia el coro y
que oran en silencio por el bien del mundo entero, por “buenos y malos”, “para
los que gozan y para los que sufren”.
El cuento es quizá también
el más poético de los tres. Anécdota casi no hay... la hay, pero no espere el lector
encontrar un desarrollo narrativo que conduzca a un personaje de un estado
inicial a otro más evolucionado. Es más bien una especie de fotografía de un
instante en que un narrador señala algo que unos personajes hacen, aunque en
cierto momento parezcan haberse quedado inmóviles. (Ah, una fotografía, ¿no es
esta la metáfora que utiliza Julio Cortázar para definir el género cuento?)
En el relato no parece
pasar nada, los personajes en realidad casi no pasan por ninguna experiencia,
pero ciertamente cumplen con una misión, la de orar por todos los demás seres
humanos, mientras estos ni siquiera aparecen nunca en escena. A eso han
decidido dedicar su vida. El mundo, mientras tanto, aparece al principio frío, oscuro,
intimidante, a lo cual contribuye, por cierto, el repique da la campana del
templo, que se expande por el solitario espacio físico, en el cual suspira algo
de los escenarios becquerianos. Dice el narrador: “La densa noche cubre
implacablemente el bosque de la negra caliginosa sombra; pero en aquella
completa soledad la Cartuja recibe de lo alto una lluvia de serenidad y de paz”.
Y para acompañar los escuetos tañidos, se suma la naturaleza: “Cabe el vecino
riachuelo las ranas entonan el triste canto, su sola protesta contra aquella espesa
medianoche sin luna”. Esta es la imagen con que el texto nos introduce en el mundo
de los cartujanos.
El final no es muy
diferente. Dentro de la capilla, dice el narrador, “los libros corales
proyectan sombras que semejan las ruinas de algún templo pagano y sobre las
losas del pavimento aparecen como calaveras y osamentas, como las grandes
tibias de esqueletos descomunales”. El final, además, no detiene las acciones,
por más que estas sean escasas, lentas e introspectivas. Entonces, ¿qué ha cambiado?
Que en el coro “el oficio divino se sigue desarrollando en toda su belleza”. Que
la oración que se ha iniciado no se detiene. Que un día más (o una madrugada
más) después del descanso, los personajes cumplieron su misión. Que la
cotidianidad, la simple y sencilla cotidianidad en la que el hombre no puede evitar
existir, se ha convertido para ellos en la labor más elevada a la que podrían haberse
dedicado. Y el autor está indudablemente tan impresionado por el desarrollo de
este fenómeno cotidiano que lo encuentra digno de ser contado.
José Gregorio sin duda narra
lo que lleva por dentro, que es tanto lo típico como lo indicado, lo que han
hecho los poetas desde los tiempos de Ovidio y Homero y de los que existieron antes.
Dice Jesús en el Evangelio que de lo que rebosa el corazón habla la boca. Y
esto es de lo que rebosa el corazón de nuestro autor, el científico venezolano
que ha llegado más lejos en su carrera hacia el cielo. El hombre santo que
ahora descubrimos que también tenía talento de escritor.
La campana, que protagoniza
el inicio del cuento, al final calla, pero los cantos y plegarias continúan. “La
tierra y los demás astros”, dice el narrador, “continúan su incesante
revolución en el espacio. Los hombres duermen o corren al placer por el ancho
mundo. Las aves nocturnas ensayan su dulce canto”.
Para resumir “Los maitines”
es un cuento en que pasan muy pocas cosas “llamativas” porque “objetivamente” trata
de un rezo de maitines en un monasterio, pero “imaginativamente” parece una
visión mística del narrador —y más que del narrador, del autor, que, como
sabemos, está en una búsqueda honesta del infinito y de la gracia.
En los tres cuentos que
hemos comentado brilla ese elemento: la búsqueda espiritual, que se eleva en él
por encima de las verdades demostrables. En los tres se asoma ese espíritu sereno
que ha vivido intensamente su relación con el pueblo y con el conocimiento, con
el arte y con la ciencia, pero por encima de la vida misma, quiere apretar el lazo
que une su humanidad con el cielo.
emalaver@gmail.com
Año XIII / N° DCXXI / 3 de noviembre del 2025